-Oh, vaya. – murmuró ella. Me
observó en silencio, intentando desprender al gatito de los cables con tirones
cautos. No quería hacerle daño y aún así, el animalitos sollozó varias veces.
Me pinché varias veces las manos con los hilos conductores que atravesaban el
tubo de plástico. Menos mal que no estaba conectado a ninguna especie de
corriente eléctrica. Llegó un momento en el que el gato solo me miraba,
con ojos abiertos y curiosos. Se quedó quieto y dejó de maullar cuando conseguí
soltarle una pata. Soltarle la otra fue mucho más fácil.
-Ya está. – avisé a la chica, detrás
de mí. – Pero deberías llevarlo al veterinario. El pobre se ha hecho da… - de
repente, el lomo del gato se erizó en mis brazos y un siseo amenazante emanó de
su pequeña boca. - ¿Pequeño?
No tuve tiempo de resistirme. Solté
a Kasimir de manera brusca y él cayó al suelo, de pie. Empezó a maullar e
incluso diría que a intentar ayudarme cuando alguien me rodeó el cuello con
algún tipo de cuerda o hilo y tiró de mí hacia atrás, cortándome la respiración
y casi la yugular con el brusco movimiento. Me puse de pie y mis manos
instintivamente agarraron el fino instrumento que me ahogaba. Era otro cable,
igual que el que había aprisionado al gato. La chica, a mi lado, me
observaba con una mueca de satisfacción en la boca.
-Venga, vamos, que no nos vea nadie.
– dijo, y la persona que me ahogaba tiró del cable con más fuerza, apartándome
de la calle principal. Intenté resistirme, pero si me movía mucho, el dolor
afilado del cable raspándose contra mi piel me dejaba sin aliento. No podía
hablar.
-¡Venga, capullo, suelta todo lo que
tengas! – me amenazó la persona que tenía detrás. Supe que era otra chica por
la agudeza de su voz. La que tenía delante sacó un destornillador del bolsillo,
y me apuntó el estómago con la punta.
-Dame lo que tengas y no te abriré
la barriga, ¿vale? – sonrió. Cerré los ojos. No podía hablar. En su lugar, tosí
y la chica aflojó un poco el agarre.
-¿A qué clase de idiota se le ocurre
salir de casa sin protección ninguna?
-Aunque no tenga protección, seguro
que tiene pasta. Mírale. Es tan blanquito y tiene una piel tan fina… seguro que
es de los barrios altos.
-Sí, y los de los barrios altos
siempre se pasean tan sueltos por aquí… - la chica del gato, la mentirosa, la
que seguramente había preparado al pobre animal como trampa para cazar a
alguien despistado, empezó a tocarme. Me metió las manos en los bolsillos,
buscando. Me subió la camiseta hasta las axilas, como si esperara que tuviera
algo pegado a la piel y se agachó delante de mí, tocándome las piernas. Me estaba
chaqueando obscenamente. Cuando vio que no tenía nada, se levantó y me pasó la
mano por la entrepierna. Cerró los dedos en torno a ella y yo me encogí de
dolor.
-¿No tienes nada? – negué lentamente
con la cabeza. - ¿Nada de nada? ¿Un señorito de los altos que viene aquí sin
nada? ¡Vaya mierda!
-Quítale la ropa, tía. Podemos sacar
algo por ella. – la ropa de Yunho… me mataría cuando se enterara.
-No… - tosí. La chica tiró con más
fuerza del cable.
-¿Qué has dicho? – intenté salvar la
ropa y algo de la dignidad que me quedaba y moví la boca y las cuerdas
vocales.
-No soy… de los altos… ¡coff, coff!
– la chica aflojó el agarre otra vez. - …Soy… un Encadenado… - tragué saliva y
pestañeé, sintiendo como me ardían los ojos. Las dos chicas se miraron,
perdiendo todo rastro de sonrisa y burla.
-Mentira. – habló la que tenía a la
espalda. – Los Encadenados son listos y no salen de casa sin por lo menos algo
con lo que defenderse. Tú no tienes nada. Si fueras uno de ellos, no te habrías
parado a salvar al gato y ya me habrías roto el cuello.
-¿Y si dice la verdad? – dudó la
otra. – Los Encadenados también tienen a gente bien. Recuerda al chico rubio,
el principe.
-El… Príncipe. – tosí otra vez.
Volvieron a cortarme el aliento con el jodido cable.
-¡Y una mierda! ¡Clávale el
destornillador en la polla, así se cortará un poco a la hora de soltar trolas!
– abrí los ojos como platos, desesperado al ver a la chica descender el
destornillador hasta mi entrepierna. Me revolví como un loco.
-¡No! – grité.
-¿Y si te abro yo el coño con una
sierra, guapa?
Aquello sucedió en un visto y no
visto. La chica del destornillador se volvió y como si la hubiera golpeado el
aire, vi la sangre volar desde su boca y su cuerpo siendo lanzado con la presión
que ejercían los gases sobre el corcho de una botella, después de que ésta
hubiera sido agitada. Chocó contra el muro de piedra y cayó al suelo con las
piernas dobladas. Una patada veloz hizo que el destornillador volara hasta la
otra punta del callejón y me sentí frustrado por pestañear, ya que en ese
microsegundo de visión nula, el desconocido agarró a la chica con rostro
ensangrentado y la alzó, pegándola contra su pecho, levantándola hasta que sus
pies dejaron de tocar el suelo. La estrechó entre sus brazos y una navaja
afilada y totalmente oscura, como el ala de un cuervo, fue situada entre cuello
y barbilla.
La chica que me ahogaba retrocedió,
y yo con ella. El temblor de su cuerpo se extendió por el cable.
-En menos de lo que tú tardes en asfixiar
a ese Encadenado, yo a tu amiga le habré separado la cabeza de los hombros. En
el caso de que no te importe lo que le pase a esta chica, te habré apuñalado
cinco veces antes de que toques el suelo. – se me estaba nublando la vista, así
que no pude ver bien su cara. Pero por su voz, para mí estaba más que claro
quién era.
-Yunho… - bufé. Estaba seguro de que
me estaba poniendo morado.
-Yunho. – habló la chica a mi
espalda. Juraría que se había puesto blanca como un muerto. - ¿Es-es… de los
tu-tuyos? – tartamudeó. Yunho no contestó. Oí a la chica del destornillador
gemir de dolor. - ¡Vale, vale, lo suelto! ¡Pero no nos mates!
-¿Qué no te mate? ¿Quién te crees
que eres para darme órdenes a mí, eh? Te estoy diciendo que lo sueltes, te lo
ordeno. No es una petición. – gruñó. Ella no se movió y pude observar el finito
hilo de sangre que le recorrió el cuello a su compañera. - ¡Venga! – le gritó y
de un empujón, la chica que había estado a punto de estrangularme me soltó. Caí
al suelo de rodillas con las manos en el cuello, tosiendo con descontrol. Oí
otro golpe y alcé la vista. Yunho le había pegado una patada a la chica herida
que la había lanzado contra su amiga y ambas se abrazaron, atemorizadas,
observando a mi hermano. – Atacar a alguien a sangre fría, sin armar, poniendo
como cebo a un pobre gatito inocente. – la seriedad de Yunho había
desaparecido. Ahora sonreía. Observé a Kasimir restregándose contra su pecho y
el brazo que lo sujetaba y lo mantenía en alto. Le di las gracias en mi mente.
El gatito parecía haberme salvado con tanto maullido, llamando su atención. – Y
luego dicen que las mujeres no saben defenderse, que son sensibles y
fieles.
-Lo… perdón. – murmuró la que me
había colocado el cable entre mi vida y mi muerte.
-¿Perdón? ¿Por qué me pides perdón?
No es a mí a quien has estado a punto de estrangular con un jodido trozo de
plástico ¿no? – Yunho me miró de reojo. Parecía tan seguro de lo que
hacía… Las dos chicas se giraron hacia mí. Una se agachó a mi lado.
-Lo… lo siento. – estaba
aterrorizada. Comprendí por qué cuando vi como mi hermano alzaba el pie,
aprovechando el momento para golpearle en la cabeza y tirarla al suelo de una
patada en la sien.
-¡No! – le grité y él se detuvo, con
la pierna en alto. Ella se encogió de miedo al ver sus intenciones. – No hagas
eso, Yunho. Las vas a matar. – la chica del destornillador sangraba por la
boca, el cuello y la cabeza. Estaba empapada en sangre y le temblaban las
piernas.
-¿Y qué? – preguntó él. – A mi
Muñeco no le toca nadie sin mi permiso. – había vuelto a ponerse serio.
-Yunho… por favor… - durante varios
segundos de incertidumbre y temor, las chicas y yo esperamos una respuesta.
Bien agresiva, o bien compasiva. Yunho pareció dudar cuando me miró a los ojos
y al bajar la pierna y posarla en el suelo lentamente, suspiré de alivio.
-Dadle las gracias al Muñeco. –
exigió, dejando escapar una sonrisita malévola.
-Gra-gracias… - me dijo una.
-¿Y tu amiga? ¿No dice nada? – la
chica herida me dirigió una mirada apesadumbrada.
-Gra… gracias… - escupió un diente
inyectado en sangre y con ayuda de su compañera, se levantó. Caminaron
rápidamente hasta el final del callejón, pero cuando pasaron por el lado de
Yunho, éste hizo un movimiento brusco. Se inclinó sobre ellas como un toro, sin
llegar a rozarlas y las chicas salieron corriendo, asustadas.
Me dio la sensación de que el viento
cambiaba de dirección, de que el ambiente se tambaleaba igual que el aire que
rodea la llama de una vela, el fuego fatuo de un corazón tan grande y temible
capaz de latir sin necesidad de sangre, sin un cuerpo al que pertenecer. Mi
hermano brillaba con luz propia, su corazón de dragón palpitaba fuego puro. Yo
podía verlo, podía sentirlo y experimentarlo. Sus sentimientos eran la lava de
un volcán cuyo estallido podía controlar a veces… otras, no.
Sin embargo, la luz propia de Yunho
y su fuego eran demasiado peligrosos y, aunque feroces, no siempre adecuados y
benevolentes.
Empezó a llover y las lágrimas del
cielo nos salpicaron. Vi en Yunho algo que siempre había estado ahí, pero tan
opaco, que nunca me había percatado de su valor y, de lo que a consecuencia,
significaba mi propia vida para su valoración. Descubrí por qué éramos Amo y
Muñeco, y por qué después de tanto dolor, seguíamos siéndolo por mucho que nos
negáramos a ello.
Yunho se agachó frente a mí y tras
mirarnos a los ojos sin pronunciar palabra, supimos que ambos estábamos bien.
Las palabras eran imprecisas e innecesarias en semejantes circunstancias.
Kasimir maulló y saltó del regazo de mi hermano al mío propio. Se restregó
contra mi pecho, ronroneando.
-Ey… ¿qué hay, gatito? – le hablé.
Él se estiró, acomodándose encima de mí. Le acaricié detrás de las orejas. Eso
le encantaba. Ya no le sangraba la pata, pero cojeaba un poco. – Te han hecho
daño, ¿verdad? Pobrecito…
-Un gato. – murmuró Yunho. – Han
estado a punto de asfixiarte con un cable, por un gato. Y tú dices, pobrecito.
– asintió con la cabeza con los ojos en blanco, como si aquello le pareciera
del todo irracional. – Una trampa ¿no es obvio que era una trampa?
-¡Para mí no!
-¡Miauu! – me defendió el
animal.
-¿Y no te he dicho que te quedaras
en casa?
-No. Se lo has dicho a Hyun. A mí
no. – Yunho no estaba aparentemente enfadado. Solo aparentemente, claro, y no
quería que se le fuera la fuerza por la boca gritándome lo idiota que era, así
que hablé. – A mí me has dicho que si me despertaba pronto, serías un buen Amo.
– solté, sin más. Yunho giró la cabeza, sorprendido e incómodo.
-¿Qué dices?
-Estaba medio dormido, así que tal
vez lo he imaginado. ¿Lo he soñado? – murmuré.
-No. – Yunho le rascó la cabeza a
Kasimir, un poco más brusco. El gato bajó las orejas, molesto. – No lo has
soñado. – sonreí. Un paso era un paso. – Estoy enfadado. Mucho. – si eso era
cierto, su rostro no lo demostraba en absoluto. Tampoco su tono de voz.
-Si estás enfadado, ¿hablas tan
tranquilo por qué te duele la oreja? ¿O por qué me estás tomando el pelo?
-No deberías haber salido a la
calle. Se supone que estás enfermo.
-Tengo un poco de anemia, nada más.
– Yunho asintió con la cabeza, irónico. De repente, cerró su mano en torno a mi
brazo y tiró de él. La manga de la camiseta se me subió hasta poco más de la
muñeca y sentí una vergüenza enorme. Se me aceleraron las pulsaciones.
-¿Y esto qué es? ¿Un juego para ti?
¿Probando el cuchillo jamonero? Me lo creería ¡si no fuera porque no tenemos ni
un puto jamón, suicida de mierda! – estalló. Me soltó el brazo y se levantó del
suelo, cruzándose de brazos, con gesto indignado – Ahora vas a volver a casa y
te vas a quedar allí hasta que averigüe qué cojones hacer contigo. – pestañeé.
¿Hablaba en serio? ¿Y esa actitud responsable de repente? ¿No iba a pegarme ni
a gritarme?
-¿De qué vas? ¿De hermano
mayor?
-De tu superior, de líder de los
Encadenados. Así que o me haces caso o te llevo a rastras cogido por los
huevos.
-¿Perdona? ¿No se suponía que yo ya
no era un Encadenado? – le recordé.
-¿Y qué…?
-Ya vale, Yunho. Siempre que
hablamos acabamos discutiendo y hoy no tengo ganas. – le corté. Estaba
poniéndome nervioso y estrechando a Kasimir entre mis brazos, me levanté y
empecé a caminar. Me dolía el cuello y me lo acaricié un poco cuando pasé por
su lado, ignorándolo. – Tengo que ir a trabajar. – me excusé y para mi
sorpresa, no dijo nada. Se limitó a observarme con ojos fieros y seriedad
pétrea cuando salí del callejón y dirigiéndole una última mirada, seguí andando
hacia el puente. – Gracias. – dije, seguro de que a esa distancia no me escucharía,
pero me daba igual.
Siempre tenía que estropearlo todo
marcando su portentoso orgullo. Había tenido tantas ganas de abrazarle en el
callejón y darle un beso en la boca, de pedirle perdón por lo de Ricky y darle
explicaciones de mis cortes… siempre tenía que estropearlo todo. Yunho, el
Estropeatodo deberían llamarle, no el Capitán. ¿Qué clase de nombre era el
Capitán? A Yunho no le pegaba ese nombre. No era militar, ni siquiera lo
parecía. Tampoco tenía la disciplina de uno, aunque sí su arrogancia. No
debería llamarse Capitán, además ¿por qué le llamaban Capitán? Si no me enviaba
de vuelta a Seul, cosa que no pensaba dejarle hacer y no podría conseguir (a no
ser que me atara a la cama y me metiera en un vagón mientras dormía) se lo
preguntaría a Ricky, o a Hyun, o a Black, o…
-¡Muñeco suicida! – gritó a mis
espaldas. Ya había cruzado el puente y el gato se alzó por encima de mi hombro,
observando a Yunho en mitad de éste, pegado a la barandilla que lo separaba del
riachuelo contaminado. Cuando me giré, sonrió. No era una de esas bonitas
sonrisas de en sueño, no. Era una de esas sonrisas maliciosas y calculadoras
que tanto me gustaban y temía a la vez. Se sacó algo del bolsillo. Algo que
relució con la escasa luz del Sol oculta tras las nubes lloronas. Me lo
mostró.
Mi navaja. Mi Muñeca. Mi calmante
particular para los momento más desesperantes.
Me puse pálido.
-Creo que has perdido algo. –
sonrió. Si Yunho no sabía que ese instrumento era importante para mí, mi cara
le había dado los ingredientes suficientes como para suponerlo. Aún así,
intenté fingir. Rogar no servía de nada contra la mente fría de mi
hermano.
-S-sí. La había pe-perdido. – avancé
hacia él, dando un paso lento. – Gracias por…
-No te equivoques, Muñeco. La has
perdido. – afirmó, regocijándose por dentro. Estiró el brazo por encima de la
barandilla con mi Muñeca en la mano. La vi escurrirse de entre sus dedos,
amenazando con hundirse en el fondo de aquel cúmulo de pestilente basura que
fluye. Contuve el aliento. Perdí los nervios. El gato se me cayó al suelo, de
pie. Me gruñó como respuesta por haberlo dejado caer.
-Yunho, no hagas eso… por
favor…
-¿Por qué no?
-La… necesito. Necesito la navaja. –
estaba empezando a hiperventilar.
-¿En serio? Oh, sí… las personas que
se automutilan sienten la necesidad de tener un arma a mano, algo afilado,
aunque algunas prefieren las quemaduras y otras, los golpes. Sin embargo, a ti
te gustan más las cosas con punta, eh, y se ve que le has cogido cariño a
ésta.
-¿Qué coño dices? ¡Yo no me
automutilo! ¡Dame la puta navaja! – corrí hacia él, pero a escasos dos metros
de distancia, Yunho dejó la navaja colgando de tan solo dos de sus dedos. Me
chistó y yo me detuve. Negó con la cabeza.
-No me he tirado toda la mañana en
una puñetera biblioteca buscando información de trastornos mentales y
autodestructivos para dártela sin más.
-¿Trastor…? ¿Me estás llamando
trastornado?
-Jae, Jae... Jae … regla número uno
del manual de psicología básica. Nunca llames loco a un loco. – se burló. ¡Se
burló! Me hervía la sangre.
-No estoy loco. No estoy
trastornado. ¡Ni soy un enfermo! ¡DAME A MI MALDITA MUÑECA! – perdí los nervios
de una manera descontrolada. Delante de Yunho, me llevé las manos al cuello y
lo arañé con mis escasas uñas. Me levanté la piel del brazo cuando clavé los
dedos en la camiseta y casi la desgarré. La ropa se manchó de sangre y estuve a
un paso de agarrarme el pelo con las manos y arrancarme mechones como un
histérico, pero me contuve, llevándome las manos a la piel de la cara,
obligándolas a reposar allí, tirando de ella. Acabé tapándome la boca. Quería
gritar.
Yunho había borrado su maldita
sonrisa. Sus ojos brillaban, con cierta compasión quise creer, pero enseguida
se llevó la lengua a los labios y a los dientes, con un gesto socarrón.
-Siempre he sabido que te iba lo
duro, pero nunca pensé que hasta tal punto.
-¡TE ODIO! – chillé.
-¿¡Y qué!? ¿Te crees que eres el
único que tiene problemas? ¿El más especial? Deja de hacerte daño como un loco
y muévete, haz algo por superarlo. Espabila y deja de actuar como un niño
perdido sin su mamá.
-¿Cómo quieres que lo haga, eh?
¿¡Cómo quieres que lo haga si tú no me dejas!? ¡Siempre estás en medio y no me
dejas pensar en otra cosa, porque cuando lo intento, me atacas! ¡Y luego me
gritas! ¿¡Cómo quieres que lo supere entonces!? – Yunho entrecerró los ojos. No
dijo nada, dejándome descansar, dejando que mi respiración volviera a su cauce,
que mis nervios volvieran a su lugar y rechazaran sus crueles palabras. Lo conseguí,
a medias, pero cuando mi corazón se relajó, él volvió a abrir su sucia
boca.
-Otra de las reglas de un
Encadenado… - suspiró. – Asume las consecuencias de tus actos y no culpes a los
demás.
Y dejó caer a mi Muñeca al
riachuelo. Descendió a cámara lenta ante mis ojos y luego, con un ¡Plop! Se
hundió en la putrefacción del agua.
El tiempo se detuvo un escaso
segundo en el que no me molesté en hacer funcionar mis pulmones. Yunho y yo nos
mirábamos a los ojos. En su cara no había ni rastro de compasión, si no de
regocijo. En el mío… la más pura amargura y desespero.
La siguiente acción no me la pensé
dos veces. Había perdido a mi Muñeca, a la que había jurado eterna lealtad,
cuidarla como Yunho no había hecho conmigo, como un buen Amo. Ella a cambio,
debía entregarme el placer que mi malvado dueño me arrebataba con cada palabra
y gesto. En apenas una semana, la necesidad de ella, de sentirle cerca, se
había hecho tan patente que pensar en su desaparición me volvía loco. No había
ningún filo como el suyo, ninguna empuñadora era tan suave y equilibrada, su
peso era perfecto para mi cuerpo y no notarlo pegado a mis piernas era un
calvario.
Así que corrí hasta la barandilla,
me apoyé en ella y salté del puente al agua, sin un minuto para arrepentirme.
Volé por el aire escasos cinco metros. La sensación del viento acariciarme las
mejillas me sentó bien y me relajó, ayudándome a soportar el momento del
aterrizaje. Sabía que el riachuelo no tenía mucha profundidad y debido a la
lluvia del día anterior, habían aparecido unos rápidos que surcaban las piedras
puntiagudas. Podría golpearme la cabeza con una y matarme. Podría romperme una
pierna y no ser capaz de salir a flote, ahogándome entre aquellos surcos
rabiosos. Alguna sustancia nociva podría abrasarme los ojos. Pero cuando pensé
en los peligros que conllevaba aquella aventura, ya era demasiado tarde.
-¡JAEJOONG! – oí gritar a Yunho
justo antes de hundirme en la escasa profundidad del riachuelo. Su voz sonó
aguda, asustada, diría que hasta atormentada. Nunca le había oído gritar de esa
manera tan poco masculina y desquiciada.
En el último momento logré cerrar
los brazos en torno al pecho y caer de pie, doblando las rodillas en cuanto
toqué el agua. Cerré los ojos y me hundí por completo hasta que mi trasero
golpeó las piedras del fondo y la fuerza del agua me arrastró varios metros más
atrás. Luego, fácilmente, emergí y tomé aire. El agua me llegaba por poco más
allá de la cintura y su fluidez no era lo suficientemente potente como para
remolcarme, sólo para hacerme perder el equilibrio levemente. Sin embargo, la
contaminación devoró las heridas de mi cuerpo como si me atacara un saco
gigante de sal marina y sentí un escozor ciego. Había acabado debajo del
puente, oculto de miradas ajenas y, más importante aún, de la mirada de
Yunho.
Recordé que él no sabía nadar. El
agua era su mayor debilidad. Nunca había estado en el mar, ni tampoco en una
piscina. Solo conocía la ducha de su casa y un lago al que había ido con su
pandilla varias veces, pero nunca se había metido en él. La mayoría de los
Encadenados sí sabía nadar. A Yunho no le gustaba el agua y nunca había
intentado aprender por sí mismo. Me lo dijo el día que le propuse irnos un
fin de semana a la playa, a cientos de kilómetros, en tren o cogiendo un avión
barato hacia la costa francesa. Él dijo que quizás en verano y luego acabó
confesándome que no le gustaba el agua, aunque nunca había pisado una playa, ni
tampoco un aeropuerto. Me pareció una pena y deseé que el verano llegara
pronto. Acabé sacándole una promesa. En verano iríamos a la playa, juntos y yo
le enseñaría a nadar. Ya era verano, y Yunho seguía odiando el agua. Así
que no se atrevería a saltar los cinco metros, ni siquiera a bajar por la
escalinata de piedra a la orilla. Eso me tranquilizó.
Empecé a buscar entre los pedruscos.
Sentía el verdín y la hierba que crecía bajo el agua tocándome los pies. No me
daba asco, pero sí cierto repelús. Sentí algo afilado rozando mi muslo y me
hundí en el agua, buscando a ciegas. No me atreví a abrir los ojos en aquel
montón de mierda y cuando emergí a la superficie con aquel trozo de hierro,
descubrí que se trataba del palo metálico de unos patinetes para principiantes
de una bicicleta. Oí gritos. Mi nombre en boca de mi hermano, llamándome
desde el puente. No le hice caso y seguí buscando hasta que un nuevo sonido me
hizo girar la cabeza.
Vi a Yunho saltando desde el puente
y cayendo bruscamente al agua. Abrí la boca de par en par, tan sorprendido que
me detuve en mi búsqueda. Yunho no sabía nadar. No sabía cómo debía caer para
no hacerse daño, ni tampoco cómo moverse, menos aún doblar las piernas en el
momento adecuado.
-¡Yunho! – lo llamé y empecé a
subir, despacio, intentando no escurrirme con las rocas ni tropezar. Los
pequeños rápidos me dificultaban el ascenso. - ¡YUNHO! – pasó medio minuto y mi
hermano no emergía. Me olvidé por completo de la navaja y empecé a nadar río
arriba. Me estaba mareando y me cansé rápidamente. ¡Jodida anemia! Algo me
agarró la pierna y me giré justo cuando Yunho salió a flote. Empezó a toser, a
revolverse hasta que consiguió levantarse del todo, sacudiéndose el cabello y
respirando, entrecortado, a bocanadas. Lo agarré por la camiseta empapada y lo
atraje hasta mí, sacudiéndolo.
-¿Estás bien? – no me contestó, aún
cogiendo aire. - ¿Estás…?
-¡No! ¡No lo estoy! – gritó. Sus
manos me rodearon las muñecas como las garras de un águila cerrándose en torno
a un conejo. Me hizo daño. - ¡Si quieres matarte no lo hagas en mi puta cara!
¿Cuántas veces voy a tener que salvarte la vida? ¡Porque estoy empezando a
cansarme! – siguió con su acalorada respiración, sin soltarme. Aún podía ver la
sombra del sobresalto en sus ojos.
-Nadie te ha pedido que me salves. –
susurré. - ¡Nadie te ha pedido que me ayudes! ¡Deja de echarte flores, eres tú
el que me arrastra hasta callejones sin salida y luego, me dejas solo!
-Pero es que tú eres… ¿imbécil?
¿Eres imbécil, Jaejoong? ¡Un completo imbécil! – volvió a gritar. - ¿¡Qué
cojones te pasa por esa enana cabeza de marica que tienes como para no darte
cuenta de que lo único que hago es intentar protegerte de este lugar
endemoniado!? ¡Siempre, todos los días, a cada segundo pienso en cómo hacerte
sobrevivir, en cómo hacerte seguir! ¡Todos los putos días! – me soltó y me empujón
con tanta fuerza, que caí al agua. Me hundí y al momento noté sus manos
agarrarme del cuello de la camiseta y tirar de mí hasta sacarme con brusquedad,
alzándome y consiguiendo que mis piernas flotaran varios centímetros sobre el
suelo verdoso. Me zarandeó y alzó el brazo, amenazándome con pegarme un
puñetazo.
-¿En serio quieres protegerme? ¡Y el
polvo que me echaste cuando estaba drogado también fue una manera de
protegerme! ¿¡Verdad!? – le temblaba la mandíbula de ira.
-¡Tú me lo pediste!
-¡Yo estaba drogado!
-¡Tú me querías!
-¡Quiero al Yunho de Seul, el
sarcástico y celoso, el protector y también cariñoso, el que se recorría medio
país para traerle un gracioso perrito a su Muñeco! ¡No quiero a un Yunho
furioso que me grita, me insulta y me amenaza cuando yo solo intento
defenderme! ¡Quiero al Yunho de Seul, quiero a mi Amo, el odioso pero adorable
Yunho! ¡A ese quiero!
-¡Ese está muerto! ¡Le lanzaron
piedras, le apalearon y le mutilaron y ahora está muerto!
-¡Pues es a ese a quien quiero o si
no, devuélveme mi maldita navaja, porque ella me hace mucho menos daño que tú!
– el brazo que amenazaba con golpearme osciló. – ¡Fue a mí a quien dejaste
solo, Yunho, fue de mí de quien te olvidaste y a quien rechazaste sin dar una
explicación razonable, fue a mí a quien golpearon, escupieron y humillaron! ¡Y
SÍ, FUI YO QUIEN SE CORTÓ LAS VENAS POR ELLO! ¡Y tú fuiste quien huyó como un
cobarde, quien se fue de Seul y me dejó solo porque le dio la puta gana! ¡Fue
culpa tuya, no fue cul…! – no me dejó terminar la frase. Soltó mi camiseta y su
puño voló hasta mi cara. Me dio en plena mejilla, en la comisura de los labios
y yo me escurrí, siendo lanzado hacia atrás. Choqué contra la pared de ladrido
y roca del puente y quedé aturdido, descendiendo por aquel trozo de piedra,
doblando las rodillas sobre el agua.
-¡¡Yo no quería irme de Seul!! –
soltó, rompiendo los barrotes de aquella cárcel de frustración y prohibición,
de mentiras y silencio. Cuando mi hermano estallaba, la tierra, el mar y los
volcanes empequeñecían y se arrodillaban ante su figura, dando lugar al camino
de los héroes y antihéroes, aquellos con la valía y la fuerza de los Titanes.
En cambio, a mi paso, como simple escudero o mendigo, escupían los bandidos y
lloraba la incontrolable fuerza de la naturaleza.
El estallido del antihéroe que mi
hermano representaba aplastó todas mis dudas y aniquiló mis deseos de venganza.
Si bien, aumentó mi confusión.
-¿Qué? – pregunté. Yunho me apuñaló
el pecho con las cuchillas en las que se habían convertido sus pupilas.
-Yo no quería irme… ¡quería
quedarme! Y tú… y yo… pero me fui. Me largué. – esperé, como unos diez minutos
a que reanudara la conversación y expulsara las preguntas de mi mente. Solo
obtuve el silencio como respuesta y su gélida mirada.
-¿Qué estás diciendo?
-Me gustaba Seul. Me gustaba esa
vida. Tú me gustabas… un poco. – sus ojos se mostraron tan pétreos, que llegué
a pensar que si me seguía tragando con esa inspección, me convertiría en
piedra.
-Pero… ¿por qué te fuiste entonces
si tú…? – dejé la frase en el aire. No sentía el dolor de la mejilla ¿sería eso
normal? ¿No debería al menos escocerme? La acaricié, pero no me provocó daño
alguno. – Dijiste que el juego había acabado. ¿Había acabado, Yunho?
-No. – contestó, con voz de asesino
de una película de terror.
-Pero yo… dijiste que… por teléfono,
dijiste que te daba asco. ¿Te lo doy?
-No. – repitió, con el mismo
tono.
-Pero… - la confusión me atacaba la
mente. - ¿Por qué entonces? ¿Por qué te fuiste si querías…? – tragué saliva. -
¿Me querías, aunque solo fuera un poco?
Esta vez, no contestó. Se limitó a
seguir observándome, quieto como una piedra. Si lo golpeaba, ¿se rompería?
Porque probablemente, yo sí lo haría.
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El engaño y el silencio destrozaron
lo que quedaba de mis nervios. Observé mi brazo, mis heridas y cicatrices, las
marcas de mis muñecas ya cerradas y de un color rosado que resaltaban en mi
piel blanquecina. Las marcas del pecado con el que siempre cargaría. La marca
de Caín.
-¿Estás mintiendo para que me sienta
mejor, Yunho? ¿Intentas engañarme?
-No.
-Entonces… ¿no fue culpa mía? ¿No
hice nada que te molestara para que cortaras conmigo? ¿Nada? ¿No hice algo
odioso o asqueroso? – mi hermano no se movió ni un ápice. Cada vez parecía más
frío e indiferente.
-Sabes que no, Jaejoong.
-No. No lo sabía… no hasta ahora. –
entonces, deseé desaparecer. – Pensaba que me odiabas, que había hecho algo
malo, que nadie me querría por ello y que yo no podría querer a nadie más.
Pensaba que todo lo que me estaba pasando me lo merecía. Deseaba que volvieras
a buscarme, pero nunca volviste y… ¿por qué, Yunho? ¿Por qué me dejaste solo,
entonces?
Hinchó el pecho. Pude ver como su
nuez se movía al tragar saliva y como sus ojos se desviaban hacia el agua
maloliente, pensando una excusa adecuada. No parecía ocurrírsele nada.
-Guetti… Helem y los demás… me
necesitaban…
-¡A ti no te importa que te
necesiten porque no te importa nadie! ¡Yo también te necesitaba! – Yunho no
hizo la menor réplica. – Mírame, Yunho. ¡A la cara! – obedeció, alzando una
ceja. Le enseñé mis brazos desgarrados y aunque intenté no llorar, no pude
evitar que el escozor de los ojos provocara una cierta reacción en mis
lacrimales. – Has destruido mi vida. Por ti, mis venas están cortadas y mi
cuerpo enfermo. Mi cabeza está trastocada. Me has roto y yo no sé por qué. ¡No
tienes un por qué! Lo hiciste sin motivo… y yo he intentado arreglarlo, cosa
que tú siempre has rechazado y has acabado… follándote mis putísimas treguas.
¡Nunca voy a perdonártelo, nunca! Puedes salvarme la vida tantas veces como
quieras, pero yo nunca voy perdonarte, ni aunque esté muerto. – sollocé, sin
fuerzas para mirarle a los ojos. Decidí acabar con la conversación, con todo de
manera definitiva y le di la espalda, agachándome para introducir los brazos en
el agua, otra vez.
-¿Qué haces? – preguntó, como si no
hubiera pillado el ultimátum, mi declaración de odio hasta el final de mis
días.
-Buscar mi navaja. En ella sí que
puedo confiar.
-Sí, puedes confiar en el filo de su
cuchilla para que termine de matarte… y no en mí para arreglarte.
-Me has demostrado con creces que no
puedo confiar en ti. – a pesar de mi orgullosa negación, mi corazón seguía
reaccionando ante su mención de mí como único Muñeco. Oí el sonido del chapoteo
de sus pisadas, acercándose. - ¡No te me acerques! – no me hizo el menor caso y
siguió adelante. A medio metro de distancia, yo me revolví y alcé los brazos,
intentando parecer intimidante. - ¡Si te me acercas, te pegaré!
-¡Oh! Qué miedo, Muñeco.
-¡Ya no soy tu Muñeco! – le di la
espalda e intenté huir, pero el alzó los brazos y se dispuso a cogerme como si
fuera una muñeca, igual que en mi sueño. Ese fue el momento adecuado para echar
hacia atrás el codo con toda mi fuerza y golpearle de pleno en la nariz. Yunho
retrocedió, sorprendido y dolido, llevándose los dedos a la nariz. Yo sonreí,
altivo. – Te lo advertí. – me miró con la sombra de la rabia apoderándose de su
expresión y de improviso, con un movimiento desconcertante, me pegó un guantazo
en la cara, suave aunque doloroso.
-Cuidado, Muñeco, no vayas a hacerte
daño. Aunque te guste el dolor, nunca lo has conocido conmigo.
-Créeme. Contigo he conocido más
dolor que en lo que llevo de vida.
-Mira, Muñeco, si quieres sobrevivir
aquí y no volver a Seul, vas a tener que perdonarme.
-No pienso hacerlo. Ni en mil
años.
-Pues entonces lo vas a pasar muy
mal.
-Nada puede ser peor que tenerte a
ti por hermano.
-Eso lo dices porque me odias… ¿O
porque me quieres? – ni siquiera merecía la pena plantearse semejante pregunta,
pero por pura cabezonería, la pensé. El resultado era obvio.
-Porque te odio. – mentí.
-Mentira. – acertó. – Si no quieres
que las cosas sigan igual que hasta ahora, tendrás que perdonarme. – se
burló.
-¡Ja! ¿Y cómo serán si te perdono,
eh? ¿Cómo? – Yunho se inclinó hasta que su cara alcanzó la mía, con los labios
húmedos entreabiertos. Obligué a mis ojos a desviar la mirada para no caer en
la tentación.
-Si me perdonas, prometo volver a
ser el Yunho de Seul, el mismo. Seré un Amo bueno… entre comillas. Igualito que
antes. Pero solo si me perdonas… y si te quedas conmigo en Busan. – pestañeé y
miré esos ojos de pestañas mojadas, esa oscuridad que empezaba a aclararse en
lo más recóndito de sus pupilas, esa verdad. Porque Yunho decía la verdad.
Estaba siendo sincero.
-Y si vuelves a ser el mismo de
Seul, ¿qué harás? ¿Qué me ofrecerás? ¿Sexo, palabras burlonas, entradas para
conciertos espectaculares y azucenas? ¿El amor debajo de un puente, en un lugar
maloliente, entre estas aguas putrefactas y contaminadas? ¿Sólo voy a poder
amar aquí, en una puta cloaca? – Yunho se encogió de hombros, resuelto y
decidido.
-Somos hermanos. Somos hombres…
¿esperas un campo de rosas, con deliciosos olores, mariposas revoloteando por
el cielo, los cánticos de los pájaros y una eterna primavera? Nuestro lugar son
las alcantarillas, malolientes y llenas de basura. Seguro que Romeo y Julieta
no se hubieran quejado tanto si les hubieran ofrecido las cloacas en lugar de la
muerte. - ¿Romeo y Julieta? ¿Desde cuándo Yunho se había vuelto tan intelectual
y tan… romántico?
-Nosotros no somos Romeo y Julieta.
– Yunho asintió con la cabeza, dándome la razón con una mueca guasona. Dio un
paso al frente y acortó aún más ese medio metro que nos separaba. Nos situamos
cara a cara, aliento y aliento, pecho contra pecho.
-Mejor que mejor. Así no moriremos
al final de la historia. – la brusquedad de Yunho siempre se había hecho
patente en cada una de sus facetas, y aquella vez no fue diferente, aunque sí
novedosa. No era la primera vez que me rodeaba la cintura con los brazos ni me
agarraba con la suficiente fuerza como para alzarme por encima de su cabeza,
pegándome tanto a él que mi cuerpo parecía estar a punto de fusionarse con el suyo.
Lo sentía todo de él, todo. Lo que más temía del mundo y a la vez, deseaba. Su
dura figura envuelta con la mía, los músculos del pecho subiendo y bajando,
golpeando mi torso con cada nueva bocanada de aire que tomaba, que compartía
conmigo. Sus labios, su boca… una puerta por donde se escapaban sentimientos y
por donde entraba mi lengua en búsqueda de placer.
Soy idiota, pensé, cuando dejé que
sus manos descendieran hasta mi trasero y algo más allá, agarrándome con fuerza
de los muslos y de un empujón hacia arriba, me colgó de su cuerpo. Mis piernas
sobresalieron del agua y quedaron colgadas a ambos lados de su cintura y yo,
para no caer, me apoyé en sus hombros. Juntó sus labios con los míos entonces,
con lentitud y sin intención de profundizar. Solo los unió y yo… no hice nada
por evitarlo, salvo observar en silencio como sus ojos se cerraban y se dejaban
llevar por el instinto, por la necesidad.
Se me pasaron mil razones por la
cabeza para rechazarle y pegarle una buena hostia, miles de imágenes hostiles y
recuerdos que prefería olvidar, pero no hice caso a ninguna de ellas. Mi razón
quería muchas cosas, pero mi cuerpo y mi corazón querían otras tantas y la
razón, por mucho que lo había intentado, no había conseguido curar mi dolor, ni
mi rabia, ni tampoco el deseo y las ganas de frotar mi cuerpo y virilidad por
mi odiado y amado hermano. Ella no me hacía feliz, no me consolaba… los labios
de Yunho, sí. Así que mis brazos rodearon su cuello fuertemente y mis ojos
se cerraron, dejándome divagar por aquel precioso sueño. Casi pude notar los
labios de Yunho curvándose en una sonrisa cuando empecé a corresponder a aquel
beso y como respuesta, abrió la boca sobre mi superior y lo cerró en torno a
él, acariciándolo con la lengua. Estrujé su camiseta empapada y hundí mis
dedos entre su cabello humedo. Pedí más y Yunho me dio más. Me ofreció pequeños
y breves besos en los labios y la comisura. Me parecieron tan dulces… pero no
tan excitantes como cuando ambos abrimos los ojos a la vez y nos observamos. Al
parecer nuestros pensamientos se cruzaron y los dos tuvimos la misma respuesta.
Abrimos la boca sobre la del otro y compartimos la misma saliva, la que
contenía mismo ADN y en una armonía perfecta, encajamos y nuestras lenguas
pelearon.
Una cloaca como hogar no parece tan
asquerosa cuando estás con la persona que te hace el amor con la boca, a la que
quieres. Romeo y Julieta no habrían rechazado la ocasión de vivir entre la
mierda si con ello podían estar juntos. Las ratas y los bichos nunca juzgarían su
hermoso romance.
Abracé a Yunho y escondí la cabeza
en su hombro. Las ratas y los bichos tampoco juzgarían el acelerado ritmo del
corazón de un hermano cuando veía al otro ¿verdad?
-Se acabó, Jae. – dijo él, besándome
el pelo, la cabeza, el cuello... – Voy a arreglarte, Muñeco.
Sollocé y empecé a llorar, porque
tanto mi razón como mi corazón estaban de acuerdo en una única cosa. No podía
confiar en sus palabras y probablemente, nunca me fiaría de ellas.
-No puedo… snif… no puedo creerte,
Yunho… no voy a perdonarte…
-Ya lo sé. Por eso tendré que
ponerme persuasivo contigo. Muy persuasivo, Muñeco.
Muñeco… la palabra maldita. Mi mente
está llena de muñecos rotos. De muñecos a veces felices y otros, demacrados.
Mis sueños se limitan a eso y a ti y finalmente, me toca asumirlo ¿no? Pase lo
que pase, yo siempre seré un Muñeco.
Seré un Muñeco roto, un Muñeco
abandonado, un Muñeco triste, un Muñeco suicida, un Muñeco sumiso y
arrastrado…
Pero sobretodo, siempre seré un
Muñeco Encadenado… siempre encadenado al mismo Amo. Haga lo que haga. Pase lo
que pase. Muera quien muera. Siempre Encadenado y siempre tuyo.
Hasta que sea Muñeco Muerto.
