By Jaejoong.
Seguía lloviendo cuando volví a
abrir los ojos, aunque el agua ya no me caía encima. Podía oír los repiqueteos
de las gotas chocando contra los cristales de la ventana a un ritmo
hipnotizador. Podía respirar con cierta facilidad, aunque seguía sintiendo los
pulmones cargados. Estaba en una cama y tras escasos segundos, volví a cerrar
los ojos, agotado. ¿De verdad había nadado durante horas y alguien me había
rescatado del mar? Porque así me sentía, como si hubiera nadado kilómetros y
kilómetros, de una punta del mar a otra. Intenté moverme, pero enseguida
rechacé la idea. Era como si un peso muerto me aplastara contra el colchón.
Estaba helado y la espalda me dolía de tanto tiritar hasta que algo me cayó
encima, haciéndome entrar en calor. Una sábana me cubrió el cuerpo y un aliento
caliente me rozó la mejilla. Fruncí el ceño y me volví en la cama, huyendo de
una molesta sensación.Había soñado que durante días y días, nadaba sin parar en
medio de un mar embravecido y helado, buscando algo que nunca encontraba. A
cada brazada que daba, más cansado me sentía y más se me llenaban los pulmones
de agua, hasta que, finalmente, me dejé vencer por las olas y me hundí en
ninguna parte, pasto de los tiburones. Había sentido una gran desesperación,
pero ahora, despierto aunque sin ser capaz de abrir los ojos, sabía que todo
había sido una horrible pesadilla, por muy cansado que me encontrara.
-Hum… - gruñí, cuando algo húmedo,
como una esponjita, me cubrió los labios. Los acarició y me traspasó calor. El
contacto era un poco áspero, pero agradable. Me tembló el cuerpo entero y se me
aceleró la respiración. Conocía aquel roce a la perfección y encogí la cara. La
esponjita se apartó un poco, pero enseguida volvió a frotarse contra mi boca con
más insistencia. Se cerró sobre mis labios y atrapó el inferior. Lo aplastó
melosamente hasta que se escapó. Yo seguía caminando al borde de la
inconsciencia y la realidad al oír la voz.
-Eres un Muñeco muy malo. – escuché.
Supe que era Yunho e intenté abrir los ojos, pero me pesaban una tonelada. –
Siempre he sabido que las películas de dibujos animados son pura fantasía, pero
tenía que intentarlo. Por lo visto, no todas las princesas se despiertan cuando
el príncipe las besa. – le oí murmurar. Me estaba hablando al oído. Podía
sentir la humedad de su lengua rozándome. – Puede que sea porque esto es el
mundo real, no una película de Disney… o puede que sea porque yo no soy el
príncipe adecuado. Soy el príncipe engreído y malo que muere cuando el bueno le
atraviesa con su espada tras una gran batalla, en un acto de valentía. El
príncipe bueno se queda con la princesa y no se vuelve a saber nada más del
malo. Quizás sobrevivió al ataque, pero a nadie le importa saber qué ocurrió
con él. – Se separó de mí. Su mano, aparentemente lejana, me acarició la frente
y me retiró el pelo de la cara. Luego, para mi sorpresa, me besó la sien,
pegando los labios a ella. El sonido casi imperceptible de sus labios contra mi
piel me provocó una descarga eléctrica que me hizo suspirar de gusto. Después,
se apartó. – Si te despiertas pronto… te prometo que seré un buen Amo. –
murmuró. – Pero tienes que despertarte ya.
Oí unos golpecitos fuertes y
seguidos. Parecía el golpeteo de algo duro contra madera.
-Ya estoy aquí, Yunho. – pronunció
una voz familiar.
-Quiero saber qué le pasa. Ya.
¡Ahora!
-A ver qué puedo hacer… eh… ¿a dónde
vas?
-Tengo que salir un rato. Si se
despierta, que no se mueva de aquí.
-Pero tío, tengo que verte la oreja,
no tiene buena pinta… eh, oye… ¡Yunho! – lo llamó el desconocido que acababa de
entrar. Su voz me resultaba muy familiar, pero no era capaz de clasificarla. –
A ver qué cojones hago yo ahora contigo, maldito marica.
Entonces, me volví a dormir
profundamente.
Soñé que estaba en mi mundo
perfecto. Me desperté en Seul, con un cuerpo sano, sin cicatrices de ningún
tipo y con las costillas perfectamente ocultas tras una buena proporción de
carne endurecida. Era tan musculoso como cuando practicaba natación y mi pelo
brillaba cuando los rayos del sol le golpeaban. Mamá estaba siempre contenta y
Choi era mi padre biológico. Yoochun y Junsu seguían siendo mis mejores amigos
y en la universidad, la gente siempre me tenía en cuenta y me respetaba y
admiraba. No había guerras, no había contaminación, ni barrios bajos ni altos.
Todo el mundo era feliz porque todo el mundo tenía pareja y no necesitaban nada
más. Un mundo de parejas… pero yo no tenía pareja, porque era hijo único. En su
lugar, tenía una azucena que nunca se marchitaba. Pero no era suficiente, ni de
lejos.
-Ah… - en mitad de aquel sueño sin
esperanza, sentí el doloroso pinchazo de un pellizco. Mis primas pequeñas, Lena
y Helena, las mellizas, estaban jugando conmigo como si fuera una de sus
muñecas Barbie. Me tiraban del pelo, intentando hacerme una gran trenza y me
pintarrajeaban la cara con pintalabios. Me cambiaban de ropa y me ponían un
vestido de color rosa y un lacito en el cuello. Yo no podía moverme ni
resistirme y, entonces, me metieron dentro de un paquete enorme de color azul
intenso y me dejaron tirado en la puerta de una casa enorme. Tocaron al timbre
y corrieron. Yunho abrió la puerta y me miró. Intenté moverme otra vez para
echar a correr al ver sus manos descender hasta mí y cogerme en brazos, alzándome
por debajo de las axilas. Me observó con ojo crítico y me subió el vestido de
princesita hasta por debajo de los brazos. Yo me ruboricé y el se rió con
maldad.
Entonces, fue cuando me pellizcó en
el brazo. Pensé por un momento que me tenía atado de pies y manos en una
especie de juego sadomasoquista y que me azotaría el culo con un látigo o algo
así, pero el dolor de pinchazo se acentuó más, y más, y más, y más… y yo abrí
los ojos.
-¡UUAAH! – grité de dolor. Lo
primero que vi fueron las sábanas de la cama. Luego, oí los ladridos
estridentes de Scotty y los zarpazos que le dedicaba a la puerta, sacudiéndola
violentamente para intentar entrar. Después… vi la aguja clavada en mi brazo. -
¡AAAHH! ¡Una aguja! ¡Quítamela! ¡Quítamela! – empecé a sacudir el brazo libre
de un lado para otro y golpeé algo con el dorso de la mano que cayó al suelo de
culo.
-¿¡Qué coño haces, pedazo de loco!?
– cambié la dirección de mi mirada y me encontré a nada más y nada menos que al
mismísimo Príncipe. Mi enemigo, mi rival, Hyun.
-¡TÚ! – grité. Entonces, todo
encajó. - ¡Estás intentando matarme!
-¿¡Qué!?
-¡Yunhooo! ¡Quiere matarme!
¡Yunhoooo!
-Tú eres… ¡Estoy curándote,
histérico!
-¡Yo estoy muy sano! ¡Quítame esa
aguja del brazo, odio las agujas! Yunhoo!
-¡Cállate! ¡Yunho no está!
-¡Mentira! ¡Yunho nunca me dejaría
solo contigo! ¡YUNHO! – Volví a gritar. Me dolía el brazo por la aguja clavada,
pero no me atrevía a quitármela yo solo. Era sumamente aprensivo para las
agujas y las enfermedades. - ¡yunho! – de repente, Hyun se levantó del suelo de
un salto y me agarró la mandíbula con una sola mano, apretándola.
-¡Cállate!
-¡Suéltame! ¡Ya intentaste matarme
una vez tirándome al fuego, loco de mierda! – me apretó más fuerte,
endureciendo el agarre hasta que mis mejillas se hundieron por la fuerza de sus
dedos. -¡Phetoo a leee meerdoo! – escupí, aunque mis palabras fueron
incomprensibles. Hyun dobló los labios en una sonrisa maligna.
-Eres gilipollas rematado,
Muñeco.
-¡Ne me lame Mueco! – y, en un visto
y no visto, llevó la otra mano hasta la aguja y la jeringuilla que colgaba de
ésta y me la sacó de un pequeño tironcito. Observé la jeringuilla repleta de
sangre y acto seguido, me miré el diminuto moratón del brazo. Unas diminutas
gotitas de sangre descendían por él. Me mareé, pero no por asco. Tuve ganas de
vomitar y me sentí tan cansado de repente, que tras el brusco empujón de Hyun
que me hizo caer de nuevo en la cama, fui incapaz de levantarme. – Argg…
-Mareado ¿verdad? Flojo quizás… es
lo que tiene la falta de hierro y glóbulos rojos o, en otras palabras, la
anemia. – dijo él, aún sonriendo con autosuficiencia.
-¿Anemia? ¿Soy anémico?
-No. Tienes anemia. Es diferente de
ser anémico. – cogió un paño blanco de encima de la mesa y con él, retiró la
aguja, la cual guardó en dicho paño. Observó el tubito de la sangre, situándolo
a la escasa luz del sol que penetraba por la ventana. – Hum… tienes un color de
sangre muy bonito. No es azul como yo me esperaba, pero algo es algo. Un poco
más clara de lo normal.
-¿Qué piensas hacer con mi sangre?
¿Bebértela? Creo que estás como una puta cabra, tío.
-No digas gilipolleces. Eres mi
paciente, solo te estoy tratando y para aconsejarte un tratamiento, necesito
evidencias. Tal vez no tengas anemia, aunque a juzgar por tu aspecto… creo que
si la tienes, es la menor de tus preocupaciones. –Hyun se agachó sobre el
escritorio, abrió un maletín que parecía de metal y sacó papel y bolígrafo.
Escribió algo en el papel y lo despegó. Me sorprendió descubrir una pegatina
que aplastó contra el tubito de la sangre para después, meter todo dentro del
maletín otra vez. – Dentro de unos días tendré los resultados del análisis y te
diré las vitaminas que necesitas tomar. No creo que tengas mucho más. Quizás
una pequeña infección en la vejiga a juzgar por el color de tu meado.
-¿¡Mi meado!? ¿¡Tienes mi meado!?
¡Yo no he meado en ningún tarro! – Hyun me enseñó todos sus perfectos y
brillantes dientes.
-Oh, sí lo has hecho, pero estabas
dormido y ni te has enterado. – bajé la mirada a mi cuerpo cubierto por una
fina manta. La alcé y vi mi completa desnudez. Me tapé otra vez.
-¿Por qué estoy en pelotas?
-Un médico necesita cerciorarse de
ciertas cosas antes de operar…
-¿¡Me has abierto el canal!? – volví
a alzar la sábana, buscando una enorme cicatriz que fuera desde el pecho hasta
el estómago. Por suerte, no encontré ninguna. Volví a mirar a Hyun. – Oye, tío,
estás loco. ¿Dónde está Yunho? Quiero ver a Yunho.
-Te he dicho que no está en
casa.
-No te creo. ¡No puede haberme
dejado con un loco como tú!
-¡Soy tu puto médico! – exclamó,
acercándose peligrosamente a mí. Yo retrocedí en la cama, sentándome en ella y
dejando caer la sábana sobre mi regazo.
-¡Enséñame tu licencia! – Hyun se
quedó callado, con un ligero tic en el ojo.
-La tendré dentro de dos años. –
alcé una ceja.
-¿Dentro de dos años? Espera,
espera… ¿cómo que dentro de dos años? ¿Estudias medicina acaso? – el Príncipe
alzó la cabeza con pose indignada.
-¿Acaso te crees que cualquiera
puede clavarte una aguja y extraerte la sangre sin que le tiemble el
pulso?
-¿Los que hacen eso no son los
analíticos?
-¡Qué más da! ¡Sé dónde tienes las
venas y punto!
-Pero si estudias medicina y dentro
de dos años te licencias… ¿cuántos años tienes? – murmuré. El se cruzó de
brazos. Por su expresión soberbia, supuse que estaba orgulloso de su
edad.
-Veinticuatro, Muñeco. ¿Qué te
creías? ¿Qué era un mocoso como tú? – pestañeé, incrédulo. No podía ser. ¡Pero
si le sacaba casi una cabeza!
-Eres un enano.
-Soy tu médico y como me calientes
la cabeza, te meteré laxantes en la comida, a ver si cagas toda la mierda que
echas por la boca.
-Pero ¿qué hace un viejo como tú en
el grupo de Yunho? ¡Qué mi hermano es cuatro años menor! ¡Eres un pedófilo! –
el Príncipe soltó una risita sarcástica.
-Habló el incestuoso.
-Nunca llevaré a mis hijos a tu
consulta.
-Como si los fueras a tener y a mí
me importara lo más mínimo. – caminó hasta mí y se sentó al borde de la cama.
Yo me aparté todo cuanto pude, hasta que mi espalda se golpeó contra la pared.
– Mira, Muñeco…
-No me llames Muñeco.
-Como sea, Jaejoong. Tu hermano me
ha pedido que cuide de ti hasta que vuelva y puesto que me ha obligado a
atenderte, ahora eres mi paciente. Si te mueres, Yunho me echará la culpa y
meterá mi cabeza en la batidora, así que tengamos la fiesta en paz. Yo no me
meteré contigo durante las próximas cinco horas y tú a cambio, no intentarás
matarte y comerás algo, ¿de acuerdo?
-No. Prefiero que Yunho meta tu
cabeza en la batidora, por calienta pollas. – Hyun suspiró profundamente. Le vi
mover los labios, contando despacio desde uno hasta diez. Después, volvió la
cabeza hacia mí.
-¿Sabes lo que es un ángel de la
muerte?
-Hum… ¿Un tío con alas que se carga
a gente?
-En medicina se les llama ángeles de
la muerte a los enfermeros que matan a sus pacientes de forma lenta e
imperceptible. Conozco plantas capaces de hacer que dejes de respirar y que no
dejan rastro. ¿Te gustaría probar alguna? – me quedé callado, haciendo caso por
una vez a mi escaso sentido de la razón.
-Tú no te metes conmigo y yo tampoco
contigo.
-Hecho. – estuve a punto de alzar la
mano para estrecharla con la suya, pero supe que sonaría estúpido. No éramos
amigos, solo dos tíos que montaban una tregua por necesidad, nada más. Hyun se
levantó de la cama de Yunho y se dirigió hacia la puerta. La abrió y Scotty, de
dos saltos, se situó a mi lado, ladrando y chupeteándome la cara.
-¡Scotty! ¡Arrgg, no, qué asco perro
malo! ¡Ahh, jajaja! – me reí cuando su hocico húmedo se aplastó contra mi
nariz. Jugué un poco con él y me sentí culpable por no ser capaz de sacarlo a
la calle. Le tapé el hocico con la mano e impedí que abriera la boca hasta que
se revolvió hecho una fiera y empezó a sollozar. Le acaricié el pelaje color
canela y le prometí en voz baja que cuando Yunho llegara, lo sacaría a dar una
vuelta. Nos quedamos unos minutos a solas, hasta que Hyun regresó con una
bandeja cargada de comida preparada en la mano. La dejó sobre el escritorio, a
mi lado. Se me hizo la boca agua. Lo cierto era que tenía hambre.
-Cómetelo. Yunho se ha gastado un
pastón en llenar la despensa y el frigorífico para ti. – asentí con la cabeza y
muerto de sed, me bebí la leche de un tragó. Luego, empecé a comer. – Bueno,
por lo menos ahora sé que anorexia no tienes. – no le contesté. Tenía la boca
llena. Scotty se situó al lado de mi enemigo y empezó a ladrarle, intentando
llamar su atención. Hyun le acarició la cabeza y mi perro se dejó con un gesto
dócil. Me pareció curioso. Scotty apenas se dejaba tocar por hombres.
Extrañamente, se dejaba tocar por cualquier chica, pero con los hombres era
otra cosa. – ¿Éste es uno de los cachorros de Guetti? – asentí con la cabeza. –
Me olerá a mis perros, Zhansa y Dunkan.
-¿Tienes perros? – pregunté.
-Me los regaló Yunho. Son hermanos
de tu perro.
-¿En serio? – miré a Scotty, que se
restregaba contra las piernas de Hyun, juguetón. – Guau, Scotty, un día podrás
jugar con tus hermanos… si el Príncipe quiere. – él se encogió de hombros
frente a mi petición muda.
-Si tu perro tiene cuidado… Zhansa
es hembra y está en celo.
-¿Y qué? Es su hermana, ¿no? – Hyun
me miró como si fuera idiota.
-Ni que eso les importara a los
animales. Se follan entre ellos ya sean hermanos, padres, hijos, cuñados, lo
que sea. – observé a Scotty pegando botes, siempre con la cabeza alta. Era un
perro muy orgulloso. Apreté el cuchillo y el tenedor con dedos flojos,
pensativo.
-¿Por qué crees que lo hacen? –
pregunté.
-¿El qué?
-Eso de emparejarse con sus hermanos
y hermanas. Los animales tienen sexo entre ellos sin importarles quien les haya
parido ni la sangre que corre por sus venas. ¿Por qué lo hacen? – Hyun
sonrió.
-Estás pensando en ti y en tu
hermano, eh. – encogí el cuello, incómodo. – Bueno, en realidad no se
emparejan. Los animales no tienen moral ni normas, no tienen conciencia. Se
mueven por instinto y el instinto les dice que copulen y tengan descendencia,
solo eso. Para ellos no está mal tener hijos con sus hermanas y hermanos. Y en
realidad, a nosotros tampoco debería importarnos, ya que venimos de los monos.
La moralidad, la razón, la conciencia y los sentimientos nos diferencian de los
animales, pero a veces pienso que sería mejor ser animales que humanos. Gracias
a nuestra tan querida razón, pronto nos destruiremos a nosotros mismos. – bajé
la cabeza y dejé de comer. Se me había quitado el apetito de repente.
-Yunho piensa lo mismo.
-Sí, bueno… hay muchas personas que
piensan lo mismo.
-Entonces, ¿acostarse con tu hermano
es bueno o malo? – pregunté sin pensar y al momento, me sentí avergonzado.
Necesitaba una respuesta clara. Lo cierto era que me había pasado los últimos
meses dándole vueltas a la misma pregunta, pero tenía demasiado miedo de la respuesta.
Me consideraba un cobarde por ello, por huir otra vez. Había abandonado tantas
cosas por miedo…
Por algún motivo, Hyun se quedó
mirándome fijamente, con esos ojos tan calculadores y fríos que poseía. Me daba
la sensación de que su respuesta sería tan hiriente como decirle a un paciente
que moriría de cáncer dentro de un mes.
-Cuando conocí a tu hermano me hice
la misma pregunta, aunque en referencia a la homosexualidad.
-¿Cómo conociste a mi hermano? – no
pude evitar preguntar. Hyun se sentó en la silla del escritorio del revés,
apoyando los brazos en el cabecero.
-Yo estaba de prácticas, observando
el trabajo de los profesionales en el hospital. Ya había terminado mi turno con
uno de los enfermeros al que me habían asignado, me cambié para irme a casa y
cuando fui a coger mi Porche, de la nada, apareció un todoterreno negro y
aparcó delante de mí, impidiéndome salir. Abrí la puerta del coche y fui
directo a la ventanilla del conductor. Cuando llamé, se abrió la puerta de un
tirón y Black salió con Yunho a cuestas con una herida bastante fea en la
pierna. Kam se la había atravesado como un pincho moruno en uno de sus
arranques de locura, además de hacerle varios cortes y magulladuras de las que
ahora no me acuerdo. En cuanto vi la sangre y Black me pidió ayuda, me entró un
ataque de pánico. Yunho estaba vomitando y eso no era buena señal. Se estaba
desangrando y probablemente habría perdido la pierna de no ser por el
torniquete mal hecho que le hicieron. Yo me puse tan nervioso, que me quedé
paralizado y Black me pidió que me quedara con Yunho mientras él iba a avisar a
alguien del hospital. Me quedé con él, sentados los dos en las escaleras. Yunho
no paraba de vomitar y yo cada vez estaba más nervioso. Estuve a punto de
ponerme a llorar como un crío cuando tu hermano dijo “¡Bah, no me duele tanto!
¿No crees que mi amigo es un exagerado? No llores, ni que fuera tu puto
hermano” Intentó ponerse de pie y yo lo agarré. Se me cayó encima y gracias al
golpe, reaccioné. Me levanté y lo puse en pie. Le puse bien el torniquete,
apretándoselo con mi cinturón. Tu hermano apretaba los dientes, pero nunca
gritó ni se quejó. “Si no me cortan la pierna, te regalaré un osito para tu
cumpleaños”, me dijo. Momentos después estaba en una camilla y se lo llevaron
dentro. Fue mi primer paciente. – sonrió y negó con la cabeza. Aquello parecía
hacerle mucha gracia. – Pensé en él toda la noche y al día siguiente, fui a
verle… pero ya se había ido.
-¿Se había ido? – Hyun
asintió.
-En cuanto supo que su pierna se
curaría, no atendió a razones y se largó. Estuve buscándolo durante meses, no
sé muy bien por qué, pero quería verle. Había sido mi primer paciente. Fue como
perder por segunda vez la virginidad y necesitaba saber qué había sido de él,
si le había curado, si estaba bien gracias a mí… me salté un par de normas y
rebusqué entre los archivos del hospital para conseguir su dirección. Luego fui
a verle a su casa y cuando abrió la puerta con esas pintas, como si no hubiera
dormido en días, medio desnudo… bueno, imagínatelo. – se me escapó una sonrisa.
Yunho tenía un encanto natural para esas ocasiones. – Lo sorprendente fue que
me reconoció enseguida y ¡joder, me quedé flipado cuando me dio aquel oso de
peluche como agradecimiento!
-¿Te compró un oso de peluche? –
Hyun asintió, riéndose.
-El tío lo había comprado, sin más,
sin saber si iba a volver a verme o no, y me lo dio en cuanto me vio. Después
de eso, me invitó a pasar como si me conociera de toda la vida y tras invitarme
a unas birras, me dijo que llevaba días con un dolor insufrible en la pierna.
Le dije que podía intentar curársela y se quitó los pantalones para enseñarme
la herida. Se quedó casi en bolas y yo más paralizado incluso que la noche en
la que lo conocí. Le desinfecté la pierna y a partir de entonces, fui todos los
días a curársela personalmente hasta que se recuperó por completo. Entonces, un
día me dijo “Oye, Principito, como sea… por aquí nos hacemos daño a menudo y
nos vendría bien un poco de ayuda. ¿Querrías echarme una mano?” y quedé
Encadenado a tu hermano, como todos los que le siguen. Cuando me propuso unirme
a ellos, salí de su casa preguntándome si la homosexualidad era buena o no, si
estaba haciendo lo correcto, si no me había vuelto loco.
-¿Y encontraste respuesta? – Hyun
ladeó la cabeza, pensativo. Se pasó una mano por el pelo dorado y asintió,
orgulloso.
-La respuesta fue que, aunque la
homosexualidad fuera mala o buena, yo me la machacaría igual cuando llegara a
casa. ¿A quién le importa que sea bueno o malo? ¿Cambiará algo la situación?
Algunos hombres seguirán enamorándose de otros hombres y seguirán teniendo sexo
con ellos, como cualquier hombre puede tener sexo con una mujer. Las chicas, lo
mismo. El sexo forma parte de la naturaleza. Algunos lo hacen para tener hijos
y otros por placer, otros por amor, al igual que siempre habrá hombres o
mujeres que odien a los maricones y maricones que odien a hombres y mujeres
hetero. El odio, el amor, el sexo… toda esa mierda forma parte del hombre y
habrá quienes acepten diferentes facetas del sexo y quienes reniegen de ellas.
Eso no debería afectar nuestras decisiones. – me lo planteé seriamente. Hyun me
había sorprendido. Cuando lo conocí parecía un niñato malcriado y egoísta, pero
ahora hablaba como un auténtico adulto y eso me desconcertaba. Era mayor que yo
y eso también se notaba. - ¿Te ha dado toda esta chachara una respuesta a tu
pregunta?
-Creo que sí.
-¿Puedo saber cuál? – me encogí
sobre la cama y Scotty, de un salto, se situó a mi lado, alzándose fiero como
la estatua de un gran perro guardián, o de un lobo.
-Da igual lo que haga o diga.
Siempre habrá gente que considere lo que yo he hecho como incesto, algo
asqueroso y de enfermos. Eso no quiere decir que sea malo o bueno, solo quiere
decir que hay muchas maneras de verlo.
-¿Y cómo lo ves tú?
-¿Yo?... Yo solo estoy enamorado de
mi hermano. Solo quiero estar con él y creo que… eso no es malo. Solo quiero
ser feliz, como todo el mundo y para ello, no mato ni engaño a nadie, no
chantajeo ni hago daño a personas inocentes. Yo solo… solo amo. Sólo quiero
estar con él.
-Ajá.
Y llegó el momento del silencio.
Hyun no se movió de la silla y yo me quedé callado, sin saber qué decir. Tras
un par de minutos, volví a comer. El Príncipe me observaba, consciente de que
necesitaba un trapo o una servilleta, además de otro vaso de leche o agua, pero
no se ofreció a servírmelo y yo no me molesté en pedírselo.
-¿Sabes qué aspecto tenía tu hermano
cuando lo conocí? – me preguntó. Yo negué con la cabeza. – Tenía exactamente el
mismo cuerpo que tú tienes ahora. El pecho hundido, la barriga hinchada, las
costillas marcadas, los brazos tan finos que daba la sensación de que se
romperían al más mínimo toque. Era vomitivo. – señaló. – Pero no era culpa
suya. Él quería comer, siempre tenía hambre, pero no podía permitírselo. Tenía
que gastarse el dinero en su madre tetrapléjica. Lo gracioso es que, cuando yo
lo conocí, estaba en una de sus mejores etapas. Por lo que he oído, tu hermano
tenía gusanos en las tripas la primera vez que se desmayó en mitad de la calle,
muerto de hambre. – Hyun sonrió y a mí se me quedó la garganta seca. – Eso está
mejor.Yunho se quedará más tranquilo y se enfadará menos si ve que comes… y que
dejas de cortarte. – me observé las heridas de los brazos con ojo crítico. Los
últimos cortes estaban empezando a cicatrizar.
-¿Yunho lo ha visto? – murmuré,
pálido
-Te ha traído a rastras hasta aquí
con un brazo dislocado. Yo diría que sí.
-¿Un brazo dislocado? – recordé aquella
imagen vagamente. La ventana del cuarto de Ricky, yo con la navaja en la mano a
punto de cortarme otra vez, el grito de Yunho, el gran “¡NO!”, alcé la cabeza y
Yunho y yo cruzamos miradas un microsegundo antes de que se cayera del
alfeizar. Después, salí de la habitación corriendo. Ricky se despertó y me
preguntó a dónde iba. Yo no le contesté y fui corriendo detrás de él. Entonces…
fue cuando me dijo que volviera a Seul, que le había traicionado, que ya no era
un Encadenado. Yo no pude sostener mi propio peso y me caía al suelo. – Debería
llamar a Ricky.
-Ricky ya lo sabe. Ha venido a verte
por la mañana temprano, pero a Yunho la preocupación le vuelve bastante
irracional y rabioso, así que la ha echado.
-¿La ha echado? Pero… ¿Quién se cree
que es él para…?
-Ricky tiene suerte de que no le
haya dado una paliza, así que debería estar contenta y tú deberías quejarte
menos. – decidí que tenía razón, en parte. No era momento para preocuparse por
Ricky si Yunho no le había hecho nada.
-¿Mi hermano está bien? – Hyun rodó
los ojos por toda la habitación.
-No lo sé. Cuando llegué había
conseguido colocarse el hombro él solo, pero sangraba por un oído y no me dejó
mirárselo. Salió corriendo, no sé a dónde. - Asentí con la cabeza, preocupado.
Recordé que me había hablado a voces cuando conseguí alcanzarlo en mitad de la
lluvia. Le había costado trabajo entenderme, o tal vez, oírme.
-¿Podría quedarse sordo?
-No lo sé.
-Quiero verle.
-Pues vas a tener que esperar a que
vuelva. Si te dejo salir y te pasa algo, yo tendré la culpa. – se levantó de la
silla y caminó hasta la puerta. – Sé un niño bueno y duérmete. Recupera
fuerzas, Las vas a necesitar porque cuando te cures y dejes de ser mi paciente,
juro que iré a por ti y te machacaré.
-¡Lo mismo digo! – el Príncipe, muy
digno y con la cabeza alzada, tal y como un príncipe haría, salió por la puerta
con porte elegante. Yo esperé pacientemente sentado en la cama, con Scotty
tumbado a mi lado. Escuché el sonido de la puerta del salón cerrarse y la tele
encendiéndose y cuando estuve seguro de que Hyun tendría que concentrarse para
poder oírme, me levanté de la cama. Me mareé un poco, pero enseguida recuperé
el equilibrio y me dirigí al armario, con Scotty siguiéndome con la mirada,
curioso. - ¡Shhh! No se te ocurra ladrar ahora, eh. Voy a salir un rato.
Volveré luego.
-¿Y quién cojones me sacará a la
calle? ¡Que yo también tengo mis necesidades, capullo! – me pareció que decía
mi perro con la mirada y me reí, bajito. Scotty había puesto una cara, que no
podía interpretarse de otra manera.
Yo rebusqué por el armario algo de
ropa de mi hermano. Me coloqué uno de sus bóxers, que para no variar, me
estaban grandes y se me escurrían, y cogí los primeros pantalones que vi, los
que me parecieron más pequeños y una camiseta blanca. Vi de soslayo la guitarra
que le regalé, limpia, sin rastro de polvo. Estaba claro que la seguía
cuidando, aunque yo nunca le oyera tocarla. Cuando cerré la puerta del armario
me percaté del montón de bolsas perfectamente colocadas a un lado de la cama.
Me llamó la atención sus nombres. En las bolsas estaban impresos los colores y
los nombres típicos de ciertas marcas y tiendas de cosméticos que conocía de
Seul, pero aunque me moría de curiosidad, al oír la puerta del baño abrirse de
improviso y cerrarse, supe que no podía dejar escapar la oportunidad.
-Tú quédate aquí, Scotty. Luego
vuelvo. – le dije y mi perro no se movió ni un ápice de la cama.
-¡Como quieras, pero destrozaré la
almohada, que lo sepas! – pareció ladrarme.
Salí muy lentamente del cuarto y
cerré la puerta con cautela y sin hacer ruido. Corrí de puntillas hasta la
puerta que daba a la calle y con el mismo cuidado, me vi en la fría calle con
el suelo embarrado por la lluvia de esa noche. Ya no llovía, pero el cielo
estaba cubierto de nubes oscuras y supe que no tardaría en caer una
buena.
Para entonces, yo ya tendría que
haber llegado a la pastelería. El turno de mañana ya había pasado, pero si
llegaba a la hora de comer, quizás mi jefe me perdonara el haber faltado las
cuatro primeras horas y tal vez no me despediría. Me había puesto a trabajar el
día anterior y ya faltaba sin avisar… tenía motivos de sobra para echarme. Y yo
necesitaba el dinero. Por fin comprendía porque mi madre, ni aun estando enferma
con fiebre, faltaba al trabajo en sus principios hasta que lo tuvo
asegurado.
Cuando llegué a la esquina, eché a
correr. Me acordaba del camino a medias. Sabía que era todo recto hasta llegar
al puente que separaba los barrios altos y los bajos en dos secciones y
después, debía girar a la izquierda. Lo demás… lo improvisaría.
Fue un camino incómodo. Había
dormido más de diez horas y comido lo suficiente como para llenarme la barriga
y cuatro más, pero aún así, me cansé enseguida. Mis piernas se resentían y era
incapaz de cerrar las manos en dos puños y apretar. Estaba flojo, mucho y me
mareé un par de veces. Me detuve otras tantas y suspiré, buscando un oxígeno
que siempre parecía insuficiente. No era la primera vez que tenía anemia.
Siempre había tenido una gran falta de hierro y desde pequeño había necesitado
vitaminas y pastillas para ayudar al flujo sanguíneo, pero nunca me había
sentido tan agotado.
Llegó un momento en el que tuve que
ir andando, despacio y sin prisas. Me aparté el sudor de la frente y empecé a
caminar el último tramo hasta el puente. Pronto pude oír el agua contaminada
corretear cuesta abajo y vislumbré las columnas que se alzaban a ambos lados de
aquel trozo de asfalto medio derrumbado. Me encaminé hacia allí, acelerando el
paso.
-Oye. – me giré cuando sentí aquel
toquecito en el hombro. Una chica que casi no me llegaba por los hombros,
pequeña y con cara de niña, me sonrió. – No tendrás una navaja por casualidad
¿verdad? Es que algún idiota ha atado a mi gato con cables a ese poste y no
tengo nada con qué cortarlos. – observé al gatito negro, que maullaba y siseaba
con rabia, intentando soltarse del amarre de sus patitas a una farola. El pobre
animalito se estaba haciendo daño. Alzó la vista y me miró con ojos afilados y
amarillos. Un momento… yo conocía al gato…
-¿Kasimir? – murmuré. El gato
maulló. - ¿Es tu gato? – la chica asintió con la cabeza. Su sonrisa me daba
mala espina ¿quién en su sano juicio sonreiría cuando le había hecho semejante
estropicio a su pobre gatito? Me agaché frente a la farola y empecé a tirar de
los cables, intentando soltarlo. Por suerte, solo le habían atado las patas
traseras, si lo hubiera atado del cuello, estaría asfixiado. Le sangraban las
patas. – Cabrones, ¿quién ha podido hacer algo así?
-¿Tienes una navaja o algo para
cortar los cables? – me volvió a preguntar la chica. Parecía más interesada en
la navaja que en su gatito. Me llevé las manos al bolsillo trasero del
pantalón y al no encontrar nada, busqué en los delanteros. Luego recordé que me
había cambiado de ropa y no había cogido la navaja, a mi Muñeca. Eso me puso un
poco nervioso.
-No. No tengo navaja, pero puedo
intentar desatarlo sin ella.
