By Jaejoong.
-¡TÚ! – gritó. El torrente de voz
casi hizo eco entre las paredes de la galería y yo me sobrecogí. Hyun se
incorporó del suelo (a saber qué coño estaba haciendo tirado en el suelo) y
señalándome con un dedo y la cara roja de ira, se me acercó. Me dio auténtico
miedo. - ¿¡Dónde coño estabas!? ¡Anémico, siendo mi paciente y paseándote por
los barrios bajos! ¿¡Qué te dije que no hicieras!? ¡TENÍAS QUE QUEDARTE EN LA
CAMA Y NO MOVER NI UN MÚSCULO! – estaba tan enfadado, que sin darse cuenta se
alzó de puntillas gritándome a la cara, casi alcanzando mayor altura que yo,
que acongojado por la magnitud de su vozarrón, reculé.
-Lo… lo sien…
-¡NO LO SIENTAS! – se le estaban
inyectando los ojos en sangre. Esa reacción no era normal. - ¿¡Y si te hubiera
pasado algo!? ¿¡Eh!? ¡QUÉ COÑO LE HUBIERA DICHO A TU HERMANO SI TE HUBIERA
PASADO ALGO!
-Absolutamente nada, porque te
habría estrangulado. – Yunho entró por la puerta entonces, justo detrás de mí y
Hyun se quedó callado. Si no fuera porque mi humor no estaba como para aguantar
muchas bromas y situaciones embarazosas, me hubiera reído por la repentina cara
atolondrada del principe.
-Yunho…
-Le has dejado escapar. Nunca más
confiaré en ti como médico. – soltó él, con una mueca burlona. Sin embargo, el
Príncipe pareció tomárselo en serio y me lanzó una mirada fulminante. – Venga,
Príncipe, no te cortes, suéltale todo lo que le tengas que soltar. Se lo merece
por idiota y quizás a ti te haga más caso que a mí. – Yunho me revolvió el pelo
melosamente y pegó su cabeza a la mía. Hacía días hubiera sido la persona más
feliz del mundo por esa muestra de cariño, pero ahora el miedo de estar
volviendo a vivir una mentira me paralizaba la alegría.
Hyun se dio cuenta de lo que ocurría
y frunció el ceño aún más.
-¿Te duele la oreja? ¿Eres capaz de
oír algo? – le preguntó a mi hermano, ignorándome. Yunho se quedó callado, con
una ceja alzada. Luego sonrió, malicioso.
-Por supuesto. Ya está curada. Me he
pasado la mañana en el médico. No es nada importante. – le miré, extrañado,
recordando que a mí me había dicho que la biblioteca había sido su establecimiento
hasta pasadas las una. Él notó mi mirada y me sonrió aún más. Estaba mintiendo
y no supe si eso significaba que volvía a oír o simplemente, que al que había
mentido era a mí.
-Entonces, yo me largo. – decidió
él. Con un nerviosismo irracional creciendo en mi pecho, observé como abría la
puerta del cuarto para coger el maletín. Scotty salió fuera y corrió hasta mí,
ladrando y pegando un salto tan grande, que casi consigue tirarme al suelo.
Luego, se giró hacia Yunho, pero en cuanto detectó el olor de Kasimir entre sus
brazos, gruñó y retrocedió. El gatito también vio a Scotty y se le erizó el
vello del lomo. Se acurrucó contra el pecho de mi hermano.
-Ehh… ¡Hyun! – lo llamé. No quería
quedarme a solas con Yunho. Me sentía tan incómodo y tenía tanto miedo… - ¿Por
qué no te quedas a cenar? – pregunté. Cómo única respuesta, ni se despidió.
Anduvo con el maletín en la mano hasta la puerta de la calle, pasando por mi
lado, momento en el cual me mutiló repetidas veces con los ojos. Abrió.
-Os daré los resultados dentro de
tres días y les diré las vitaminas que Jaejoong necesita, para que las compren.
Se las recetaré yo mismo.
-Pero… tú no puedes recetar. Todavía
no eres médi… - Hyun cerró la puerta de un portazo, sin dejarme termina la
frase.
-Vaya… Está cabreado. ¿Qué le has
hecho para ponerle tan furioso, Muñeco? – me soltó Yunho y yo me quedé
tieso.
-¿Perdón? ¿Yo?
-No. El fantasma de un mafioso que
sepulté entre la tierra y los azulejos de la casa hace siete años ¿Tú qué
crees?
-¡Ja! ¡No he sido yo el que se lo ha
follado precisamente! – me crucé de brazos, indignado, y Yunho suspiró de
alivio.
-¿No? Menos mal. Estaba realmente
preocupado por eso. Me preguntaba cómo conseguiría superarle en la cama, porque
está claro que siendo Príncipe, debe ser de armas tomar. - ¡Mierda, esa tarde
le había dado por ponerse sarcástico!
-Y tú eso lo sabes muy bien
¿verdad?
-Sí, bueno… eso de ser el machito
del pueblo tiene sus ventajas.
-Vete a la mierda, machito. – no
estaba de humor para tonterías. Quería encerrarme en algún lugar y pensar toda
la noche, darle vueltas a la cabeza sobre qué debía hacer. Estaba a punto de
tropezar con la misma piedra, otra vez, y no quería caerme al suelo y no ser
capaz de incorporarme de nuevo. Así que le di la espalda. Me regocijé al ver
como la sonrisa desaparecía de su rostro al hacerle tragar con su propia
frialdad y me dirigí al baño.
-Espera, Muñeco. – me agarró el
brazo. Kasimir estuvo a punto de caérsele al suelo, pero se aferró bien a su
cuerpo.
-Quiero darme una ducha. Apesto a
alcantarilla.
-Déjame enseñarte una cosa. –
suspiré, de mal humor.
-¿Qué es? ¿No puede esperar? No
estoy para gilipolleces, Yunho. Hoy no. – noté como tensaba los dedos y como
dejaba escapar un bufido de decepción.
-Es un regalo. Para ti. – lo miré.
Nos observamos.
Recordé que Yunho siempre tenía
detallazos y siempre decía las palabras adecuadas en el momento adecuado. Esa
era una de sus cualidades, una de las que lo hacían tan especial.
Sin saber por qué y sin ni siquiera
desearlo, dejé que me condujera hasta el salón agarrándome de la mano. Me senté
en el sofá cuando él me soltó, mojado e incómodo por la humedad y suciedad de
la ropa interior.
-Cógelo. – me dijo, depositando con
suavidad a Kasimir en mi regazo. El gato se arrulló contra mi estómago, huyendo
de la mirada desafiante de Scotty, que parecía tantear la situación con frío
desdén.
-¡Ja! ¡Un sucio gato callejero no
hará que el marica deje de darme comida dos veces al día! – parecía pensar. Me
encantaba la personalidad arrogante de mi perro, siempre con la cabeza alta y
la mirada altanera con todo aquel que no era yo. Incluso a veces también le
dedicaba esas miradas a Yunho. Eso era muy divertido.
Cuando mi hermano volvió del cuarto
con todas aquellas bolsas con diseños y nombres de tiendas de ropa que conocía
o me sonaban, sentí cierta calidez en las mejillas. Se me aceleró el corazón
cuando las soltó en el sofá, a mi lado y se acuclilló en el suelo,
mirándome.
-¿Qué es todo esto? – pregunté.
Yunho se encogió de hombros, sonriente.
-Lo encontré en el basurero
municipal y pensé que quizás podría gustarte. Les he intentado quitar la mierda
frotando y frotando con estropajo, pero la colada no se me da bien, así que han
quedado horribles. – más le valía que no fuera del basurero y estuviera
bromeando, porque si no era así, se lo tiraría a la cara. Cogí una bolsa
cualquiera y la situé en mis rodillas, cuidando de que no aplastara a Kasimir
con ella. Introduje la mano y saqué una pesada caja envuelta en papel de regalo
azul con estrellas plateadas. – El papel es una mariconada. No lo escogí yo. Me
lo envolvió la dependienta. – me explicó, casi indignado y yo, curioseando,
empecé a romperlo sin más. Lo abrí.
Una caja de color rojo y negro
apareció entre mis manos.
SUPERHOT… CERAMIC
Leí, y sentí un pequeño escalofrío
en los brazos.
-Una plancha… para el pelo. –
murmuré. Era diferente a mi plancha de Seul, pero ésta también era de cerámica
y de un color muy parecido. Recordé el instrumento que usaba todas las mañanas
para salir a la calle e ir a la uni, mi mirada clavada en el espejo y mi cabeza
ladeada, buscando la forma más cómoda de tirar de mi cabello sin dejarme atrás
un par de mechones difíciles. Apreté las manos sobre la caja. Ahora,
podría alisarme el pelo igual que en casa y no tener que soportar esas
ondulaciones revoltosas. Podría… miré el resto de las bolsas y luego a mi
hermano, que me observaba con una ceja alzada. Daba leves golpecitos sobre el
sofá. Parecía impaciente.
-¿Y bien? ¿Te gusta la planchita o
no? – preguntó. Yo no contesté y exaltado, me precipité a por el resto de las
bolsas. Kasimir tuvo que saltar de mi regazo al sofá para no caerse al suelo
cuando me doblé para sacar las cosas envueltas en aquel trozo de plástico tan
molesto. Cuando el tacto de mi mano se encontró con aquellas telas suaves y
frescas, sentí que me mareaba. Cogí lo primero que sentí y lo saqué para que le
diera la luz y mis ojos disfrutaran de su visión. Era una camiseta, pegada y
con chulos trazos de color rojo en la parte de enfrente. Al fijarme en la
etiqueta, descubrí que era de mi talla. Suspiré fuertemente y me lancé a por
más ropa. – Eh, tranquilo, que nadie va a quitártela. – se rió mi hermano, pero
yo seguí escarbando entre las bolsas. Saqué tres pares de pantalones. Los otros
eran unos vaqueros con grandes cremalleras que daban la vuelta a mis piernas
delgadas. Encontré cinco camisetas más y una chaqueta. Preciosa.
-Es fantástica. – se me escapó y
Yunho suspiró.
-Es una chaqueta de macarra.
Parecerás un tipo duro con ella, justo lo que te hace falta.
-Ooohh… - encontré un par de
zapatillas de bambas, negras y blancas de la talla cuarenta. - ¿Cómo sabías que
tengo una cuarenta? – Yunho se encogió de hombros.
-Tienes los pies realmente pequeños
para tu edad y tu sexo, Muñeco. – sonreí. El malhumor se había esfumado y de
repente, Yunho me pareció la persona en la que más confianza podía
depositar.
-Es genial, Yunho. Yo… gracias… - de
repente, descubrí que me había quedado sin palabras. - ¿Cómo sabías que no
tenía ropa?
-Bueno, cuando empezaste a ponerte
la mía a todas horas, empecé a sospechar algo. Lo que no sé es qué ha pasado
con ella. ¿Saliste a la aventura así, como ibas vestido, sin más? Aunque
teniendo en cuenta que te has escapado de casa y has venido a parar
precisamente a la mía, no me sorprende tanto.
-¡No iba solo con esto! ¡Un gordo
camionero me la robó y me soltó aquí, en Busan! Verás, después de coger el bus
para largarme de Seul y acabar en la parada de autobuses, cogí otro hacia el
sur que me dejó en un pueblecito horrible. ¡Parecía de esos pueblos tan típicos
que salen en las películas de vaqueros! Yo iba con mi maleta y con Scotty, y
también con mi mochila y después de comer algo, hice autostop durante cinco
minutos. Se ofrecieron para llevarme más de ocho personas, pero ninguna quería
cargar también con Scotty, así que los rechacé hasta que apareció esa treinta
añera tan guapa, pero ninfómana total. Luego, me dejó en una gasolinera. Ella
quería que fuera a su piso, a hacer ya sabes qué. ¡Me tiró los tejos de una
forma tan descarada! Pero por suerte, conseguí escapar y en la gasolinera
conocí a ese Hank. Un camionero gordo que dijo que me llevaría gustoso por que
le quedaba de paso en su camino hacia Busan, pero me quedé dormido en el
asiento y cuando desperté, me estaba meando. Salí fuera para mear y dejé las
cosas dentro del camión y entonces, ¡Hank se fue con mis cosas y me dejó tirado
en mitad de la carretera, a tres kilómetros de Busan! Llegué aquí andando y
buscando la sede de los camioneros o algo así. Luego, me perdí y pedí
indicaciones a unos que hacían botellón. Me dijeron que bajara al sur, donde
los barrios bajos y entonces, me perdí todavía más. Un grupo de tíos me siguió,
¡pensando que era una tía! Luego me enteré que el que me perseguía había sido
Kam, pero claro, no lo supe hasta que tú me lo presentaste después. Y luego,
luego… ¿qué pasó luego? – Yunho me miraba con los ojos muy abiertos, además de
la boca. Ni siquiera pestañeaba, pero yo seguí con mi relato, hablando
apresurado. Sentía que iba a estallar. Antes hablaba hasta por los codos, pero
como ahora estaba solo en casa y Yunho no me hacía caso… - ¡Ah, ya me acuerdo!
– grité. - ¡Me escondí en un callejón y tú me mandaste mensajes! Entonces,
apareció papá y me recogió. Me llevó a casa y dormí con tu ropa y al día
siguiente desperté y tú me estabas mirando con cara de idiota. Luego nos
besamos y yo me tiré encima de ti y empezamos a tocarnos y yo casi me corro de
gusto y me derrito y… - me callé y tras unos segundos de silencio, reparé en lo
que estaba diciendo y a quién exactamente se lo estaba diciendo. Sentía las
mejillas repentinamente calientes.
-Sigue, sigue, que me he picado al
relato. – Yunho y yo nos miramos. Luego me mordí el labio. Haciéndome el tonto
empecé a rebuscar en el resto de las bolsas.
-A ver qué hay aquí…
-¡Oye, que yo quiero saber como
acaba la historia! – se rió.
-La historia acaba con un idiota que
no aprecia lo que tiene y dándoselas de chulito, pasa de su hermano y le hace
la vida imposible.
-¡Urg! Es un final muy pesimista ¿no
crees? ¿Por qué no le das un final más alegre? – me lo pensé durante un
segundo, pero cuando descubrí los cosmeticos, el delineador eso ... me sentí
tan dichoso.
-Vale. Un final feliz. Los hermanos
se acaban casando y son felices y comen perdices.
-¿Qué clase de final es ese? ¡No
tiene ni pies ni cabeza! Un final feliz y realista, a ser posible.
-De acuerdo. – volví a darle vueltas
al coco, mientras suspiraba observando mis nuevas cosas. – Los hermanos se
separan y encuentran su amor verdadero en brazos de otra persona.
-¡No, no! ¡Muy triste! ¡Otro!
-Hum… los hermanos descubren que en
realidad no son hermanos, por lo que pueden vivir felices para siempre, juntos.
– ese final me encantaría, pero por el fruncimiento de ceño de Yunho, a él no
parecía agradarle.
-Si los hermanos dejaran de ser
hermanos, la historia dejaría de tener gracia. – me encogí de hombros, sacando
un paquete de pañuelos. ¿Para qué había comprado pañuelos?
-Vale. ¿Qué te parece un final que
se quede en intriga, con una sesión de sexo duro y muchos… jabones? – pregunté,
al sacar un paquete entero con jabones de color azul, perfumados con aroma
marino y… ¿extrafuerte?
-¡Ese final me gusta! – exclamó
Yunho, que se quedó callado al observar los jabones colgando de mi mano. De
repente, Scotty apartó la cabeza de Kasimir y también dirigió una mirada
curiosa a los jabones. El gato, saltando sobre mi regazo, lo imitó. Un silencio
incómodo se extiendió por la sala.
Hasta que a Yunho se le hinchó la
cara y empezó a descojonarse delante de mis narices. Me ruboricé. Él se tumbó
sobre el suelo y se agarró la barriga con las manos, partiéndose de risa.
-¿¡Tú eres imbécil!? ¿¡Para qué coño
compras jabón, y para qué son los pañuelos, eh!? ¿¡Para limpiarte las lágrimas
con el culebrón de las tres!? – Yunho no paraba de reírse, rodando por el
suelo. Yo le lancé los jabones a la cabeza, dándole de lleno.
-¡Au!
-¡Gilipollas! – grité
-¡Pero no te enfades, Muñeco!
-¡Vete a la mierda, Yunho!
-¡Muñeco precioso!
-¡Qué no me llames Muñeco! – estaba
indignado y avergonzado y de un salto, me levanté del sofá y guardé las cosas
en las bolsas otra vez. Por supuesto, no se las iba a devolver. ¡Son mis cosas!
- ¡Gracias por la ropa! – contesté bruscamente y cuando me dirigí al cuarto
para empezar a probarme la ropa, Yunho dejó de reírse.
-Pues tendrás que compensarme por el
regalo ¿no? – por su sonrisa, debí suponer que estaba hablando de coña, pero
como si hubiera pulsado un botón secreto en mi mente que esperaba ser
accionado, me volví con la cara pálida y con una furia inmensa deseando tener
motivos para ser provocada.
-¿Eres estúpido? – pregunté, serio y
Yunho dejó de sonreír, sorprendido.
-¿Y eso a qué viene? – esperé un par
de segundos para contestar, buscando alguna postura de su cuerpo que me
indicara sus intenciones. No encontré ninguna, pero yo me revolví, desconfiado
y solté las bolsas en el suelo.
-No vas a hacer que te perdone y que
confíe en ti porque me compres algo de ropa, o jabones, o lo que sea. Así que
ya puedes devolver todo esto al basurero, porque no lo quiero. – le lancé una
de las bolsas de ropa a la cabeza, furioso y ésta chocó contra su pecho, cayendo
al suelo y desparramándose su contenido por el mismo. Yunho se quedó tieso como
una estatua. Se le congeló la expresión de sorpresa y cuando le di la espalda
apretando los puños, pude ver de reojo la sombra de la decepción y la
melancolía al ver la ropa nueva tirada sin ningún cuidado.
-Estaba bromeando. No quería que me
dieras nada por la ropa. Era un regalo. – murmuró. – Solo quería ver como
sonreías. Desde que llegaste aquí… siempre estás triste y eso me pone muy
nervioso. – contuve el aliento, intentando ignorar el tono tan sincero de sus
palabras. ¿Sólo quería verme feliz, de verdad? ¿O era otra estratagema para que
le perdonara? No lo sabía. No podía saberlo… estaba hecho un lío.
Solo sabía que me sentí
rematadamente culpable por provocar esa expresión de tristeza en el siempre
imperturbable rostro de mi hermano.
-Vo… ¡Voy a la ducha! – grité, y
corrí hasta el baño. No quería pedirle perdón. ¡No podía confiar en él, no me
atrevía! ¿Y mi orgullo? El poco que me quedaba se iría al infierno y entonces,
no tendría nada con lo que enfrentarme a Yunho. Pero ¿debía enfrentarme a él?
Los últimos días y meses vividos me decían que debía odiarle y desearle lo
peor, pero luego cuando lo intentaba, el corazón me latía desesperado y me
pedía compasión, aún sabiendo que Yunho no se la merecía.
La eterna lucha entre la razón y el
instinto estaba ahí. ¿Odiar para sobrevivir o amar para buscar la felicidad?
Los grandes filósofos de la historia aún no tenían respuesta a esa pregunta,
¿por qué yo debería tenerla?
Al quitarme la ropa maloliente y
lanzarla a un lado del baño, al mirarme en el espejo y analizar el vientre
hinchado, las mejillas hundidas, el color apagado de mi cuerpo y los cortes
recorriéndome los brazos, pensé… odiar. Sin duda, odiar. Yunho solo se merecía
odio, exactamente el mismo odio que me había dedicado a mí en los últimos
días.
De acuerdo, no se había ido de Seul
por gusto, pero ¿entonces por qué? ¿Y si era una mentira más? ¿Y Max? Lo había
traicionado ¿quién decía que no podía hacer lo mismo conmigo? Estaba tan
cansado de ser el dominado…
Yunho era como un lobo domesticado
o, falsamente domesticado. Recordaba una historia que me habían contado de
pequeño en el parvulario. La historia del cachorro de lobo abandonado. Una
pareja, hombre y mujer de treinta años, incapaces de tener hijos, habían
encontrado un cachorro de lobo apaleado y herido en un bosque cercano al
pueblo. Lo cogieron, lo cuidaron, lo curaron y lo adoptaron. El lobo creció
como un perro doméstico, aunque cuando se hizo adulto, superaba en tamaño a
cualquier raza canina. Sin embargo, y a pesar de las quejas de los vecinos y el
miedo que infligía, era inofensivo. O eso creía la pareja. Después de varios
años, los amantes consiguieron tener un niño después de mucho intentarlo. La
mujer dio a luz a un bebe sano y llorón y cuidaron de él como si fuera su mayor
tesoro. El lobo observaba al bebé patalear y llorar todas las noches y no
dejaba que ningún desconocido se le acercara. Los padres estaban muy contentos
por la fidelidad de su lobo, pero un día, ocurrió la desgracia. El niño,
gateando encima de la mesa de la cocina, cayó al suelo con un golpe estrepitoso
y se hizo daño en la pierna. Empezó a sangrar. Los padres no estaban. El padre
trabajaba y la madre había ido un momento a comprar aspirinas, dejando al niño
en la cuna, pero este, habilidoso, había salido de esta y gateado con descuido.
El lobo, al ver al niño berrear,
aulló, pero cuando su olfato captó el olor de la sangre, el instinto pudo con
el recuerdo de los años que había sido cuidado por aquella familia y sus
dientes se hundieron en la suave carne del chiquillo.
Cuando la madre llegó a casa, el
pelaje del lobo estaba cubierto de sangre y el niño había desaparecido sin
dejar rastro ni de los huesos.
Yunho era el lobo, yo era el niño.
Por mucho que Yunho se hiciera el bueno o lo intentara, el instinto lobuno lo
consumiría al ver mi sangre, lo que sería equivalente a verme con otro hombre,
una mujer, o algo que no le agradara.
Por mucho que Yunho fuera un lobo
domesticado, seguiría teniendo instinto de lobo salvaje y si tuviera hambre, me
mordería.
Estaba claro que no podía fiarme del
lobo, por mucho que hubiera sido mi mascota durante años y lo quisiera más que
a mi vida.
Eso me decía mi mente. Mi corazón
replicaba a base de palpitaciones apasionadas. Ya no sabía a quién escuchar.
Cuando salí del baño con los bóxers
limpios y un pantalón ancho, asomé la cabeza por la puerta de la cocina.
Kasimir lamía la leche de un pequeño plato con su rosada lengua. Scotty lo
observaba desde la otra esquina de la cocina y Yunho, entre los dos, acariciaba
el pelaje del gatito mientras bebía. Parecía llevarse mejor con Kasimir que con
Scotty, que cuando intentó acercarse con paso decidido, recibió un siseo por parte
del gato. Yunho le dirigió una mirada intimidatoria para que no se acercara más
de la cuenta. La boca de Scotty sería capaz de zamparse a Kasimir de un
mordisco y estaba claro que se moría de ganas de hacerlo. Era ley de vida. Los
perros y los gatos no eran muy compatibles a no ser que les educara para
ello.
Yunho no se percató de mi presencia
y aproveché la ocasión para observarlo detenidamente. De cuclillas y
acariciando a Kasimir, callado y tranquilo, parecía haberse quedado absorto.
Repetía una y otra vez el mismo movimiento con la mano y de vez en cuando,
fruncía el ceño.
Estaba pensando y me moría de ganas
por saber en qué.
By Yunho.
Oskar tenía el pelaje suave como el
de un osito de peluche. Todavía era una cría, ni siquiera tendría un año.
Escasos meses era lo justo. Recordaba la noche en la que Tatiana había llamado
a mi puerta con su enorme gata preñada a cuestas, diciendo que se moría. Yo
había tenido que pasarme la noche en vela a la espera de que pariera esos ocho
gatitos, tres de los cuales habían nacido muertos y uno mal formado. Los cuatro
restantes junto a la gran gata madre habían seguido en casa de Tatiana y ahí
estaban, creciendo juntos como hermanos que pronto se echarían encima los unos
de los otros y tendrían otras ocho crías gracias al incesto animal. Oskar,
rebelde como él solo, siempre iba y venía, encontraba sitios por donde
escaparse y se colaba en mi casa de vez en cuando. Guetti y él, igual que
Scotty, no se habían llevado nada bien.
Al día siguiente tendría que devolvérselo
a Tatiana. Llevaba días desaparecido.
La idea de quedármelo me parecía más
atractiva que la de devolverlo. No por mí. Sería demasiado lioso tener tantos
animales en casa, pero los perros y los gatos eran ideales para gente con
problemas psicológicos, siempre y cuando no fueran asesinos en serie o algo por
el estilo. Jae incluso ya le había puesto nombre. Kasimir. No me gustaba, pero
si a él le parecía bien…
Quizás podría coger otro gatito para
él, uno callejero o ir a la perrera. De pequeño intenté cazar un gato tuerto
que se había acostumbrado a revolver la basura en la que yo rebuscaba para
comer y la experiencia me había demostrado que cazar gatos no solo era difícil,
si no peligroso. El mordisco que me dio cuando saltó a mi entrepierna no se me
olvidaría en la vida.
Bueno, algo conseguiría. ¿Jae sería
capaz de tirarme al gato a la cara igual que había hecho con la ropa? Sentí un
escalofrío. Antes de dárselo, le cortaría las uñas.
Su sonrisa y su alegría al ver la
ropa había sido tan satisfactoria… fue algo parecido al momento en el que me
regaló la Gibson que no me atrevía a tocar, por respeto o por remordimientos,
ni idea, pero prefería tenerla oculta en el armario. Verla me recordaba cosas
que me hacían sentir incómodo.
Cuando me lanzó la ropa a la cara,
sentí que el ánimo decaía. Fue como si hubiera estado a punto de penetrar en un
culo o una vagina, pero en el momento cúspide, la erección se me hubiera venido
abajo. ¡Toma ya, disfunción eréctil! ¿Qué? ¡No! ¿Pero por qué hablaba tan fino?
¡Un gatillazo de toda la vida! Esas horas en la biblioteca hablando con el loco
ese me habían trastornado el vocabulario.
Acordándome de la discusión, me
llevé una mano al pantalón y saqué la tarjeta de visita del Dt. J. Samuel. ¿De
qué sería la J? Bueno, daba igual. Había llegado a casa muy decidido, pero con
el corte que mi hermano me había dado con los regalos, había perdido el norte
otra vez. ¿Qué debería hacer ahora? ¿Seguir el consejo del psicólogo loco o
tirar por mi propio camino? Estaba claro que Jae no se dejaría llevar
fácilmente y que yo no estaba tan preparado como pensaba para dejar de ser el
“Amo”, tal y como me había aconsejado Samuel.
Estuve horas en la biblioteca,
pensando a ratos en mi Muñeco, a ratos en lo que encontraba en las estanterías.
Nada más ver los cortes en los brazos de Jae y las marcas más profundas, en las
muñecas y después de hacerle el boca a boca para despertarlo y cargarlo hasta
casa (tras colocarme el hombro, cosa que había tardado en hacer como unos cinco
minutos ¡el dolor era insufrible!), la espera hasta la aparición de Hyun había
sido agobiante. Yo no podía hacer nada por Jaejoong, porque aunque le gritaba y
le había dado un par de guantazos, no se despertaba. Me sentí impotente y
cuando Hyun llegó, yo ya lo tenía decidido.
Estaba claro que allí no era de
ninguna utilidad al Príncipe. Sólo él sabría cómo despertar a Jae y a mí, más
me valdría emplear el tiempo en hacer algo útil, buscar información, algo que
me entretuviera y que pudiera ayudar a Jae cuando despertara. Así que fui a la
biblioteca.
Rebusqué toneladas de veces entre
las estanterías, buscando libros de psiquiatría, medicina y psicología. En
alguno de los veintidós libros que cogí debería estar la enfermedad de Jaejoong
y también, la solución a ésta.
Cuando los tuve todos, los deposité
en una de las mesas vacías (a ver quién era el listo que iba a la biblioteca a
las ocho de la mañana a estudiar) y empecé a buscar. La información que quería
era muy concreta. Trastornos alimenticios, depresión, baja autoestima y sobre
todo, automutilación o autoflagelación. Rápidamente, deseché los libros de
medicina y psiquiatría, y me quedé con los de psicología, cuya información era
más manejable. De trastornos alimenticios encontré Anorexia nerviosa, bulimia,
obesidad, permarexia y ortorexia. La anorexia se acercaba un poco a la falta de
apetito de Jae. La bulimia, también, ya que me había fijado que por las
mañanas, a veces, el cuarto de baño olía a vomito. Sospechaba que Jae echaba la
pota por las noches, pero no lo sabía con seguridad.
Apunté datos en los libros y luego,
arranqué las páginas sin apenas disimularlo. Llegué a la conclusión de que
probablemente Jaejoong no tenía ni anorexia, ni bulimia, al menos no
voluntaria. A él no le gustaba su cuerpo esquelético, eso me había quedado
claro cuando se tapaba apresuradamente cuando lo pillaba desnudo o cuando me
preguntaba si me daba asco que estuviera tan delgado. Él era muy consciente de
que adelgazaba y no le gustaba, pero no parecía ser capaz de generar apetito,
de hacer nada contra ello. Su cuerpo, sin intervenir nada más, parecía rechazar
la comida y Jae lo pasaba mal viendo como adelgazaba sin control hasta extremos
poco sanos. La baja autoestima debía provocar semejante reacción, la depresión.
Busqué información sobre la
depresión y descubrí que, al contrario de lo que yo pensaba, no era moco de
pavo, ni un juego, ni autocompadecerse, ni hacerse el triste para llamar la
atención, no. Era una enfermedad nerviosa que a veces, te impedía hasta
levantarte de la cama y te podía conducir al suicidio. Leí casos clínicos de
pacientes sin nombre que de repente, perdían el apetito, las ganas de salir a
la calle, de verse con compañeros y parejas. El apetito sexual casi desaparecía
por completo, las ganas de llorar sin razón aparente acusaban al enfermo. Había
muchos casos y en cada uno, los síntomas variaban. Algunos tenían bruscos
cambios de humor y eran sumamente irritables. Unos querían estar solos, otros,
buscaban constante atención y ayuda desesperada para dejar de sentirse tan
miserables y tristes. El sentimiento de culpa también solía estar a la orden
del día, el imsomnio, casos graves de ansiedad y unas alteraciones alimenticias
y estomacales que no te dejaban vivir. También estaban las constantes ideas
pesimistas y el deseo de suicidio.
Me lo resumí como un estado de
tristeza plena que te hacía la vida imposible y para salir de ella, recurrías
al suicidio o a las pastillas, cuyos efectos secundarios no prometían nada
bueno.
Subrayé el sentimiento de
culpabilidad como síntoma primordial, ya que leyendo sobre la autoflagelación,
descubrí que la culpabilidad provocaba el deseo de hacerse daño, de castigarse,
pero…
¿Por qué Jaejoong se sentía
culpable? No había persona más buena que él. ¿Entonces, por qué? Las personas
le habían hecho daño a él, no a él a ellas.
Seguí investigando, pero con cada
página nueva, el comportamiento de Jaejoong se me hacía más difícil de
diagnosticar. Por mucho que buscara, no encontraba el por qué. Finalmente, apunté:
BAJA AUTESTIMA CAUSA
DEPRESIÓNDEPRESIÓN CAUSA TRASTORNOS ALIMENTICIOSCULPABILIDAD CAUSA
AUTOMUTILACIÓN
¿Qué causa la culpabilidad? ¿Qué
causa la baja autoestima?
Estaba hecho un lío y conforme leía,
más me preocupaba Jae. Me di cuenta de que la depresión era como un pozo sin
fondo, una historia interminable, un pez que se muerde la cola. Jaejoong se
sentía triste y no quería sentirse triste. Para eso, podía recurrir a pastillas
que podían dejarle medio tonto y aumentar o disminuir el peso considerablemente,
cosa que empeoraba la autoestima de Jae y, por lo tanto, aumentaba su tristeza.
Si no tomaba pastillas, intentaría alegrarse de otro modo, pero la depresión
era un querer y no poder. ¿Cómo vas a alegrarte saliendo con tus amigos si
tienes depresión y tus nervios no te permiten disfrutar y divertirte? Y si no
eres capaz de divertirte por esa especie de tristeza patológica, te sientes
impotente, inútil, fracaso y frustrado, por lo que el dolor y la agonía
aumentaba.
Hiciera lo que hiciera, intentara lo
que intentara, no había escapatoria.
Y si te machacan y te gritan porque
no eres capaz de alegrarte y salir adelante, porque solo eres capaz de
autocompadecerte, menos todavía. Y eso era exactamente lo que yo había hecho.
Gritarle que era débil. Definitivamente, ese no era un buen método para hacerle
salir del pozo, entonces… ¿cuál era? ¿Enviarle a Seul, a un psicólogo, a un
especialista? Con su familia estaría mejor que aquí. Allí le darían cariño y le
ayudarían, aquí solo se hundiría más.
Pero la depresión no aparecía de un
día para otro. Era obvio que Jae venía con depresión desde Seul, que una de las
causas de ella estaba allí, no aquí. Entonces, ¿dónde debería enviarle?
Y llegué a un callejón sin
salida.
Cuando miré la hora, ya eran las
doce y cuarto. Descubrí que había estado un total de cuatro horas y cuarto
buscando una solución. Nunca había estado tanto tiempo sentado frente a una
mesa, y menos estudiando. La biblioteca se había atestado de gente y yo ni
siquiera me había dado cuenta.
Me estiré descaradamente sobre la
silla y bostecé sonoramente. Un tipo rubio, repeinado, con gafas de culo de
botella y un bigote en mi opinión, ridículo, se había sentado frente a mí y me
miraba, sorprendido por mi mala educación. Tenía un libro de pasta azul en la
mano, llamado El mundo de Sofía.
Pasé de él y seguí buscando. A mi
lado se habían acabado apilando un montoncito de libros de psicología.
-¿Estudias psicología? – habló de
repente el hombre. Alcé la cabeza. Los ojos me escocían y estaban
legañosos.
-No. – sentencié.
-Ah. – murmuró él. Volví a
concentrarme en mi libro. – Esos libros no son muy buenos. La psicología es
como la filosofía a veces. Tiene muchas interpretaciones. – alcé una ceja y
apoyé la barbilla sobre la mesa, cansado.
-Increíble, Nietzsche. ¿Eres
filósofo? – pregunté. Él sonrió, amable.
-No. Pero me apasiona la
filosofía.
-Ohh… y a mí la psicología, como
puedes ver. – ironicé.
-¿Buscas algo concreto? – estuve a
punto de darle un buen corte para que me dejara en paz, pero ¿qué mejor corte
que hablarle sobre algo de lo que no tuviera ni pajolera idea?
-Sí. Estaba buscando información
sobre la permarexia. Muy interesante.
-¿Permarexia? La obsesión por la
comida sana no es nada sano. La ortarexia está relacionada con ella, puedes
buscar por ahí. – mierda.
-¿Eres psicólogo o lees mucho? –
pregunté. Él se rió y me tendió una mano.
-Doctor J. Samuel, licenciado en
psicología. Psicólogo privado.
-¡Anda la hostia! Qué casualidad. –
estreché su mano con la mía. Justo lo que necesitaba. – Yo soy Yunho,
licenciado en escuela primaria, secundaria, bachillerato. Acosador nato,
traficante de drogas y pirómano profesional. Quemar coches se me da de muerte.
– Samuel soltó una tremenda carcajada. Los que nos rodeaban nos sisearon para
que nos calláramos.
-Vaya, veo que tienes más títulos
que yo. – murmuró, más bajo.
-La vida de la calle es lo que
tiene. Te dan títulos por cualquier cosa. También soy un maestro encontrando
cosas de valor en la basura y seduciendo chicas y… chicos también. No es muy
práctico, pero me gano el pan solito.
-Vaya. – el hombre cerró el libro y
lo echó a un lado. Pareció interesarse más por mí que por el librito. – No me
lo digas. Eres de los barrios bajos.
-Si no eres Peniafóbico… supongo que
tú eres de los altos. – él no contestó. No parecía la clase de persona a la que
le gustara presumir. – Fíjate por dónde, llevo toda la mañana buscando
información sobre psicología y después de rendirme, has aparecido tú. Si no fuera
porque no creo en Dios, diría que me ha mandado una señal. – él sonrió.
-Entonces, sí que necesitas
ayuda.
-Pues… depende. Eres un psicólogo
privado, así que quizás la consulta me salga por algo más de lo que me puedo
permitir. Se me da genial prender fuego a coches, pero este mes voy un poco
justo. Claro, que si tienes algún vecino que odies, podría hacerte un
favor…
-Odio al capullo con el que sale mi
hija. Si consigues que parezca un accidente te haré un buen precio. –
bromeó.
-¡No sabía que los psicólogos
tuvieran sentido del humor! Te tomo la palabra.
-Fantástico y… ¿en qué puedo
ayudarte? – preguntó. Yo me lo pensé. Había tantas cosas, que no sabía por
dónde empezar.
-Bueno… hay una persona muy cercana
a mí a la que le ha dado por cortarse los brazos, ya sabes, con cuchillos y
navajas. – él asintió.
-Automutilación.
-¡Exactamente! Llevo toda la mañana
buscando algún tratamiento o alguna explicación para eso y creo que además de
esa manía de los cuchillos, también tiene depresión.
-¿Y qué te hace pensar eso? – me
encogí de hombros.
-Siempre está triste, llora mucho,
está tan delgado que da grima, tiene unos cambios de humor raros… no sabría qué
más decirte, pero creo que intentó suicidarse hace poco.
-¿Es un chico? – preguntó,
frunciendo el ceño. Yo asentí. - ¿Cuántos años tiene?
-Casi veinte.
-Las mujeres suelen tener más casos
depresivos que los hombres. Ellos son más duros con respecto a los
sentimientos, seguramente porque los ocultan. ¿Sabes desde cuándo le ocurre
eso? Estar tan triste… - ladeé la cabeza, pensativo.
-Hum… no puedo estar seguro. La
persona en cuestión y yo hemos estado meses sin hablarnos y cuando nos volvimos
a ver, ya estaba así.
-Entiendo. – asintió. - ¿También
estaba así antes de dejar de hablaros?
-No. Qué va. Estaba feliz y siempre
alegre antes de que me fuera.
-Te fueras…
-Yo soy de Busan. Él es de Seul.
Cuando dejamos de hablarnos, yo vine a Busan y perdimos el contacto. Eso pasó
hace unos cuatro meses, quizás más. – el psicólogo asintió, pensativo.
-¿Es posible que tu marcha le
afectara mucho? – hice una mueca con la boca. Tenía cojones que fuera yo el que
tuviera que explicarle estas cosas al psicólogo.
-Estoy bastante seguro de que se
puso así cuando yo me fui. Creo que puede ser culpa mía.
-¿Eso crees? Si eso fuera así, tú
debes de ser una persona muy importante para él. – ups.
-¿Eres homofóbico? – él volvió a
sonreír.
-Con mi profesión y considerándome
un buen psicólogo, los prejuicios son difíciles de digerir.
