martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 54 [2]




-Jaejoong… - apreté las manos con más fuerza sobre mis oídos al oírle llamarme. El colchón se hundió a ambos lados de mi cintura cuando se apoyó allí. Otra vez estaba encima de mí, lo presentía, pero no como presencia agresiva… parecía pacífico. – Jaejoong… ¿Qué hago contigo? Te has convertido en un Muñeco tan frágil que al más mínimo toque, se cae un pedazo de ti. No sé qué hacer para no romperte. Yo me he hecho demasiado fuerte a tu costa y tú, demasiado débil. Es como… como si te hubiera robado las fuerzas. Yo me he convertido en gigante y tú en un enano, tan pequeño, que cuando yo camino, no me doy cuenta de que puedo pisarte como a una hormiga, sin darme cuenta. Y tú corres para que yo no aplaste. – su voz me recordó a mamá. Ella siempre usaba ese tono cuando hacía algo mal y yo pagaba las consecuencias. Había oído esa vocecita muy pocas veces, como cuando me puse enfermo por tragarme un batido caducado. Mamá estuvo pidiéndome perdón por haber insistido tanto en que yo me lo tomara, aún cuando le avisé de que el batido sabía a algo raro. 

Yunho me estaba hablando con esa misma vocecita arrepentida y preocupada. Desesperada. 

-Esta vez sólo quería darte algo de mí, no quería hacerte llorar. Es que… me he dado cuenta de que tú siempre me lo das todo y yo nunca te he dado nada. Pensé que quizás te alegrarías, te repararías y podrías volver a confiar en mí, pero… no sé qué ha salido mal. No lo entiendo. No sé quién de los dos está mal, quién es el complicado en esta situación. Cuando yo voy a por ti, tú te vas, y cuando vienes tú, yo me voy. ¡Ni siquiera sé por qué te estoy contando esta mierda! Pero cada día estás peor, cada día te machaco un poco más los nervios y aunque me ha costado los huevos, quiero arreglarlo. Quiero arreglar a mi Muñeco, quiero que esté feliz porque… no sé por qué. Pero quiero que sea feliz. Jae… - me llamó. No recordaba palabras más sinceras ni un tono más inseguro saliendo de su boca. Quizás, el de esa misma mañana, en el arroyo. – Dime qué hacer para que te pongas bien. Dímelo tú, si no, cometeré un error tras otro y nunca dejaré de hacerte daño, Muñe… no, Jaejoong, mi hermano pequeño. Mi novio. Mi Jae. – no contesté, pero dejé de taparme los oídos y me encorvé, con la sábana aún ocultándome la visión. Esperé que volviera a hablar, pero en lugar de eso, se retiró un poco. Estuve a punto de preguntarle, decepcionado, si eso era todo lo que me podía decir, pero me paralizó el pensamiento con sus palabras. – Lo siento. 

“Lo siento” de corazón. Me guardaría ese recuerdo durante mucho tiempo. 

-¿Qué más? 

-¿Eh? 

-¿Qué más tienes que decir? – Yunho soltó un bufido nervioso. 

-Pues… no lo sé. No sé qué quieres que te diga. 

-Quiero que me digas lo que piensas, sin mentiras. Eso quiero. 

-Ah… es que… - se quedó callado. Se había quedado azorado y recordé que Yunho no era muy de expresar sus sentimientos y pensamientos. No podía pedirle que cambiara eso de la noche a la mañana. Tenía que echarle una mano. 

-¿Qué piensas sobre mí? 

-¿Sobre ti? 

-¿Qué piensas cuando estás conmigo? De verdad, quiero saberlo. 

-Hum… pienso… muchas cosas. 

-Dime una de ellas. – volvió a quedarse callado y al cabo de un par de minutos de espera, acabé por sentir una terrible decepción. Quería que me recuperara, pero no era capaz de ayudarme ni aún echándole una mano. 

-Las primeras semanas que estuve contigo… me irritaba tu forma de hablar. – pestañeé, curioso. ¿Lo estaba intentando, o eran imaginaciones mías? 

-¿Mi forma de hablar? 

-Tus gesticulaciones. La manera en la que movías las manos al hablar. Me ponían muy nervioso y pensaba, este tío es idiota y tiene un plumón del quince. No solía escucharte, pero hacía como si lo hiciera y te seguía el rollo mientras pensaba en otra cosa. 

-Oh, vaya. – evité que se me notara el bochorno con un tono indiferente, pero en realidad pensaba ¿en serio se me nota tanto por la manera de mover las manos? 

-Pero luego… ya no me molestaban tanto. Un día te vi hablando con Yoochun sobre algo que no recuerdo, algo que no escuché, porque estaba pendiente de tus manos. Seguían moviéndose igual que siempre, hiperactivas, pero de repente, me parecieron graciosas y dejaron de molestarme. Tu manera de gesticular empezó a gustarme y así… con todo. Mientras tú me hablabas yo pensaba y deseaba el momento en el que te callaras y me abrazaras con tus dedos. Luego, empecé a escucharte mientras miraba tus manos. Aunque me hablaras de algo que no me interesaba, esas palabras que a mí se me hacían tan raras siempre tenían recompensa, así que otro día, no sé cuando, dejé de pensar en la recompensa y empecé a comprender y a interesarme por lo que me decías. Tu tono de voz… me agradaba. Aún me gusta oírlo. 

-Eso… no es lo que te he pedido que me dijeras. – me había quedado con la boca abierta y el corazón encogido de la emoción. 

-Es cierto. Vaya cagada. 

-A mí también me gusta tu voz… cuando no la alzas para gritarme. 

-¿En serio? Es como el gruñido de un perro. 

-No. Es muy grave, pero me gusta. – nos quedamos repentinamente callados. 

-Me gustaría decirte más cosas, pero no sé… es difícil. Es como si estuviera hablando con un cuervo delante de un millón de personas. Me siento estúpido.

-¿En qué piensas cuando me gritas? – eso no necesitó ni un segundo para pensárselo. 

-En que no me entiendes, y en que quiero que me entiendas. 

-¿Qué es lo que no entiendo? 

-A mí. A todo yo. 

-A tu manera de pensar… ¿de sentir? 

-Sí. 

-¿Y cuando no me gritas? ¿En qué piensas? 

-…En que tengo que gritarte. 

-¿Por qué? 

-Porque si no te grito, no me haré notar. Y si no me hago notar… - vaciló. – Tú te irás. 

-¿Y por qué iba a irme yo? Si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho ¿no crees? 

-Sí, es verdad. Pero es que… como todo el mundo se va, pues… tú también te irás de un momento a otro. 

-Yunho… ¿quién es todo el mundo? ¿Quién se ha ido? – pregunté. Me parecía ver un minúsculo halo de luz, una mínima comprensión de lo que se le pasaba por la cabeza. Estaba entendiendo su manera de pensar, aunque solo un poco. 

-No sé… ya sabes. Todo el mundo se acaba yendo. 

-¿Todo el mundo es mamá? – Yunho calló. El silencio predominó en la estancia. - ¿Todo el mundo es papá? ¿Es Helem? ¿Es Guetti? Es… ¿Cristina? 

-…Sí. – me dio la impresión de que ese “sí” fue el más difícil de pronunciar de toda su vida. Lo arrastró como si lo tuviera encadenado a sus cuerdas vocales, atascado ahí desde hacía mucho tiempo. 

-Todos ellos se han ido.

-Sí. 

-Y tú estás… solo. – volvió a quedarse mudo. – Pero yo nunca me he ido, Yunho. Yo siempre he estado esperándote. Quien se ha ido esta vez has sido tú. Y yo te he seguido, como un hermano pequeño sigue los pasos de su hermano mayor. Yo siempre he estado aquí ¿no lo ves? Ahora estoy aquí, y no quiero irme. Quiero quedarme, así que… no me eches. No juegues más conmigo a encuentros y despedidas. No me grites cuando vaya detrás de ti o cuando intente alejarme porque me has hecho daño. Yo solo intento escapar cuando tú me atacas. Cuando no lo haces, yo soy feliz. No me ataques más, porque si lo haces, llegará un momento en el que me vaya de verdad y… ¿tú quieres que me vaya? 

-No. 

-¿Quieres estar conmigo?

-Creo que sí. 

-¿Sí o no? 

-Sí. 

-Pues no intentes alejarme más. Yo confiaré en que tú no te irás siempre y cuando tú confíes en que yo no me iré. ¿Vale? 

-¿Así te reconstruirás? ¿Así estarás bien? 

-…Sí. 

-Entonces, vale. 

-Vale. – el silencio volvió y con él, el nerviosismo. Entonces, sentí como la sábana que me cubría se movía. Mi defensa estaba siendo tomada por un intruso que se coló bajo ella. Yunho me observaba, pidiéndome permiso para entrar. Yo le hice sitio en mi escondite preferido y él entró, cubriéndonos a ambos. 

-Hola. – me saludó con su sonrisa pillina. 

-Hola. – le respondí yo. 

-¿Cómo estás? Encerrado tanto tiempo aquí ¿no es agobiante? No parece una casa muy acogedora. – me reí. 

-Es mi refugio. ¿Te gusta? 

-Hum… un poco cutre y con decoración más bien escasa, pero nada que no se pueda arreglar con una buena capa de pintura. También tengo serias dudas de que sea capaz de resistir un terremoto o una bomba nuclear, pero para haberlo hecho tú, no está mal. 

-¡Eh, que te he dejado entrar, deja de poner tantas pegas! 

-La confianza da asco, hermanito. Sólo falta una linterna. No veo nada. 

-Yo sí te veo a ti. 

-¿Sí? Pues extiende una mano y tócame. – encogí el cuello, sonriente. Me sentía estúpidamente idiotizado. 

-¿Para qué? 

-Para tranquilizarte. 

-¿Cómo? 

-Cuando estés triste o asustado, en vez de hacerte daño y cortarte, extiende las manos y tócame. – pestañeé. Su voz no se parecía en absoluto a los gruñidos de un perro. No le veía similitud ninguna con Scotty. En realidad, me sonaba a la voz del primer actor porno que vi en acción, en mi primera película homoerótica (Mi primera y única). ¡Qué sensualidad podían ocultar unas simples palabras! Y cuánto significado. – Yo te tranquilizaré. – tragué duro y esnifé, aguantando el subidón de emoción. 

Alcé los brazos aún atados y posé las manos sobre su pecho. Estaba caliente. 

-¿Así? 

-Sí. – le acaricié el pectoral izquierdo con los dedos, sintiendo el abultado músculo. A diferencia del de Ricky, éste estaba duro como una piedra.

-No me siento más tranquilo. 

-Sólo funciona cuando estás tristes o nervioso. Ahora no lo estás. – Se acordaba perfectamente de la noche de Navidad. El mismo diálogo, las mismas palabras pero en situaciones opuestas. Si quería reconstruirme y hacerme feliz, iba por el mejor camino.

Esperaba que no la cagara en cualquier momento. Estaba a punto de llorar otra vez de la emoción. 

-¿Y cómo estoy entonces? – me atrevía a preguntar, arrastrando las rodillas sobre la cama para acercarme más a él. 

-¿Ahora? – me rodeó la cintura con los brazos con mucha suavidad. – Ahora, espero que estés bien. Espero que te estés recuperando… así… así, cuanto antes te recuperes, antes podré tomarte el pelo. 

-¿Quieres tomarme el pelo? ¿Eres idiota? De todas las cosas que podrías hacer conmigo, ¿quieres tomarme el pelo?

-¡Es que cabrearte es mi pasatiempo favorito! 

-¡Sí, después de pegar palizas y navajazos! 

-No, no. Primero, vas tú. – se me escapó una aguda risita que me esforcé por disimular. Sí, sí, cuanto más abría la boca, más estúpido me sentía, más confianza recogía. Y cuanta más confianza recogiera, más doloroso sería el hostión que me llevara contra la realidad.

Decidí no pensar en eso. No era el único que tenía miedo de ello y el miedo me proporcionaba una cierta confianza que provocaba el movimiento de mis dedos y mi boca. 

-Ya te estás poniendo cursi. 

-No es verdad. Es que estoy ligando contigo. 

-¿Conmigo? Pero si ya me tienes ligado. 

-Por si acaso, quería empezar otra vez. 

-Ah. – Yunho no iba a coger la iniciativa. Supuse que tenía miedo de hacerme daño. 

De repente, se me ocurrió una idea. Se lo había puesto demasiado fácil. Le había perdonado en un momento, sin pararme a pensármelo dos veces, simplemente porque lo estaba deseando. ¡Pero qué descuidado era! Así luego correteaba de un lado para otro llorando como un niño. 

No tenía muchas ganas de hacerlo. Quería abrazarme a él y no soltarme, dormir usando su pecho como almohada pero, sí. Sería demasiado fácil para él y no. No podía depender siempre de su opinión. Si empezaba de nuevos siendo yo el vulnerable y el mimoso, volvería a aprovecharse de mí, aunque fuera sin darse cuenta y no con mala intención.En mi mente, apareció la idea clara y brillante. Debía hacerme respetar desde el principio, como Yunho siempre lo había hecho. Una vez infundido el respeto, lo demás sería mucho más fácil. Además… serviría como prueba definitiva de que Yunho estaba dispuesto y quería estar conmigo definitivamente. Si lo hacía, estaba seguro de que recuperaría la confianza. 

La pregunta primordial era… ¿Lo haría si yo se lo pedía? No perdía nada por intentarlo y visto que incluso había intentado autopenetrarse para complacerme, debería importarle poco lo demás.

Así que alcé la cabeza, pillándolo de improviso y le planté un buen beso en los labios, tranquilo y sin profundizar. Un simple roce seguido de un pequeño lametón en los labios. Yunho se quedó muy quieto, diría que hasta sorprendido. Noté su boca curvándose en una sonrisa complacida cuando pegué la mía a la suya.

-Ehh… Muñeco… - se rió y cuando me separé un poco, él me siguió, buscando mis labios como un perro detrás de un hueso. 

-Eh, eh, espera. – Yunho se detuvo, aunque me apretó un poco más fuerte por la cintura. 

-¿Espero? ¿A qué? 

-Te lo he puesto muy fácil ¿no crees? Un par de palabras y ya estás perdonado. 

-¿Ah, sí? Un momento, ¿me has perdonado? – me hice el tonto. 

-Bueno, me lo estoy planteando seriamente. 

-¿De verdad? 

-¡Sip! Pero sería demasiado sencillo hacerlo ahora. ¿Nunca has sentido esa sensación tan gratificante al conseguir algo después de un duro día de trabajo? 

-Hum… sí. De hecho, mucho antes que tú. 

-¿Qué insinúas? 

-Nada, nada. – una de sus manos ascendió por mi espalda, acariciándola con la punta de los dedos, dibujando círculos en ella. Era de lo más agradable. - ¿Qué quieres que haga, Muñeco travieso? 

-Primero… - alcé las manos aún atadas hasta su cara, rozándole la mejilla para que las notara. – Desátame. – le pedí y tal y como me lo esperaba, no rechistó ni una vez. Dejó escapar un gruñido burlón antes de estrechar mis manos contra una de las suyas y llevárselas a la boca. Sus labios húmedos y entreabiertos me acariciaron la palma, dejando un casi imperceptible rastro de saliva en ellas. Se me puso el vello de punta cuando me lamió la mano y un escalofrío provocó que se me pusieran los pezones duros. 

Agarró la sábana que me mantenía atado con los dientes y tiró de ella. El nudo se deshizo enseguida y la suave tela se escurrió por mis brazos.

-Genial. – una vez con las manos libres, agarré la sábana que me cubría y la retiré, sacando el cuerpo fuera de ella. Yunho se convirtió en un bulto en movimiento bajo ella hasta que con mucha lentitud, haciéndome esperar y con cierta mueca burlona, salió a la superficie, arrancándola literalmente. Las enredó en un brazo y amenazó con dejarla caer al suelo, junto con la ropa. – No, espera. – se detuvo. Los ojos le brillaban con calculadora arrogancia. – Dámela. Quiero jugar… contigo. 

-¿Quieres jugar? 

-Sí. Pero… de una manera diferente. – Yunho ladeó la cabeza, curioso. 

-¿Cómo? 

-Túmbate en la cama. – observé perfectamente como alzaba una ceja y pude apreciar, gracias a la escasa luz que se filtraba por la ventana, la longitud de los arañazos. No eran muy profundos y las cinco líneas no muy coordinadas que le cruzaban la cara no sangraban. Luego, me fijé mejor. Un hilo de sangre se escurría por su cuello, bajando hasta la barbilla tensa. Hum… hablando de tensión… 

Rodeé su cuello y apoyé las muñecas sobre su nuca, volviendo a pegarme a él. Yunho vacilaba entre sí seguirme la corriente o retroceder. Notaba la tensión haciéndose un ovillo en su torso, poniéndole los músculos duros como el metal. Me sentí un poco cabrón. Su indecisión me ponía cachondo. 

-Yunho, venga… hazlo por mí. – junté nuestros pechos y él se vio obligado a abrir las piernas para acogerme entre sus muslos. Mis rodillas chocaron contra su pene con mucha suavidad. Estaba flácido, lo que me hizo suponer que la idea no le hacía gracia. Esa noche había descubierto que Yunho no se empalmaba si le proponía un plan que no le atraía. Habría que ponerse persuasivo, tal y como él se había puesto esa noche. Persuasivo y muy cabezón, así que me alcé sobre las rodillas, haciendo que mi pecho se restregara contra el suyo, haciéndole notar la magnificencia de mi erección contra su estómago. Abrí la boca y saqué la lengua, posándola en su barbilla, lamiendo y subiendo por la comisura de sus labios, sus pómulos hasta su sien. La sangre corría por la otra mejilla y me sentí tentado de chuparla como un vampiro. Sería muy guarro y excitante. La sangre no me daba asco, había chupado otras cosas peores, al fin y al cabo. – Túmbate... Amo. 

-Grr… - soltó un gruñido gutural cuando le chupé la oreja, empapándola con mi saliva. - ¿Qué quieres hacer? – no contesté, encogiéndome de hombros. Descendí la mano hasta su mejilla herida y se la acaricié. Yunho encogió la cara en una mueca molesta.

-¿Te duele mucho? 

-Después de que un perro me mordiera la pierna, se me infectara, me tiraran un jabón a la cabeza, me cayera desde un segundo piso y me dislocara un brazo, empiezo a perder el sentido de la sensibilidad. – sonreí. Le di un beso en la boca sin lengua, o al menos, esa era mi intención principal hasta que Yunho abrió los labios sobre los míos y su lengua se coló con fogosidad entre mis dientes, rápida y escurridiza como una anguila. Saboreó mi boca como si se tratara de un trozo de comida que había encontrado por casualidad después de cinco días sin probar bocado. Iba a lo que iba, como siempre, y no me extrañaba. Era el Yunho de Seul el que me tocaba ¿no? Me dio un último lametón en los labios, pillándome con la boca abierta y rozándose contra mi lengua. Probé su saliva otra vez y me mantuve bien accesible cuando se retiró. Por mí, podía estar toda la noche besándome. No me quejaría. 

Pero se apartó de mí entre risas y se dejó caer boca arriba, sobre la cama. Su expresión de hombre malo, me ponía enfermo. 

-¿Y bien? ¿Qué vas a hacer? Como te saques un látigo o algo parecido de la manga, juro que te lo meto por el culo – mordiéndome los labios, gateé por encima de su cuerpo hasta que nuestras cabezas estuvieron a la misma altura. Luego, me senté sobre su duro abdominal. 

-¿Peso mucho? – negó con la cabeza. 

-¿Vas a restregarte? Siento perfectamente tus… ¿cómo decirlo para que no suene demasiado basto? 

-Tú siempre has sido basto. – me reí. Hacía tiempo que no me reía así con él.

-Cierto. Tus huevos. Siento que me estás rozando con ellos.

-¿Eso te da asco? 

-Por favor, Muñeco… ¿es que ya te has olvidado de todas las veces que los he tocado? 

-¡No me lo recuerdes! Me vas a poner cachondo. 

-¿No lo estás ya? 

-Todavía puedo estarlo más. 

-¿Debo preocuparme por eso? 

-¡Seguramente! Hoy domino yo. – Yunho no dijo nada, pero pude apreciar como ponía los ojos en blanco y su pecho volvía a endurecerse. Restregué mis manos por él, como si le estuviera dando un masaje y todo él estuviera cubierto de aceite. Bajé la cabeza hasta uno de sus pectorales y mi pelo lo acarició con las puntas. – Yunho, ¿no confías en mí? – mi lengua recorrió aquel trozo de carne pétreo y mi hermano se estremeció, ablandando el abdomen y con él, los músculos. Mientras saboreaba su piel, dejaba apoyada una mano sobre su torso, sobre su corazón. Quería sentir el latido airado y el encogimiento de su musculatura, que se endurecía y se ablandaba con cada esfuerzo por no sucumbir a mí. Se le pusieron los pezones duros y rodeé el izquierdo con la lengua, empapándolo en saliva. Luego lo mordí con suavidad. 

-Urg… - Yunho se quejaba, más que gemía. No sabía si le estaba gustando o dando asco y eso me hacía sentir avergonzado. Nunca había llevado plenamente el control con él, por lo que la inseguridad y el miedo a hacer el ridículo ante su opinión me carcomía. 

Pero quería hacerme respetar. Si lo conseguía, su bestial orgullo no me pisaría más. Esa era la solución a nuestra relación. Yo debía hacerme más fuerte y él, más vulnerable. Yunho ya había puesto su granito de arena aquella noche, ahora me tocaba a mí. 

-¿Qué piensas de mí ahora, Yunho? – le pregunté, acariciándole el pecho con la humedad de mi boca. 

-Pienso… que no me gusta que me dominen. – tragué saliva, sintiéndome herido. 

-No lo estoy haciendo… - “bien”, estuve a punto de decir, pero eso sería igual a expresar mi temor. No. No debía expresarlo, al menos no esa noche, no mientras estuviéramos haciendo el amor. Si yo no confiaba en mí mismo, Yunho menos todavía confiaría en mí. Debía mostrarme seguro, debía imitar su propio comportamiento. – Dame las manos. 

-¿Para qué? 

-Dámelas. – Yunho vaciló pero cuando alcé la cabeza, me tendió los brazos abiertamente. Creía que iba a abrazarle, pero no. Quería sentirme más seguro y cuando me vio agarrar la misma sábana con la que él me había atado minutos atrás, volvió a gruñir. 

-No me gusta…

-Conmigo te gustará. 

-Muñeco, a mí no me domina nadie. – se resistió cuando rodeé sus muñecas con la tela. Su tono de voz aumentó, pasando de tranquilo a intimidante en un momento. ¿Debía parar y dejarme hacer como siempre? 

No. 

-¡Pues hoy voy a dominarte yo! ¿Te ha quedado claro, imbécil? – casi le grité y él se quedó tieso, con los brazos en alto. ¡Uoh, menuda sorpresa, qué genio había echado! 

-¿Imbe…?

-¡Sí, imbécil! Ahora, estate quieto. No quiero hacerte daño. – mantuve el tono de voz irritado y una cara de mala hostia que, joder, sentía. Tanta resistencia me ponía de mala uva. ¡Que él me había follado no sabía cuántas veces! ¿No era capaz de dejar que al menos le atara? Ignorándolo, le até las manos lo mejor que pude. Yunho se dejó y cuando terminé, descubrí que se estaba riendo como si estuviera viendo a un payaso intentando hacer malabares. 

-¡No te rías! 

-¡Pero bueno, Muñeco! ¿Qué más da? Ya que yo soy un imbécil, habrá que dejártelo todo a ti ¿no? ¡Venga, venga, tócame, excítame, a ver qué sabes hacer, cariño! ¡Ponme cachondo! – gritó, riéndose y moviendo la pelvis de arriba abajo. Me balanceé sobre él, restregándome por completo, a punto de caerme, incluso haciéndome daño por la fuerza de sus abdominales. Me dio la sensación de que estaba montando sobre un maldito toro encabritado y tenía que dominarlo y aprender a llevarlo bien, o me tiraría de su “lomo”.

-¡Para, estate quieto! 

-¡Pero monta! ¡Si no dominas al caballo, no puedes ser un buen vaquero, Muñeco! 

-¡Que pares, coño! – e intentando domarlo y no encabritarlo más, le asesté un buen guantazo en el pecho que resonó por toda la habitación. A un caballo o a un toro, ese golpe lo habría encabritado más, pero hinchó el pecho por última vez y con una mueca de dolor, se detuvo. Se le desinflaron las fuerzas.

-Argg… eso ha picado. 

-Si no te estás quieto, te daré más fuerte. – sonreí, complacido, al ver como cerraba los ojos y suspiraba, estándose quietecito. Estaba domando al caballo salvaje y pronto, podría montarlo. 

-Qué dominante te estás volviendo… - intentó alzarse, pero posé una mano firme justo donde le había golpeado y Yunho se relajó, dejándose caer en la cama otra vez. Echó los brazos atados hacia atrás, apoyando la cabeza en ellos, tras la nuca. Los músculos de los brazos se le tensaron. La mirada rebelde se mantuvo. Sentí como algo me rozaba el principio de la espalda y del culo, alzándose poco a poco. 

-Parece que no soy el único al que le gusta que le dominen. – me burlé yo esta vez. 

-Muñeco, no te engañes. Tú no dominas nada. No eres capaz de hacer algo lo suficientemente guarro como para captar mi atención. 

-¿Qué no soy…? – de acuerdo, lo reconocía. Eso me picó, quizás porque sabía que tenía razón. Me mordí el labio con fiereza de la frustración y mi pensamiento navegó a toda velocidad, buscando algo obsceno, algo que no se me había ocurrido hacer antes, algo que por narices, había visto en alguna película, algo… je… - No te las des de chulito, rompecorazones experto. Hoy domino yo, así que tú calladito. Abre la boca solo para lo que tengas que abrirla. – tragué saliva, ¿para qué negar que estaba nervioso por lo que iba a hacer? Estaba tratando con un Yunho que en parte conocía, pero por otro lado, podría saltarme con una bordería en cualquier momento, una que me cortaría el rollo, pero… había quedado en confiar en él, ¿no? No debía avergonzarme. Si me mostraba seguro de mí mismo, podría… vale, se acabó el pensamiento. Más actuar y menos pensar. Yunho era mío por esa noche, mi Muñeco solo de momento y tenía que aprovecharme de ello. De él. Si quería recuperarme, lo haría.

Así que me alcé un poco, apoyándome en los talones y me di la vuelta sobre su cuerpo, del revés, a cuatro patas. Simplemente, le puse el culo en la cara mientras su pene erecto se alzaba frente a la mía. 

-Ahora, chupa. – evité mirarle para que no apreciara mi vergüenza, aunque me moría de ganas por ver su reacción. ¿Y si se negaba? ¿Y si le daba asco? ¿Qué haría yo? Mi orgullo no lo soportaría. Recordaba vagamente las caricias que me había dedicado esa noche, drogado perdido como estaba. La sensación al sentir algo húmedo y esponjoso entre mis piernas, degustando ese pequeño trozo de carne que se abría y cerraba cuando él ejercía la presión necesaria, me resultaba nostálgica. Si lo había hecho una vez, podría hacerlo otra ¿no? Esa reflexión me dio valor y me acerqué un poco más, con los ojos apretados por la vergüenza. Noté un roce simple, su nariz rozándome las nalgas y me separé enseguida, rojo de vergüenza. Me había acercado demasiado. Quise alejarme y olvidar aquel lamentable intento, pero obtuve una respuesta inesperada cuando mis ojos captaron el movimiento entre sus muslos. Su polla, delante de mi boca, respondió por él. De estar medio alzada, se puso tiesa y rojiza, incluso húmeda al instante, en un visto y no visto, casi en un parpadeo. Escuché el bufido de Yunho y alcé la cabeza al techo, con expresión más que gozosa, notando un subidón de orgullo.

-Vale, eso no me lo esperaba. – admitió y yo sonreí, triunfante. 

-¿He atraído tu atención? – le di un pequeño golpecito con el índice a su pene. Se tambaleó de adelante hacia atrás, endurecido y Yunho encogió el estómago.

-Hum… podría decir que sí. 

-Genial… ahora, compláceme… cariño. – aquella muestra de sumisión me supo a gloria y también, a placer absoluto. Por un momento volví a dudar hasta que la saliva que la lengua de Yunho dejaba sobre mi muslo al ascender por él se concentró en un único sitio, pequeño y oculto entre mis nalgas. - Uoooohh… - él estaba por la labor, quizá porque estaba excitado, quizá porque quería recuperarme. No podía saberlo con certeza, pero la humedad de su boca me devolvió la seguridad que tanta falta me hacía y ese fue el mayor consuelo que había recibido en mucho tiempo.