-¡Eh, bajad, que os hemos guardado
un sitio! – nos gritó Ricky y yo, emocionado por meterme en el agua, empecé a
bajar la cuesta de arena.
-¡Vamos! – le grité a Yunho una vez
abajo. Se le acababa de poner una cara de mala hostia digna de foto, así que
cogí la Canon nueva que me colgaba de la muñeca y le apunté con el objetivo. Le
hice una foto antes de que mi novio pudiera replicar.
-¡Eh!
-¿Qué te pasa ahora? ¿No querías
traerme aquí? ¿No tenías taaaaantas ganas de que viera esto? – él gruño y casi
se pone a berrear como un niño chico de la rabia. Esquivó la cuesta de un salto
y aterrizó justo a mi lado, con las mejillas rojas por el Sol.
-Pensaba que no iba a haber nadie.
¿Quién ha llamado a estos imbéciles? ¡Pero si íbamos a estar solos!
-¿Querías estar solo conmigo? – me
burlé. Sabía muy bien que Yunho había estado planeando esas vacaciones desde
hacía un mes, pero no me había parecido bonito decirle a los Encadenados que no
fueran al lago ese fin de semana porque Yunho y yo ya lo teníamos pensado desde
hacía tiempo.
-No. He escogido el día al azar,
claro, y la ropa también al azar y la cámara también al azar y el lubricante y
el vibrador ¡También al azar!
-¿Lubricante y vibrador?
-Ya te contaré cuando me libre de
estos capullos.
-¡No! – le agarré del brazo y le di
un brusco tirón para que me mirará a la cara.Yunho alzó una ceja cuando me tuvo
frente a frente, con los labios fruncidos. Tenía que calmarle. No podíamos
empezar las vacaciones así, cabreados. Mirando de reojo a los Encadenados,
asegurándome de que miraban hacia otro lado, acaricié sus mejillas rosadas por
el calor y pegué su frente a la mía. – Oye, tengo mucho calor. ¿Por qué no
vamos al coche, pones un rato el aire acondicionado y mientras yo me cambio de
ropa, me enseñas el lubricante y ese vibrador? – Yunho siguió con el ceño
fruncido escasos segundos, hasta que me incliné y le lamí el cuello con la
lengua. Entonces, se suavizó y me agarró la cintura.
-La verdad es que no estoy muy
seguro de cómo funciona el vibrador. Las instrucciones están en ruso. No me
vendría mal una mente abierta para traducir, un cuerpo para experimentar… - sus
manos acabaron en mi culo y lo apretaron con ganas. Me entró la risa tonta y el
sonrió. – Un culito blanquito en el que profundizar… - ladeó la cabeza para
besarme.
-¡Eh! – cuando Ricky apareció de
repente tras las hojas de los grandes arbustos. Nos separamos de golpe. Más
bien me separé yo de él dándole un empujón y los dos nos quedamos mirando a la
recién aparecida, que nos observó con expresión de sospecha. - ¿Qué
hacíais?
-Nada. Hablamos. – contesté. Yunho
puso mala cara. Me dirigió una mirada fulminante.
-En la playa no hay taquillas
¿verdad, Ricky? – ella lo miró como si fuera tonto y yo me ruboricé. – Genial.
Mi hermano se va a escapar por los pelos.
-¿Qué quieres decir?
-¡Nada! Es que las taquillas de la
escuela le ponen cachondo.
-¡No me ponen nada!
-Jaejoong, eres rarito. – Ricky me
miró como si fuera un bicho raro. Se me erizó el vello de vergüenza. - ¿Te
gusta machacártela contra la puerta de las taquillas?
-¿Cómo coño me la voy a machacar
contra una puerta de hierro? ¿Me ves cara de masoca?
-¿Hace falta responder a eso? –
murmuro Yunho. Yo lo mataba.
-¿Hablamos de los arañazos que
tienes en la espalda y de las hostias que te dejan marca en la cara?
-¿Hablamos de los azotes en el culo
y de los tirones de pelo? – contraatacó él. Hum… muy astuto.
-¿Hablamos de que como no te calles,
vas a tener que buscar algo más que un pajarito para que no te eche polvos pica
pica en la ropa cuando te la lave? – Yunho calló, pero por la mirada que me
estaba echando, presentí que la cosa no acabaría ahí.
-Joder, pero qué raros sois los
tíos. No he pillado ni una. ¿Os gusta pegaros? ¿En serio? De Yunho me lo
imaginaba, pero de Jae… - Ricky ladeó la cabeza. – Bueno, de Jae también. Debe
ser hereditario. – y alzando los brazos como si la cosa no fuera con ella,
empezó a andar hacia el chiringuito. - ¿Os pido una birra? ¿Un cubata, un
vodka? ¿Un latigo y unas esposas?
Se burlaba la muy petarda. Cuando se
fue, Yunho sonrió de oreja a oreja. Era la sonrisa mala, la típica, la jodida,
la del mal presagio, y me la dedicó a mí, enterita.
-Puede que no haya taquillas, pero
hay unos árboles muy grandes y tiesos. A ver qué se me ocurre hacer con ellos.
Ya te enteraras luego, Muñeco. – dejó caer y yo palidecí cuando me dejó con la
palabra en la boca y se fue hacia Black, que en ese momento salía del agua y se
tumbaba al lado de su novia, Sabela.
¿Cuántas semanas habían pasado? Unas
pocas. ¿Y cuántas cosas habían ocurrido mientras tanto? Otras pocas. Había
llegado a Busan a principios de verano y ya estábamos en la segunda quincena de
agosto. Quedaba mes y medio para que empezaran las clases en la universidad de
Busan, pero no me podía importar menos. A Yunho, paradójicamente, sí.
Últimamente dejaba caer mucho la idea de que volviera a la universidad y
siguiera estudiando psicología, pero en Busan. Quizás le diera morbo el rollo
estudiante o quizás no quería verme trabajar en los barrios bajos durante el
invierno, la época más peligrosa del año. Yo le había dicho que me lo pensaría,
pero ni siquiera se me había pasado por la cabeza todavía.
El tiempo en el que había sido un
estudiante de la universidad de seul quedaba muy atrás. Había empezado a
olvidar algunas cosas, como mis notas del curso, mis horas libres y las
materias que daba durante todo el año. Otras eran imposibles de olvidar. Ahora
era un trabajador. Ganaba mi propio dinero y tenía contrato. También tenía casa
medio alquilada (Yunho me cobraba con tareas del hogar y “polvos mágicos”) y un
novio/hermano/enemigo/rival/casero con el que convivía día a día. Cuando Julia
Roberts grabo la película Durmiendo con su enemigo, no sabía qué significaba el
titulo. Yo sí.
¿Dormir de un tirón? Había olvidado
el significado de esa palabra. Yo trabajaba durante el día. Yunho por la noche.
Es decir, yo volvía a casa a la hora de cenar y él se iba después de cenar. Yo
me tiraba la mañana y la tarde trabajando y el dormía casi todo el día hasta
bien entrada la tarde antes de irse a trabajar sobre las diez ¿El problema?
Volvía alrededor de las cinco de la mañana y siempre ¡Siempre me despertaba! El
cabrón había enseñado a Scotty incluso a no ladrar cuando llegaba para
despertarme él mismo. Se sentaba en la cama, se empezaba a restregar y a
quitarme la ropa y cuando notaba cosas raras en las pelotas, ya lo tenía
encima. Era sigilosamente malvado y erótico. Así que después de semanas
aguantando ese mal rato, me había acostumbrado a dormir desnudo. Tenía la
esperanza de no enterarme de nada si no había ropa de por medio que al
quitarme, me despertara. Pero no. Me despertaba igual. De hecho, si mi cuerpo
no notaba a las cinco de la mañana que alguien lo tocaba, se despertaba por sí
mismo. Y si Yunho no estaba en la cama a esa hora, yo lo llamaba.
Y entonces la liaba.
Al principio no lo hacía, pero
cuando le noté un poco, bastante pedo por teléfono y oí a aquella tía al otro
lado de la línea… me vestí con lo primero que encontré, cogí un cuchillo de la
cocina y salí a la calle. El cuchillo era para defenderme, no para matar a
nadie, pero cuando llegué con esas enormes ojeras y cara de mala leche al Dona
con un cuchillo de carnicero en la mano, no di buena impresión.
Al final esa tía resultó ser la
chica de la barra, que le preguntaba si le “metía algo” a la bebida,
refiriéndose a hielo. Yunho llegaba tarde a casa porque había bebido y Black no
le dejaba coger la moto. Se descojonó cuando me vio con el cuchillo. Los
Encadenados empezaron a relatar la historia del hermano psicópata de Yunho y
así me conocieron todos.
Eso era lo que a veces sucedía de
noche. Otras veces, los sábados mayormente, celebrábamos el día de Cristina o
visitaba algún garito. Otros, salía con Yunho y los Encadenados. Había conocido
en esos dos meses a más personas de las que había en Seul y me solía llevar
bien con todas ellas. Eran gente divertida y simpática cuando no estaban de
mala hostia y, estando Yunho delante, raramente lo estaban o, más bien, no lo
demostraban por no meterse en un buen follón. Alguna vez iba a los garitos que
Yunho vigilaba durante su turno de noche. En el Dona conocí a stripers y
prostitutas por primera vez que, de hecho, se ofrecieron a hacer una especie de
orgia con Yunho y conmigo a cambio de cien euros. Obviamente, me negué, aunque
Yunho se lo estuvo pensando, y de ahí surgió una pequeña pelea. Otra vez, fui
al Pich. Aquel lugar sí que me resultó impresionante. Conocí a un travesti muy
majo llamado Vanesa y a su amiga, Adriana. Tenían unos problemas muy grandes
porque no tenían dinero para quitarse el pene (Uff, aunque no lo parezca, para
ellos es muy confuso). Los stripers que bailaban en los pódiums eran
impresionantes. Uno, muy majo también, me ofreció subir al escenario para
bailar con él y yo al ver sus graaaaandes intenciones, me lo planteé. Yunho se
enfadó. El chaval y él se insultaron, se pegaron y los dos volvieron a casa con
un ojo morado. Luego, Yunho y yo discutimos, algo muy común en nuestra
vida.
¡Ah, sí, las peleas! Las peleas son
muy corrientes entre nosotros. Quiero decir que no ha habido ni una semana en
todo este tiempo en la cual no nos hayamos peleado. El esquema mental es este.
Él o yo nos enfadamos. Generalmente suele ser por los animales, porque yo estoy
estresado por el trabajo y vuelvo con mala idea a casa, porque Yunho hace pocas
tareas en casa y deja muchas cosas por medio o, simplemente, porque él o yo
miramos a un tío o a una tía más de la cuenta. También nos peleamos por algún
porro o bolsa de hierba, aunque eso sólo ha pasado una vez. En fin, uno de los
dos se enfada y a consecuencia, el otro también se cabrea. Empezamos a sacar
trapos sucios el uno del otro, empezamos a gritar, luego a insultarnos y más
tarde, si la cosa es grave, nos pegamos. Nunca nos hemos dado una paliza, pero
sí hemos acabado con muchos cardenales y arañazos, además de alguna hinchazón
en la cara. Después de pegarnos, uno de los dos sale de casa. Suele ser Yunho.
Yo me quedo, llamo por teléfono a Ricky y los dos nos quejamos de lo
subnormales que son los tíos o los hermanos. Luego, me peleo con Scotty porque
no me entiende, luego, con Hamtaro, la cobaya y luego, me voy a trabajar. Allí
me quejo a mi jefe, a Thunder o a Heidi. Ella me entiende, me dice que tenga
mano dura y yo la tengo y cuando salgo del trabajo… Yunho esta esperándome en
la puerta con mala cara. ¿Qué pasa después? Que, como no es muy bueno con las
palabras, me hace regalos.
Así conseguí a Bagoas, mi gata
atigrada (le pusimos el nombre de un eunuco que había sido amante de Alejandro
Magno el cual a Yunho le recordaba a mi ¡era muy guapo!). Bagoas era una gatita
pequeñita, una cría que vivía en la calle y que tenía pulgas y una pata mala.
Unos cabrones se estaban metiendo con ella. Yunho la vio, se peleó con los
mamones maltratadores y me la regaló con la cara llena de arañazos y un labio
hinchado del tamaño de una nuez. Así conseguí también a la cobaya Hamtaro y a
un pobre gorrión que se cayó de un nido. Kasimir tuve que devolvérselo a la
niña autista vecina de Yunho.
Lo más adorable es que Yunho odia a
los animales. Bueno, no es que los deteste, pero se agobia cuando Scotty y
Bagoas se pelean o cuando Bagoas intenta zamparse a Hamtaro. Los animales solo
me hacen caso a mí, algo muy raro. A Yunho le arañan y le muerden, no lo pueden
ni ver.
Así que, después de traerme de
regalo algo que sé que odia o me compra un regalito, como un anillo de plata o
me invita a cenar o a un cine, es imposible no perdonarle, aunque no diga
palabras bonitas.
Yunho y yo nos peleamos mucho, pero
es el encanto de nuestra relación. Si no nos peleáramos tanto, no nos
reconciliaríamos. Buscaríamos excusas para pelearnos y luego, reconciliarnos,
porque eso es lo más bonito. Yunho no sabe cómo demostrarme afecto sin
reconciliaciones ni peleas. Así buscamos una excusa para decirnos cuanto nos
importamos sin herir nuestro orgullo o bajar la cabeza. Así yo no me siento un
arrastrado que no puede vivir sin Yunho y él no siente que se está volviendo un
blando.
Además, las reconciliaciones son
brutales. A mí me cae un regalo que me sube la moral y la autoestima y a Yunho,
le toca una sesión de sexo desenfrenado y todos felices y satisfechos. Aunque
el sexo no es algo que tengamos tan presente como cuando estábamos en Seul. Ya
no lo hacemos dos o más veces al día, ahora solo una (por cansancio y escasez
de tiempo más que nada) y a veces, incluso ninguna. El sexo ha pasado a ser
algo… no secundario, pero no es la máxima prioridad, al menos para mí y creo
que también para el. Últimamente nos gusta más acurrucarnos, magrearnos y
tocarnos mientras vemos una película, que practicar sexo de pleno (con
penetración). Supongo que es por culpa de mis nervios. Me han hecho perder
fogosidad, tal vez.
De todas formas, a pesar de las
peleas, estamos bien.
Bueno… entre comillas.
-¡Jae, tírame la bola!
-¡Pero es que no lo haces bien, así
no se juega al balonmano!
-¿Y quién dice que esté jugando al
balonmano? ¡Estoy jugando a matar! – Ricky me lanzó la pelota de balonmano a
mala idea, dándome justo en la barriga. La miré con mala cara.
-¿Quieres jugar a matar con solo dos
personas? ¡Vaya mierda de juego!
-¿Y qué quieres? ¡Nadie más
juega!
-¡Yunho! – grité, agarrando la
pelota con una mano. Mi hermano se había echado encima de una toalla y ahí se
había quedado, con unas gafas de sol de marca. También calculaba que habían
sido robadas, como no. Se tumbó bocabajo y no se movió ni un ápice cuando lo
llamé. - ¡Yunho, ven a jugar! – alzó una mano y me enseñó el dedo corazón,
mandándome a la mierda. - ¡Pedazo de subnormal! ¿Piensas pasarte todo el día
tumbado al sol como los lagartos?
-No. Cuando me entré sed iré al
chiringuito a pedir una birra.
-Capullo borracho. ¡Ni siquiera te
has echado crema! – le tiré la pelota que rebotó en su espalda. Yunho se dio la
vuelta y la cogió con una mano, sonriente.
-No todo el mundo tiene una piel tan
delicada como la tuya, Cenicienta. – me lanzó la bola otra vez y yo la cogí al
vuelo. Fue entonces cuando me fijé en los demás.
Black era negro, así que no contaba
(¿Le haría efecto la crema solar?), pero Heidi, Sabela y Ricky estaban tan
morenas como si durante todo el verano se hubieran estado dando rayos UVA. De
hecho, Yunho también estaba morenísimo. Yo, a su lado, parecía un puñetero
vampiro. Hablar de los cuerpazos que todos tenían era otra historia en la
que no quería meterme.
-¡Mierda, qué complejo! – me entraron
ganas de meterme en el coche y no volver a salir en todo el día.
-Hablando de eso, ¿te quieres quitar
la sudadera de una vez, tío? Me están entrando calores solo de verte. – gruñó
Ricky.
-Se lo llevo diciendo todo el
camino, pero como es el Encadenado mimado, pasa de mí. – murmuró Yunho. Yo me
agarré la sudadera con fuerza, negando con la cabeza. Mis piernas estaban
limpias, asquerosamente blancas, pero limpias. Mi cuerpo… ¡no, qué asco, todos
tan morenos y yo tan blanco, todos con sus cuerpazos al aire y yo tan flaco!
-¡Argg, soy un bicho! – me
quejé.
-Lo que eres es idiota, pero como
eso ya lo sabe todo el mundo…
-¿Te quieres ir a la mierda,
Yunho?
-No. Estoy bien aquí. – sonrió.
Ricky se me acercó, fulminándome con la mirada entonces.
-No me digas que estás acomplejado.
– agaché la cabeza, con las mejillas ruborizadas.
-Un poco.
-¿Quieres que te enseñe unas fotos
de Yunho cuando tenía trece años? ¡Eso sí que era para acomplejarse! En esa
época estaba tan delgado, que ni siquiera tenía polla para…
-¡Ricky, no me toques los huevos! –
gruñó mi novio/hermano/enemigo/rival/casero.
-Bueno, dejando eso a parte, ¡Jae,
si tú vas para modelo!
-¿Quién, yo?
-¡Claro, coño!
-¿Y la fama que tienes en la
pastelería qué? – preguntó Heidi desde su toalla, alzándose sobre ella. Un
abdominal precioso se le marcó al incorporarse. – Si ya no tienes culo de todas
las marcas que te dejan los clientes en él de lo que les gustas. ¡Eres la
hostia de mono, chaval, a ver si te enteras!
-¿Marcas en el culo de quién? –
preguntó Yunho con mala cara.
-¡Ah, eso sí lo escuchas, eh!
-Bueno, da igual. Te vas a quitar
esa sudadera pero que ya. – Ricky empezó a darme tirones de la ropa y yo me
encogí de vergüenza.
-¡No, no!
-¡Si estás sudando como un puerco!
-¡Estate quieta, Ricky!
-¿Comoooooo? ¿Te me vas a poner
chulito?
-No, pero…
-¡Yunho, dile algo!
-Me voy a por una birra. – Yunho
pasaba del tema y con sus gafas robadas y el bañador (del mismo estilo que el
mío, pero de color rojo) se levantó de la toalla y empezó a andar hacia el
bar/chiringuito.
-Lo sabía. ¡Yunho te tiene mimado! –
gruñó Ricky.
-No es verdad. Me trata como a todo
el mundo, ¡como si le importara una mierda!
-¡Un cojón! ¡Tiene
preferitismo!
-¡Es favoritismo!
-¿Te crees superior a mí porque
hayas ido a la universidad, enclenque? – Ricky me pegó un mamporro en la cabeza
y yo empecé a irritarme.
-¡Que no me pegues!
-Si Yunho no lo hace, alguien tiene
que hacerlo.
-Maldita camionera lesbiana.
-Ya saltó el mariquita.
-¿Quieres pelea, pelos largos?
-¿Quieres que te rompa la boca,
picha floja? – bueno, como se puede ver en la escena, Ricky y yo no habíamos
tenido más roce que el de aquella noche tan perdida en los recovecos de mi memoria.
Ricky parecía haberse olvidado del tema por completo y había vuelto a su
comportamiento habitual de camionera agresiva y yo, como no sabía qué decir,
tampoco mencionaba el tema. Así ninguno de los dos se incomodaba porque estaba
claro que yo no quería volver a hacer semejante… esto… ¡Bueno, no quería volver
a hacerme el macho con ella!
Ricky se había convertido en una
gran amiga, divertida por su vasta boca y orgullosa. A veces, cuando estaba con
ella, echaba de menos a Yoochun y Junsu. No había día que no pensara en ellos.
Y en mi madre, Simone. Hablábamos todas las semanas, pero nunca era
suficiente.
-¡Desgraciado afeminado, no
corras!
-¡A ver si dejas de fumar porros,
cada vez te cuesta más seguirme! – los dos, peleándonos y a la vez riéndonos
por las tonterías que decíamos, empezamos a correr por la orilla. Ricky me
seguía como podía, con una posición que dejaba bastante que desear para hacer
una buena carrera. Como veía que no me alcanzaba, me paraba de vez en cuando y
la vacilaba por su lentitud. El tacto del agua y la arena escurriéndose entre
los dedos de mis pies y la brisa del viento golpeándome la cara me hacía
recordar aquellas lejanas vacaciones con mi madre, mis amigos y yo.
-¡No huyas! – Ricky jadeaba de
cansancio justo cuando llegué a la orilla del bar. Pude ver a Yunho dándole un
sorbo a morro a una cerveza de lo más cómodo. A su lado, descansaba otra
botella de cerveza, la cual alzó hasta mí enseñándome los dientes.
-¿La quieres o me la cepillo? –
preguntó. Miré a Ricky a mi espalda, ahogándose por el camino por tantos
cigarrillos fumados.
-Ella la necesita más que… - de
repente, oí un grito de sorpresa. Mi amiga camionera había chocado contra una
chica que cayó al suelo, despatarrada.
-¡Eh, mira por dónde vas!
-Perdón. – pidió la chica
sumisamente. Esperé que Ricky empezara a pegar voces con bordería, pero en su
lugar, se quedó callada y se puso seria, con los ojos clavados en la chica, que
se levantó con un suspiro. – No me había dado cuenta de que… ah… tú… ¿tú no
eres…? – Ricky desvió la mirada con molestia, como si deseara estar en
cualquier parte antes que delante de la chica. - ¿Tú no eres Richelle?
-¿Perdona? ¿Te conozco de algo?
-Entonces, ¿lo eres? ¡Qué
casualidad! ¿No te acuerdas de mí? Claro, ¿cómo vas a acordarte? – la
desconocida sonrió. Tendría la edad de Ricky, aunque era un poco más alta que
ella. – Soy Eva. Estuvimos juntas en secundaria, ¿recuerdas? – Ricky me miró de
reojo y yo me encogí de hombros. Ella me imitó.
-Lo siento, pero no. – la chica se
rió.
-A ver, a ver… “¿te gusta Darrien?
¿Qué coño pretendes con él o con cualquier chico de la escuela? ¡Eres un
puñetero cayo, un bicho! Y mucho menos con Yunho. Es demasiado hombre para ti,
Eva la Fea. Los tíos son para las chicas que saben manejarlos. Quita de en
medio, Espantapájaros” – dijo ella, intentando imitar la voz grave y burlona de
Ricky con una sonrisa en la cara. Vi claramente como Ricky palidecía y abrí la
boca por la sorpresa. ¿Mi amiga camionera se había metido con esa chica por ser
fea? Bueno, no es que fuera un modelo, pero no era fea. Era normal, de estatura
normal, cuerpo normal, ni gorda ni delgada, pelo rizado y pelirrojo fuego,
además de pequeñas pecas en las mejillas y bajo los ojos, que no conseguí saber
de qué color eran exactamente.
-¿Tú eres Eva la Fea? – preguntó
Ricky. Eva asintió. – ¡Mierda! – gritó, alto y claro y Yunho estalló en
carcajadas.
-¡Vaya decepción, eh, Ricky! Te
acabas de tragar tus propias palabras.
-¡Cierra la boca, Yunho!
-¿Yunho? – preguntó la chica,
mirando a mi hermano como si hubiera visto un fantasma. – Oh… oh… ¡Oooohh! –
Eva se puso roja como un tomate y de repente, dijo. - ¡In-increíble!
-¿Increíble, qué? – no pude evitar
fulminarla con la mirada.
-Muñeco, no puedes evitar que las
mujeres me deseen. Hazte a la idea de que tu hermano es un hombre
irresistiblemente follable.
-¡Serás fantasma!
-¿Qué? ¿Vosotras también queréis una
birra? Venga, os invito. – Yunho sonrió falsamente. Las sonrisas falsas de
Yunho se reconocían al instante. Eran esas que pretendían ser seductoras y…
mierda, ¡lo conseguían!
-Oh, oh… bueno, yo… - murmuró la tal
Eva. Debía reconocer que aunque no tuviera un cuerpo de vértigo, tenía unas
curvas bonitas, sobre todo la de sus pechos, bastante grandes y bien sujetos
por el bikini. Ese era exactamente el lugar donde Yunho tenía posada la mirada
y yo, con un gruñido de guerra, me quité la sudadera y se la tiré a la cara,
sentándome a regañadientes en la silla que había frente a él. Me crucé de brazos
y le di un buen trago a mi cerveza. Estaba asquerosa, pero fresquita.
-Vaya… - sonrió mi hermano mientras
se quitaba la sudadera de la cabeza y la soltaba sobre la arena. - Está claro
que Jaejoong no está por la labor de compartirme. Los hermanos son muy
posesivos, ¿qué se le va a hacer? Pero Ricky siempre puede invitar a su
compañera. Así le das la oportunidad de reflexionar sobre ese apodo de “Eva la
Fea”, nena.
-Nena… - escupí, con auténtico asco.
Yunho parecía gilipollas con esa vocecita seductora.
Ricky nos miró a los dos con pánico,
pero entonces Eva se volvió y preguntó:
-¿Quieres tomar algo? – y Ricky,
tragando saliva, asintió, incapaz de decir que no. Sospeché que la tal Eva
pretendía obligar a Ricky a retirar ese mote despectivo que le había puesto de
pequeña, o quizás, solo hablar. Sonreía una manera que no daba lugar al rencor,
solo, quizás, a la inocencia.
Cuando ambas se dirigieron a la
barra del chiringuito, Yunho me miró con una ceja alzada y una amplia
sonrisa.
-Nena… nena… ¡das asco!
-Y a mí me dan asco tus celos.
-No estoy celoso por ti, estoy
celoso porque la “nena” estaba ciega. Mira que fijarse en ti cuando estoy yo
delante…
-¿No eras tú el que tenía baja
autoestima?
-Los extranjeros del lago me la
suben.
-¿Los extranjeros? – había visto
algunos rubios, rubísimos mirándome de reojo. Por supuesto, no creía que
estuvieran interesados en mí. Quizás les llamara la atención mi pelo largo o
que iba con sudadera un minuto atrás, pero ver la cara de Yunho me hacía gracia.
-¡Sí! Los extranjeros. – alcé la
cabeza con dignidad y me encontré con la mirada de varios extranjeros mirándome
desde la barra. Mi sorpresa fue la misma que la de Yunho, ya que no me esperaba
que aún me estuvieran mirando.De repente, empezaron a murmurar entre ellos.
Eran tres y los tres, muy rubios.
-¿Serán americanos? – murmuré, pero
Yunho no contestó, con mala cara. Entonces, uno empezó a andar hacia nuestra
mesa. Noté como la pierna de Yunho se tensaba contra la mía cuando el
extranjero se me puso delante y sacó una cámara de fotos.
-Excuse me.
Would you like to take a photo with me??
-¿Eh? – murmuré. De ingles estaba
bastante pegado. El extranjero sonrió y me enseñó una cámara de fotos. – Ah,
una foto con… ¿you and your friends? – me levanté de la silla, pero él negó con
la cabeza.
-No. You and me. Photo. – me señaló
y creí entenderlo entonces.
-Ah, you and
me. Oh… eh… why?
-Why? Hum…
because you are beautiful.
-Beautiful… ¿qué, beautiful yo? ¡Oh!
– una risita nerviosa se me escapó y me ruboricé. ¿El americano o australiano o
lo que fuera no tenía ojos en la cara? Aún así, me permití el lujo de sentirme
halagado y lo primero que hice fue volverme hacia mi hermano. - ¿Has oído eso?
¡Soy beautiful! – Yunho sonrió con arrogancia y se levantó de la silla.
- Would you take us a photo? – le
preguntó el extranjero.
-Of course! No problem. – miré
sorprendido a mi hermano, que cogió la cámara y nos apuntó con ella. Tenía una
forma de hablar inglés bonita, con acento de experto. Me quedé bastante
descolocado cuando le oí pronunciar esas palabras que al menos, conocía.
-¿Sabes hablar inglés? – le pregunté
cuando me coloqué al lado del hombre rubio. Él me rodeó los hombros con el
brazo y me pegó a su pecho, sorprendiéndome. Yunho sonrió de oreja a
oreja.
-Bueno, sé algo. – Yunho hizo una
foto, pero el extranjero pidió otra y mi hermano, aún más sonriente, empezó a
hacer más fotos. – You likeJaejoong, no? He. – empezó a hablar. El extranjero
me estrechó con más fuerza, incomodándome un poco cuando pasó la mano por mi
espalda, medio acariciándola. Si no fuera porque Yunho estaba delante y sabía
que no permitiría que me tocara en algún sitio más íntimo, me hubiera apartado
de un empujón.
- Jaejoong,
true, your friend is a boy really exciting
-Mi friend? No. Mi boyfriend. – el
hombre se tensó de repente y se le borró la sonrisa de la cara. Me preguntaba
qué le estaría diciendo Yunho para causar esa reacción en él. - Do you want to
fuck him?
-Ehm… if you
want… - Yunho sonrió aún más.
- Korean
people are realy cruel. If you touch my boy I'll cut your dick and I'll give it
to my dog.– el extranjero se apartó de repente, pálido.
-O-ok…
-Cool. – cool… ¿Cool qué?
El extranjero fue hacia Yunho para
coger la cámara y agachó la cabeza, como pidiendo disculpas. Cuando alzó la
mano para coger la cámara, Yunho la apartó de su vista.
-No! It´s
the present for any inconvenience.
-What?!
-Any problem? – de repente, la
actitud de Yunho se volvió amenazadora. Pude ver la tensión de los músculos de
la cara contrayéndose, lo que no significaba nada bueno.
-Yunho, vamos, déjalo. – le pedí. El me
ignoró.
-But this
camera is mine!
-And? ¡He is
my boy, asshole! Disappears or I will cut your dick!
– los dos se miraron a los ojos largo rato, echando un pulso de miradas. Me
sentí inquieto cuando vi como los amigos del extranjero fruncían el ceño,
molestos por la actitud de mi hermano. Si la cosa se ponía fea… ¡mierda, no
quería que se desarrollara una Tercera Guerra Mundial por culpa de mi
hermano!
-Yunho, para ya. No quiero líos en
nuestras vacaciones, ¿vale? ¡Por favor, deja de hacer el indio! – mi novio me
miró de reojo. Estaba enfadado, se le notaba, pero a pesar de que era
prácticamente imparable cuando se cabreaba, por una vez se mostró razonable.
Empezó a toquetear la cámara, buscando algo. Tras escasos segundos, le sacó la
tarjeta de memoria de gran cantidad de fotos y forzando una sonrisa, le entregó
la cámara al extranjero, quedándose con la tarjeta.
-Sorry. Koreans are very jealous. –
el hombre, sin verle la gracia, nos dio la espalda y corrió hasta sus
compañeros con la cámara en la mano. Me entraron ganas de coger a mi novio por
la oreja y arrancársela de cuajo.
-¡Ya le has jodido las vacaciones a
ese pobre hombre! ¿Es que siempre tienes que liarla? – gruñí, cruzándome de
brazos con indignación. Yunho se llevó la tarjeta de memoria a los dientes y
mordisqueándola, la partió en dos.
-¿Por mi Muñeco? Siempre.
Mierda… ¿Y ahora quién se enfadaba
con este seductor de primera? Bueno, al menos podía fingirlo.
-Eres de lo que no hay.
-Por supuesto. Si hubiera muchas
personas como yo, el mundo sería perfecto. – dijo, sentándose otra vez en la
silla, estirando los pies desnudos para apoyarlos sobre mi asiento.
-¡Argg, bendita modestia! –
ironicé.
-¿Qué tienes pensado hacer esta
noche? – preguntó. Observé desde arriba como movía los dedos de los pies y me
senté sobre sus rodillas estiradas, haciendo que tensara las piernas.
Entrecerró los ojos, molesto.
-¿Hay que hacer algo? Pensaba dormir
en ese gran hotel de cinco estrellas que has reservado para los dos.
-¿Hotel de cinco estrellas? Bueno,
está la Selva Negra. Quizás Tarzán nos haya guardado una pequeña casita árbol
por el centro. ¿Crees que tendrá jacuzzi? – se llevó la cerveza a los labios,
pero se la quité antes de que pudiera darle un sorbo y bebí de ella sin muchas
ganas.
-Venga, ahora en serio. ¿Dónde
dormimos? Tienen que estar permitidos los perros, si no Scotty no pasa.
-Tranquilo, tranquilo… lo tengo todo
controlado. – por supuesto, no lo tenía, pero me hice el ingenuo y no hice más
preguntas. – Aunque quizás, si levantas tu bonito culo de mis rodillas, pueda
andar más tarde para llevarte a tu palacio, Príncipe.
-¿Príncipe? ¡Oh, qué bonito!
¿Quieres un beso, Rana?
-Si insistes… - Yunho se inclinó
hacia delante para darme un beso, intentando romper la restricción de la
mejilla. Solo le estaba permitido darme un beso en la mejilla en público y él
lo sabía, por lo que insistía todavía más para dármelo en la boca, pero justo
cuando giré la cara, empezamos a oír ladridos a diestro y siniestro y Yunho
miró hacia otro lado. – Vaya, hablando del rey de Roma.
Y allí estaba el ángel de la muerte,
el aspirante a torturador de La matanza de Texas y mi fiel rival. Su cabello
rubios resplandecían con la luz del Sol sobre ellos, casi centelleando (me
dieron ganas de cerrar los ojos al ver tanto glamour junto) estaba más pálido
que los demás, pero más moreno que yo y más musculoso. Llevaba unas gafas de
Sol de las caras (y seguro que no eran robadas) y su bañador bermuda era negro
y blanco, con calaveras de color rojo. A ambos lados de su cuerpo había dos
Scottys casi iguales. Los observé con admiración. Dos grandes labradores
caminaban a su lado, atados por correas, perfectamente alineados y con un
pelaje brillante, preciosos.
Yo no conseguiría hacer eso con mi
perro ni en un millón de años. De hecho, Scotty se abalanzó sobre ellos,
ladrando y correteando a su alrededor, pero estos ni se inmutaron. Debían estar
muy bien amaestrados.
Me mordí el labio inferior cuando
Hyun se quitó las gafas de sol, se las colocó sobre la camiseta de tirantes que
llevaba y se sacudió el cabello ferozmente con un iris de un verde musgo
increíble. Yunho también lo miraba, con curiosidad.
-Le odio. – murmuré. – Buen cuerpo,
ojos claros, rubio, rico y…
-Gay facha, lo que faltaba. – se
burló Yunho. – Mira, ahí tienes el prototipo ideal que Hitler quería para su
ejército de matones sin cerebro. No marica, claro, pero se dan un aire.
-Sí, ahora dices eso, pero seguro
que me dejas por él a la más mínima. Tal vez ya me estés poniendo los cuernos.
– Yunho puso los ojos en blanco.
-Soy masoquita. Prefiero los retos
difíciles.
-¿Os queda mucho? Quiero tumbarme en
la orilla. – dijo Hyun, volviéndose hacia el gran y bonito todoterreno gris en
el que había venido. Traía compañía, alguien que descargaba la mercancía sobre
la arena y, tras él, una moto algo vieja, pero reluciente, aparcó. Kam se bajó
de ella, con el ojo blanco abierto de par en par mientras el otro lo
entrecerraba por el Sol. Con una gran sonrisa, cogió una mochila que se cargó
al hombro y descendió por la cuesta de arena.
-¡Cariño! – Heidi corrió hasta él,
que la esperaba con los brazos abiertos y la cogió al vuelo, zarandeándola de
un lado a otro en el aire mientras le daba un gran beso en los labios y le
acariciaba el pelo.
-¿Cuánto tiempo llevan Heidi y Kam
juntos? – pregunté, curioseando. Ni aún después de tanto tiempo había
conseguido ponerme al día de todas las relaciones amistosas, amorosas y de odio
entre los Encadenados.
-Hum… tres años más o menos. Quizás
dos.
-¿Y Heidi no tiene miedo de que se
le vaya la cabeza?
-¿Tú tienes miedo de que se me vaya
a mí? – sonreí. Ya no.
Fue entonces cuando el otro, el que
faltaba, terminó de descargar el todoterreno y se cargó las bolsas al hombro,
cerrando el maletero. Sentí un nudo en la boca del estómago al
reconocerlo.
Max.
No podía decir que estuviera
demacrado, porque no lo estaba. La única diferencia que había entre el Max de
hacía meses y el de ahora, era que ya no sonreía. Y por mi culpa.
Me estremecí recordando cierto
episodio vivido en la pastelería entre él y yo y noté como Yunho me rodeaba la
cintura con los brazos y pegaba la barbilla a mi hombro.
Max giró la cabeza de izquierda a
derecha, como si buscara algo. Yo sabía qué era lo que buscaba exactamente y
cuando lo encontró, nos observó con gran descaro. Bueno, en realidad, observaba
a Yunho. Yo no existía entre ambas miradas. No sé lo que mi hermano le dijo o
le hizo con un simple gesto, pero de repente Max dirigió los ojos hacia mí, los
puso en blanco y luego, escupió en la arena. Nos dio la espalda y yo temblé de
vergüenza.
-Hum… creo que le pegaré. – musitó
Yunho, dejando caer la mejilla sobre mi cuello y cerrando los ojos con
placidez.
Me tragué el “ni se te ocurra” que
él conocía de sobra y suspiré.
Aquello era digno de ver. Había
pasado de ser un pobre moribundo depresivo que había huido de casa al ser
acosado por toda la ciudad por acostarme con mi propio hermano a tener como
mayor problema el sentimiento de odio descontrolado de un amigo al que le había
quitado el novio.
Bien, Jaejoong, ¡vamos mejorando! A
ver si consigues salir limpio al volver a casa. Al fin y al cabo, Max no podía
haberme cogido mucho asco de un día para otro ¿no?
-¿Qué le dijiste exactamente cuando
cortasteis? – Yunho se encogió de hombros.
-Que te prefería a ti.
-Venga, en serio, ¿qué le
dijiste?
-Pues… que te prefería a ti. Eso le
dije. – le miré, incrédulo y él volvió a encogerse de hombros.
-Pero ¿tú eres tonto?
-¿Por qué? Era la verdad. Le dije
algo así como, “Maxi, eres guay y ahora mismo estaría todo el día follando
contigo de no haber aparecido Jae. Lo siento, pero lo prefiero a él antes que a
ti.” – no me lo podía creer. ¿Se estaba cachondeando de mí?
-Sí, claro ¿y qué dijo él?
-Que no me merecías y que no tenías
derecho sobre mí. Se enfadó, yo me enfadé más y le dije que lo dejaba porque tú
me lo pedías, que si fuera por mí, estaría con los dos. Pero como tú no
querías…
-¡Y una mierda! ¿¡Me has echado toda
la culpa a mí!? ¡Serás gilipollas! – me aparté de un salto. Desde luego, si le
había dicho eso, el tacto lo tenía en el culo. Normal que Max hubiera pasado de
ser guay conmigo a odiarme. Yo también lo haría.
-Pero si fue eso lo que me
dijiste.
-Pero ¿tú no sabes lo que es el
tacto? Además, es tu mejor amigo ¿cómo has podido alejarte de él por mí? –
Yunho entrecerró los ojos, con cara de circunstancias.
-Pero si te ponías blanco cada vez
que hablaba con él. Solo he seguido la preferencia.
-¡Pues si me ponía blanco, me jodo y
ya está, pero no puedes ser tan insensible con él! Ahora me odiará…
-¡Dios, Jaejoong, eres tan raro como
una mujer, coño! ¿Y qué pasa si te odia? Pues que se aguante, como todo el
mundo. Pero yo no voy a renunciar a estar con la persona que me gusta solo
porque a él le siente mal. – declaró y fue imposible no enternecerme. Es que
Yunho era más mono… normalmente, era un vacilón, pero a veces soltaba cada cosa
bonita, que me derretía. Suspiré y tuve que sonreír un poco.
-Sí, eres de lo que no hay.
-¿Qué pasa? ¿Tú no lo harías por mí?
– preguntó, sonriendo. Volví a sentarme sobre sus rodillas estiradas.
-Dame un beso, macarra. – si nadie
estaba pendiente, le dejaría darme un beso en la boca, pero corto. Yunho se
inclinó para besarme y al rozarme los labios…
-¡AAAAARGGG! – pegué un bote sobre
sus rodillas y caí de espaldas en la arena. Yunho se levantó de un salto, en
posición de defensa al oír el grito y yo lo imité, rascándome la cabeza llena
de tierra con una mano.
-¿Qué pasa? ¿Qué…? ¡AAH, SCOTTY! –
mi perro, inconfundible entre aquellos dos cachorros bien adiestrados y de
pelaje reluciente, después de haberse empapado metiéndose en el lago y haberse
revolcado por la arena, se había tirado encima de Zansha, la perra, y… bueno,
empezó a hacer cosas de perros sobre ella. Hyun tiraba como una bestia de la
cadena de su perra, pero esta apenas movía más que el cuello. Se dejaba hacer
sumisamente. El hermano de Scotty, Duncan, ladraba, pero no se acercaba.
Mi perro le ahuyentaba con gruñidos.
-¡JAEJOONG! ¡Sujeta a tu puto
perro!
-¡Scotty, guarro, ven aquí! – y el
mamón seguía, sin parar, sin hacerme ni puñetero caso. - ¡Serás cerdo! ¡Que es
tu hermana, no te tires a tu hermana!
-Mira quien ha ido a darle consejos
sobre el incesto al perro, precisamente. – se burló Yunho, que pasando del
tema, volvió a echarse sobre la silla, partiéndose de risa.
-¡Eres un gilipollas! ¡Te vas a
enterar esta noche, capullo! – así que a quien le tocó encargarse del animal,
como siempre, fue a mí. Sabía que ir despacio con Scotty no iba a dar
resultado, ya que gruñía y enseñaba unos dientes que daba gusto, así que corrí
hasta él, ignorando sus gruñidos y me tiré encima suya, apartándolo de un
empujón de la perra, revolcándonos los dos por la tierra. - ¡Perro malo!
-¿Perro malo, yo? ¡Pues tú bien que
lo haces con tu hermano, pedazo de bicho, y delante de mí, que no digo nada!
¡Animal! – pareció ladrar. Lo agarré por el collar para que no se escapara,
porque tenía toda la intención de volver a por la perra. Salivaba por
ella.
-Lo siento,Hyun. Está…
-¡Tranquilo, puedo perdonarlo! –
habló, con una mueca burlona. – Solo sigue el ejemplo de su dueño ¿no?
-Ja-ja-ja, muy gracioso. ¿Y los
tuyos? Siguen tu ejemplo estirado, desde luego, ¡pero bien que se dejan zumbar
por un perro callejero! También siguen tu ejemplo. – Hyun puso cara de asco y
yo le imité.
-Oye, oye, de callejero nada, que yo
tengo pedigree. – gruñó Scotty.
-Como me preñe a mi perra…
-¿Qué harás? ¿Lo mandarás al otro
barrio con una inyección milagrosa? Eres aspirante a médico, ¿o a veterinario?
¿O a ATS? ¿No eras analista? ¡Aclárate de una vez! – el Príncipe sonrió y
agarrando bien fuerte a ambos perros con la correa, empezó a andar por la
orilla, pasando por mi lado. Acercó los labios a mi oído.
-Lo castraré. – susurró y oí como
Scotty emitía un pequeño gemido y se encogía en la arena. Acto seguido, les
quitó la correa a ambos perros y estos no se movieron un ápice, sin separarse
lo más mínimo de su amo. – Cuidado, puedo hacerlo con los dos. – su sonrisa se
hizo macabra y me entró un tembleque horrible.
-El castigo de los incestuosos, Scotty.
Horrible, ¿verdad? – le acaricié la cabeza y con la lengua fuera, bostezó. - ¿Y
ahora estás cansado? ¡Arggg, guárdate eso! ¿Quieres? Mira, si me prometes no
volver a intentar tirarte a la perra de Hyun, te dejaré que te tires la pierna
de Yunho cuando se quede dormido ¿vale? Tómatelo como un préstamo, pero luego
me lo tienes que devolver, eh. ¡Y limpito! – y sin emitir ni un sonido más, se
tumbó en la arena en cuanto le solté el collar y ahí se quedó, con las patas
estiradas y la cabeza entre ellas. – Eso es. - Yo también tenía ganas de
tumbarme en la arena, relajarme y dormir sobre una toalla con el sol encima de
mí, tostándome poco a poco. Sobre todo, tenía ganas de quitarme las muñequeras
negras que había llevado durante todo el verano, aún cuando notaba el sudor
empapándolas. Las cicatrices tan blanquecinas de los brazos que ya apenas se
notaban no eran muy perceptibles y nadie se fijaba especialmente en ellas, pero
las de las muñecas eran otra cosa. Tenían su propio color rosado oscuro que
podía detectarse desde una distancia de diez metros.
Suspiré. Suerte que el bañador era
bermuda y me llegaba hasta poco menos de las rodillas. Si hubiera sido uno de
esos bañadores ajustados que solo cubrían el principio de los muslos, se me
verían las cicatrices más recientes. Esas Yunho todavía no las había visto, al
menos no las de hace dos días. Cada vez me cortaba menos, pero cuando me
estresaba no podía evitar la tentación de hacerme un corte, solo uno,
pequeñito, pero uno.
Acariciando a Scotty, observé cómo
se bañaban y jugueteaban en el agua los Encadenados, todos con los que tenía
más relación. Sabela y Heidi se salpicaban agua con Kam y Black. Hyun se había
tumbado en la orilla, con medio cuerpo metido en el agua, pero poco más. Yunho
seguía sentado en el chiringuito, con la cabeza apoyada sobre una mano. Parecía
haberse quedado dormido. Ricky, más allá, hablaba con esa chica, Eva, o más
bien escuchaba, porque su amiga no paraba de hablar entre risas. Ella estaba
muy cortada, podía vérselo en la cara.
Así que me había quedado solo, con
Scotty. No me importaba, la temperatura era agradable y el aire olía a agua y a
bosque. Se estaba bien.
Me gustaría ir a explorar el bosque.
Si me hubiera traído las deportivas…
Mi móvil empezó a vibrar en el bolsillo
del bañador. Me sobresalté. No me acordaba de que lo tenía ahí, ni tampoco
encendido. ¡Menos mal que no me había metido en el agua con él! Lo saqué y
observé la pantalla, sin reconocer el número que salía en ella. ¿Más
publicidad? Yunho me acababa de comprar el móvil nuevo y ¿ya estaban con la
publicidad?
Ese había sido uno de los regalos de
Yunho para mitigar mi cabreo. Un móvil nuevo, aunque no de última generación.
Lo cierto era que lo había comprado exactamente igual que mi antiguo móvil, de
la misma marca, del mismo color, pero un modelo más avanzado, aunque eran casi
iguales. La única diferencia era una cámara de más píxeles y la conexión a
internet. Por lo demás, eran idénticos. Mi móvil antiguo seguía en casa,
apagado. A veces lo encendía para ver los mensajes y las llamadas perdidas,
para cerciorarme de que Yoochun y Junsu no se habían olvidado de mí, de que
mamá tampoco. Cuando abría los mensajes, uno a uno, encontraba muchas llamadas
perdidas suyas. Junsu y Yoochun me mandaban un mensaje al día, aún sabiendo que
no les contestaría. Una vez, lo hice, y apagué el móvil. Al día siguiente tenía
ciento doce llamadas perdidas y veintidós mensajes suyos, así que prefería no
contestar, para que no estuvieran todo el día con el móvil al oído.
Me contaban cosas, anécdotas cortas
y simples y me deseaban suerte, que estuviera bien. Me daban consejos. A mí me
entraban ganas de llorar.
A veces, entre los mensajes, se
colaba un “¡No vuelvas nunca, enfermo!” de alguien de la universidad, pero con
el tiempo, habían desistido y se habían olvidado de mí.
El otro móvil, el que me dio Sparky,
no lo había usado aún, para nada. Lo tenía escondido. No quería que Yunho lo
viera, por si acaso. De él también recibía mensajes, pero no los leía. Me
carcomía la culpa.
El móvil nuevo dejó de sonar y
metiéndomelo en el bolsillo, me tumbé en la arena cuan largo era, mirando el
cielo grisáceo. Olía a humedad. Quizás lloviera más tarde. ¡Qué lástima! En
Busan no paraba de llover.
El móvil vibró. Luego, dejó de hacerlo.
Y volvió otra vez.
Lo cogí, suspirando, para apagarlo.
Empezó a sonar de nuevo tras una pequeña parada y vi el mismo número de antes.
Suspirando, molesto, puesto que este móvil sí que lo utilizaba para hablar con
mis amigos de Busan, me lo llevé al oído y acepté la llamada.
-Lo siento, no estoy interesado en
ningún tipo de promoción, regalo o cualquier chanchullo que tenga que ver con
la factura de mi teléfono, así que no pierda el tiempo conmigo, gracias…
-¿Jaejoong? – alguien me llamó, una voz
que me sonaba, pero no pude situar. El sol me dio en la cara y me tapé los ojos
con la mano.
-¿Sí? ¿Quién es?
-…No cuelgues, ¿quieres?
-¿Eh? ¿Quién eres? ¿Por qué iba a
colgar? – el desconocido no respondió. - ¿Oye?
-Jaejoong… soy yo.
Soy yo, soy yo, soy yo… reconocí esa
voz entonces, pero no podía ser. No tenía mi nuevo número. Extrañado, aparté el
teléfono de mi oído y lo miré. La pantalla estaba iluminada y los colores de la
misma eran distintos a los que me había acostumbrado últimamente. Un minúsculo
rayajo en la esquina superior izquierda de la misma me hizo palidecer.
Me había confundido de móvil.
-Jae, no cuelgues… Soy Derek.
