-¡Maldita puta! – noté la tensión del cuerpo de Yunho, como se le hinchaban los músculos del torso, de los brazos, de las piernas. Nunca me había fijado en sus piernas. Eran puro músculo, pura fibra. Rabioso, había acelerado aún más el ritmo de mi mano que se me empapó al momento cuando una lluvia de semen voló hasta las sábanas, las piernas e incluso llegó hasta mi mejilla. Yunho me apretaba las nalgas mientras se corría entre gruñidos animales.
Yo solo pude intentar imaginarme la
cara de esa zorra pedófila mientras él disfrutaba. Su pene quedó flácido en mi
mano y yo seguí sacudiéndolo unos segundos más hasta que su dureza desapareció
y terminó de expulsar las últimas gotas de gozo.
-¿Por qué me lo has contado? –
pregunté. Aunque seguía con la erección, se me había cortado todo el rollo, así
que me separé de él y me senté a su lado, abrazándome las piernas. El se había
quedado exhausto y sus respuestas fueron entrecortadas.
-¿No me has preguntado de dónde he
sacado tanta práctica?
-¡Ja! ¿Dejándote hacer por tías
mucho mayores que tú? – él encogió el cuello. - ¿Por qué lo hiciste con la
hermana de esa? ¡No lo entiendo! ¿Tantas ganas de sexo tenías a los catorce? –
ladeó la cabeza y me miró con una ceja alzada, en silencio. - ¿Qué?
-Nada. Da igual.
-¡No, suéltalo! Si vamos a empezar a
salir otra vez, no quiero secretos entre nosotros.
-¡Pero entonces perderé mi
enigmática personalidad, Muñeco! – se burló, pero yo no le vi la gracia.
-Suéltalo. – él pestañeó hasta
cerrar los ojos. Se quedó quieto sobre la cama, tumbándose en ella por completo
durante minutos enteros. Pensé que se había quedado dormido cuando soltó la
bomba.
-¿No has entendido lo que he querido
decir? No tenía ganas de sexo, tenía necesidad de dinero… así que me prostituí.
Te estás acostando con un ex puto, si es que eso existe.
…Perdí la erección, y eso lo dijo
todo.
Los dos guardamos silencio durante
los minutos siguientes.
-Sabía que te entraría la vena
depre.
-No estoy depre.
-¿Cómo estás entonces?
-Traumado, quizás.
-¿Más aún? – se rió.
-No le veo la gracia.
-Yo tampoco se la veía en su
momento, fíjate.
-Quiero matarlas.
-¿A quiénes?
-A esas brujas ninfómanas que te
quitaron la virginidad con billetes de cien. No es justo… ¡No es justo! Se
supone que esas situaciones son… ¡Son bonitas!
-Muñeco…
-¡No! No me gusta, ya no. ¡No me
gusta saber que he tenido tantas cosas y que a ti te han faltado tantas! ¡No es
justo!
-¡Oye, para situaciones bonitas ya
he tenido cientos contigo en la cama y hacía mucho tiempo que no las tenía por
gilipollas, así que cállate, abrázame, dime que me quieres y duérmete! – tronó
y los dos volvimos a compartir miradas y silencio. Me ruboricé y esa sensación
de ardor en el estómago trepó por todo mi cuerpo hasta las puntas de mis
orejas. – Así, calladito. Perfecto. Estás adorable cuando mantienes la boca
cerrada… o cuando la usas para gemir y gritar.
-…Tonto. – Yunho sonrió de oreja a
oreja.
-Eso era lo que me decías a los
cuatro años cuando te robaba las natillas. Hum… fue entonces cuando le cogí el
gusto a tomar el postre con mi hermano pequeño y por lo visto, esa afición
todavía sigue… aunque el postre ya no son natillas. ¡Argg, con lo que me
gustaban! Nunca pensé que hubiera algo mejor que las natillas del almuerzo. Sí
que lo había y lo tenía al lado, tonto de mí.
-¡Sí, tonto de ti! ¿Cómo te acuerdas
de eso? ¡Y no me robabas las natillas, yo te las daba porque no me gustaban! –
Yunho se me enganchó como un koala a la cintura, rodeándome con los brazos sin
levantarse siquiera. Me mordió el muslo.
-¡Argg, mi postre favorito!
-¡Tonto!
Y sin darnos cuenta, empezamos a
jugar como hermanos de verdad, o casi. Se me olvidó en un momento la confesión
más peliaguda que jamás había oído de su boca, al menos de momento...
Y ahora volvía a estar tumbado
encima de mí, acorralándome contra el colchón, en algo más que un simple juego.
-Ahora en serio. – se serenó,
haciendo desaparecer cada rastro de alegría mostrada anteriormente. Lo primero
que pensé fue que se había arrepentido de haberme confesado semejante secreto
(si es que era un secreto). Yo, en su lugar, me sentiría algo avergonzado y
quizás, hasta humillado.
-Oye, si es por lo de la
prostitución, no me importa. Quiero decir, sí me importa. Ojalá hubiera estado
ahí para ayudarte y convencerte de que no hicieras algo tan sucio para comer.
Yo… todavía no me lo creo ¿sabes? Pero… - frunció el ceño y se apartó lo
suficiente para que nuestros pechos se separaran. Eso me alivió. Los nervios se
me revolvían como lombrices por dentro y sentía tanto nerviosismo, que era
incapaz de estarme quieto en un mismo lugar. Hacía rato que las mejillas ardían
y sentía el corazón a punto de estallar. No quería sentirme más vulnerable y
mucho menos que Yunho descubriera el aceleradísimo pulso de mi pecho. Debía
mantenerme inalterable y frío, patear la piedra que se cruzaba en mi camino y
enseñarle quién mandaba allí, quien no volvería a tropezar… aún cuando solo
quería abrazarle y pedirle perdón y mil veces perdón por haberle arrastrado a
las calles siendo tan pequeño, por haberle dejado solo y obligarle a
arrastrarse de esa manera tan vil como era la prostitución. Todavía no me
lo creía, de verdad. Quizás por eso todavía no se me habían saltado las
lágrimas de impotencia.
-Arg, olvídate de eso. – no sabía si
sentirme horrorizado o admirado por su entereza. el no era muy expresivo, pero
de ahí a no darle la más mínima importancia a vender su cuerpo, me parecía el
colmo de la frialdad. Me dije que no debería extrañarme viniendo de él, pero me
mantuve alerta, por si soltaba alguna otra bomba. Era un egoísta. Siempre
había querido saber más de él, de su vida en la calle, pero ahora que me
ofrecía la oportunidad de conocerle yo prefería no escucharle, aunque no lo
admití y guardé silencio, esperando que dijera lo que tuviera que decir. Por
mucho que me molestara en ocultarlo, me sentía vulnerable y sensible y si me
decía algo como que había matado a un niño o había atracado a un banco… Quizás,
poniéndome en lo peor, que había hecho trata de blancas para abusos sexuales y
había vendido chicas o algo así (¡Pero qué burro soy, joder!), no sabría cómo
reaccionar. Quizás no me importara. Quizás me diera un ataque y me cortara las
venas con el pico de la tele.
-Verás… - reculó. Se incorporó,
quitándose la sábana de encima y salió de la cama. Buscó algo por la habitación
y soltó una maldición cuando chocó contra el escritorio.
-Yunho ¿pasa algo? – hice amago de
levantarme, pero él estiró la mano, haciéndome una señal para que no me
moviera. Observé como hacía extraños movimientos sobre el escritorio y encendía
una vela. No. No era una vela, si no un mechero. Pude ver su cara alumbrada por
esa débil llama, sombría. Encendió un cigarrillo que sujetó entre los labios y
soltó el mechero en la mesa.
-¿Quieres? – me tendió la caja de
cigarrillos y yo negué con la cabeza, aunque en realidad tenía ganas de fumarme
uno.
-Pensaba que lo habías dejado.
-Oye… ¿Estás seguro de esto?
-¿De esto? – pregunté, confuso. Para
más intriga, Yunho se puso los bóxers. Luego, se sentó en el suelo con las
piernas cruzadas.
-He estado pensado.
-Vaya, eso es nuevo.
-No te pases de listo. – al no poder
verle bien la cara, ignoraba si estaba hablando en plan coña, o en plan
¡cuidado, que estoy cabreado! – En serio, he estado pensando y creo que nunca
he pensado en una persona tanto como ahora. Nunca.
-Ah. ¿Debería sentirme halagado por
eso? – Yunho alzó los brazos, en señal de duda.
-Quizás, no lo sé. Bueno, yendo
directamente al grano… estás enfermo ¿no? – como si alguien me hubiera dado un
puñetazo en el pecho, mi corazón botó entre los pulmones.
-¿Qué quieres decir? Tengo anemia,
sí, pero no es importante. Tampoco…
-No me refiero a eso. Tienes
depresión ¿no?
-Ah, eso.
-Sí, eso. No te estoy insultando ni
nada, solo te lo pregunto. Es por… tomar medidas.
-¿Tomar medidas? – tragué saliva,
recordándome a mí mismo encerrado en casa, con Choi y mamá pendientes todo el
día de mí, sin dejarme salir a la calle para nada, sin dejarme ni
afeitarme.
-¡Bah, da igual! A ver… - fuera lo
que fuera que tenía que decirme, le estaba costando horrores. Nunca había visto
a Yunho tan azorado. – Lo que quiero decir es que… a ver… ehm… cuando fui a
comprarte la ropa, me pasó algo que no me gustó. – asentí, cada vez más
nervioso. – Yo entré en las tiendas y elegí, y busqué la talla adecuada, y pedí
consejo hasta a las dependientas. Cuando seleccioné la ropa que más me moló,
fui a la caja y me dijeron la pasta que valía todo aquello y… no tenía pasta
suficiente. No me llegaba. Así que tuve que dejar la mitad de las cosas que había
cogido y enfundarme una que otra cosa debajo de la camiseta y…
-¿Cómo? Espera un momento…
¿Enfundarte? ¿Quieres decir que has robado ?
-¡No cambies de tema, Jaejoong! Te
estoy diciendo que me quedé sin pasta, ¿vale? – ¡La madre que te parió, ladrón!
Estuve a punto de gritar, pero a mala hostia, suponiendo que tenía algo
importante que decir, me callé.
-Bueno, ¿y qué pasa con eso?
-Pues que no tengo pasta. – me
encogí de hombros, sin saber a dónde quería llegar a parar ni tampoco a qué
venía ese tono tan condescendiente.
-¿Y? – Yunho suspiró y el humo del
tabaco llenó la habitación. Se levantó de un salto y gesticulando con las manos
de manera brusca, empezó a dar vueltas por la habitación.
-¿Es que no lo entiendes? No tengo
pasta. Gano alrededor de mil euros al mes que me gasto en comida, en el coche y
algunas cosas más. Luego puedo hacer también algún trabajillo extra y ganar
quinientos euros más, pero eso son trabajos casuales y aún así no me llega
para… para… bueno, ya sabes.
-Pues no lo sé. No entiendo qué me
quieres decir, Yunho. No eres rico, ¿y qué pasa con eso?
-¡Pues que tú sí eres rico! – se
plantó delante de mí, alzando las manos, esperando que por fin comprendiera. Lo
único que capté fue aún más incertidumbre.
-Es decir, estás diciendo que… ¿Qué
te preste dinero? – puso los ojos en blanco.
-¡No! Digo que no tengo pasta
suficiente para pagarte ropa cara, ni coches lujosos, ni portátiles de última
generación, ni… yo qué sé… algo muy caro que quieras tener y…
-¿Qué? Para, para el carro. ¿Qué
estás insinuando?
-Insinúo que tengo dinero, pero no
tanto como para pagar un traje de mil quinientos euros al mes. Si alguna vez te
pones enfermo, tendré dinero para medicinas, por supuesto… pero en invierno,
no. En invierno cierran los garitos que más pasta dan y hasta que los abran, yo
trabajo en tabernas, en el chop-shop y tengo alguna pericia chantajeando y
atracando a gente por la calle. También gano pasta en el Coliseo, pero en
invierno los gastos aumentan. A otros Encadenados les cuesta trabajo llegar a
fin de mes. A mí no, pero ahora que estás tú también, no sé si podría comprar
una calefacción decente. – seguía sin enterarme de lo que quería decir. ¿Me
pedía que trabajara más para ahorrar para el invierno? ¿Qué le pidiera a mamá
un préstamo o algo por el estilo? O… fruncí el ceño. No podía insinuar
semejante gilipollez. ¡Joder, era Yunho, solo pensaba en sí mismo! No podía
estar insinuando que…
-¿Me estás diciendo que te preocupa
no poder pagarme ropa cara, comida de lujo y contratar a una asistenta o algo
así? – para mi sorpresa, Yunho encogió el cuello.
-Una asistenta no, pero si planeas
quedarte aquí hasta el invierno… quiero decir… esto es Busan, los barrios bajos
y aquí no hay lujos en invierno. El verano es fácil. Cualquiera de los
Encadenados puede sacarte un fajo de billetes en verano, pero el invierno es
otra cosa. Las temperaturas alcanzan los veinte bajo cero, las calles se
bloquean por la nieve, los establecimientos se cierran, el arroyo se inunda y
es difícil cruzar a los barrios altos. Se necesita leña para encender hogueras
y los incendios aumentan. Las calefacciones están al tope y el precio de la luz
sube, junto al paro. En invierno no hay dinero y sin dinero, no hay lujos, solo
trabajo y como hay poco, hay más atracos, más allanamientos de morada, más
asesinatos, más peleas y más sangre. Cuando te hablaba de los barrios bajos de
Busan, de lo peligrosos que son, no te hablaba del verano, si no del invierno.
Tú no has visto ni la mitad de lo que es Busan en invierno. Ni la mitad, Muñeco
y… tengas depresión o no, no creo que este sea tu… tu ambiente.
No me lo podía creer. Toda aquella
avalancha de información me pilló desprevenido porque, ¡joder, en invierno era
mucho peor! Pero si en una semana habían intentado violarme unas dos veces y me
habían atracado, amenazándome con un maldito cable. ¿Qué iba a ser lo
siguiente? ¿Canibalismo en las calles? Debía reconocer que aquella información
me acojonó, pero más me jodió ser considerado un simple gorrón que vive de
lujos continuos.
-Oye, Yunho, si te crees que yo me
he pirado de casa y quiero estar contigo por dinero, es que eres cortito de
mente. – me cabreé y me crucé de brazos, a la defensiva. Yunho negó con la
cabeza, con el cigarrillo medio consumido en la boca.
-Jae, no me jodas, estás enfermo
¿vale? Tienes la depre esa, anemia, te dan ataques de histeria y cambios de
humor raros, reconócelo. Además, no estás acostumbrado a esta ciudad, lo que lo
hace mucho más difícil de llevar. Solo intento ser realista y la realidad es
que, por mucho que me joda… estarías mejor con ese chucho cabrón de Sparky que
conmigo. – abrí la boca de par en par y me levanté de un salto, totalmente
indignado.
-Pero ¿qué dices? ¿Prefieres que
esté con Sparky, es eso? ¿Quieres que me vaya de esta casa y vuelva a Seul, con
él? ¿Lo prefieres así? ¡Pues vaya, siento causarte tantas molestias, tipo duro!
– Yunho se rió con un sarcasmo evidente.
-Eres idiota ¿no? ¿Es que no te has
dado cuenta todavía de que estamos hechos de diferente pasta?
-¿De diferente pasta? ¡Somos
hermanos, no me cuentes rollos!
-¡Tú llevas en la sangre eso de ser
un pijo que solo estudia y estudia, esperando que se lo den todo hecho, no
acostumbrado al trabajo duro en invierno, mientras la nieve te hiela la piel y
en verano, el sol te derrite la cara! ¡Yo sí lo estoy! ¡Estoy acostumbrado a
trabajar, a no quejarme y a liarme a hostias con cualquier gilipollas que
intente quitarme mi trabajo! A eso me refería, idiota. ¡Puede que tú tengas
madera de princesa, pero yo no soy un príncipe azul, entiendes!? Soy un
plebeyo. Y esas historias de príncipes y plebeyos solo acaban bien en las
películas de Disney. ¡Y esto no es una jodida película de Disney! – me gritó,
pero enseguida bajó el tono de voz y la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
– Esto es… es… Romeo y Julieta. – declaró y yo dejé escapar una risa
aguda.
-¿Romeo y Julieta? Pues espero que
Julieta seas tú, porque estoy hasta los huevos de que me pongan de tía.
-No, joder, escúchame. Romeo es un
Montesco y Julieta una Capulla.
-¡Es Capuleto!
-Capuleto, y sus familias se odian.
Romeo es de los barrios bajos y Julieta, de los altos. Su amor es imposible y
lo mantienen en secreto. Luego Romeo se carga a no sé quién…
-A Tebaldo, el primo de Julieta.
-Pues eso, se fuga y hace la promesa
de que volverá a por ella y se irán de Verona para vivir juntos para siempre y
todo ese rollo. Pero los dos la palman… nosotros también vamos a palmarla. –
Yunho y yo nos observamos en silencio, intentando averiguar la lógica de
semejantes palabras. No la encontramos y él soltó una carcajada. ¡Yo me reí por
no llorar!
-¡Eso no tiene sentido y si lo
tuviera, mierda, vamos a morir! No es como para reírse.
-¿Por qué no? Aunque morir por amor
ya no esté de moda, sigue siendo una muerte muy noble ¿no?
-Hoy en día ya nadie muere por amor
y además, ¡si tú no estás enamorado de mí!
-¿Y tú qué sabes? – Yunho alzó una
ceja y yo apreté los labios.
-¿Estás enamorado de mí?...
