Derek… Sparky. Mi rubio.
Un sudor pegajoso me recorrió la
espalda, provocándome una desagradable sensación. Tragué saliva y lo siguiente
que hice fue girar la cabeza hacia el chiringuito. Miré a Yunho. Con la cabeza
apoyada en el puño se había quedado dormido… o esa era la impresión que me
daba. Sabía perfectamente cómo dormía Yunho y sabría decir sin duda alguna
cuando se estaba haciendo el dormido y cuando no. En aquel momento tan
estresante, no lo sabía y eso me puso de los nervios.
-¿Sigues ahí? – suspiré y pegué mi
oído al teléfono, vigilando a los demás Encadenados lo suficientemente lejos
como para no poder escuchar la conversación. Aún así, hablé en voz baja.
-Sí, sigo aquí.
-Supongo que preguntarte dónde estás
no tiene sentido a estas alturas.
-Supongo que no. Oye… Sparky… -
murmuré. Quería decirle algo que suavizara la tensa situación, pero
enmudecí.
-Y preguntarte por qué no has
llamado hasta ahora tampoco.
-Sí que he llamado. Es solo que…
-Es solo que has llamado a tu madre
y le has mandado algún que otro mensaje a tus mejores amigos, sí. Se me
olvidaba. – estaba hablando con sarcasmo puro y yo sabía que me merecía esa
actitud tan mezquina. ¡Joder, no le había llamado desde hacía más de dos meses
por puro miedo después de lo bien que se había portado conmigo! Aún así, me
molestó.
-Oye, ¿me has llamado solo para hacerme
sentir una mierda o quieres decirme algo importante?
-Quería decirte algo importante,
pero creo que te mereces un pequeño sermón después de todo ¿no? – gruñó.
-Pareces mi padre.
-No. Parezco tu madre. Tú no tienes
padre. – por el lago correteó una suave brisa que me puso los pelos de punta al
entrar en contacto con mi sudor.
Mi padre… ¿qué decir de él? De los
dos meses que había estado en casa de Yunho, él había aparecido solo tres
veces, se había quedado dos días solo por las noches y luego se había ido.
Apenas habíamos tenido conversaciones y en la mayoría, el tema era Yunho. Mi
padre no volvía no porque prefiriera trabajar, si no porque prefería no
arriesgarse a pillar cabreado a su hijo. No había pronunciado las palabras
específicas, pero estaba claro que le temía.
Me contó que una vez Yunho le llenó
una botella de cerveza de ácido puro y que ésta, por un golpe, cayó sobre la
mesa de madera y el ácido la destrozó, abriendo un enorme boquete en ella. Esa
fue la única que vez que mi padre se atrevió a pegarle un guantazo a mi hermano
en la cara y él… se lo devolvió con una patada en la entrepierna.
Si bien, en los últimos días había
vuelto más veces de lo acostumbrado. La semana pasada vino tres noches y esta,
dos. E incluso se quedó durante el día, cosa que nunca hacía, ya que Yunho
descansaba en ese tiempo y papá temía molestarle. Dice que se levanta con un
humor de perros cuando le despiertan (algo raro. Conmigo nunca se ha levantado
de mal genio). Cuando le pregunté el por qué se quedaba, él dijo: “Es que Yunho
está muy tranquilo cuando está contigo. Es como una bestia domada. Ya no pone
mala cara cuando me ve, simplemente me ignora y a veces, incluso me habla. Eso
es gratificante. Nunca había visto a Yunho tan tranquilo y estoy seguro de que
es gracias a ti. Creo que está incluso… feliz.”
Mi padre me caía bien, pero nuestra
relación dejaba mucho que desear. Había un abismo entre nosotros después de
tantos años separados.
-Tengo padre. Quizás el que no lo
tiene eres tú. – Derek se quedó callado durante unos segundos. Había dado en la
yaga, supuse.
-Dejémonos de royos, Jaejoong. ¿Por
qué no has contestado a mis llamadas? Estaba preocupado, ¿sabes?
-¿Preocupado? Pero si me dijiste que
te llamara sólo para una emergencia. Eso es lo que he hecho. No tenía necesidad
de llamarte, eso dijiste ¿no?
-Sí, pero habría agradecido aunque
fuera un mensaje que dijera, “estoy bien, no me han matado ni me han quitado
ningún órgano mientras dormía”. O, al menos, que contestaras al móvil cuando te
llamara.
-¡Pues lo siento, no he tenido
tiempo para eso! – mentí. – Tampoco me he dado cuenta de que me llamabas.
Estaba trabajando. – me escocían los ojos, ardiendo. ¡Pero qué alimaña estaba
hecho!
-¿Ah, sí? ¿Y lo has conseguido?
¿Tienes trabajo? – preguntó, aún enfadado, pero tanteando el terreno para salir
de aquella discusión.
-Sí. Trabajo en una
pastelería.
-¿Una pastelería? – oí un bufido,
pero más que eso era un amago de risa al otro lado de la línea. - ¿Estás de
coña?
-Claro que no, ¿por qué iba a
estarlo?
-No sé. Me imaginaba que serías
modelo o algo así, no… pastelero. – oí un borbotón de carcajadas. Una era de
Derek y las demás, no las reconocí. Pero era obvio que Sparky no estaba solo
riéndose de mí.
-¿Con quién estás?
-¿Con quién? ¿Quieres saberlo?
-Oye, oye, como te hayas unido a esa
puñetera mole de cabrones homófobo incestuosos, te cuelgo.
-¡Eh, eh, espera! Te voy a pasar con
alguien que tiene que echarte otro sermón. Y no. No son esa mole homófobo
incestuosa. Los conoces bien. – oí como el teléfono cambiaba de manos y un
grito que decía, “¡déjamelo a mí, joder, yo primero!” reconocí esa voz al
momento y pegué el móvil más a mi oído, con el corazón acelerado.
-¡Por fin! – suspiró alguien al otro
lado de la línea. - ¿Jae?
-¡Yoochun! – pegué un bote sobre la
arena de alegría, tan sorprendido que se me encogió el pecho.
-¡JAEEEEE, POR FIN CONTESTAS, HIJO
DE PUTA! ¿Sabes cómo me tenías? ¿Sabes cómo nos tenías a los dos?
-¿Junsu está ahí? – escuché un gruñido
y el teléfono zarandeándose de un lado para otro. Un borbotón de arenilla voló
delante de mí y tuve que cerrar los ojos cuando me entró arena en ellos.
-¡Claro que estoy aquí,
gilipollas!
-¡JUNSU! – grité mientras me
restregaba los ojos. Las lágrimas cayeron libremente y no sabría decir si por
la arena o por la sorpresa. - ¿Qué hacéis ahí? Quiero decir…
-Pues llamarte, cojones, ¿qué vamos
a hacer? Como no te dignas a contestar a nuestros mensajes, hemos tenido que
probar a ver si había suerte. –
-¡No me puedo creer que hayas
contestado después de tanto tiempo! – escuché a Yoochun de fondo. Empezaba a
moquear por la nariz, así que me sorbí los mocos y volví a restregarme la mano
por los ojos. Scotty, a mi lado, se sentó en la arena y me miró con curiosidad,
moviendo el rabo. - ¿Estás llorando?
-¿Eh? No, no. Se me ha metido algo
en el ojo.
-¡Sí, claro! Tranquilo, Jae. Junsu
también está llorando. Se ha emocionado.
-¡Eh, eso no es verdad! – oí
replicar a mi amigo.
-¡Oye, que es verdad! Se me ha
metido arena en el ojo. La arena de la playa jode.
-¿Playa? ¿Estás en la playa? –
gritaron a voz en grito los tres. - ¿Qué coño haces en la playa? ¿Estás en la
costa francesa?
-No. Un lago. Quería decir que estoy
en un lago, pero tiene arena y… ¡se me ha metido en el ojo y me pica! – Scotty
empezó a ladrar al verme llorar. Los ojos ya no me escocían, pero seguí
llorando igual.
-¿Estás en un lago, de vacaciones? –
preguntó Junsu.
-¿Nosotros preocupados por ti y tú
de vacaciones en un puto lago? – tronó Chun. Quería aparentar enfado, pero no
podía. La voz se le notaba demasiado emocionada como para replicar nada. Me
limpié los mocos con el dorso de la mano y suspiré profundamente.
-Llevo meses trabajando sin parar,
desde junio. Me merecía un descanso ¿no?
-Ah, es verdad. Eso de poner los
bollos en el horno tiene que ser realmente difícil.
-¡Pues sí! ¿Sabes cómo se me han
puesto las manos al llevar bandejas cargadas a los clientes, barriendo,
limpiando y fregando platos, sirviendo cucuruchos helados y metiendo en el
horno los pasteles? Las tengo llenas de cayos. ¡Es doloroso!
-Ahhh. Pues no parece tan difícil. –
replicó .
-Prefiero estudiar. Estoy a punto de
acabar la carrera. – asintió Junsu, orgulloso.
-¡Estupendo, seréis licenciados y yo
un Don Nadie! Gracias por recordármelo. – bromeé.
-De nada, de nada. Oye ¿y dónde
estás viviendo?
-Ah, eso. Estoy viviendo con mi… -
entonces, se me atascaron las cuerdas vocales. Me puse pálido, dirigiéndole una
mirada a Yunho otra vez. Seguía durmiendo, esta vez con la cabeza apoyada sobre
la mesa. Pude ver hasta un hilo de baba desciendo por su mejilla, algo que me
provocó risa y una ternura tan grande, que hinché el pecho. Estaba muy feliz de
haber arreglado las cosas con el, y orgulloso. Pero de ahí a decirles a
Yoochun, Junsu y Sparky que había vuelto con él… tragué hondo. – Con mi
compañera de piso. Sí. Mis compañeras.
-¿Tus compañeras? – oí hablar a
Derek otra vez. Precisamente por él había dicho compañeras y no compañeros.
-Sí. Son todas chicas. Son… eh…
tres.
-¡Pero qué potra, tío! – gritó Yunho
a todo pulmón.
-De potra nada, ¿no ves que le
gustan los tíos? – le recordó Junsu y Yoochun calló.
-Mierda, es verdad.
-¿Y cómo son? – interrogó Derek otra
vez. Por su tono de voz, parecía un poco picado. Si él supiera…
-Pues son… - mi cabeza se dirigió
hacia el agua cristalina. Heidi se había montado sobre los hombros de Kam y
Sabela los imitaba, sobre los hombros de Black. En aquel momento, se peleaban, intentando
arrojar al agua a la otra. – Son tres hermanas. Son muy… eh… monas. – me giré
hacia el chiringuito. Ricky todavía estaba con la tal Eva, pero ahora parecía
haberse integrado en la conversación y hablaba emocionada con ella mientras su
amiga se reía. Eva dijo algo y Ricky se puso roja, como si llevara todo el día
bajo el sol sin crema protectora. – Y una de ellas es lesbiana. – dije.
-Ah, qué suerte, joder.
-Vaya, pues esperemos que no tengan
tu misma costumbre, Jae. – noté como una enorme tensión surgía al otro lado de
la línea y como los tres se sumergían en un intenso silencio. – Perdona,
Jaejoong. No quería decir eso.
-¿Decir qué?
-Eh… ya sabes. Lo que pasó. –
murmuró Junsu, avergonzado. Intenté hacer memoria, pero como no entendía a qué
se refería, lo dejé pasar.
-Bueno, da igual. Oye… ¿y qué hacéis
vosotros con Derek? – esa pregunta me llevaba rondando por la cabeza desde
hacía rato. Se suponía que Junsu y Chun siempre habían odiado a Sparky.
-Pues… nada en especial, la verdad.
– habló Yoochun.
-Es que se ha tirado los últimos
meses preguntándonos por ti, por si habías llamado, si sabíamos algo de ti y
todo eso, así que nos ha dado pena y lo hemos acabado adoptando. No es tan
subnormal cuando hablas con él sin gritarle. – se burló Junsu, con voz
altanera. Oí como Derek replicaba con un gruñido y Yoochun le imitaba,
amenazando con pelearse. No parecían llevarse bien, pero claro, tenían una
causa común para unirse. Yo.
De repente dejé de sentir la arena
entre mis dedos. Dejé de ver a los demás Encadenados jugando y divirtiéndose en
el lago, a Ricky hablando con Eva, a Yunho durmiendo como un niño sobre la
mesa. Scotty dejó de mover la cola y daleó la cabeza, emitiendo un suave gemido
mientras me miraba.
-Os echo de menos. – sollocé y al
otro lado del teléfono se hizo un gran silencio. – A los tres. Siento no
haberos llamado, pero no quería causar más problemas. Cada vez que lo
intentaba, me llovían los mensajes y las preguntas y no… me agobio un poco. Lo
siento, tenía que haberlo intentado. – volví a suspirar, pestañeando sin parar,
intentando tragarme todas y cada una de las lágrimas de frustración. – Lo
siento.
-Da igual.
-Sólo queríamos que supieras que
aunque estés lejos, nos acordamos de ti porque… porque también te echamos mucho
de menos. – oí un bufido y supe que alguien se estaba emocionando por allí.
Probablemente Yoochun, cuya voz sonaba más ronca que de costumbre.
-Estáis bien ¿verdad? –
pregunté.
-Sí. Muy bien.
-No os han hecho nada ¿no?
-¡No, que va! Sabemos
defendernos.
-Menos mal. – Derek les dijo algo.
Se lo pidió por favor y Yoochun y Junsu se quedaron callados. - ¿Derk?
-Yoochun y Junsu han ido a otra
habitación. Quería hablar contigo… a solas.
-Ah. – esperé a que empezara su interrogatorio
y, efectivamente, su primera frase fue una pregunta.
-¿Estás bien, Jae?
-Sí. ¿Sabes? He engordado siete
kilos.
-¿En serio?
-Sí. De hecho, me dicen que estoy
muy bueno, porque hago bastante ejercicio. – Derek se rió. Lo del ejercicio no
era mentira. No paraba de ir de aquí a allá en la pastelería y cuando empecé a
engordar, decidí hacer ejercicio para distribuir bien la grasa. Yunho me
obligaba a hacer cien flexiones todos los días y me enseñaba a pelear o, al
menos, lo intentaba. Y el sexo era un ejercicio realmente sano, para quien
dijera lo contrario.
-¿Y por lo demás?
-¡Soy todo un macho! Ya no lloro
apenas, ni me pongo histérico, ni me dan bruscos cambios de humor, al menos no
muy a menudo.
-Entonces… ¿eres feliz?
-Sí. – y decía la verdad. Derek
suspiró al otro lado de la línea.
-Quiero verte. ¿Podríamos quedar? –
tragué saliva. Las cosas se me estaban complicando. Quizás debería aceptar su
petición y arreglar las cosas. Decirle que estaba con otro, que me había
enamorado (cosa que no era mentira) y que sería mejor dejarlo. No quería hacer
todo eso por teléfono.
-Bueno… no estoy seguro, no tengo
coche ni nada. ¿Dónde nos veríamos?
-Yo puedo ir a por ti a donde estés.
– me mordí el labio inferior.
-No voy a decirte donde estoy, así
que lo mejor será buscar un punto medio. Esto… ¿Taejŏn?
-Taejŏn. ¿Podrías llegar
hasta allí?
-Podría intentarlo. Puedo llamarte
cuando consiga billetes de tren o…
-Te llamaré yo. – declaró, de lo más
autoritario y yo asentí en silencio.
-Bueno…
-Tus amigos están pegados a la
puerta del salón, así que seré breve.
-Ah, de acuerdo, entonces diles que
les quiero mucho, que espero verles pronto, que les llamaré más a menudo a
partir de ahora y que…
-Espero que no te hayas comprometido
con nadie en este tiempo, porque en cuanto te vea, te follaré por detrás hasta
partirte en dos. – abrí los ojos como platos y antes de poder decir nada (diez
segundos mínimo), Derek ya había colgado.
Hostias ¡eso no me lo esperaba!
Me puse nervioso, el sudor aumentó
en un momento, empecé a chorrear literalmente hablando y empecé a marearme.
Quizás fuera cosa del Sol, aunque yo no confiaba en ello. No solté el móvil
hasta pasado un minuto, con un nudo en el estómago y en la garganta.
Mierda, como Yunho se enterara,
rodarían cabezas.
-¿Y ahora qué hago? – murmuré, a
punto de sumergirme en una reflexión de dos horas.
-Vete con él a Seul y olvid Busan. –
dijo Scotty a mi lado.
-Sí, claro y dejo a Yunho solo ahora
que lo hemos arreglado, ni ha… - me quedé cortado. Scotty hablaba en mi
imaginación, pero no en la realidad y lo que había oído era una voz real. Giré
la cabeza. La melena de Max resplandecía a mi lado mientras acariciaba a mi
perro, el cual, para mi sorpresa, se dejó sobar a gusto. Max me miró
seriamente, pero sus ojos entrecerrados me dejaban ver una sonrisa amplia y
calculadora que no prometía nada bueno. – Oh…
-Sí, oh. – ahora sí. Max sonrió y
sin dejar de acariciar el lomo de Scotty, se tumbó sobre la arena con aparente
tranquilidad. – Y antes de que lo preguntes, sí. Lo he oído todo. Estaba tan
cerca que incluso he oído ese “te follaré” final. Vaya, vaya… ¡Qué mala
pata!
¡MIERDA, MIERDA Y MÁS MIERDA!
Mi respuesta fue inmediata. Me di la
vuelta y clavé los ojos en Yunho. El muy bastardo se había despertado y
bostezaba. Vi como se levantaba de la silla y estirándose, se rascaba la
cabeza. Empezó a caminar hacia nosotros entre bostezo y bostezo. Observé cómo
se agarraba el cabello y daba leves tirones de el.
Solo con el bañador puesto, noté un
espasmo peligroso en el pene. Ahí venía mi Tarzán.
-¿Vas a decírselo? – le pregunté a
Max.
-Tú no quieres que lo haga
¿no?
-Me meterás en un lío si lo dices.
Yunho se pondrá celoso.
-Sí, es posible que te pegue.
-Sí. – bajé la cabeza, esperando a
que Max llegara y Max soltara la bomba. No pensaba pedirle que no se lo dijera
porque no tenía derecho a hacerlo y no me daba la gana suplicarle. Max también
esperó, pero entonces Hippie apareció e interceptó el paso de Yunho. Empezaron
a hablar y a reírse y cuando escuché la primera carcajada, supe que iba para
rato.
-Si no quieres que se lo diga,
vuelve a Seul. – dijo Max, tan tranquilo. Yo negué con la cabeza.
-Prefiero pelearme con Yunho.
-Te lo perdona todo, eh.
-Max… lo siento. – murmuré.
-¿Crees que no voy a decírselo
porque me pidas perdón?
-No, es simplemente que lo siento.
Es… es una putada.
-¿Una putada? No. Es una traición.
Una puñalada por la espalda. Dudo mucho que tú sepas lo que es eso. – recordé
la escena. Yunho y yo en el baño de la universidad, él sonriente y yo a punto
de desplomarme. “Esto es un jaque mate”.
-Puede que no así, pero algo sé. A
veces Yunho se olvida de ciertas cosas… hay que reconocer que es muy egoísta y…
-¿Quieres dejar de hablarme y de
intentar caerme bien? – me cortó bruscamente. - ¿Quieres dejar de hablar de
Yunho como si él tuviera la culpa? – escupió. – A ver si te enteras,Jaejoong.
No te odio porque me lo hayas robado, te odio por aparecer, simplemente por
eso. – me sentí confuso. Se suponía que Max y yo nos llevábamos bien antes de
que Yunho se decidiera por mí. Él fue la primera persona que se me acercó
amablemente en Busan y creo… creía que yo le caía bien.
-Puedo entender que me odies ahora,
pero no que me odiaras nada más aparecer. Creo que al principio yo te caía
bien. – admití. Se rió, sin gracia.
-¿Te crees que estamos hablando solo
de Yunho? ¿Qué me dices de Ricky?
-¿Ricky? – giré la cabeza hacia el
chiringuito. Ricky se reía a carcajada limpia con Eva, que la imitaba. - ¿Qué
pasa con ella?
-¿Sabes a quien llamaba antes cuando
quería salir de juerga, a quien llamaba cuando tenía problemas, a quien llamaba
cuando quería hablar de tíos y ponerlos verdes? A mí. ¿Sabes a quien llama ahora?
A ti. – me mordí el labio. Ricky y yo nos veíamos a menudo y hablábamos mucho
por teléfono, pero no sabía que para ello hubiera dejado de lado a Max.
-Conmigo no sale de marcha.
-No, prefiere quedarse en casa
hablándote por teléfono. ¿Y sabes qué? Que no es solo Ricky. Black te defiende
con su cuerpo y con su boca. Al principio era cosa de Yunho, pero cuando él no
está, sigue haciéndolo. Cuando alguien dice algo desagradable de ti, Black se
mete en medio y te defiende, incluso cuando no estás. Kam es un loco de
primera, pero se acuerda de ti más que de mí y Hyun… parece que te odia, pero
en realidad le caes bien, solo se monta un farol. De repente, todo el mundo
habla del increíble hermano pequeño de Yunho, de lo loco que está, de lo débil
que parece, de los ojos tan grandes que tiene, de que Yunho siempre lo protege,
de que es precioso. De que en lugar de parecer una pareja de hermanos, parecéis
una pareja de amantes. – tragué saliva. Se me instaló un nudo en la garganta al
ver como Max me asesinaba con la mirada y en mi cabeza saltó una alarma que
decía ¡Peligro, peligro! – No estamos hablando de Yunho. Estamos hablando de
mis amigos, de mi gente, con la que he compartido mi vida y la cual ahora te
prefiere a ti. ¿Y sabes qué? Que tú no los conoces, no los entiendes. Yo sí. –
apreté la arena entre mis manos cuando Max se inclinó hacia mí, acercando su
cara hasta situarla a escasos cinco centímetros de la mía, devorándome con esos
ojos tan amenazantes que querían intimidarme… y lo estaban consiguiendo. – Tú
no te mereces a ninguno de ellos. No te mereces a Yunho. Lo olvidaste aquí,
solo, muriéndose de hambre y de frío. Yo estuve ¿sabes? Estuve siempre
¡siempre! Le entiendo mejor que nadie, lo sé todo sobre él… no como tú. – me
quedé mudo. Vi de reojo como Hippie terminaba su monólogo y seguía su camino y
como Yunho seguía su camino hacia nosotros otra vez. Frunció el ceño cuando nos
vio tan pegados y Max se apartó, captando el movimiento de mi hermano. Se
levantó del suelo y fingiendo una sonrisa, dijo – No los conoces… y ellos
tampoco te conocen a ti. ¿Qué crees que harían si se enteraran de que te abres
el culo para tu propio hermano y de que te guste rajarte los brazos? ¿No fue
por eso por lo que te echaron de Seul?
-¿De qué habláis? – preguntó Yunho
cuando llegó. Más que hacer una pregunta general, me la hizo a mí, mirándome
con mala cara.
-Eso, ¿de qué estábamos hablando,
Muñeco? – me preguntó Max, no sabía si poniéndome a prueba o vacilándome. En
cualquier caso, yo no dije nada. Me sentí irritado en lugar de culpable. Estaba
preocupado porque no sabía si Max me estaba amenazando con contarle a todo el
mundo que me acostaba con Yunho o si solo era un farol. En cualquier caso, lo
que me irritaba era que hubiera pasado de ser un tío tan enrollado y guay, a
alguien tan mezquino.
Al ver que no contestaba, Max empezó
a andar.
-Hasta luego, Yunho. – saludó y mi
hermano sonrió.
-Como le hayas dicho algo raro, será
un hasta nunca.
-Cállate, Yunho. – gruñí.
-¿Por qué? ¿Prefieres que use los
puños?
-¡No, prefiero que no uses nada! –
me levanté de un salto, repentinamente cabreado. – Si tengo que darle un
puñetazo lo haré yo.
-¿Ah, sí? Estupendo, adelante. – me
instó Max.
-He dicho, si tengo que hacerlo.
Deja de protegerme como si fuera una puñetera niña en apuros.
-Ohhh… sí que le has dicho algo raro
¿no? – Vi como Yunho hacía crujir los nudillos y le pegué un guantazo en la
clavícula desnuda.
-¡Que te estés quieto, coño!
-Aún no he hecho nada, Muñeco… y eso
ha picado. ¿Qué puñetas te ha dicho? – Max se volvió hacia Yunho, altanero y
provocador.
-Que quizás la gente de aquí no le
aprecie tanto si se enteran de que le abres el culo. – fue entonces cuando mi
hermano se volvió como una pantera, lo agarró de la camiseta de tirantes y lo
levantó hasta que los dedos de sus pies dejaron de tocar la arena de la
playa.
-¿Estás amenazando con soltarlo?
Inténtalo y te arrancaré la lengua de un mordisco.
-Estoy deseando ver eso. – le vaciló
Max. Eso fue el colmo. Max tenía razón. ¡Yunho no tenía derecho a tocarlo, era
una injusticia para él, para su mejor amigo! Estaba tan irritado que me atreví
a levantar una pierna y darle una patada en el culo a mi hermano, que soltó a
su presa en el suelo con brusquedad, casi haciéndola caer.
Esta vez sí que rocé el límite de su
escasa paciencia.
-¡Deja de hacerte el macho, imbécil!
No te vendría mal tener menos polla y un poco más de tacto. Se supone que es tu
mejor amigo. En lugar de pegarle, ¡arréglalo con él de una puñetera vez!
-¿Me has pegado una patada en el
culo? – gruñó, ignorando todo lo que le había soltado ¡qué típico de él ignorar
aquello que no quería escuchar! se dio la vuelta para encararme. – Ya me estás
empezando a tocar los huevos, Jaejoong. Y yo que venía con la mejor intención
de disfrutar de unas vacaciones. Pídeme perdón y no te lo tendré en cuenta,
Muñeco.
-¿Pedirte perdón? No lo he hecho
nunca hasta ahora ¿qué te hace pensar que lo haré? – Yunho se cruzó de brazos.
Era imposible borrar esa sonrisa maliciosa de su cara.
-Que quizás se me vaya la mano y te
parta el culo sin querer, pero a lo bestia… y no de una patada.
-¿Siempre tienes que recurrir a esa
frase para acojonarme? ¡A ver si eres más origina!
-Te la estás buscando, reina.
-Como vuelvas a llamarme reina, te
meto…
-¿Qué, qué me vas a meter, eh? – y
de repente, cuando en realidad debía estar peleándome con Max, al intentar
evitar precisamente pelearme con Yunho por la llamada de Derek, empezamos a
gritarnos por una gilipollez (¿por qué exactamente nos habíamos peleado? ¡bah,
choque de orgullos!).
Así que comenzamos a dar voces, a
gritar a los cuatro vientos, poniéndonos de todos los colores, llamándonos de
todo y sacando a relucir incluso los secretos más vergonzosos, como por
ejemplo, que Yunho no apuntaba bien cuando meaba o que yo manchaba los bóxers
de presemen casi todas las mañanas (que nadie pregunte por qué ¡y sí, los
lavaba todos los días y me los cambiaba!)
Así que en menos de medio minuto,
todos los que estaban disfrutando en el lago nos rodeaban y nos miraban con la
boca abierta, incluidos en su mayoría, por supuesto, todos y cada uno de los
Encadenados.
-¡Ya tuvo que hablar el que se rasca
los huevos con cubiertos! – grité y Yunho se puso rojo de rabia (una vez,
borrachos, Yunho cogió uno de los cucharones y se lo pasó por la entrepierna a
modo de broma. Nos descojonamos los dos. Fue una broma divertida y obscena)
-¿Quién eres tú para hablar, eh?
¡Tú, el que se mete las pastillas de jabón por el culo!
-¿Y tú? ¿Y el vaso que llenaste de
semen y mezclaste con leche para hacer la gracia? ¡Casi me lo trago, hijo de
puta!
-¡Pues cualquiera diría que te da
asco si te comes la comida del perro!
-¡Estaba caducada y Scotty se puso
malo por tu culpa! ¡No le cambiaste la comida cuando te lo dije y tuve que
probarla para saber si era la misma de la de la semana pasada!
-¡Sí, sí, excusas! ¡Te estuvo
oliendo el aliento a perro durante una semana!
-¡Pues tú no te quejabas!
-Por no hacerte el feo, hombre. Ya
que estabas tan entregado, no iba a decir que no. – se burló y esa fue la gota
que colmó el vaso. Me lancé a por él hecho una furia y le arañé la cara con las
uñas minimamente largas antes de pegarle un puñetazo en el pecho. Yunho
retrocedió y sin darme tregua, me regaló otro puñetazo en la mejilla, flojo, de
los que dolían pero era imposible que te rompieran nada, con el dorso de la
mano y sin utilizar los nudillos.
-¡Vete a la mierda! – grité, dándole
la espalda.
-¡Que te den por el culo! – gruñó él
en respuesta. Fue entonces cuando me di cuenta de que todos nos estaban mirando
con cara de estar flipándolo. De hecho, algunos incluso aplaudían, como Kam y
Ricky. A mí me dio igual. Yo seguí andando, totalmente indignado, ignorando los
comentarios y gritos tipo “¡Viva Kamikaze Jae”.
-¡Y que sepas que te estás volviendo
un blando! – le grité a lo lejos.
-¿Blando? ¿Blando yo? ¡Vuelve y
verás lo blando que soy! ¡De hecho, yo diría que eres el que mejor conoce mi
dureza! – esa frase se podía interpretar de muchas formas, pero para mí solo de
una. Se refería a la dureza de su polla cuando jugábamos a esos juegos con los
que tanto nos divertíamos.
Aún más cabreado, me di la vuelta en
la orilla del lago y di el golpe de gracia.
-¡Pues que sepáis que Yunho se ha rasurado
las pelotas para venir al lago! ¡Es una maricona de primera! – y esta vez, no
me di la vuelta, ni aun cuando oí gritar a lo loco como Yunho maldecía a mis
muertos y meaba encima de ellos. Tampoco cuando Ricky le pidió que le enseñara
la entrepierna, para ver cómo era un pene sin pelo, aunque los penes no tienen
pelo.
Ah… el rasurado era yo. Pero eso
ellos no lo sabían.
Pasé el resto del día nadando en el
lago, practicando todos y cada uno de los estilos de natación que había
aprendido hasta entonces. Conté los segundos debajo del agua, sin respirar y
llegué a un total de un minuto y cuarenta y cinco segundos. Mi marca había
bajado de dos minutos veinte aguantando la respiración y eso me cabreaba
todavía más.
En realidad, no sabía por qué estaba
enfadado y una vez pasadas las siete de la tarde, me dio igual. Lo que me había
dicho Max me había dado en la yaga y desde entonces, no hacía otra cosa que
preguntarme si Ricky, Black y los demás seguirían siendo mis amigos si supieran
lo que había entre Yunho y yo. Desde luego, Max no lo hacía y era el que mejor
me había caído en un principio.
Descubrí que no estaba enfadado, si
no decepcionado. Y la actitud sobreprotectora de Yunho solo había conseguido
empeorar las cosas. Odiaba esa actitud. Me hacía sentir un debilucho, tan
vulnerable que me daba grima. Cada vez que recordaba esa manera que yo tenía de
ver las cosas autocompadeciéndome por todo, sentía asco de mí mismo. No sabía
si eso era porque me había vuelto más fuerte o porque había cambiado, pero no
me gustaba.
Scotty correteaba por la orilla y me
ladraba. Empecé a introducirme en la profundidad total del lago hasta que dejé
de hacer pie y pude ver la orilla contigua. Estaba a un kilómetro de distancia
más o menos y me pregunté si en mi baja forma, sería capaz de llegar al otro
extremo. Por supuesto que sí, pero no lo intenté. Tenía hambre y durante toda
la mañana el Sol me había estado abrasando la cabeza y la cara. De camino a la
otra orilla, podría desmayarme por el esfuerzo. Así que di media vuelta y volví
con Scotty, sentándome junto a él en una gran roca incrustada en la arena. Mi perro
mordisqueaba mis muñequeras, las cuales me había quitado para nadar. Mi móvil
descansaba encima de la roca, lejos del agua y la arena.Allí me quedé, pensando
en nada, pensando en todo, pensando en que no debería ir a ver a Derek o que,
si iba, debería decírselo a Yunho… si es que Max no se lo había dicho ya.
Pensaba en muchas cosas y en
ninguna, y se me pasó por la cabeza las idioteces que había dicho cuando me
había cabreado con Yunho. Lo había dejado en evidencia delante de todos los
Encadenados y eso era algo que nunca había hecho. Esta vez el que se había
pasado era yo, por lo que el que tendría que disculparse sería yo. Yunho
estaría cabreadísimo y con razón.
Black pasó un par de veces por allí,
buscándome con una sonrisa siempre impresa en su cara. Tenía unos dientes
blanquísimos que se apreciaban por encima de su piel negra.
-Yunho me ha mandado a buscarte para
darte esto. – me dijo cuando lo vi a la hora de la comida, supuse, porque ya me
estaba dando hambre. Me tendió comida y una botella de agua fresca que me
tragué de un sorbo y se sentó a mi lado encima de la roca. Mientras comía,
observaba esa cara de bonachón que tenía, su perilla oscura y el cortísimo pelo
que le rondaba la cabeza.
-¿Por qué no viene el a dármelo? No
me lo digas, sigue cabreado.
-¿Tú no? Me dijo que tuviera cuidado
contigo, que cuando te pones de mal humor, golpeas sin compasión todo lo que te
rodea.
-¿Eso te ha dicho? – casi habia
terminado la comida y seguía con hambre. Había recuperado mi voraz apetito, que
era mayor incluso al de Yunho, el cual se quejaba porque comía como un cerdo.
¿Qué quería que hiciera? Mi madre me había criado y me había alimentado para no
rechazar nunca un plato por muy cargado que estuviese.
Me daba un poco de vergüenza devorar
indiscriminadamente aquel bocadillo y limpiándome la boca con el dorso de la
mano, le ofrecí un poco a Black, que negó con la cabeza.
-Gracias, pero prefiero no comer
carne.
-Ah, es verdad. Eres judío ¿no? –
Black se rió.
-Si prefiero no arriesgarme, sobre
el tipo de carne que sea.
-¿Cuál es la carne que no puedes
comer?
-De cerdo.
-Ah, es verdad. – seguí comiendo. Un
montón de preguntas me vinieron a la mente. Lo cierto era que nunca había visto
a un judío, solo por la tele, cuando nos ponían en clase algún documental sobre
la Segunda Guerra Mundial.
-Y cuando conociste a Yunho?
-Hace años, no recuerdo cuantos, en
invierno. Mi abuelo y yo caminábamos de vuelta a casa después de comprar mantas
y sábanas nuevas para nuestras camas. Las calles estaban cortadas, así que
íbamos andando, tranquilos, con la nieve cayendo del cielo. Era una noche muy
oscura ¿sabes? Y muy fría. Hacía tanto frío y había tanta oscuridad, que no me
di cuenta de que había algo tirado en mitad de la calle y tropecé con él.
Cuando me di la vuelta para ver de qué se trataba, vi a Yunho, desfallecido,
congelado, con una hipotermia horrible, con los labios tan morados como una
mora y medio muerto en mitad de la carretera. Mi abuelo y yo lo llevamos a
casa, ya que no había forma de llevarlo al hospital con tanta nieve en medio de
la calzada. Lo envolvimos en toallas calientes, le dimos sopa para comer y lo
bañamos en agua casi hirviendo. Cuando abrió los ojos al día siguiente, mi
abuelo dijo que tenía los mismos ojos que su Teniente del ejercito. Desde
entonces, lo tiene en un pedestal. – mierda. Debía haberlo imaginado. El
invierno de seul era malísimo y aunque me pusiera toda la ropa que tuviera en
el armario, cuando llegaban las peores temperaturas yo seguía teniendo frío. En
Busan las temperaturas serían más altas al estar más al sur, pero aun así los
quince grados bajo cero se alcanzaban fácilmente y si encima escaseaba la
comida y el abrigo en los barrios bajos… debía ser un auténtico infierno
helado.
Me rocé con una uña el brazo
para librarme del escozor, pero no me arañé como solía hacer antes.
-Yunho y yo no nos hicimos
amigos enseguida. Cuando se fue de casa, pensé que no volvería a verlo, pero me
equivoqué.
-Me he fijado en que eres como
su guardaespaldas, ¿no? – Black asintió despacio. Su expresión se volvió
nostálgica.
-Le debo mucho. En los barrios
bajos los judíos siguen sin ser plenamente aceptados. Yunho nos acepta. A Yunho
le da igual que una persona sea homosexual, travesti, musulmana o judía. No le
importa en absoluto, ni tampoco le importan los neonazis siempre y cuando no se
metan con él o con las costumbres de los demás. En otras palabras, no soporta
la intolerancia racial o que la gente rechace los gustos de los demás. Aunque a
veces diga “maricón” como un insulto, en realidad no le importa que seas marica
o no. Todos somos personas para él y nos trata a todos igual. Conmigo y mi
familia hizo lo mismo. – cuando queria terminar la comida por completo , ya se
me había enfriado y también se me había ido el apetito escuchando a Black
contar cosas sobre mi hermano. – La segunda vez que vi a Yunho fue en la
esquina de un callejón, con muy mala cara. Cuando él me vio, me hizo un gesto
simple con el brazo, algo así. – Black sacudió la mano hacia mí, como si me
echara de mi sitio, como si me pidiera que me fuera. – Yo no lo entendí. –
prosiguió. – Y no le hice caso. Seguí andando y entonces me encontré con varios
policías comiendo alrededor de un coche patrulla. Cuando me vieron, empezaron a
meterse conmigo, a insultarme y a gritarme. Intenté salir de allí, pero no me
dejaron. Estaba asustado aunque yo les superaba en peso y tres veces más en
estatura, pero siempre me ha dado miedo hacerle daño a alguien al pelear. Uno
de ellos me golpeó repetidas veces con la porra en la cabeza y me tiraron al
suelo. Me empezaron a patear y a golpear con las porras hasta que me
desmayé.
