-Jaejoong… - apreté las manos con
más fuerza sobre mis oídos al oírle llamarme. El colchón se hundió a ambos
lados de mi cintura cuando se apoyó allí. Otra vez estaba encima de mí, lo presentía,
pero no como presencia agresiva… parecía pacífico. – Jaejoong… ¿Qué hago
contigo? Te has convertido en un Muñeco tan frágil que al más mínimo toque, se
cae un pedazo de ti. No sé qué hacer para no romperte. Yo me he hecho demasiado
fuerte a tu costa y tú, demasiado débil. Es como… como si te hubiera robado las
fuerzas. Yo me he convertido en gigante y tú en un enano, tan pequeño, que
cuando yo camino, no me doy cuenta de que puedo pisarte como a una hormiga, sin
darme cuenta. Y tú corres para que yo no aplaste. – su voz me recordó a mamá.
Ella siempre usaba ese tono cuando hacía algo mal y yo pagaba las
consecuencias. Había oído esa vocecita muy pocas veces, como cuando me puse
enfermo por tragarme un batido caducado. Mamá estuvo pidiéndome perdón por
haber insistido tanto en que yo me lo tomara, aún cuando le avisé de que el
batido sabía a algo raro.
Yunho me estaba hablando con esa
misma vocecita arrepentida y preocupada. Desesperada.
-Esta vez sólo quería darte algo de
mí, no quería hacerte llorar. Es que… me he dado cuenta de que tú siempre me lo
das todo y yo nunca te he dado nada. Pensé que quizás te alegrarías, te
repararías y podrías volver a confiar en mí, pero… no sé qué ha salido mal. No
lo entiendo. No sé quién de los dos está mal, quién es el complicado en esta
situación. Cuando yo voy a por ti, tú te vas, y cuando vienes tú, yo me voy.
¡Ni siquiera sé por qué te estoy contando esta mierda! Pero cada día estás
peor, cada día te machaco un poco más los nervios y aunque me ha costado los
huevos, quiero arreglarlo. Quiero arreglar a mi Muñeco, quiero que esté feliz
porque… no sé por qué. Pero quiero que sea feliz. Jae… - me llamó. No recordaba
palabras más sinceras ni un tono más inseguro saliendo de su boca. Quizás, el
de esa misma mañana, en el arroyo. – Dime qué hacer para que te pongas bien.
Dímelo tú, si no, cometeré un error tras otro y nunca dejaré de hacerte daño,
Muñe… no, Jaejoong, mi hermano pequeño. Mi novio. Mi Jae. – no contesté, pero
dejé de taparme los oídos y me encorvé, con la sábana aún ocultándome la
visión. Esperé que volviera a hablar, pero en lugar de eso, se retiró un poco.
Estuve a punto de preguntarle, decepcionado, si eso era todo lo que me podía
decir, pero me paralizó el pensamiento con sus palabras. – Lo siento.
“Lo siento” de corazón. Me guardaría
ese recuerdo durante mucho tiempo.
-¿Qué más?
-¿Eh?
-¿Qué más tienes que decir? – Yunho
soltó un bufido nervioso.
-Pues… no lo sé. No sé qué quieres
que te diga.
-Quiero que me digas lo que piensas,
sin mentiras. Eso quiero.
-Ah… es que… - se quedó callado. Se
había quedado azorado y recordé que Yunho no era muy de expresar sus
sentimientos y pensamientos. No podía pedirle que cambiara eso de la noche a la
mañana. Tenía que echarle una mano.
-¿Qué piensas sobre mí?
-¿Sobre ti?
-¿Qué piensas cuando estás conmigo?
De verdad, quiero saberlo.
-Hum… pienso… muchas cosas.
-Dime una de ellas. – volvió a
quedarse callado y al cabo de un par de minutos de espera, acabé por sentir una
terrible decepción. Quería que me recuperara, pero no era capaz de ayudarme ni
aún echándole una mano.
-Las primeras semanas que estuve
contigo… me irritaba tu forma de hablar. – pestañeé, curioso. ¿Lo estaba
intentando, o eran imaginaciones mías?
-¿Mi forma de hablar?
-Tus gesticulaciones. La manera en
la que movías las manos al hablar. Me ponían muy nervioso y pensaba, este tío
es idiota y tiene un plumón del quince. No solía escucharte, pero hacía como si
lo hiciera y te seguía el rollo mientras pensaba en otra cosa.
-Oh, vaya. – evité que se me notara
el bochorno con un tono indiferente, pero en realidad pensaba ¿en serio se me
nota tanto por la manera de mover las manos?
-Pero luego… ya no me molestaban
tanto. Un día te vi hablando con Yoochun sobre algo que no recuerdo, algo que
no escuché, porque estaba pendiente de tus manos. Seguían moviéndose igual que
siempre, hiperactivas, pero de repente, me parecieron graciosas y dejaron de
molestarme. Tu manera de gesticular empezó a gustarme y así… con todo. Mientras
tú me hablabas yo pensaba y deseaba el momento en el que te callaras y me
abrazaras con tus dedos. Luego, empecé a escucharte mientras miraba tus manos.
Aunque me hablaras de algo que no me interesaba, esas palabras que a mí se me hacían
tan raras siempre tenían recompensa, así que otro día, no sé cuando, dejé de
pensar en la recompensa y empecé a comprender y a interesarme por lo que me
decías. Tu tono de voz… me agradaba. Aún me gusta oírlo.
-Eso… no es lo que te he pedido que
me dijeras. – me había quedado con la boca abierta y el corazón encogido de la
emoción.
-Es cierto. Vaya cagada.
-A mí también me gusta tu voz…
cuando no la alzas para gritarme.
-¿En serio? Es como el gruñido de un
perro.
-No. Es muy grave, pero me gusta. –
nos quedamos repentinamente callados.
-Me gustaría decirte más cosas, pero
no sé… es difícil. Es como si estuviera hablando con un cuervo delante de un
millón de personas. Me siento estúpido.
-¿En qué piensas cuando me gritas? –
eso no necesitó ni un segundo para pensárselo.
-En que no me entiendes, y en que
quiero que me entiendas.
-¿Qué es lo que no entiendo?
-A mí. A todo yo.
-A tu manera de pensar… ¿de
sentir?
-Sí.
-¿Y cuando no me gritas? ¿En qué
piensas?
-…En que tengo que gritarte.
-¿Por qué?
-Porque si no te grito, no me haré
notar. Y si no me hago notar… - vaciló. – Tú te irás.
-¿Y por qué iba a irme yo? Si
quisiera hacerlo, ya lo habría hecho ¿no crees?
-Sí, es verdad. Pero es que… como
todo el mundo se va, pues… tú también te irás de un momento a otro.
-Yunho… ¿quién es todo el mundo?
¿Quién se ha ido? – pregunté. Me parecía ver un minúsculo halo de luz, una
mínima comprensión de lo que se le pasaba por la cabeza. Estaba entendiendo su
manera de pensar, aunque solo un poco.
-No sé… ya sabes. Todo el mundo se
acaba yendo.
-¿Todo el mundo es mamá? – Yunho
calló. El silencio predominó en la estancia. - ¿Todo el mundo es papá? ¿Es
Helem? ¿Es Guetti? Es… ¿Cristina?
-…Sí. – me dio la impresión de que
ese “sí” fue el más difícil de pronunciar de toda su vida. Lo arrastró como si
lo tuviera encadenado a sus cuerdas vocales, atascado ahí desde hacía mucho
tiempo.
-Todos ellos se han ido.
-Sí.
-Y tú estás… solo. – volvió a
quedarse mudo. – Pero yo nunca me he ido, Yunho. Yo siempre he estado
esperándote. Quien se ha ido esta vez has sido tú. Y yo te he seguido, como un
hermano pequeño sigue los pasos de su hermano mayor. Yo siempre he estado aquí
¿no lo ves? Ahora estoy aquí, y no quiero irme. Quiero quedarme, así que… no me
eches. No juegues más conmigo a encuentros y despedidas. No me grites cuando
vaya detrás de ti o cuando intente alejarme porque me has hecho daño. Yo solo
intento escapar cuando tú me atacas. Cuando no lo haces, yo soy feliz. No me
ataques más, porque si lo haces, llegará un momento en el que me vaya de verdad
y… ¿tú quieres que me vaya?
-No.
-¿Quieres estar conmigo?
-Creo que sí.
-¿Sí o no?
-Sí.
-Pues no intentes alejarme más. Yo
confiaré en que tú no te irás siempre y cuando tú confíes en que yo no me iré.
¿Vale?
-¿Así te reconstruirás? ¿Así estarás
bien?
-…Sí.
-Entonces, vale.
-Vale. – el silencio volvió y con
él, el nerviosismo. Entonces, sentí como la sábana que me cubría se movía. Mi
defensa estaba siendo tomada por un intruso que se coló bajo ella. Yunho me
observaba, pidiéndome permiso para entrar. Yo le hice sitio en mi escondite
preferido y él entró, cubriéndonos a ambos.
-Hola. – me saludó con su sonrisa
pillina.
-Hola. – le respondí yo.
-¿Cómo estás? Encerrado tanto tiempo
aquí ¿no es agobiante? No parece una casa muy acogedora. – me reí.
-Es mi refugio. ¿Te gusta?
-Hum… un poco cutre y con decoración
más bien escasa, pero nada que no se pueda arreglar con una buena capa de
pintura. También tengo serias dudas de que sea capaz de resistir un terremoto o
una bomba nuclear, pero para haberlo hecho tú, no está mal.
-¡Eh, que te he dejado entrar, deja
de poner tantas pegas!
-La confianza da asco, hermanito.
Sólo falta una linterna. No veo nada.
-Yo sí te veo a ti.
-¿Sí? Pues extiende una mano y
tócame. – encogí el cuello, sonriente. Me sentía estúpidamente
idiotizado.
-¿Para qué?
-Para tranquilizarte.
-¿Cómo?
-Cuando estés triste o asustado, en
vez de hacerte daño y cortarte, extiende las manos y tócame. – pestañeé. Su voz
no se parecía en absoluto a los gruñidos de un perro. No le veía similitud
ninguna con Scotty. En realidad, me sonaba a la voz del primer actor porno que
vi en acción, en mi primera película homoerótica (Mi primera y única). ¡Qué
sensualidad podían ocultar unas simples palabras! Y cuánto significado. – Yo te
tranquilizaré. – tragué duro y esnifé, aguantando el subidón de emoción.
Alcé los brazos aún atados y posé
las manos sobre su pecho. Estaba caliente.
-¿Así?
-Sí. – le acaricié el pectoral
izquierdo con los dedos, sintiendo el abultado músculo. A diferencia del de
Ricky, éste estaba duro como una piedra.
-No me siento más tranquilo.
-Sólo funciona cuando estás tristes
o nervioso. Ahora no lo estás. – Se acordaba perfectamente de la noche de
Navidad. El mismo diálogo, las mismas palabras pero en situaciones opuestas. Si
quería reconstruirme y hacerme feliz, iba por el mejor camino.
Esperaba que no la cagara en cualquier
momento. Estaba a punto de llorar otra vez de la emoción.
-¿Y cómo estoy entonces? – me
atrevía a preguntar, arrastrando las rodillas sobre la cama para acercarme más
a él.
-¿Ahora? – me rodeó la cintura con
los brazos con mucha suavidad. – Ahora, espero que estés bien. Espero que te
estés recuperando… así… así, cuanto antes te recuperes, antes podré tomarte el
pelo.
-¿Quieres tomarme el pelo? ¿Eres
idiota? De todas las cosas que podrías hacer conmigo, ¿quieres tomarme el pelo?
-¡Es que cabrearte es mi pasatiempo
favorito!
-¡Sí, después de pegar palizas y
navajazos!
-No, no. Primero, vas tú. – se me
escapó una aguda risita que me esforcé por disimular. Sí, sí, cuanto más abría
la boca, más estúpido me sentía, más confianza recogía. Y cuanta más confianza
recogiera, más doloroso sería el hostión que me llevara contra la realidad.
Decidí no pensar en eso. No era el
único que tenía miedo de ello y el miedo me proporcionaba una cierta confianza
que provocaba el movimiento de mis dedos y mi boca.
-Ya te estás poniendo cursi.
-No es verdad. Es que estoy ligando
contigo.
-¿Conmigo? Pero si ya me tienes
ligado.
-Por si acaso, quería empezar otra
vez.
-Ah. – Yunho no iba a coger la
iniciativa. Supuse que tenía miedo de hacerme daño.
De repente, se me ocurrió una idea.
Se lo había puesto demasiado fácil. Le había perdonado en un momento, sin
pararme a pensármelo dos veces, simplemente porque lo estaba deseando. ¡Pero
qué descuidado era! Así luego correteaba de un lado para otro llorando como un
niño.
No tenía muchas ganas de hacerlo.
Quería abrazarme a él y no soltarme, dormir usando su pecho como almohada pero,
sí. Sería demasiado fácil para él y no. No podía depender siempre de su
opinión. Si empezaba de nuevos siendo yo el vulnerable y el mimoso, volvería a
aprovecharse de mí, aunque fuera sin darse cuenta y no con mala intención.En mi
mente, apareció la idea clara y brillante. Debía hacerme respetar desde el
principio, como Yunho siempre lo había hecho. Una vez infundido el respeto, lo
demás sería mucho más fácil. Además… serviría como prueba definitiva de que
Yunho estaba dispuesto y quería estar conmigo definitivamente. Si lo hacía,
estaba seguro de que recuperaría la confianza.
La pregunta primordial era… ¿Lo
haría si yo se lo pedía? No perdía nada por intentarlo y visto que incluso
había intentado autopenetrarse para complacerme, debería importarle poco lo
demás.
Así que alcé la cabeza, pillándolo
de improviso y le planté un buen beso en los labios, tranquilo y sin
profundizar. Un simple roce seguido de un pequeño lametón en los labios. Yunho
se quedó muy quieto, diría que hasta sorprendido. Noté su boca curvándose en
una sonrisa complacida cuando pegué la mía a la suya.
-Ehh… Muñeco… - se rió y cuando me
separé un poco, él me siguió, buscando mis labios como un perro detrás de un
hueso.
-Eh, eh, espera. – Yunho se detuvo,
aunque me apretó un poco más fuerte por la cintura.
-¿Espero? ¿A qué?
-Te lo he puesto muy fácil ¿no
crees? Un par de palabras y ya estás perdonado.
-¿Ah, sí? Un momento, ¿me has
perdonado? – me hice el tonto.
-Bueno, me lo estoy planteando
seriamente.
-¿De verdad?
-¡Sip! Pero sería demasiado sencillo
hacerlo ahora. ¿Nunca has sentido esa sensación tan gratificante al conseguir
algo después de un duro día de trabajo?
-Hum… sí. De hecho, mucho antes que
tú.
-¿Qué insinúas?
-Nada, nada. – una de sus manos
ascendió por mi espalda, acariciándola con la punta de los dedos, dibujando
círculos en ella. Era de lo más agradable. - ¿Qué quieres que haga, Muñeco
travieso?
-Primero… - alcé las manos aún
atadas hasta su cara, rozándole la mejilla para que las notara. – Desátame. –
le pedí y tal y como me lo esperaba, no rechistó ni una vez. Dejó escapar un
gruñido burlón antes de estrechar mis manos contra una de las suyas y
llevárselas a la boca. Sus labios húmedos y entreabiertos me acariciaron la
palma, dejando un casi imperceptible rastro de saliva en ellas. Se me puso el
vello de punta cuando me lamió la mano y un escalofrío provocó que se me
pusieran los pezones duros.
Agarró la sábana que me mantenía
atado con los dientes y tiró de ella. El nudo se deshizo enseguida y la suave
tela se escurrió por mis brazos.
-Genial. – una vez con las manos
libres, agarré la sábana que me cubría y la retiré, sacando el cuerpo fuera de
ella. Yunho se convirtió en un bulto en movimiento bajo ella hasta que con
mucha lentitud, haciéndome esperar y con cierta mueca burlona, salió a la
superficie, arrancándola literalmente. Las enredó en un brazo y amenazó con
dejarla caer al suelo, junto con la ropa. – No, espera. – se detuvo. Los ojos
le brillaban con calculadora arrogancia. – Dámela. Quiero jugar… contigo.
-¿Quieres jugar?
-Sí. Pero… de una manera diferente.
– Yunho ladeó la cabeza, curioso.
-¿Cómo?
-Túmbate en la cama. – observé
perfectamente como alzaba una ceja y pude apreciar, gracias a la escasa luz que
se filtraba por la ventana, la longitud de los arañazos. No eran muy profundos
y las cinco líneas no muy coordinadas que le cruzaban la cara no sangraban.
Luego, me fijé mejor. Un hilo de sangre se escurría por su cuello, bajando
hasta la barbilla tensa. Hum… hablando de tensión…
Rodeé su cuello y apoyé las muñecas
sobre su nuca, volviendo a pegarme a él. Yunho vacilaba entre sí seguirme la
corriente o retroceder. Notaba la tensión haciéndose un ovillo en su torso,
poniéndole los músculos duros como el metal. Me sentí un poco cabrón. Su
indecisión me ponía cachondo.
-Yunho, venga… hazlo por mí. – junté
nuestros pechos y él se vio obligado a abrir las piernas para acogerme entre
sus muslos. Mis rodillas chocaron contra su pene con mucha suavidad. Estaba
flácido, lo que me hizo suponer que la idea no le hacía gracia. Esa noche había
descubierto que Yunho no se empalmaba si le proponía un plan que no le atraía.
Habría que ponerse persuasivo, tal y como él se había puesto esa noche.
Persuasivo y muy cabezón, así que me alcé sobre las rodillas, haciendo que mi
pecho se restregara contra el suyo, haciéndole notar la magnificencia de mi
erección contra su estómago. Abrí la boca y saqué la lengua, posándola en su
barbilla, lamiendo y subiendo por la comisura de sus labios, sus pómulos hasta
su sien. La sangre corría por la otra mejilla y me sentí tentado de chuparla
como un vampiro. Sería muy guarro y excitante. La sangre no me daba asco, había
chupado otras cosas peores, al fin y al cabo. – Túmbate... Amo.
-Grr… - soltó un gruñido gutural
cuando le chupé la oreja, empapándola con mi saliva. - ¿Qué quieres hacer? – no
contesté, encogiéndome de hombros. Descendí la mano hasta su mejilla herida y
se la acaricié. Yunho encogió la cara en una mueca molesta.
-¿Te duele mucho?
-Después de que un perro me mordiera
la pierna, se me infectara, me tiraran un jabón a la cabeza, me cayera desde un
segundo piso y me dislocara un brazo, empiezo a perder el sentido de la
sensibilidad. – sonreí. Le di un beso en la boca sin lengua, o al menos, esa
era mi intención principal hasta que Yunho abrió los labios sobre los míos y su
lengua se coló con fogosidad entre mis dientes, rápida y escurridiza como una
anguila. Saboreó mi boca como si se tratara de un trozo de comida que
había encontrado por casualidad después de cinco días sin probar bocado. Iba a
lo que iba, como siempre, y no me extrañaba. Era el Yunho de Seul el que me
tocaba ¿no? Me dio un último lametón en los labios, pillándome con la boca
abierta y rozándose contra mi lengua. Probé su saliva otra vez y me mantuve
bien accesible cuando se retiró. Por mí, podía estar toda la noche besándome.
No me quejaría.
Pero se apartó de mí entre risas y
se dejó caer boca arriba, sobre la cama. Su expresión de hombre malo, me ponía
enfermo.
-¿Y bien? ¿Qué vas a hacer? Como te
saques un látigo o algo parecido de la manga, juro que te lo meto por el culo –
mordiéndome los labios, gateé por encima de su cuerpo hasta que nuestras
cabezas estuvieron a la misma altura. Luego, me senté sobre su duro
abdominal.
-¿Peso mucho? – negó con la
cabeza.
-¿Vas a restregarte? Siento
perfectamente tus… ¿cómo decirlo para que no suene demasiado basto?
-Tú siempre has sido basto. – me
reí. Hacía tiempo que no me reía así con él.
-Cierto. Tus huevos. Siento que me
estás rozando con ellos.
-¿Eso te da asco?
-Por favor, Muñeco… ¿es que ya te
has olvidado de todas las veces que los he tocado?
-¡No me lo recuerdes! Me vas a poner
cachondo.
-¿No lo estás ya?
-Todavía puedo estarlo más.
-¿Debo preocuparme por eso?
-¡Seguramente! Hoy domino yo. –
Yunho no dijo nada, pero pude apreciar como ponía los ojos en blanco y su pecho
volvía a endurecerse. Restregué mis manos por él, como si le estuviera dando un
masaje y todo él estuviera cubierto de aceite. Bajé la cabeza hasta uno de sus
pectorales y mi pelo lo acarició con las puntas. – Yunho, ¿no confías en mí? –
mi lengua recorrió aquel trozo de carne pétreo y mi hermano se estremeció,
ablandando el abdomen y con él, los músculos. Mientras saboreaba su piel,
dejaba apoyada una mano sobre su torso, sobre su corazón. Quería sentir el
latido airado y el encogimiento de su musculatura, que se endurecía y se
ablandaba con cada esfuerzo por no sucumbir a mí. Se le pusieron los pezones
duros y rodeé el izquierdo con la lengua, empapándolo en saliva. Luego lo mordí
con suavidad.
-Urg… - Yunho se quejaba, más que
gemía. No sabía si le estaba gustando o dando asco y eso me hacía sentir
avergonzado. Nunca había llevado plenamente el control con él, por lo que la
inseguridad y el miedo a hacer el ridículo ante su opinión me carcomía.
Pero quería hacerme respetar. Si lo
conseguía, su bestial orgullo no me pisaría más. Esa era la solución a nuestra
relación. Yo debía hacerme más fuerte y él, más vulnerable. Yunho ya había
puesto su granito de arena aquella noche, ahora me tocaba a mí.
-¿Qué piensas de mí ahora, Yunho? –
le pregunté, acariciándole el pecho con la humedad de mi boca.
-Pienso… que no me gusta que me
dominen. – tragué saliva, sintiéndome herido.
-No lo estoy haciendo… - “bien”,
estuve a punto de decir, pero eso sería igual a expresar mi temor. No. No debía
expresarlo, al menos no esa noche, no mientras estuviéramos haciendo el amor.
Si yo no confiaba en mí mismo, Yunho menos todavía confiaría en mí. Debía
mostrarme seguro, debía imitar su propio comportamiento. – Dame las manos.
-¿Para qué?
-Dámelas. – Yunho vaciló pero cuando
alcé la cabeza, me tendió los brazos abiertamente. Creía que iba a abrazarle,
pero no. Quería sentirme más seguro y cuando me vio agarrar la misma sábana con
la que él me había atado minutos atrás, volvió a gruñir.
-No me gusta…
-Conmigo te gustará.
-Muñeco, a mí no me domina nadie. –
se resistió cuando rodeé sus muñecas con la tela. Su tono de voz aumentó,
pasando de tranquilo a intimidante en un momento. ¿Debía parar y dejarme hacer
como siempre?
No.
-¡Pues hoy voy a dominarte yo! ¿Te
ha quedado claro, imbécil? – casi le grité y él se quedó tieso, con los brazos
en alto. ¡Uoh, menuda sorpresa, qué genio había echado!
-¿Imbe…?
-¡Sí, imbécil! Ahora, estate quieto.
No quiero hacerte daño. – mantuve el tono de voz irritado y una cara de mala
hostia que, joder, sentía. Tanta resistencia me ponía de mala uva. ¡Que él me
había follado no sabía cuántas veces! ¿No era capaz de dejar que al menos le
atara? Ignorándolo, le até las manos lo mejor que pude. Yunho se dejó y cuando
terminé, descubrí que se estaba riendo como si estuviera viendo a un payaso
intentando hacer malabares.
-¡No te rías!
-¡Pero bueno, Muñeco! ¿Qué más da?
Ya que yo soy un imbécil, habrá que dejártelo todo a ti ¿no? ¡Venga, venga,
tócame, excítame, a ver qué sabes hacer, cariño! ¡Ponme cachondo! – gritó,
riéndose y moviendo la pelvis de arriba abajo. Me balanceé sobre él,
restregándome por completo, a punto de caerme, incluso haciéndome daño por la
fuerza de sus abdominales. Me dio la sensación de que estaba montando sobre un
maldito toro encabritado y tenía que dominarlo y aprender a llevarlo bien, o me
tiraría de su “lomo”.
-¡Para, estate quieto!
-¡Pero monta! ¡Si no dominas al
caballo, no puedes ser un buen vaquero, Muñeco!
-¡Que pares, coño! – e intentando
domarlo y no encabritarlo más, le asesté un buen guantazo en el pecho que
resonó por toda la habitación. A un caballo o a un toro, ese golpe lo habría
encabritado más, pero hinchó el pecho por última vez y con una mueca de dolor,
se detuvo. Se le desinflaron las fuerzas.
-Argg… eso ha picado.
-Si no te estás quieto, te daré más
fuerte. – sonreí, complacido, al ver como cerraba los ojos y suspiraba,
estándose quietecito. Estaba domando al caballo salvaje y pronto, podría
montarlo.
-Qué dominante te estás volviendo… -
intentó alzarse, pero posé una mano firme justo donde le había golpeado y Yunho
se relajó, dejándose caer en la cama otra vez. Echó los brazos atados hacia
atrás, apoyando la cabeza en ellos, tras la nuca. Los músculos de los brazos se
le tensaron. La mirada rebelde se mantuvo. Sentí como algo me rozaba el
principio de la espalda y del culo, alzándose poco a poco.
-Parece que no soy el único al que
le gusta que le dominen. – me burlé yo esta vez.
-Muñeco, no te engañes. Tú no
dominas nada. No eres capaz de hacer algo lo suficientemente guarro como para
captar mi atención.
-¿Qué no soy…? – de acuerdo, lo
reconocía. Eso me picó, quizás porque sabía que tenía razón. Me mordí el labio
con fiereza de la frustración y mi pensamiento navegó a toda velocidad,
buscando algo obsceno, algo que no se me había ocurrido hacer antes, algo que
por narices, había visto en alguna película, algo… je… - No te las des de
chulito, rompecorazones experto. Hoy domino yo, así que tú calladito. Abre la
boca solo para lo que tengas que abrirla. – tragué saliva, ¿para qué negar que
estaba nervioso por lo que iba a hacer? Estaba tratando con un Yunho que en
parte conocía, pero por otro lado, podría saltarme con una bordería en
cualquier momento, una que me cortaría el rollo, pero… había quedado en confiar
en él, ¿no? No debía avergonzarme. Si me mostraba seguro de mí mismo, podría…
vale, se acabó el pensamiento. Más actuar y menos pensar. Yunho era mío
por esa noche, mi Muñeco solo de momento y tenía que aprovecharme de ello. De
él. Si quería recuperarme, lo haría.
Así que me alcé un poco, apoyándome
en los talones y me di la vuelta sobre su cuerpo, del revés, a cuatro patas.
Simplemente, le puse el culo en la cara mientras su pene erecto se alzaba
frente a la mía.
-Ahora, chupa. – evité mirarle para
que no apreciara mi vergüenza, aunque me moría de ganas por ver su reacción. ¿Y
si se negaba? ¿Y si le daba asco? ¿Qué haría yo? Mi orgullo no lo soportaría.
Recordaba vagamente las caricias que me había dedicado esa noche, drogado
perdido como estaba. La sensación al sentir algo húmedo y esponjoso entre mis
piernas, degustando ese pequeño trozo de carne que se abría y cerraba cuando él
ejercía la presión necesaria, me resultaba nostálgica. Si lo había hecho una
vez, podría hacerlo otra ¿no? Esa reflexión me dio valor y me acerqué un poco
más, con los ojos apretados por la vergüenza. Noté un roce simple, su nariz
rozándome las nalgas y me separé enseguida, rojo de vergüenza. Me había
acercado demasiado. Quise alejarme y olvidar aquel lamentable intento, pero
obtuve una respuesta inesperada cuando mis ojos captaron el movimiento entre
sus muslos. Su polla, delante de mi boca, respondió por él. De estar medio
alzada, se puso tiesa y rojiza, incluso húmeda al instante, en un visto y no
visto, casi en un parpadeo. Escuché el bufido de Yunho y alcé la cabeza al
techo, con expresión más que gozosa, notando un subidón de orgullo.
-Vale, eso no me lo esperaba. –
admitió y yo sonreí, triunfante.
-¿He atraído tu atención? – le di un
pequeño golpecito con el índice a su pene. Se tambaleó de adelante hacia atrás,
endurecido y Yunho encogió el estómago.
-Hum… podría decir que sí.
-Genial… ahora, compláceme… cariño.
– aquella muestra de sumisión me supo a gloria y también, a placer absoluto.
Por un momento volví a dudar hasta que la saliva que la lengua de Yunho dejaba
sobre mi muslo al ascender por él se concentró en un único sitio, pequeño y
oculto entre mis nalgas. - Uoooohh… - él estaba por la labor, quizá porque
estaba excitado, quizá porque quería recuperarme. No podía saberlo con certeza,
pero la humedad de su boca me devolvió la seguridad que tanta falta me hacía y
ese fue el mayor consuelo que había recibido en mucho tiempo.
