martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 52 [2]




-Oh, vaya. – murmuró ella. Me observó en silencio, intentando desprender al gatito de los cables con tirones cautos. No quería hacerle daño y aún así, el animalitos sollozó varias veces. Me pinché varias veces las manos con los hilos conductores que atravesaban el tubo de plástico. Menos mal que no estaba conectado a ninguna especie de corriente eléctrica. Llegó un momento en el que el gato solo me miraba, con ojos abiertos y curiosos. Se quedó quieto y dejó de maullar cuando conseguí soltarle una pata. Soltarle la otra fue mucho más fácil. 

-Ya está. – avisé a la chica, detrás de mí. – Pero deberías llevarlo al veterinario. El pobre se ha hecho da… - de repente, el lomo del gato se erizó en mis brazos y un siseo amenazante emanó de su pequeña boca. - ¿Pequeño? 

No tuve tiempo de resistirme. Solté a Kasimir de manera brusca y él cayó al suelo, de pie. Empezó a maullar e incluso diría que a intentar ayudarme cuando alguien me rodeó el cuello con algún tipo de cuerda o hilo y tiró de mí hacia atrás, cortándome la respiración y casi la yugular con el brusco movimiento. Me puse de pie y mis manos instintivamente agarraron el fino instrumento que me ahogaba. Era otro cable, igual que el que había aprisionado al gato. La chica, a mi lado, me observaba con una mueca de satisfacción en la boca. 

-Venga, vamos, que no nos vea nadie. – dijo, y la persona que me ahogaba tiró del cable con más fuerza, apartándome de la calle principal. Intenté resistirme, pero si me movía mucho, el dolor afilado del cable raspándose contra mi piel me dejaba sin aliento. No podía hablar. 

-¡Venga, capullo, suelta todo lo que tengas! – me amenazó la persona que tenía detrás. Supe que era otra chica por la agudeza de su voz. La que tenía delante sacó un destornillador del bolsillo, y me apuntó el estómago con la punta. 

-Dame lo que tengas y no te abriré la barriga, ¿vale? – sonrió. Cerré los ojos. No podía hablar. En su lugar, tosí y la chica aflojó un poco el agarre. 

-¿A qué clase de idiota se le ocurre salir de casa sin protección ninguna? 

-Aunque no tenga protección, seguro que tiene pasta. Mírale. Es tan blanquito y tiene una piel tan fina… seguro que es de los barrios altos. 

-Sí, y los de los barrios altos siempre se pasean tan sueltos por aquí… - la chica del gato, la mentirosa, la que seguramente había preparado al pobre animal como trampa para cazar a alguien despistado, empezó a tocarme. Me metió las manos en los bolsillos, buscando. Me subió la camiseta hasta las axilas, como si esperara que tuviera algo pegado a la piel y se agachó delante de mí, tocándome las piernas. Me estaba chaqueando obscenamente. Cuando vio que no tenía nada, se levantó y me pasó la mano por la entrepierna. Cerró los dedos en torno a ella y yo me encogí de dolor. 

-¿No tienes nada? – negué lentamente con la cabeza. - ¿Nada de nada? ¿Un señorito de los altos que viene aquí sin nada? ¡Vaya mierda! 

-Quítale la ropa, tía. Podemos sacar algo por ella. – la ropa de Yunho… me mataría cuando se enterara. 

-No… - tosí. La chica tiró con más fuerza del cable. 

-¿Qué has dicho? – intenté salvar la ropa y algo de la dignidad que me quedaba y moví la boca y las cuerdas vocales. 

-No soy… de los altos… ¡coff, coff! – la chica aflojó el agarre otra vez. - …Soy… un Encadenado… - tragué saliva y pestañeé, sintiendo como me ardían los ojos. Las dos chicas se miraron, perdiendo todo rastro de sonrisa y burla. 

-Mentira. – habló la que tenía a la espalda. – Los Encadenados son listos y no salen de casa sin por lo menos algo con lo que defenderse. Tú no tienes nada. Si fueras uno de ellos, no te habrías parado a salvar al gato y ya me habrías roto el cuello. 

-¿Y si dice la verdad? – dudó la otra. – Los Encadenados también tienen a gente bien. Recuerda al chico rubio, el principe. 

-El… Príncipe. – tosí otra vez. Volvieron a cortarme el aliento con el jodido cable. 

-¡Y una mierda! ¡Clávale el destornillador en la polla, así se cortará un poco a la hora de soltar trolas! – abrí los ojos como platos, desesperado al ver a la chica descender el destornillador hasta mi entrepierna. Me revolví como un loco. 

-¡No! – grité. 

-¿Y si te abro yo el coño con una sierra, guapa? 

Aquello sucedió en un visto y no visto. La chica del destornillador se volvió y como si la hubiera golpeado el aire, vi la sangre volar desde su boca y su cuerpo siendo lanzado con la presión que ejercían los gases sobre el corcho de una botella, después de que ésta hubiera sido agitada. Chocó contra el muro de piedra y cayó al suelo con las piernas dobladas. Una patada veloz hizo que el destornillador volara hasta la otra punta del callejón y me sentí frustrado por pestañear, ya que en ese microsegundo de visión nula, el desconocido agarró a la chica con rostro ensangrentado y la alzó, pegándola contra su pecho, levantándola hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo. La estrechó entre sus brazos y una navaja afilada y totalmente oscura, como el ala de un cuervo, fue situada entre cuello y barbilla. 

La chica que me ahogaba retrocedió, y yo con ella. El temblor de su cuerpo se extendió por el cable. 

-En menos de lo que tú tardes en asfixiar a ese Encadenado, yo a tu amiga le habré separado la cabeza de los hombros. En el caso de que no te importe lo que le pase a esta chica, te habré apuñalado cinco veces antes de que toques el suelo. – se me estaba nublando la vista, así que no pude ver bien su cara. Pero por su voz, para mí estaba más que claro quién era. 

-Yunho… - bufé. Estaba seguro de que me estaba poniendo morado. 

-Yunho. – habló la chica a mi espalda. Juraría que se había puesto blanca como un muerto. - ¿Es-es… de los tu-tuyos? – tartamudeó. Yunho no contestó. Oí a la chica del destornillador gemir de dolor. - ¡Vale, vale, lo suelto! ¡Pero no nos mates! 

-¿Qué no te mate? ¿Quién te crees que eres para darme órdenes a mí, eh? Te estoy diciendo que lo sueltes, te lo ordeno. No es una petición. – gruñó. Ella no se movió y pude observar el finito hilo de sangre que le recorrió el cuello a su compañera. - ¡Venga! – le gritó y de un empujón, la chica que había estado a punto de estrangularme me soltó. Caí al suelo de rodillas con las manos en el cuello, tosiendo con descontrol. Oí otro golpe y alcé la vista. Yunho le había pegado una patada a la chica herida que la había lanzado contra su amiga y ambas se abrazaron, atemorizadas, observando a mi hermano. – Atacar a alguien a sangre fría, sin armar, poniendo como cebo a un pobre gatito inocente. – la seriedad de Yunho había desaparecido. Ahora sonreía. Observé a Kasimir restregándose contra su pecho y el brazo que lo sujetaba y lo mantenía en alto. Le di las gracias en mi mente. El gatito parecía haberme salvado con tanto maullido, llamando su atención. – Y luego dicen que las mujeres no saben defenderse, que son sensibles y fieles. 

-Lo… perdón. – murmuró la que me había colocado el cable entre mi vida y mi muerte.

-¿Perdón? ¿Por qué me pides perdón? No es a mí a quien has estado a punto de estrangular con un jodido trozo de plástico ¿no? – Yunho me miró de reojo. Parecía tan seguro de lo que hacía… Las dos chicas se giraron hacia mí. Una se agachó a mi lado. 

-Lo… lo siento. – estaba aterrorizada. Comprendí por qué cuando vi como mi hermano alzaba el pie, aprovechando el momento para golpearle en la cabeza y tirarla al suelo de una patada en la sien. 

-¡No! – le grité y él se detuvo, con la pierna en alto. Ella se encogió de miedo al ver sus intenciones. – No hagas eso, Yunho. Las vas a matar. – la chica del destornillador sangraba por la boca, el cuello y la cabeza. Estaba empapada en sangre y le temblaban las piernas. 

-¿Y qué? – preguntó él. – A mi Muñeco no le toca nadie sin mi permiso. – había vuelto a ponerse serio. 

-Yunho… por favor… - durante varios segundos de incertidumbre y temor, las chicas y yo esperamos una respuesta. Bien agresiva, o bien compasiva. Yunho pareció dudar cuando me miró a los ojos y al bajar la pierna y posarla en el suelo lentamente, suspiré de alivio. 

-Dadle las gracias al Muñeco. – exigió, dejando escapar una sonrisita malévola. 

-Gra-gracias… - me dijo una. 

-¿Y tu amiga? ¿No dice nada? – la chica herida me dirigió una mirada apesadumbrada.

-Gra… gracias… - escupió un diente inyectado en sangre y con ayuda de su compañera, se levantó. Caminaron rápidamente hasta el final del callejón, pero cuando pasaron por el lado de Yunho, éste hizo un movimiento brusco. Se inclinó sobre ellas como un toro, sin llegar a rozarlas y las chicas salieron corriendo, asustadas.

Me dio la sensación de que el viento cambiaba de dirección, de que el ambiente se tambaleaba igual que el aire que rodea la llama de una vela, el fuego fatuo de un corazón tan grande y temible capaz de latir sin necesidad de sangre, sin un cuerpo al que pertenecer. Mi hermano brillaba con luz propia, su corazón de dragón palpitaba fuego puro. Yo podía verlo, podía sentirlo y experimentarlo. Sus sentimientos eran la lava de un volcán cuyo estallido podía controlar a veces… otras, no. 

Sin embargo, la luz propia de Yunho y su fuego eran demasiado peligrosos y, aunque feroces, no siempre adecuados y benevolentes. 

Empezó a llover y las lágrimas del cielo nos salpicaron. Vi en Yunho algo que siempre había estado ahí, pero tan opaco, que nunca me había percatado de su valor y, de lo que a consecuencia, significaba mi propia vida para su valoración. Descubrí por qué éramos Amo y Muñeco, y por qué después de tanto dolor, seguíamos siéndolo por mucho que nos negáramos a ello. 

Yunho se agachó frente a mí y tras mirarnos a los ojos sin pronunciar palabra, supimos que ambos estábamos bien. Las palabras eran imprecisas e innecesarias en semejantes circunstancias. Kasimir maulló y saltó del regazo de mi hermano al mío propio. Se restregó contra mi pecho, ronroneando. 

-Ey… ¿qué hay, gatito? – le hablé. Él se estiró, acomodándose encima de mí. Le acaricié detrás de las orejas. Eso le encantaba. Ya no le sangraba la pata, pero cojeaba un poco. – Te han hecho daño, ¿verdad? Pobrecito… 

-Un gato. – murmuró Yunho. – Han estado a punto de asfixiarte con un cable, por un gato. Y tú dices, pobrecito. – asintió con la cabeza con los ojos en blanco, como si aquello le pareciera del todo irracional. – Una trampa ¿no es obvio que era una trampa? 

-¡Para mí no! 

-¡Miauu! – me defendió el animal. 

-¿Y no te he dicho que te quedaras en casa? 

-No. Se lo has dicho a Hyun. A mí no. – Yunho no estaba aparentemente enfadado. Solo aparentemente, claro, y no quería que se le fuera la fuerza por la boca gritándome lo idiota que era, así que hablé. – A mí me has dicho que si me despertaba pronto, serías un buen Amo. – solté, sin más. Yunho giró la cabeza, sorprendido e incómodo. 

-¿Qué dices? 

-Estaba medio dormido, así que tal vez lo he imaginado. ¿Lo he soñado? – murmuré. 

-No. – Yunho le rascó la cabeza a Kasimir, un poco más brusco. El gato bajó las orejas, molesto. – No lo has soñado. – sonreí. Un paso era un paso. – Estoy enfadado. Mucho. – si eso era cierto, su rostro no lo demostraba en absoluto. Tampoco su tono de voz. 

-Si estás enfadado, ¿hablas tan tranquilo por qué te duele la oreja? ¿O por qué me estás tomando el pelo? 

-No deberías haber salido a la calle. Se supone que estás enfermo. 

-Tengo un poco de anemia, nada más. – Yunho asintió con la cabeza, irónico. De repente, cerró su mano en torno a mi brazo y tiró de él. La manga de la camiseta se me subió hasta poco más de la muñeca y sentí una vergüenza enorme. Se me aceleraron las pulsaciones. 

-¿Y esto qué es? ¿Un juego para ti? ¿Probando el cuchillo jamonero? Me lo creería ¡si no fuera porque no tenemos ni un puto jamón, suicida de mierda! – estalló. Me soltó el brazo y se levantó del suelo, cruzándose de brazos, con gesto indignado – Ahora vas a volver a casa y te vas a quedar allí hasta que averigüe qué cojones hacer contigo. – pestañeé. ¿Hablaba en serio? ¿Y esa actitud responsable de repente? ¿No iba a pegarme ni a gritarme? 

-¿De qué vas? ¿De hermano mayor? 

-De tu superior, de líder de los Encadenados. Así que o me haces caso o te llevo a rastras cogido por los huevos. 

-¿Perdona? ¿No se suponía que yo ya no era un Encadenado? – le recordé. 

-¿Y qué…? 

-Ya vale, Yunho. Siempre que hablamos acabamos discutiendo y hoy no tengo ganas. – le corté. Estaba poniéndome nervioso y estrechando a Kasimir entre mis brazos, me levanté y empecé a caminar. Me dolía el cuello y me lo acaricié un poco cuando pasé por su lado, ignorándolo. – Tengo que ir a trabajar. – me excusé y para mi sorpresa, no dijo nada. Se limitó a observarme con ojos fieros y seriedad pétrea cuando salí del callejón y dirigiéndole una última mirada, seguí andando hacia el puente. – Gracias. – dije, seguro de que a esa distancia no me escucharía, pero me daba igual. 

Siempre tenía que estropearlo todo marcando su portentoso orgullo. Había tenido tantas ganas de abrazarle en el callejón y darle un beso en la boca, de pedirle perdón por lo de Ricky y darle explicaciones de mis cortes… siempre tenía que estropearlo todo. Yunho, el Estropeatodo deberían llamarle, no el Capitán. ¿Qué clase de nombre era el Capitán? A Yunho no le pegaba ese nombre. No era militar, ni siquiera lo parecía. Tampoco tenía la disciplina de uno, aunque sí su arrogancia. No debería llamarse Capitán, además ¿por qué le llamaban Capitán? Si no me enviaba de vuelta a Seul, cosa que no pensaba dejarle hacer y no podría conseguir (a no ser que me atara a la cama y me metiera en un vagón mientras dormía) se lo preguntaría a Ricky, o a Hyun, o a Black, o…

-¡Muñeco suicida! – gritó a mis espaldas. Ya había cruzado el puente y el gato se alzó por encima de mi hombro, observando a Yunho en mitad de éste, pegado a la barandilla que lo separaba del riachuelo contaminado. Cuando me giré, sonrió. No era una de esas bonitas sonrisas de en sueño, no. Era una de esas sonrisas maliciosas y calculadoras que tanto me gustaban y temía a la vez. Se sacó algo del bolsillo. Algo que relució con la escasa luz del Sol oculta tras las nubes lloronas. Me lo mostró. 

Mi navaja. Mi Muñeca. Mi calmante particular para los momento más desesperantes. 

Me puse pálido. 

-Creo que has perdido algo. – sonrió. Si Yunho no sabía que ese instrumento era importante para mí, mi cara le había dado los ingredientes suficientes como para suponerlo. Aún así, intenté fingir. Rogar no servía de nada contra la mente fría de mi hermano. 

-S-sí. La había pe-perdido. – avancé hacia él, dando un paso lento. – Gracias por…

-No te equivoques, Muñeco. La has perdido. – afirmó, regocijándose por dentro. Estiró el brazo por encima de la barandilla con mi Muñeca en la mano. La vi escurrirse de entre sus dedos, amenazando con hundirse en el fondo de aquel cúmulo de pestilente basura que fluye. Contuve el aliento. Perdí los nervios. El gato se me cayó al suelo, de pie. Me gruñó como respuesta por haberlo dejado caer.

-Yunho, no hagas eso… por favor… 

-¿Por qué no? 

-La… necesito. Necesito la navaja. – estaba empezando a hiperventilar. 

-¿En serio? Oh, sí… las personas que se automutilan sienten la necesidad de tener un arma a mano, algo afilado, aunque algunas prefieren las quemaduras y otras, los golpes. Sin embargo, a ti te gustan más las cosas con punta, eh, y se ve que le has cogido cariño a ésta. 

-¿Qué coño dices? ¡Yo no me automutilo! ¡Dame la puta navaja! – corrí hacia él, pero a escasos dos metros de distancia, Yunho dejó la navaja colgando de tan solo dos de sus dedos. Me chistó y yo me detuve. Negó con la cabeza. 

-No me he tirado toda la mañana en una puñetera biblioteca buscando información de trastornos mentales y autodestructivos para dártela sin más. 

-¿Trastor…? ¿Me estás llamando trastornado? 

-Jae, Jae... Jae … regla número uno del manual de psicología básica. Nunca llames loco a un loco. – se burló. ¡Se burló! Me hervía la sangre. 

-No estoy loco. No estoy trastornado. ¡Ni soy un enfermo! ¡DAME A MI MALDITA MUÑECA! – perdí los nervios de una manera descontrolada. Delante de Yunho, me llevé las manos al cuello y lo arañé con mis escasas uñas. Me levanté la piel del brazo cuando clavé los dedos en la camiseta y casi la desgarré. La ropa se manchó de sangre y estuve a un paso de agarrarme el pelo con las manos y arrancarme mechones como un histérico, pero me contuve, llevándome las manos a la piel de la cara, obligándolas a reposar allí, tirando de ella. Acabé tapándome la boca. Quería gritar. 

Yunho había borrado su maldita sonrisa. Sus ojos brillaban, con cierta compasión quise creer, pero enseguida se llevó la lengua a los labios y a los dientes, con un gesto socarrón. 

-Siempre he sabido que te iba lo duro, pero nunca pensé que hasta tal punto. 

-¡TE ODIO! – chillé.

-¿¡Y qué!? ¿Te crees que eres el único que tiene problemas? ¿El más especial? Deja de hacerte daño como un loco y muévete, haz algo por superarlo. Espabila y deja de actuar como un niño perdido sin su mamá. 

-¿Cómo quieres que lo haga, eh? ¿¡Cómo quieres que lo haga si tú no me dejas!? ¡Siempre estás en medio y no me dejas pensar en otra cosa, porque cuando lo intento, me atacas! ¡Y luego me gritas! ¿¡Cómo quieres que lo supere entonces!? – Yunho entrecerró los ojos. No dijo nada, dejándome descansar, dejando que mi respiración volviera a su cauce, que mis nervios volvieran a su lugar y rechazaran sus crueles palabras. Lo conseguí, a medias, pero cuando mi corazón se relajó, él volvió a abrir su sucia boca. 

-Otra de las reglas de un Encadenado… - suspiró. – Asume las consecuencias de tus actos y no culpes a los demás. 

Y dejó caer a mi Muñeca al riachuelo. Descendió a cámara lenta ante mis ojos y luego, con un ¡Plop! Se hundió en la putrefacción del agua. 

El tiempo se detuvo un escaso segundo en el que no me molesté en hacer funcionar mis pulmones. Yunho y yo nos mirábamos a los ojos. En su cara no había ni rastro de compasión, si no de regocijo. En el mío… la más pura amargura y desespero. 

La siguiente acción no me la pensé dos veces. Había perdido a mi Muñeca, a la que había jurado eterna lealtad, cuidarla como Yunho no había hecho conmigo, como un buen Amo. Ella a cambio, debía entregarme el placer que mi malvado dueño me arrebataba con cada palabra y gesto. En apenas una semana, la necesidad de ella, de sentirle cerca, se había hecho tan patente que pensar en su desaparición me volvía loco. No había ningún filo como el suyo, ninguna empuñadora era tan suave y equilibrada, su peso era perfecto para mi cuerpo y no notarlo pegado a mis piernas era un calvario.

Así que corrí hasta la barandilla, me apoyé en ella y salté del puente al agua, sin un minuto para arrepentirme. Volé por el aire escasos cinco metros. La sensación del viento acariciarme las mejillas me sentó bien y me relajó, ayudándome a soportar el momento del aterrizaje. Sabía que el riachuelo no tenía mucha profundidad y debido a la lluvia del día anterior, habían aparecido unos rápidos que surcaban las piedras puntiagudas. Podría golpearme la cabeza con una y matarme. Podría romperme una pierna y no ser capaz de salir a flote, ahogándome entre aquellos surcos rabiosos. Alguna sustancia nociva podría abrasarme los ojos. Pero cuando pensé en los peligros que conllevaba aquella aventura, ya era demasiado tarde.

-¡JAEJOONG! – oí gritar a Yunho justo antes de hundirme en la escasa profundidad del riachuelo. Su voz sonó aguda, asustada, diría que hasta atormentada. Nunca le había oído gritar de esa manera tan poco masculina y desquiciada. 

En el último momento logré cerrar los brazos en torno al pecho y caer de pie, doblando las rodillas en cuanto toqué el agua. Cerré los ojos y me hundí por completo hasta que mi trasero golpeó las piedras del fondo y la fuerza del agua me arrastró varios metros más atrás. Luego, fácilmente, emergí y tomé aire. El agua me llegaba por poco más allá de la cintura y su fluidez no era lo suficientemente potente como para remolcarme, sólo para hacerme perder el equilibrio levemente. Sin embargo, la contaminación devoró las heridas de mi cuerpo como si me atacara un saco gigante de sal marina y sentí un escozor ciego. Había acabado debajo del puente, oculto de miradas ajenas y, más importante aún, de la mirada de Yunho. 

Recordé que él no sabía nadar. El agua era su mayor debilidad. Nunca había estado en el mar, ni tampoco en una piscina. Solo conocía la ducha de su casa y un lago al que había ido con su pandilla varias veces, pero nunca se había metido en él. La mayoría de los Encadenados sí sabía nadar. A Yunho no le gustaba el agua y nunca había intentado aprender por sí mismo. Me lo dijo el día que le propuse irnos un fin de semana a la playa, a cientos de kilómetros, en tren o cogiendo un avión barato hacia la costa francesa. Él dijo que quizás en verano y luego acabó confesándome que no le gustaba el agua, aunque nunca había pisado una playa, ni tampoco un aeropuerto. Me pareció una pena y deseé que el verano llegara pronto. Acabé sacándole una promesa. En verano iríamos a la playa, juntos y yo le enseñaría a nadar. Ya era verano, y Yunho seguía odiando el agua. Así que no se atrevería a saltar los cinco metros, ni siquiera a bajar por la escalinata de piedra a la orilla. Eso me tranquilizó.

Empecé a buscar entre los pedruscos. Sentía el verdín y la hierba que crecía bajo el agua tocándome los pies. No me daba asco, pero sí cierto repelús. Sentí algo afilado rozando mi muslo y me hundí en el agua, buscando a ciegas. No me atreví a abrir los ojos en aquel montón de mierda y cuando emergí a la superficie con aquel trozo de hierro, descubrí que se trataba del palo metálico de unos patinetes para principiantes de una bicicleta. Oí gritos. Mi nombre en boca de mi hermano, llamándome desde el puente. No le hice caso y seguí buscando hasta que un nuevo sonido me hizo girar la cabeza. 

Vi a Yunho saltando desde el puente y cayendo bruscamente al agua. Abrí la boca de par en par, tan sorprendido que me detuve en mi búsqueda. Yunho no sabía nadar. No sabía cómo debía caer para no hacerse daño, ni tampoco cómo moverse, menos aún doblar las piernas en el momento adecuado. 

-¡Yunho! – lo llamé y empecé a subir, despacio, intentando no escurrirme con las rocas ni tropezar. Los pequeños rápidos me dificultaban el ascenso. - ¡YUNHO! – pasó medio minuto y mi hermano no emergía. Me olvidé por completo de la navaja y empecé a nadar río arriba. Me estaba mareando y me cansé rápidamente. ¡Jodida anemia! Algo me agarró la pierna y me giré justo cuando Yunho salió a flote. Empezó a toser, a revolverse hasta que consiguió levantarse del todo, sacudiéndose el cabello y respirando, entrecortado, a bocanadas. Lo agarré por la camiseta empapada y lo atraje hasta mí, sacudiéndolo. 

-¿Estás bien? – no me contestó, aún cogiendo aire. - ¿Estás…? 

-¡No! ¡No lo estoy! – gritó. Sus manos me rodearon las muñecas como las garras de un águila cerrándose en torno a un conejo. Me hizo daño. - ¡Si quieres matarte no lo hagas en mi puta cara! ¿Cuántas veces voy a tener que salvarte la vida? ¡Porque estoy empezando a cansarme! – siguió con su acalorada respiración, sin soltarme. Aún podía ver la sombra del sobresalto en sus ojos.

-Nadie te ha pedido que me salves. – susurré. - ¡Nadie te ha pedido que me ayudes! ¡Deja de echarte flores, eres tú el que me arrastra hasta callejones sin salida y luego, me dejas solo!

-Pero es que tú eres… ¿imbécil? ¿Eres imbécil, Jaejoong? ¡Un completo imbécil! – volvió a gritar. - ¿¡Qué cojones te pasa por esa enana cabeza de marica que tienes como para no darte cuenta de que lo único que hago es intentar protegerte de este lugar endemoniado!? ¡Siempre, todos los días, a cada segundo pienso en cómo hacerte sobrevivir, en cómo hacerte seguir! ¡Todos los putos días! – me soltó y me empujón con tanta fuerza, que caí al agua. Me hundí y al momento noté sus manos agarrarme del cuello de la camiseta y tirar de mí hasta sacarme con brusquedad, alzándome y consiguiendo que mis piernas flotaran varios centímetros sobre el suelo verdoso. Me zarandeó y alzó el brazo, amenazándome con pegarme un puñetazo. 

-¿En serio quieres protegerme? ¡Y el polvo que me echaste cuando estaba drogado también fue una manera de protegerme! ¿¡Verdad!? – le temblaba la mandíbula de ira. 

-¡Tú me lo pediste! 

-¡Yo estaba drogado!

-¡Tú me querías! 

-¡Quiero al Yunho de Seul, el sarcástico y celoso, el protector y también cariñoso, el que se recorría medio país para traerle un gracioso perrito a su Muñeco! ¡No quiero a un Yunho furioso que me grita, me insulta y me amenaza cuando yo solo intento defenderme! ¡Quiero al Yunho de Seul, quiero a mi Amo, el odioso pero adorable Yunho! ¡A ese quiero! 

-¡Ese está muerto! ¡Le lanzaron piedras, le apalearon y le mutilaron y ahora está muerto! 

-¡Pues es a ese a quien quiero o si no, devuélveme mi maldita navaja, porque ella me hace mucho menos daño que tú! – el brazo que amenazaba con golpearme osciló. – ¡Fue a mí a quien dejaste solo, Yunho, fue de mí de quien te olvidaste y a quien rechazaste sin dar una explicación razonable, fue a mí a quien golpearon, escupieron y humillaron! ¡Y SÍ, FUI YO QUIEN SE CORTÓ LAS VENAS POR ELLO! ¡Y tú fuiste quien huyó como un cobarde, quien se fue de Seul y me dejó solo porque le dio la puta gana! ¡Fue culpa tuya, no fue cul…! – no me dejó terminar la frase. Soltó mi camiseta y su puño voló hasta mi cara. Me dio en plena mejilla, en la comisura de los labios y yo me escurrí, siendo lanzado hacia atrás. Choqué contra la pared de ladrido y roca del puente y quedé aturdido, descendiendo por aquel trozo de piedra, doblando las rodillas sobre el agua. 

-¡¡Yo no quería irme de Seul!! – soltó, rompiendo los barrotes de aquella cárcel de frustración y prohibición, de mentiras y silencio. Cuando mi hermano estallaba, la tierra, el mar y los volcanes empequeñecían y se arrodillaban ante su figura, dando lugar al camino de los héroes y antihéroes, aquellos con la valía y la fuerza de los Titanes. En cambio, a mi paso, como simple escudero o mendigo, escupían los bandidos y lloraba la incontrolable fuerza de la naturaleza. 

El estallido del antihéroe que mi hermano representaba aplastó todas mis dudas y aniquiló mis deseos de venganza. Si bien, aumentó mi confusión. 

-¿Qué? – pregunté. Yunho me apuñaló el pecho con las cuchillas en las que se habían convertido sus pupilas. 

-Yo no quería irme… ¡quería quedarme! Y tú… y yo… pero me fui. Me largué. – esperé, como unos diez minutos a que reanudara la conversación y expulsara las preguntas de mi mente. Solo obtuve el silencio como respuesta y su gélida mirada. 

-¿Qué estás diciendo? 

-Me gustaba Seul. Me gustaba esa vida. Tú me gustabas… un poco. – sus ojos se mostraron tan pétreos, que llegué a pensar que si me seguía tragando con esa inspección, me convertiría en piedra. 

-Pero… ¿por qué te fuiste entonces si tú…? – dejé la frase en el aire. No sentía el dolor de la mejilla ¿sería eso normal? ¿No debería al menos escocerme? La acaricié, pero no me provocó daño alguno. – Dijiste que el juego había acabado. ¿Había acabado, Yunho? 

-No. – contestó, con voz de asesino de una película de terror. 

-Pero yo… dijiste que… por teléfono, dijiste que te daba asco. ¿Te lo doy? 

-No. – repitió, con el mismo tono. 

-Pero… - la confusión me atacaba la mente. - ¿Por qué entonces? ¿Por qué te fuiste si querías…? – tragué saliva. - ¿Me querías, aunque solo fuera un poco? 

Esta vez, no contestó. Se limitó a seguir observándome, quieto como una piedra. Si lo golpeaba, ¿se rompería? Porque probablemente, yo sí lo haría. 


El engaño y el silencio destrozaron lo que quedaba de mis nervios. Observé mi brazo, mis heridas y cicatrices, las marcas de mis muñecas ya cerradas y de un color rosado que resaltaban en mi piel blanquecina. Las marcas del pecado con el que siempre cargaría. La marca de Caín. 

-¿Estás mintiendo para que me sienta mejor, Yunho? ¿Intentas engañarme? 

-No. 

-Entonces… ¿no fue culpa mía? ¿No hice nada que te molestara para que cortaras conmigo? ¿Nada? ¿No hice algo odioso o asqueroso? – mi hermano no se movió ni un ápice. Cada vez parecía más frío e indiferente. 

-Sabes que no, Jaejoong. 

-No. No lo sabía… no hasta ahora. – entonces, deseé desaparecer. – Pensaba que me odiabas, que había hecho algo malo, que nadie me querría por ello y que yo no podría querer a nadie más. Pensaba que todo lo que me estaba pasando me lo merecía. Deseaba que volvieras a buscarme, pero nunca volviste y… ¿por qué, Yunho? ¿Por qué me dejaste solo, entonces? 

Hinchó el pecho. Pude ver como su nuez se movía al tragar saliva y como sus ojos se desviaban hacia el agua maloliente, pensando una excusa adecuada. No parecía ocurrírsele nada. 

-Guetti… Helem y los demás… me necesitaban…

-¡A ti no te importa que te necesiten porque no te importa nadie! ¡Yo también te necesitaba! – Yunho no hizo la menor réplica. – Mírame, Yunho. ¡A la cara! – obedeció, alzando una ceja. Le enseñé mis brazos desgarrados y aunque intenté no llorar, no pude evitar que el escozor de los ojos provocara una cierta reacción en mis lacrimales. – Has destruido mi vida. Por ti, mis venas están cortadas y mi cuerpo enfermo. Mi cabeza está trastocada. Me has roto y yo no sé por qué. ¡No tienes un por qué! Lo hiciste sin motivo… y yo he intentado arreglarlo, cosa que tú siempre has rechazado y has acabado… follándote mis putísimas treguas. ¡Nunca voy a perdonártelo, nunca! Puedes salvarme la vida tantas veces como quieras, pero yo nunca voy perdonarte, ni aunque esté muerto. – sollocé, sin fuerzas para mirarle a los ojos. Decidí acabar con la conversación, con todo de manera definitiva y le di la espalda, agachándome para introducir los brazos en el agua, otra vez. 

-¿Qué haces? – preguntó, como si no hubiera pillado el ultimátum, mi declaración de odio hasta el final de mis días. 

-Buscar mi navaja. En ella sí que puedo confiar. 

-Sí, puedes confiar en el filo de su cuchilla para que termine de matarte… y no en mí para arreglarte.

-Me has demostrado con creces que no puedo confiar en ti. – a pesar de mi orgullosa negación, mi corazón seguía reaccionando ante su mención de mí como único Muñeco. Oí el sonido del chapoteo de sus pisadas, acercándose. - ¡No te me acerques! – no me hizo el menor caso y siguió adelante. A medio metro de distancia, yo me revolví y alcé los brazos, intentando parecer intimidante. - ¡Si te me acercas, te pegaré! 

-¡Oh! Qué miedo, Muñeco. 

-¡Ya no soy tu Muñeco! – le di la espalda e intenté huir, pero el alzó los brazos y se dispuso a cogerme como si fuera una muñeca, igual que en mi sueño. Ese fue el momento adecuado para echar hacia atrás el codo con toda mi fuerza y golpearle de pleno en la nariz. Yunho retrocedió, sorprendido y dolido, llevándose los dedos a la nariz. Yo sonreí, altivo. – Te lo advertí. – me miró con la sombra de la rabia apoderándose de su expresión y de improviso, con un movimiento desconcertante, me pegó un guantazo en la cara, suave aunque doloroso. 

-Cuidado, Muñeco, no vayas a hacerte daño. Aunque te guste el dolor, nunca lo has conocido conmigo. 

-Créeme. Contigo he conocido más dolor que en lo que llevo de vida. 

-Mira, Muñeco, si quieres sobrevivir aquí y no volver a Seul, vas a tener que perdonarme. 

-No pienso hacerlo. Ni en mil años. 

-Pues entonces lo vas a pasar muy mal. 

-Nada puede ser peor que tenerte a ti por hermano. 

-Eso lo dices porque me odias… ¿O porque me quieres? – ni siquiera merecía la pena plantearse semejante pregunta, pero por pura cabezonería, la pensé. El resultado era obvio.

-Porque te odio. – mentí. 

-Mentira. – acertó. – Si no quieres que las cosas sigan igual que hasta ahora, tendrás que perdonarme. – se burló. 

-¡Ja! ¿Y cómo serán si te perdono, eh? ¿Cómo? – Yunho se inclinó hasta que su cara alcanzó la mía, con los labios húmedos entreabiertos. Obligué a mis ojos a desviar la mirada para no caer en la tentación. 

-Si me perdonas, prometo volver a ser el Yunho de Seul, el mismo. Seré un Amo bueno… entre comillas. Igualito que antes. Pero solo si me perdonas… y si te quedas conmigo en Busan. – pestañeé y miré esos ojos de pestañas mojadas, esa oscuridad que empezaba a aclararse en lo más recóndito de sus pupilas, esa verdad. Porque Yunho decía la verdad. Estaba siendo sincero. 

-Y si vuelves a ser el mismo de Seul, ¿qué harás? ¿Qué me ofrecerás? ¿Sexo, palabras burlonas, entradas para conciertos espectaculares y azucenas? ¿El amor debajo de un puente, en un lugar maloliente, entre estas aguas putrefactas y contaminadas? ¿Sólo voy a poder amar aquí, en una puta cloaca? – Yunho se encogió de hombros, resuelto y decidido.

-Somos hermanos. Somos hombres… ¿esperas un campo de rosas, con deliciosos olores, mariposas revoloteando por el cielo, los cánticos de los pájaros y una eterna primavera? Nuestro lugar son las alcantarillas, malolientes y llenas de basura. Seguro que Romeo y Julieta no se hubieran quejado tanto si les hubieran ofrecido las cloacas en lugar de la muerte. - ¿Romeo y Julieta? ¿Desde cuándo Yunho se había vuelto tan intelectual y tan… romántico?

-Nosotros no somos Romeo y Julieta. – Yunho asintió con la cabeza, dándome la razón con una mueca guasona. Dio un paso al frente y acortó aún más ese medio metro que nos separaba. Nos situamos cara a cara, aliento y aliento, pecho contra pecho. 

-Mejor que mejor. Así no moriremos al final de la historia. – la brusquedad de Yunho siempre se había hecho patente en cada una de sus facetas, y aquella vez no fue diferente, aunque sí novedosa. No era la primera vez que me rodeaba la cintura con los brazos ni me agarraba con la suficiente fuerza como para alzarme por encima de su cabeza, pegándome tanto a él que mi cuerpo parecía estar a punto de fusionarse con el suyo. Lo sentía todo de él, todo. Lo que más temía del mundo y a la vez, deseaba. Su dura figura envuelta con la mía, los músculos del pecho subiendo y bajando, golpeando mi torso con cada nueva bocanada de aire que tomaba, que compartía conmigo. Sus labios, su boca… una puerta por donde se escapaban sentimientos y por donde entraba mi lengua en búsqueda de placer. 

Soy idiota, pensé, cuando dejé que sus manos descendieran hasta mi trasero y algo más allá, agarrándome con fuerza de los muslos y de un empujón hacia arriba, me colgó de su cuerpo. Mis piernas sobresalieron del agua y quedaron colgadas a ambos lados de su cintura y yo, para no caer, me apoyé en sus hombros. Juntó sus labios con los míos entonces, con lentitud y sin intención de profundizar. Solo los unió y yo… no hice nada por evitarlo, salvo observar en silencio como sus ojos se cerraban y se dejaban llevar por el instinto, por la necesidad. 

Se me pasaron mil razones por la cabeza para rechazarle y pegarle una buena hostia, miles de imágenes hostiles y recuerdos que prefería olvidar, pero no hice caso a ninguna de ellas. Mi razón quería muchas cosas, pero mi cuerpo y mi corazón querían otras tantas y la razón, por mucho que lo había intentado, no había conseguido curar mi dolor, ni mi rabia, ni tampoco el deseo y las ganas de frotar mi cuerpo y virilidad por mi odiado y amado hermano. Ella no me hacía feliz, no me consolaba… los labios de Yunho, sí. Así que mis brazos rodearon su cuello fuertemente y mis ojos se cerraron, dejándome divagar por aquel precioso sueño. Casi pude notar los labios de Yunho curvándose en una sonrisa cuando empecé a corresponder a aquel beso y como respuesta, abrió la boca sobre mi superior y lo cerró en torno a él, acariciándolo con la lengua. Estrujé su camiseta empapada y hundí mis dedos entre su cabello humedo. Pedí más y Yunho me dio más. Me ofreció pequeños y breves besos en los labios y la comisura. Me parecieron tan dulces… pero no tan excitantes como cuando ambos abrimos los ojos a la vez y nos observamos. Al parecer nuestros pensamientos se cruzaron y los dos tuvimos la misma respuesta. Abrimos la boca sobre la del otro y compartimos la misma saliva, la que contenía mismo ADN y en una armonía perfecta, encajamos y nuestras lenguas pelearon. 

Una cloaca como hogar no parece tan asquerosa cuando estás con la persona que te hace el amor con la boca, a la que quieres. Romeo y Julieta no habrían rechazado la ocasión de vivir entre la mierda si con ello podían estar juntos. Las ratas y los bichos nunca juzgarían su hermoso romance. 

Abracé a Yunho y escondí la cabeza en su hombro. Las ratas y los bichos tampoco juzgarían el acelerado ritmo del corazón de un hermano cuando veía al otro ¿verdad? 

-Se acabó, Jae. – dijo él, besándome el pelo, la cabeza, el cuello... – Voy a arreglarte, Muñeco. 

Sollocé y empecé a llorar, porque tanto mi razón como mi corazón estaban de acuerdo en una única cosa. No podía confiar en sus palabras y probablemente, nunca me fiaría de ellas.

-No puedo… snif… no puedo creerte, Yunho… no voy a perdonarte…

-Ya lo sé. Por eso tendré que ponerme persuasivo contigo. Muy persuasivo, Muñeco.

Muñeco… la palabra maldita. Mi mente está llena de muñecos rotos. De muñecos a veces felices y otros, demacrados. Mis sueños se limitan a eso y a ti y finalmente, me toca asumirlo ¿no? Pase lo que pase, yo siempre seré un Muñeco. 

Seré un Muñeco roto, un Muñeco abandonado, un Muñeco triste, un Muñeco suicida, un Muñeco sumiso y arrastrado… 

Pero sobretodo, siempre seré un Muñeco Encadenado… siempre encadenado al mismo Amo. Haga lo que haga. Pase lo que pase. Muera quien muera. Siempre Encadenado y siempre tuyo.

Hasta que sea Muñeco Muerto.