By Thunder
-¡Thunder, maldito vago, han
vomitado en el baño! Hace media hora que te lo dije, demonios, ¡límpialo! –
Habermman da órdenes y mi deber es acatarlas. No soy un dependiente muy activo,
ni tampoco muy espabilado, por lo que se puede decir que me merezco los gritos,
así que sin más, cojo la cubeta de agua y la fregona y me dirijo a los
baños.
Los clientes ya se han ido. Es hora
de cerrar. Es raro que una pastelería cierre a la una de la mañana, pero este
lugar engaña con el escaparate tan familiar y esponjoso. En realidad, hace
tanto de bar como de panadería, además de vender pasteles y helados. Es un
lugar extraño al que llegan alumnos de universidad por las mañanas, familias por
la tarde y hombres borrachos por la noche. Habermman, el dueño, tiene buena
vista comercial. Sabe reconocer un diamante en bruto cuando lo ve, sin embargo,
de eso hay poco en estos lares. Así que se conforma conmigo.
Al entrar al baño, encuentro un desagradable
olor a vomito que empieza extinguirse poco a poco. Él, tapándose la nariz con
una mano, está fregando el suelo con una mueca de asco.
-¡Argg! – se queja y cuando termina
de limpiar y hunde la fregona en el cubo, veo como sufre una arcada que le hace
acercarse al inodoro. Pero no vomita. Se reprime y sacude la cabeza. – Qué
asco.
-¿Qué haces aquí todavía? Tu turno
terminó hace horas. – pregunto. Mi compañero, Jaejoong, se vuelve con
curiosidad.
-Ah, bueno, mañana empiezo las
vacaciones y quería dejarlo todo bien limpio para reservar mi plaza. Ya sabes,
casi acabo en la calle aquella vez. ¡No quiero que el jefe piense que soy un
perro! – sonríe. Un perro. La palabra casi me provoca risa.
Nadie, a no ser que se trate de un
desconsiderado sin corazón, pensaría que Jae es un perro. Su turno empieza a
las nueve de la mañana y a la una de la tarde, vuelve a casa. A las cinco, está
aquí otra vez hasta las nueve de la noche. Jae no es un vago como yo. Sólo ha
faltado dos veces al trabajo, cuando cogió un catarro de verano, dos días
seguidos. Luego, volvió con energías renovadas y aguantó media hora de gritos
de Habermman. Después, trabajó tanto, que me encontré sin ninguna tarea que
hacer, al igual que Heidi. Desde entonces, no ha parado.
Viéndolo reír, me acuerdo del
aspecto demacrado de la primera vez que lo vi. Las mejillas chupadas y los
brazos esqueléticos comparables a los de un anoréxico. Los ojos apagados, la
palidez y el cansancio siempre patente en la cara. Aún al principio, había demostrado
tener una gran energía. Estando incluso enfermo había dado más que yo en dos
días de trabajo seguidos, pero eso no era nada comparado con lo que había hecho
después, una vez curado. La diferencia entre el antes y el después era
impresionante.
Mi compañero me había dado grima al
primer vistazo, pero ahora… era diferente.
Mientras se cambia de ropa y se
quita el uniforme, lo observo de reojo. La espalda de un blanco enfermizo hace
meses, llena de pellejo transparente, se ha convertido en un terreno ancho, de
una palidez sana y bonita, unos hombros finos y brazos que, aunque no muestran
una musculatura sorprendente, han recuperado grosor, color e incluso
voluminosidad. Cuando Jae los alza para ponerse la camiseta, puedo captar el
movimiento de los bíceps y el del tórax. No es un chico musculoso, pero con la
aparición de la grasa, ha llegado también cierta forma dura y atlética que te
hace pensar dos veces con quién te estás metiendo. Nunca le he tocado las
piernas, pero tienen pinta de ser duras como el mármol y el trasero… bueno… se
nota que Jaejoong ha estado haciendo ejercicio durante toda su vida, aunque
nunca le he preguntado por ello.
Su altura hace retroceder a más de
uno, aunque cualquiera que lo tenga cerca durante más de diez minutos puede
darse cuenta de que es alguien pacífico e inocente. Sobre todo eso. A veces le
cuesta pillar alguna que otra indirecta y otras veces, ve directas donde no las
hay. El es un poco… tonto. Y eso llama mucho la atención de los hombres.
Las chicas ven en su cara un niño
que despierta su amor maternal. Los hombres ven algo más… lujurioso. Como el
rostro de un adolescente que se hace el ingenuo y, cuanto más ingenuo se hace,
más monstruoso puede ser en otros aspectos más placenteros. Tiene cara bonita,
ojos expresivos cuando está contento y afilados y agresivos cuando no está para
juegos. Su pelo es precioso y crece rápido.
Encima es agradable y tiene
carácter. Sobra decir que me gustaría tenerlo como pareja. Es imposible
que exista hombre en este mundo que deseara lo contrario. Claro, que hay un
problema.
-Entonces, ¿te vas de vacaciones? –
pregunto, colocándome el cinturón sobre los pantalones.
-Sí. ¡A un lago ¿No es genial?
-¿A un lago? ¿Cómo se llama? Quizás
sepa dónde está. – Jae se encoge de hombros.
-No tengo ni idea. Sólo sé que es un
lago. Pregúntaselo a Heidi, ella también viene. Bueno, ¡vienen todos los
Encadenados! Pero eso mi hermano no lo sabe todavía.
-Ah. – Jaejoong coge la mochila y se
la carga al hombro, a punto de salir por la puerta. No lo veré hasta dentro de
varios días y eso, me hace hablar. – Oye… ¿Te gustaría salir a comer algún día
por ahí? – Jae se vuelve, con una ceja alzada.
-¿Salir? ¿Contigo? – sabiendo que es
demasiado descarado admitirlo, me invento algo más.
-No. Con Heidi, con Max y demás. Ya
sabes, todos los que trabajamos o alguna vez hemos trabajado aquí. – asiente
lentamente, pensándoselo.
-Hum… bueno, tal vez. Si me decís
día y hora.
-Te llamaré cuando nos aclaremos,
aunque… bueno, cuando me des el número. – dejo caer como quien no quiere la
cosa.
-¡Ah, claro! Tengo un curioso lío de
móviles, así que cuando vuelva de vacaciones te lo doy ¿vale? Aún no he
memorizado mi nuevo número. – vuelve a sonreír. Ah, claro. también tiene unos
dientes bonitos, no perfectos, pero realmente blancos.
-De acuerdo. Hasta después de las
vacaciones. – Jaejoong mueve la mano mientras abre la puerta y sale.
-¡Hasta luego! – cuando la puerta se
cierra, yo observo su taquilla cerrada y luego, la papelera. Algunas vendas
manchadas de sangre están ocultas en el fondo, lo sé. Jaejoong tiene un hábito
extraño, aunque cada vez encuentro menos sangre en las baldosas del baño y
menos restos de alcohol y desinfectante. Algún fallo debía tener, por supuesto.
Cuando salgo de los vestuarios y
cojo las llaves para cerrar la tienda, veo una escena un tanto desagradable a
través de los cristales del escaparate que dan a la calle. Como todas las
noches, sea la hora que sea, el Capitán de los barrios bajos espera a su hermano
en la acera de en frente. Busco un regalo en sus manos, un paquete con un lazo
rojo o un peluche gigante, pero no encuentro nada. Durante estos meses
trabajando con Jaejoong he podido apreciar que, el día en que viene cabreado al
trabajo, con esos ojos afilados y distantes y esos gruñidos que suelta cuando
le hablas, Yunho aparece a recogerlo (como siempre) con algún regalo. Solo le
da regalos cuando Jae está cabreado, lo que me hace pensar que él es el
causante de su cabreo y viene a hacer las paces. Nunca ha traído flores ni nada
parecido, pero sí grandes animales de peluche, un gato, una cobaya y alguna que
otra cadena o anillo. Fue así como me entere de que a Jaejoong le encantan los
animales.
Yunho me parece una persona
sumamente irritante y falsa. Cuando su hermano no está delante, se pelea con
aquellos que se interponen en su camino. Cuando Jae aparece, relaja los puños y
se vuelve tan pacífico y sumiso, que da asco. Supongo que el hecho de que sean
hermanos tiene algo que ver.
Hoy, Yunho ni trae un regalo, ni
trae la moto en la que suelen volver a casa. Jaejoong conduce a veces, con
mucha torpeza. Creo que él intenta enseñarle. Hoy, Yunho se presenta con las
manos vacías y con un cigarro que tira al suelo y aplasta en cuanto aparece su
hermano. No era un cigarro, si no un porro. A Jaejoong no le gustan nada los
porros.
Jae pone mala cara y le dice algo,
señalando el porro aplastado en la acera. Yunho le suelta una frasesita
sarcástica, con una sonrisa típica del chico malo de una película y Jae le da
la espalda, cruzado de brazos. Hoy puedo apreciar algo extraño en la escena.
Yunho está muy meloso, más de lo acostumbrado. Rodea a Jae con los brazos, le
tapa los ojos y le dice algo al oído. Mi compañero deja de gruñir y se ríe y
enseguida vuelven a estar tan tranquilos. Yunho le abraza por la espalda y no
se suelta ni cuando Jaejoong se lo pide. Le dice cosas que me carcome no saber
y luego, agarrándolo por la barbilla, le da un beso en la boca.
Estoy a punto de atragantarme con mi
propia saliva. Jaejoong y Yunho siempre han sido mimosos. Ricky, la hermana de
Heidi que se pasa tanto por aquí, lo dice mucho. El Capitán pierde la polla por
el culo de su hermano y cuando la busca, no la encuentra.
No pensaba que se refería a esto
cuando lo decía.
Jae está ruborizado y se aparta de
un empujón mientras Yunho sonríe con esa maldad verdadera que intenta ocultarle
a su hermano. El Capitán es malo, malo de verdad y Jaejoong no se ha dado
cuenta de ello aún. Parece que no le gustan las demostraciones de afecto en
público, pero a esas horas de la noche no hay apenas nadie por la calle. Yunho
alza la mano entonces, ofreciéndosela y Jae, atorado, mirando de un lado a otro
asegurándose de que nadie les ve, acepta su mano. Los veo irse por el camino de
siempre, con los dedos entrelazados y se me revuelven las tripas.
Antes de desaparecer de mi vista,
puedo asegurar que Yunho desvía la mirada hacia el escaparate y me pilla
observando la escena. Me mira intensamente, como si para él fuera un insecto
que resulta tan fácil de aplastar, que ni siquiera le merece la pena hacer el
esfuerzo. Ahí está el auténtico Yunho, el manipulador, el chantajista, el
agresivo, el que te hace temblar… el asesino. De hecho, con esa mirada me
advierte, me amenaza con destriparme y sé que cumplirá su amenaza. Yo nunca le
he caído muy bien.
Jaejoong le dice algo y deja de
mirarme, sonríe con suficiencia y desaparecen los dos juntos por la
calle.
Yo lo odio todavía más.
Antes de cerrar la tienda, entro al
baño para lavarme la cara de imbécil que se me ha quedado al ver como mi
compañero se morrea con su hermano. Ha sido tan repulsivo, que me entran
grandes arcadas y no por el hecho de ser hermanos, no. Es vomitivo porque es
Yunho. Yunho el Piojoso, Yunho el Apestoso, Yunho el Repulsivo, ToYunho, el que
no se lava, el meón, el del mal olor.
Recuerdo perfectamente a ese Yunho,
el de hace ¿cuánto? ¿Quince años? El Yunho que iba a la guardería con la ropa
sucia, con la cabeza plagada de piojos que saltaban y se revolcaban en su pelo
grasoso, tan sucio, que de castaño pasaba a ser negro y se le pegaba a la cara.
Cuando se rascaba la cabeza, los piojos saltaban. Su ropa olía a meado y nadie
quería sentarse con él en su pupitre. Apestaba, él y su peluche, ese muñeco tan
raro que siempre llevaba encima también. Le llamaba Joongie, lo recuerdo y
hablaba con él más que con los niños de la guardería. Le tiraban piedras y
Yunho lloraba como un descocido.
Yunho era feo, olía mal, estaba loco
porque hablaba con un peluche y jugaba solo con él y cuando lo rompieron… se
volvió un loco aún mayor.
¿Qué había sido de ese Yunho
Apestoso? ¿Qué había sido de los niños de la guardería que se metían con él?
Él… los masacró uno a uno. No tuvo piedad.
Recuerdo lo que pasó el día que
llegó la policía a la guardería. Yo acababa de cortar el césped y de recoger un
jarrón roto que se había caído al suelo accidentalmente, para que los niños no
se hicieran daño. El acto no sirvió de nada, porque los niños no salieron ese
día a jugar. Se retrasaban y eso me olió muy mal, así que entré en la clase
para preguntar y la escena me dejó trastornado. Los niños vomitaban, lloraban,
se tiraban en el suelo y gritaban con las manos en el estómago, encogiéndose
sobre sí mismos. Las maestras los imitaban, intentando levantarse para llamar
al hospital sin mucho éxito. Mamá, controlando el vomito, se arrastró hasta mí
entonces y gritó que llamara a una ambulancia. Yo corrí hasta el teléfono y en
ese momento, lo vi.
Yunho, el Apestoso. Yunho, el
Pijoso. Yunho, el que olía mal, tenía el cable del teléfono en la mano. Lo
había roto, y también los demás teléfonos de la guardería. Las luces estaban
apagadas, la calefacción había dejado de expulsar calor en aquel invierno tan
frío, el agua se había cortado, las ventanas estaban cerradas y el gas,
abierto.
Yunho y yo nos miramos y el miedo y
la soledad que había visto en él el día anterior había desaparecido. Ahora, lo
que transmitía era una indiferencia tal, que parecía inhumana.
Aquel día salí de la guardería,
llamé a los vecinos y llegó la ambulancia, los bomberos y la policía. Yunho y
yo éramos los únicos que no se habían puesto enfermos y cuando la policia
investigó lo sucedido, llegó a una conclusión. Alguien había echado matarratas
en la comida y algunas cosas más nocivas de las que no tenían especial
conocimiento. Alguien había abierto el gas y había cortado la comunicación.
Aquello parecía ser un intento de genocidio e infanticidio colectivo, pero como
no encontraron pruebas concluyentes, cerraron el caso como un accidente debido
a una negligencia. Mi madre se quedó sin su guardería, en la calle. Y yo con
ella.
Yo sabía la verdad. Alguien había
intentado matarnos, sí. No había sido una simple casualidad. Sin embargo, nunca
dije nada.
Yunho me daba miedo.
Durante los años siguientes, oí
rumores. Cada niño de la guardería había seguido con su vida, pero no tardé en
tener noticias sobre ellos en periódicos o a través de simples historias que
oía en boca de otros. Uno a uno, fueron cayendo, tanto chicos como chicas. Uno
casi se ahogó en la piscina del colegio. Cuando le encontraron, tenía varias
costillas rotas y no respiraba. La gente le atribuyó esas roturas al intento
desesperado de alguien por reanimarlo, sin éxito. El chico nunca aclaró esa
duda, enmudeciendo cada vez que se le preguntaba. Otro, un desafortunado
accidente en unas escaleras. Una, un par de gotitas de ácido en los ojos, casi
cegándola. Una mano atravesada de parte a parte por un simple bolígrafo, una
cabeza rapada al cero con cientos de heridas por el mal uso de una segadora.
También hubo humillaciones públicas (alguien destrozaba la ropa de las personas
en concreto cuando estaban en los vestuarios y los obligaba a salir desnudos a
los pasillos del instituto).
Nunca nadie dijo quién, pero lo cierto
era que todos lo sabíamos pero manteníamos la boca cerrada por miedo. Sabíamos
que correríamos la misma suerte si se nos escapaba algo.
Recuerdo cuando Lina se chivó a la
profesora e insistió a las víctimas para que pusieran una denuncia. De repente,
un día dejó de venir al colegio y al cabo de una semana, nos enteramos de que
alguien había entrado en su casa y había destripado todas sus muñecas (Amaba
las muñecas, su madre tenía una tienda de coleccionistas de juguetes antiguos,
entre ellos, muñecas de porcelana) y no solo eso. Habían intentando prender
fuego a la tienda de su madre con ella dentro. Por suerte, los bomberos fueron
rápidos, pero gran parte de las antigüedades ardieron.
No se volvió a hablar del tema. Hubo
denuncias, pero todas retiradas por miedo.
Aunque nadie lo mencionaba,
todo el mundo sabía que nadie más que Yunho tenía motivos para hacerlo. Nadie
más que Yunho era capaz de hacerlo. Nadie más era tan… inhumano.
Sacudí la cabeza. Eso ya no
era asunto mío, ya había pasado. Durante muchos años tuve miedo de salir de
casa, de no cerrar con cerrojo la puerta, del fuego, de abrir el gas o de
encender un cigarrillo y saltar por los aires. Tenía miedo de montarme en coche
por un “fallo en los frenos” o una bomba escondida bajo el capo. Miedo de estar
en la lista negra de Yunho. Por suerte, no había pasado nada hasta entonces.
Yunho y yo nos habíamos cruzado muchas, muchísimas veces e incluso habíamos
hablado y él siempre sonreía disfrutando del miedo que olía en mí.
Me muerdo el labio inferior y salgo
del baño dispuesto a volver a casa, poner alguna película absurdamente cómica y
quedarme dormido hasta el mediodía siguiente. No quiero pensar más en Yunho.
Odio a Yunho.
Pero, cuando salgo del baño, una
sorpresa me paraliza. Algo peor que Yunho.
Alguien se ha colado en la
pastelería y se ha sentado en uno de los taburetes cercanos a la barra. No
consigo ver su cara, pero es un hombre, corpulento, vestido todo de negro, con
ropa atlética y la capucha de la sudadera cubriéndole la cara.
Cojo el cuchillo de cocina y lo
escondo tras mi espalda antes de ir hacia él.
-Señor, lo siento, pero ya hemos
cerrado. – él ni siquiera alza la cabeza. Consigo ver su barbilla cubierta por
una ligera capa de barba oscura y sus labios de un tono azulado peligroso. Le
da un sorbo a una botella de cerveza que al parecer, ha cogido él mismo del
refrigerador. - ¿De dónde ha sacado eso? – pregunto. Él, de nuevo, no contesta,
bebiendo de la botella a morro. – Señor, tiene que irse, ahora. Estoy cerrando.
– termina de beber de la botella y aunque sé que la ha robado, no tengo
intención de pedirle pago. Si es peligroso, estaría tentando a la suerte.
YouTube - Life OST 17 - Theme from
Hatori
-¿Por qué no haces la vista gorda y
me pones otra, chico? – pregunta. Tiene una voz muy ronca, pero no parece estar
borracho. Parece sereno.
-Lo siento, pero no puedo. Si
quiere, puede llevarse la botella, pero no puedo servirle nada más. Debo
pedirle que se marche.
-Gr… - gruñe y yo aprieto el mango
del cuchillo. – Thunder, sírveme otra. Tenemos que hablar. – ese tono de
confianza y familiaridad me insta a retroceder, pero no cedo. Nervioso y
deseando volver a casa, encerrarme en la seguridad de mis cuatro paredes, doy
un paso adelante, mostrando el cuchillo y le agarro del brazo para echar al
desconocido aunque sea por la fuerza.
-Haga el favor de irse o llamaré a
la policía. – él alza la cabeza. Consigo verle la nariz y observo, horrorizado,
como sonríe de una forma lúgubre, enseñando todos los dientes, blancos y
afilados, como los de un duende malicioso.
-¿me estás amenazando con un
cuchillo? ¿Es que yo no te enseñé nada? – de repente, me coge el brazo con la
mano. Puedo ver una horrible deformidad, una quemadura que se extiende por todo
su brazo, algo grotesco lleno de estrías de un color rojo oscuro, manchas
moradas, restos de ampollas que ya explotaron tiempo atrás.
Reconozco esa cicatriz al momento y
sobresaltado, me aparto, dejo caer al suelo el cuchillo y retrocedo de un salto
con el corazón en un puño. Las piernas empiezan a temblarme cuando él se
levanta del taburete aún con esa sonrisa en la boca, como si la situación le
resultara la más agradable del mundo. Es alto, muy alto, ha crecido y vuelve a
ser más alto que yo, como siempre. Ante mí, se quita la capucha que le cubre la
cara y aparece un cuello repleto de estrías rojizas, restos de las quemaduras.
Su cara, por suerte, no ha sido rozada por el fuego.
-¿Qué… estás haciendo tú aquí? –
pregunto a todo correr, con la respiración entrecortada. A él se le borra la
sonrisa por un momento.
-Pensaba que te alegrarías de verme,
pequeño. – no. No me alegro nada.
-Vete, por favor. – él ladea la
cabeza, no muy dispuesto a obedecer. Me da la espalda y camina por la barra de
la pastelería, rozándola con una uña alargada. La madera casi chirria al tacto
de su estructura.
-¿Trabajas aquí?
-No te importa.
-Es muy cutre, Thunder.
-¡Te digo que no te importa,
lárgate! – grito y él se gira, con los ojos entornados. La sonrisa ha desaparecido.
-No grites, mocoso. – sus ojos, de
un color azul claro, brillan, achispados.
Oigo el toc toc de una puerta y me
vuelvo hacia la entrada de la pastelería. Una chica, de larga melena pelirroja,
entra en la pastelería con una enorme sonrisa.
-¿Se puede? – pregunta y entra sin
más. Los tirantes y los pantalones cortos me dejan ver las cicatrices de unos
buenos cortes hechos a conciencia. En el tobillo, un lugar muy doloroso donde
dedicarse a cortar, tiene en forma de cicatriz la palabra “Puta”. Tras ella,
empieza a entrar gente, personas musculosas, de rostro demacrado y la
agresividad plasmada en la cara. Entran hombres, sobretodo, de una edad entre
los dieciocho y los treinta. Están armados hasta los dientes, no con armas de
fuego, pero sí con todas las armas blancas que pueda imaginar. Navajas,
cuchillos, puños americanos, espuelas, hachas, cadenas... Uno trae hasta una
espada japonesa recargada al hombro.
Empiezo a sudar… y empiezo a
reconocer a gente.
Uno de ellos tiene la cruz gamada a
modo de cicatriz en la frente. Sé quién es. Un ex policía. Lo sé porque la
leyenda de esa marca se ha extendido por todo Busan. Yunho se la propinó por
sobrepasarse con su amigo judío.
Reconozco al conocido Albert. Tiene
las manos vendadas, pero aún así, puedo ver claramente que le faltan dedos y
cojea al andar. Yunho casi le hace estallar por los aires por haber matado a su
perra.
El neonazi que se cree con derecho a
ser llamado Hitler también está, muy cabreado además. Oí que intentó quedarse
con los terrenos de Yunho cuando este se fue a Seul y que, cuando volvió, dejó
que las prostitutas del Dona le dieran una paliza de muerte.
Hay mucha más gente. Están esos tres
chicos, los violadores que ya no podrán sobrepasarse con ninguna chica. Antiguos
compañeros de clase con los que Yunho la tomó, líderes de otras bandas
callejeras, chicas con aspecto agresivo y desesperado a la vez.
Conozco a muchos… y no son
Encadenados.
-Ah, Thunder, perdona la intrusión.
Estabas a punto de cerrar ¿no? – preguntó él, sarcástico, mientras se agachaba
y cogía el cuchillo que a mí se me había caído. Tragué saliva.
-¿Qué queréis? Todos vosotros
juntos… no sois Encadenados. – las expresiones se volvieron amenazadoras cuando
oyeron el nombre de la banda de Yunho. Él siseó.
-¡Por supuesto que no somos
Encadenados! Y estoy realmente orgulloso de ello. – sonrió. – He venido de
visita a Busan, después de tanto tiempo. Veo que el asunto ha cambiado mucho.
¿Por qué no me pones al día, Thunder? – preguntó y se acomodó en una de las
sillas del recinto, apoyando los pies sobre la mesa.
-¿Ponerte al día? Todo sigue como
siempre. ¿Qué esperas como novedad? – sabía que quizás me estaba arriesgando
demasiado, porque me olía a qué significaba todo aquel tumulto de gente, pero
de todas formas, hablé. – Yunho y Kam siguen gobernando los barrios bajos. – de
repente, un montón de hombres, entre gritos, amenazaron con echárseme encima.
Yo retrocedí hasta detrás del mostrador, sobresaltado, pero Él alzó una
mano.
-¡Chicos, chicos, vamos a
comportarnos como gente civilizada, por favor! – gritó y todo el mundo se quedó
quieto, en su sitio, sin dejar de gruñir y escupir. – Ya sabemos que Yunho
sigue como Capitán de los barrios bajos. Eso no es algo nuevo para nosotros. Lo
que yo quiero saber es otra cosa. Otro tipo de información, de novedad. ¿Me
entiendes?
-¡No! – grité.
-No te pongas nervioso, Thunder. No
van a hacerte nada ¿acaso crees que yo dejaría que te hicieran algo? ¡Por
favor, si eres mi siempre adorado hermano pequeño! – se burló. Con el corazón
en un puño, irritado por su burla, reculé aún más.
-¿Qué quieres, Gore? – pregunté a
mí, sí… hermano mayor, Gore. Él, con esos ojos que tanto se parecían a los
míos, deformados por el brillo del odio y el desprecio, apoyó las manos en la
barra y se inclinó sobre ella hasta llegar a mí, hasta que su cara estuvo a una
muy reducida distancia de la mía.
-Quiero volver a ser el Tirano de
los barrios bajos. Quiero desterrar al Rey y a su Capitán, igual que hicieron
conmigo. No. En realidad, quiero matarlos, a los dos. A Yunho, más que a nadie.
Un simple Capitán pueblerino desterrando a un Tirano y robándole el trono. ¡Qué
horror! Eso no puede ser ¿verdad, Thunder? El destierro fue horrible para los
dos. – entrecerré los ojos. Me lo imaginaba.
-Los Encadenados son muchos y
defienden a Yunho con uñas y dientes. Él prácticamente les da de comer. No
puedes hacer nada contra eso. – Gore se quedó callado durante unos segundos,
frunciendo los labios. Luego, sonrió.
-Ya lo he hecho. Te presento a los
Caídos. – observé a la mule que ocupaba la pastelería por completo y luego,
descubrí a las cientos de personas que se arremolinaban fuera, a las que podía
ver a través del escaparate. Eran muchos. Muchísimos. – Su odio por Yunho tiene
el mismo valor que el compañerismo y la amistad de los Encadenados por su
líder, te lo aseguro. Yo me arriesgaría a decir que es incluso mayor. – estaba
loco. Rematadamente loco. Desde aquel incendio, desde la muerte de Cristina,
había perdido la cabeza por completo.
-No lo conseguirás, Gore. No seas
loco.
-Schhh. Tu hermano mayor habla en
serio. Pensaba que te alegrarías. Tú también odias a Yunho tanto como yo ¿no? –
bajé la cabeza, apurado. Gore era mi hermano, pero lo conocía y también conocía
la situación actual de los barrios bajos. Aunque odiaba a Yunho, debía
reconocer que las cosas funcionaban con mucha mayor tranquilidad desde que él
estaba al mando. Gore solo traería un caos inmenso. No estaba preparado para
mandar sobre nada. Pero si decía algo…
- Yunho no es tan malo. – murmuré
por lo bajo, para que sólo él pudiera escucharme. Gore se puso serio y de
repente, me agarró de las mejillas con los dedos con tanta fuerza, que noté
crujir los pómulos. Me acercó más a él y susurró contra mis labios.
-Si no estás de mi parte, te mataré
como al Capitán. – me asustó. No me intimidó, si no que me hundió en un inmenso
pánico. Luego, feliz al ver en mí la reacción que había querido crear, me soltó
las mejillas. Se apartó de mí y se dio la vuelta hacia los “Caídos”. - ¿Estáis
conmigo, patéticos mamones? Yunho os ha jodido la vida ¿verdad? Os ha dejado
marcas muy visibles y os ha desterrado para siempre. Os ha marginado como putos
cerdos y os ha arrojado al barro, a la mierda. No os quiere ni para cebar a sus
cabrones Encadenados. Se ha hecho con el mando total y absoluto. Nada de
violaciones, marihuana la justa, buena conducta con los barrios altos, nada de
meterse con los niños ni con los animales ¡maricones, vagabundos y judíos por
todos lados! ¡Incluso obliga a pagar una cuota a sus Encadenados por pertenecer
al gremio! ¿Qué será lo próximo? ¿Dar de comer a los más necesitados? Incluso
es defensor de los maricas. ¿Dónde se ha visto eso?
Yo gruñí por lo bajo, muy consciente
de la hipocresía de Gore. Él sabía perfectamente cuales eran mis preferencias y
yo sabía que él no era homófobo en absoluto, ni xenófobo, ni nada parecido. Los
homosexuales, los pobres y los inmigrantes le daban igual, pero de alguna
manera debía ganarse al público.
-Mi propuesta es clara y obvia.
Yunho ya ha cumplido un ciclo y no ha sido un buen Capitán para nosotros
¿verdad? Es hora de que otro le sustituya y también… es hora de devolverle sus
propias piedras. – la gente callaba, ni siquiera murmuraba. Incluso yo podía sentir
el profundo respeto que tenían por Gore. – Así que… le quitaremos el puesto por
la fuerza. – declaró y con un grito de guerra, todos y cada uno de ellos
empezaron a gritar a lo sumo una rotunda afirmación.
Deseé salir de allí con todas mis
fuerzas. Una guerra, ahora. Yo no quería participar en una guerra callejera. Me
había costado tanto trabajo alejarme de ese mundo y ahora, otra vez…
-¡Pero Yunho es fuerte y jodidamente
listo! – gritó Gore de nuevo, haciendo que todos callaran otra vez. - ¡Yunho me
quitó el puesto y tiene a cientos de Encadenados a sus pies! ¡Cientos! Son
igual o incluso más numerosos que nosotros. – Gore se subió a la barra para que
su presencia se hiciera más patente aún. Con una sonrisa retorcida, siguió
hablando. – Aún así, pese al riesgo, seguimos aquí después de una espera larga,
muy larga. ¿Sabéis por qué? – la chica pelirroja sonrió de oreja a oreja. Ese
hecho me erizó la piel. – Porque es ahora cuando Yunho ha dado a conocer su
punto débil. Antes, no tenía miedo a nada, era un vulgar asesino, pero ahora…
se ha convertido en un humano con miedo. Su punto débil está muy a la vista y
vamos a golpearle ahí. Justamente ahí. Con un golpe certero y letal y después…
lo masacraremos. – de nuevo, gritos estrepitosos retumbaron por todo el lugar y
mi hermano, por fin, me señaló con el cuchillo que aún mantenía en su mano. -
¿Y sabéis quién nos va a ayudar a golpear ese punto débil? ¿Sabéis quién lo
conoce mejor que nadie? ¡Mi querido hermano! – todos me miraron y yo, confuso,
observé como Gore daba media vuelta para encontrarse conmigo de nuevo.
Con una sonrisa que le quitaría el
puesto a la del mismísimo Belcebú, preguntó:
-¿Y bien? ¿Dónde está el protegido
de nuestro querido Capitán?
By Jaejoong.
-¡Arggg, no me tapes los ojos! ¡Si
ya sé a dónde vamos, no tiene sentido que me los tapes!
-¡Calla! No seas aguafiestas. Te va
a gustar, así que no mires.
-Un lago. ¡Un jodido lago! Además,
lo he visto desde lejos en el coche, idiota. Ya no tiene gracia. – Yunho bufó
en mi oído y luego chistó para que me callara. Su cuerpo, tan pegado al mío
guiándome por ese terreno desconocido me estaba dando calor. Demasiado calor para
un día soleado de finales de agosto a cuarenta grados centígrados. Ya había
empezado a sudar por su culpa, pero era tan insistente y parecía tan
ilusionado, que me daba lástima estropearle la sorpresa, fuera cual fuera la
que me tenía preparada.
A lo lejos, pude oler el agua
salada. Parecía agua de playa, aunque yo sabía que solo se trataba de un
pequeño lago, pero ¡yo nunca había estado en un lago!. Oí el sonido de los
pájaros, sentí el calor asfixiante de la playa y escuché los ladridos de Scotty
al otro lado de la ventana del coche.
-Hay que bajar al perro. – le
recordé a Yunho y él gruñó.
-Ya, ya. ¡No habrás los ojos! – eso
sería imposible porque en cuanto se agachó para abrir la puerta del asiento
trasero del coche, estrelló mi cabeza contra su pecho en un pegajoso
abrazo.
-¡Argg! – el perro salió ladrando y
corriendo del coche. Lo oí alejarse en mi ceguera. – Yunho, me estás ahogando.
Tengo calor.
-Eh, no soy yo quien lleva puesta
una sudadera en pleno verano.
-Ya, pero si te me pegas tanto me
entra más todavía. – Yunho cerró el coche. Oí como daba un portazo con la
puerta trasera. - ¿Puedo mirar ya?
-No. Espera.
-De verdad, ¡que me ahogo!
-Si sigues quejándote te ahogaré de
verdad. – Yunho me empujó hacia delante, aún con las manos en mis ojos y me
guió. Estuve a punto de caerme de bruces con un tropezón de arena y Yunho me
levantó cogiéndome de la cintura.
-¡Eh! He visto el agua.
-¡Que no mires! – mis chanclas se
hundieron en la arena caliente y yo sonreí. Aquello era como estar en la playa.
Hacía años que no tenía esa sensación de tierra escurriéndose entre mis
dedos.
-¿Podré hacer castillos de arena? –
pregunté cuando nos paramos y alcé las manos hasta sus dedos, los que me
dificultaban la visión. Yunho se puso tenso de repente y yo oí risas y voces a
nuestro alrededor.
-No puede ser… - gruñó.
-¿Qué pasa?
-¡Ehhhh, Muñecooooo! ¡Capitáaaaaaan!
– oí que nos llamaba una voz femenina, pero ronca. La reconocí como la de Ricky
y sonreí.
-¿Esta era la sorpresa?
¿Ricky?
-¿Pero qué coño hacen estos aquí? –
y por fin me soltó la cabeza y pude ver el paisaje. Decir que era precioso era
un claro eufemismo. Me quedé alucinado observando los pinos y la hierba que
rodeaba el lago cristalino en la otra orilla. El agua era azul, no verde como
en las playas en las que había estado. No estaba embarrado y el fondo lleno de
arena, piedras y hierba se veía a través del agua como si estuvieran flotando
en la superficie. Era un lago inmenso que desaparecía tras varias montañas
cubiertas de árboles. Tenía un montón de riscos enormes que se hundían en el
agua y emergían unos diez metros por encima de la misma. Uno de ellos trepaba
en forma de acantilado hasta llegar a una zona verde, con árboles de hojas
verde claro. Lo primero que pensé cuando vi aquella enorme distancia de la
punta del acantilado con el agua fue, “tengo que tirarme de cabeza”. El agua
era tranquila, sin olas, por lo que no tenía que preocuparme de ahogarme y
golpearme contra una roca, matándome.
En la orilla, estaba Ricky,
saludándonos con las dos manos alzadas, a lo loco. Heidi y Sabela también
estaban, tumbadas sobre dos toallas, tomando el Sol, en un bikini que dejaba
poco lugar a la imaginación. No eran los únicos. Vi a Black más allá, metido
hasta la cintura en el lago, temblando de frío y luego, a Bárbaro y a Hippie
tomando un cubata alegremente sobre la arena de la playa. Había más Encadenados
y otras personas que no conocía, simples turistas y veraniegos que venían a
pasar el día en lo más parecido a playa que había cerca. En una esquina medio
escondida desde mi posición, pude ver un chiringuito de playa muy bien montado.
