Jaejoong
La noche seguía su curso. La Luna
seguía ocultando al Sol bajo su manto plateado, persiguiéndolo en una carrera
infinita. Las estrellas parecían caer, simulando las lágrimas de aquel satélite
infinitamente más pequeño que aquel colosal monstruo de fuego. La oscuridad se
ceñía sobre ella, brillante y redondeada, repleta de cráteres que la hacían
inconfundible. No existía en el universo un planeta de su mismo tamaño, con su
misma agujereada superficie y similar resplandor que, lejos de ser propio,
resultaba más que suficiente para iluminar a los seres que vivían a miles de
kilómetros bajo ella.
Nunca me había parado a pensarlo y
de repente, me sentí avergonzado por no haber reparado antes en aquel detalle.
La Luna jamás se mostraba igual. Daba igual desde qué perspectiva observarla.
Era la misma Luna que todos observaban y distinta al mismo tiempo y, aunque
fuera igual para todos, siempre se presentaba de una manera diferente a la de
la noche pasada o a la de la noche siguiente. Igual que sus lágrimas, siempre
diferentes, siempre nuevas y algunas, más viejas, las cuales acababan
evaporándose como si fueran agua de mar. Pero el proceso era tan lento, que
nosotros apenas éramos capaces de apreciarlo. La muerte de una estrella… la
muerte de una lágrima… ¿En qué se diferenciaban a parte de en el tiempo tan
dispar en el que tardaban en desaparecer?
-¿En qué estás pensando? – a mi
lado, Yunho dirigió una mirada curiosa al cielo nocturno a través de la
persiana, curioseando, buscando el foco de mi atención. Por su fruncimiento de
ceño, no encontró lo que buscaba.
-Estaba pensando en la Luna, en las
estrellas, en el Sol y las lágrimas. – respondí. El movimiento sutil de su mano
acercándose a la piel de mi brazo me desconcentró. La yema de los dedos de
Yunho besó el vello que se erizaba con el efímero contacto.
-¿Te has puesto filosófico?
Conociéndote, pensaba que estarías dándole vueltas a algo más romántico y
cursi. – me incorporé levemente en la cama, entumecido, separando la espalda
desnuda del colchón y la nuca del hombro de mi hermano. Él no se movió. Tumbado
de costado, siguió besando el casi inexistente vello de mi espalda con los
dedos.
Hacía rato que Scotty había dejado
de ladrar. Debía haberse dormido.
-¿Estás incomodo? – me preguntó y
enseguida negué con la cabeza.
-No. Estoy… sorprendido.
-¿Por qué? – dejó los roces y apretó
la mano contra mi cintura. Su pulgar siguió acariciándome sin descanso.
-Porque me siento bien. Estoy feliz.
– apoyando el codo sobre la almohada y la cabeza sobre los nudillos, conseguí
adoptar una posición cómoda desde la que podía apreciar el brillo de los ojos
de Yunho, afilados como los de una serpiente, llameando y lanzando chispas de
ardiente fuego en la penumbra.
-¿Y eso qué quiere decir?
-No lo sé. Que llevo meses sin
sentirme así, tan tranquilo, supongo.
-¿Tranquilo? – enredó la mano en mi
pelo, alrededor de la oreja. Me masajeó con suavidad el cuero cabelludo de esa
zona, haciéndome ronronear. – En secundaria, tuve una profesora de filosofía
que estuvo a punto de suspenderme precisamente por darle crédito a eso que tú
estás insinuando.
-¿Qué estoy insinuando? – cerré los
ojos y acabé abandonándome de nuevo en la cama, con la cabeza aplastando mi
propio brazo, disfrutando de su tacto, que había descendido por el cuello,
dando diminutos golpecitos sobre él con los dedos.
-El placer no es igual a felicidad.
La ausencia de placer no te causará infelicidad. Eso dijo ella.
-Hum… ¿ya hacías estas cosas
lujuriosas por aquel entonces? Pobre profesora. – su estómago se encogió por la
risa y a mí por remordimientos. Sin darme cuenta, había tocado un tema
delicado, otra vez.
-Sí, ya las hacía, pero no me lo
dijo por eso. No me acuerdo por qué.
-Sí, por supuesto.
-Es cierto.
-¡Tu palabra es digna de mi total
confianza!
-¿Es que no lo había sido hasta
ahora? – no respondí. No quería romper el mágico momento, pero tampoco quería
mentir. A pesar de todo, el rencor no había desaparecido. Un gruñido seco salió
de su boca.
-Yunho, no…
-No me importa. Yo también estoy
tranquilo y no tengo ganas de buscar motivos para cabrearme.
-Lo siento.
-Una de las cosas que más coraje me
da de ti es esa manía que tienes de disculparte por todo. ¿Fuiste tú quien me
dejó en HSeul?
-…No.
-Pues no te disculpes. – las llamas
se disiparon cuando cerró los párpados y dobló el cuerpo, tumbándose boca
arriba con los brazos abiertos, ocupando casi todo el espacio. Su respiración
se acompasó con la mía, más relajada y temí que se durmiera.
-No te duermas. – él no contestó, ni
siquiera cuando lo zarandeé. Sintiéndome frustrado como un niño pequeño que
llora por tener que irse a dormir temprano, me incliné apoyando una mano sobre
su pectoral izquierdo y junté nuestros labios. Las puntas de mi pelo se
pasearon por su clavícula mientras yo disfrutaba del sabor de su boca. Seguía
húmeda y casi podía distinguir mi saliva de la suya cuando delineé las cuervas
con la lengua, lamiéndole el labio superior. Noté como entreabría la boca con
los dientes apretados y gruñía. – No te duermas. – le pedí a lametones. – Vamos
a jugar otra vez.
-¿Quieres jugar? ¿Otra vez? – volví
a callar su boca y froté nuestros labios con rudeza, mezclando restos de
saliva. Ahí habían entrado toda clase de fluidos, bien lo sabía yo. Algunos
eran bebidas, otros, eran más… biológicos.
-Sí, quiero jugar otra vez. –
respondí.
-Pues chúpamela un rato y luego
trágate todo lo que suelte. – ¡Ja-ja-ja, qué gracioso!
-¿Estás enfadado todavía por lo de
la penetración?
-Oye, tú eres el pasivo y comprendo
que te gusten más las ñoñerías y las caricias pero ¿y yo qué? A mí me gusta
entrar y salir, no sé si lo coges. – me crucé de brazos y suspiré. ¡Era tan
difícil no cabrearse cuando decía cosas tan egoístas!
-¡Hasta ahora siempre me has
penetrado cuando te ha dado la gana! Hay muchas formas de hacerlo, ¿sabes? Y a
mí me duele que me la metas. Además, no sé por qué te quejas tanto. ¡Si el que
se ha corrido has sido tú!
-Precisamente por eso, idiota. Tú
también tendrías que disfrutar ¿no? Antes no quejabas tanto. – porque en
realidad no me dolía tanto como decía. La penetración al principio siempre era
dolorosa, pero si estaba lubricado y dilatado, el dolor pasaba casi totalmente
desapercibido y, aún sin ser así, no era un dolor horrible como insinuaba, si
no molesto. Aún estaba probando a Yunho. Intentaba cabrearle, sacar a relucir
ese espectro agresivo, pero sin éxito.
Yunho había hecho todo lo que le
había pedido hasta el momento y aunque al principio se quejaba, luego se
callaba. Me estaba sorprendiendo mucho.
-Esta es… la mayor guarrada que he
hecho nunca. – observando y rozando con los dedos la polla de Yunho, intentaba
hacer un esfuerzo por no precipitarme y clavarle los dientes en lo más hondo de
su hombría. La tenía ahí, delante de mí, más dura y tiesa por momentos, tan
cerca que podía besarla, pero no me atrevía. Ni siquiera me atrevía a
sacudírsela, porque cada vez que lo intentaba, se la estrujaba con tanta fuerza
que Yunho gruñía y claro, con la boca ocupada como la tenía, debía ser yo quien
interpretara esos gruñidos. Mi interpretación era que le hacía daño, ¡Pero era
difícil mantener la cabeza en su sitio cuando alguien te está chupando el culo!
Sonaba más guarro diciéndolo que haciéndolo. Haciéndolo… me sentía… un
pervertido.
-Ah… - notaba perfectamente el
camino que recorría su lengua, lamiéndome el muslo hasta trepar por la nalga
izquierda. Me preguntaba si yo sería capaz de hacerle algo así. Era demasiado
vergonzoso.
-Espero que hayas profundizado bien
con el jabón. – se burló. – Y que no te acostumbres a esto – se me puso la
carne de gallina cuando cerró su boca en el interior de mis nalgas, justo en el
agujero de carne, cerrado… de momento.
-¡Hum! – abrí la boca de par en par
y puse los ojos en blanco. Los músculos de los pies me dolieron cuando arrugué
los dedos. – Yo no tengo la culpa… esta costumbre la empezaste tú.
-No me refiero a esto. – se quejó
entre lametón y lametón. – No te metas tanto el jabón y aprovéchate un poco más
de mí… de lo que tienes delante de tu boca. – bajé la cabeza. Su pene tieso
seguía esperando, reclamando mi atención. Lo agarré con una mano y sentí el
pálpito de la piel caliente en la palma. Era una maldita bomba a punto de
estallar. – Esto te lo puedo hacer cuando te dé la gana. – rió. – Sabes bien. –
no me lo podía creer. ¡Si le estaba hasta gustando! Y a mí, más que a nadie.
Sentir tanta humedad y pensar que era la boca de Yunho quien la provocaba me
ponía cachondísimo.
Me concentré en lo que tenía entre
manos e intentando evitar distracciones, me llevé ese duro trozo de carne a la
boca. Hundí la cabeza entre sus piernas, rozando con la nariz el vello púbico,
tan erizado por la excitación como el mío y saqué la lengua, pegándola a la
base de su pene, lamiéndola como si fuera un helado, hasta la punta. El bajo
vientre de Yunho, pegado a mi torso, se hundió y el helado aliento que entró en
contacto con mi entrada empapada me estremeció.
-Si te la metes en la boca… me lo
curraré más. – gruñó.
-Pensaba hacerlo de todas formas. Tú
estás salado. – sus manos atadas se apoyaron en el principio de mi espalda. Me
arañaron y giré la cabeza hacia atrás. Yunho me hizo una seña con el
dedo.
-Acércate más.
-Si me acerco más, te voy a hundir
la cara en…
-¿Quieres que profundice o no? – con
las mejillas ruborizadas, obedecí y reculé. Noté sus mejillas pegadas a mis
testículos y para escapar de la vergüenza, agaché la cabeza y presioné con los
labios su glande. Con una mano sobre su bajo vientre, sentí como le temblaba de
gusto.
Era muy, muy difícil. Cuando me la
metí en la boca y profundicé, cuando mi lengua se enredó en la punta de su
potente pene, sentí asfixia. Yunho me apretaba las nalgas con las manos hasta
clavarme las uñas, sin detener la lengua que había descendido hasta los
testículos y los empapaba y los metía dentro de esa húmeda cavidad y luego, los
besaba. Me saqué el pene de la boca. No podía. Se la arrancaría de un mordisco
sin darme cuenta. Extrañamente, Yunho no parecía tener ese problema.
-Ya… ah… hu… ¡Tú ya lo has hecho
antes! – le recriminé y él soltó un sonido gutural antes de separarse de mi
entrepierna.
-Es difícil, ¿verdad? – se
burló.
-¿Con quién? – tragué varias
bocanadas de aire y apreté sus rodillas. Yunho no dejaba de chupar más de dos
segundos.
-Hay que practicar…
-¿Con quién? ¿Con Ricky?
-No digas tonterías.
-¡Yunho, quiero saberlo! – coló sus
manos atadas entre mis piernas y las apoyó en mi abdomen. Tiró de mí hacia
arriba. - ¿Yunho?
-Levántate. No tienes experiencia
para hacer esto. Me arrancarás la polla de un mordisco. – abochornado, intenté
apartarme de encima suya. – Eh, eh, no te muevas, bobo. Échate hacia atrás y
levanta la espalda, apóyate en mí. – no entendía lo que me pedía, pero obedecí
y volví a gatear hacia atrás. – Quieto, ahí. Ahora, levanta la espalda. – sus
manos presionaron para que me alzara y entonces comprendí… comprendí que iba a
hacer la cosa más asquerosa que podía imaginarme. Yo no sería capaz de hacerlo.
Me lo imaginaba y sentía grima.
-Yunho, eso es una asco.
-No. Es más guarro de lo que suena
¿no es fantástico? Además, ¿de qué te quejas? Te lo voy a hacer yo a ti. – no
muy convencido, me alcé sobre las rodillas hacia atrás. Me mantuve alejado de
su cara lo máximo posible.
-¿Así?
-Pégate más.
-¡Yunho, que yo cago por donde tú
quieres meter la lengua!
-Por eso espero que te hallas lavado
a fondo. Por eso… - sacó las manos de entre mis piernas y las subió hasta dar
con mi hombro izquierdo. – …Te voy a follar con la lengua, Muñeco. – y tiró de
mí hacia abajo. Lo primero que pensé fue… bueno, no pensé en nada, lo admito,
me quedé patéticamente en blanco. Luego, me acordé fugazmente de aquella vez
tan lejana en la que practicando, le hice una cosa así a Boomie (Sexo oral con
ella, buag… recordándolo, sentí auténtico asco) y, finalmente, se me pusieron
los músculos del cuerpo tensos como las cuerdas de una guitarra. Empecé a tener
espasmos de gusto con esa lengua escurridiza entrando y moviéndose dentro de mi
cuerpo, como una anguila mojada. Estiré la espalda, doblándola hacia atrás
hasta hacerme daño.
-¡Ohh! – era muy diferente del sexo
anal, mucho. En lugar de sentir placer, lo que sentía era un morbo que me
dejaba tieso… nunca mejor dicho. El morbo era mejor que el placer porque
directamente, se me instalaba en la mente una sensación que viajaba a velocidad
luz hasta mi polla y ella, bueno, actuaba según lo que sentía. Es decir… sin
tocarla siquiera, se me ponía como una manguera. Se endurecía cada vez más con
el paso del “agua” que acababa saliendo, salpicando lo que había a su
alrededor. Era asqueroso, pero eso lo hacía más excitante todavía.
Temblequeando, intentaba no moverme
mucho encima de Yunho. Joder, es que prácticamente estaba sentado en su cara,
en su boca, mejor dicho, pero era difícil. Se me tensaba el trasero, que notaba
agarrado por sus manos con firmeza, estrujándolo hasta hacerme notar las uñas
casi inexistentes. Metía la lengua y la sacaba, me penetraba con ella
superficialmente con un ritmo tan lento, que me daban ganas de cabalgar sobre
su boca para que fuera más rápido.
-Yunho… mierda… urggg… mueve la
lengua… más rápido… - me dejé llevar y me restregué buscando más contacto, más
profundidad, que su lengua entrara más. No sabía si lo que me corría por los
muslos era sudor o su propia saliva. Su polla, más abajo, sacudiéndose junto al
movimiento de su cuerpo, adquirió un valor nuevo para mí. Me incliné un poco
hacia delante y se la agarré con una mano, igual que hice con la mía, que chorreaba
de morbo, escurría el presemen hasta los testículos y desde ahí, descendía
hasta la barbilla de Yunho. ¿Lo notaría?
Le sacudí el pene con la mano, a la
misma vez que la movía sobre el mío. Iba despacio, porque estaba tan cachondo,
que ya notaba los pinchazos de placer previos al orgasmo cuando me tocaba lo
más mínimo. A él todavía le faltaba, pero me lo agradeció alzando la pelvis
para que siguiera. Obedecí, le escupí en la punta para que mis dedos se
deslizaran con más rapidez y humedad y noté como se estremecía. Pude inclinarme
más, apartando el culo de su cara para darle lametones en la punta que empezaba
a adquirir un sabor salado. Sacó la lengua de mi agujero y temblequeé. Giré la
cabeza y le vi suspirar. Sus labios y la barbilla estaban empapados de saliva y
a saber qué más.
-Tengo ganas de besarte… - murmuré.
Él sonrió con picardía y se incorporó lo justo para apoyarse contra la pared,
apoyando las manos sobre el principio de mi espalda.
-¿Te acuerdas… de cuándo me dijiste
que te gusta mucho mi polla? – hice memoria, sin soltársela, sin cambiar de
posición inicial. Había dicho muchas cosas guarras a lo largo de mi vida, pero
no recordaba esa, así que negué con la cabeza. – Normal, estabas drogado. –
suspiró él.
-No me lo recuerdes o todavía puedo
arrepentirme.
-¿Quién te drogó?
-¿Con quién has estado haciendo
sesenta y nueves en los últimos meses? – me burlé. Yunho cerró los ojos con
expresión gozosa, como si mi mano y el meterme la punta húmeda de su pene en la
boca le hiciera subir al mismísimo cielo. Sus manos atadas aún descendieron por
mi espalda hasta mi trasero. Apenas noté los dedos acariciándome antes de que
me metiera dos de golpe. Me sobresalté, pero no sentí ni pizca de dolor, solo
más calor.
-Si te lo digo… te va a entrar la
vena depre. – abrió los dedos dentro y apreté su rodilla izquierda, que dobló
para que me apoyara en ella y no cayera de boca sobre la cama, así que tuve que
ladear la cabeza hacia la derecha para alcanzar su erección. Me atreví a
metérmela en la boca hasta la mitad, pero Yunho me golpeó en un punto doloroso
del recto y me la saqué enseguida para apretar los dientes. - ¿Te duele? –
preguntó.
-Ahí… sí… no sé lo que me hiciste la
última vez, pero desde entonces… - me callé. No era un tema agradable para
tratar en la cama.
-¿Desde entonces, qué? –
insistió.
-Te lo cuento si tú me lo cuentas.
No es agradable, de todas formas.
-Quiero saberlo. – sacó los dedos y
yo apreté el culo. Entonces, noté que me sujetaba los testículos con una mano y
con mucho cuidado, los acariciaba. Me tensé un poco, recordando pellizcos y
algún mordisquito doloroso que me había dado justo ahí. – Dejé de ser virgen
sobre… los catorce… - confesó y yo aparte la cara de su entrepierna y lo miré
mientras me limpiaba restos de saliva de los labios. – No estoy seguro si fue a
los trece o catorce, pero por ahí. – se concentró en mis huevos y ahí se quedó
su mano, haciéndome chorrear sobre su estómago. Yo dejé de lamerla, pero seguí
masturbándole, despacio.
-¿Estáis todos… ufff… todos locos?
Ricky tenía… tu edad.
-Ricky lo hizo con su novio… yo no.
– se encogió de hombros y un poco nervioso, aumenté la velocidad de mi
mano.
-¿Qué quieres… decir? – las frases
se me cortaban con los suspiros.
-Necesitaba dinero… un día una chica
dos cursos por encima de mí me ofreció dinero… a cambio de que me desnudara y
la dejara tocarme. – tragué saliva. Yunho no parecía darle mucha importancia al
asunto, pero parecía preocuparle algo cómo reaccionaría. No sentí los tres
dedos que me introdujo a traición, solo molestia. Me había puesto tenso como un
palo.
-¿Aceptaste?
-Acepté. – el ritmo de mi mano
aumentó y Yunho frunció el ceño, enronqueciendo la voz. – Era una amiga… grur…
así que no vi el problema… aff… no era la prime… primera vez que me
masturbaba.
-Sí la primera vez que te masturbaba
una tía… y por dinero. – apretó los párpados, haciendo muecas.
-Te estás… apretando mucho.
-¿Lo hiciste con ella? – negó. -
¿Con qui…?
-Con su… offgg… ¡con su hermana
mayor!
-¿¡Cuántos años tenía su hermana
mayor!? – grité. Ya no notaba placer ni morbo, solo rabia.
-No sé… dieciocho… diecinueve…
¡Argg, Muñeco!
