By Ricky.
-Oye, tía, ¿es verdad lo que dicen?
¡Dime que no es verdad!
-¡No puedes haberte liado con
Yunho!
-¡Estás de coña! ¿Lo has hecho de
verdad?
-Bueno, tampoco tiene mucho mérito.
Yunho se enrolla con cualquiera.
-Lo sé. Pero no se ha liado contigo
¿verdad? Ni contigo, ni contigo… sólo conmigo. El motivo es obvio, ¿no?
Me acordaba de aquellas risas
guasonas, la forma de presumir sobre mis logros con los chicos y con mis uñas
perfectas, mi ropa perfectamente conjuntada, mi maquillaje perfecto, mi pelo
perfecto, mi manera de hablar perfecta, engatusar y seducir. Sobre todo me
acordaba de aquellas palabras de chica popular a la que le sobraban las amistades
o, más bien, las conveniencias. Ya se sabe. De cien personas que una chica o
chico pueden llegar a conocer, solo una se preocupará por ti, te dará buenos
consejos cuando los necesites y estará contigo en los momentos buenos y malos.
Solo una, de entre cien. Sobre todo si eres popular. La fama es una
maldición en ese sentido y las personas que la poseen, acabarán siendo
infelices.
Yo hacía cosas que una chica de
catorce años no debería hacer. Disparates como quitarse la virginidad con un
chico con experiencia solo para parecer guay y experimentar. ¡Cómo me arrepentí
después!
Por aquel entonces, tenía muchas
amigas y amigos. Todos falsos, por supuesto.
-Yunho está allí. – Esme, la que
consideraba mi mejor amiga o, al menos, chica de “casi-confianza”, me señaló el
centro del cuadrilátero, la arena oscura siendo levantada con las pisadas de
dos titanes combatiendo a muerte por un puesto sin ningún valor. Luego me
enteraría de que Yunho no se dejaba los dientes atrás por una señal de respeto.
Lo hacía por dinero, igual que hacía otras cosas de las que prefería no saber
nada.
Yunho cayó al suelo de boca,
escupiendo sangre. Su oponente le gritaba e intentaba humillarle con horribles
palabras que eran coreadas por la mayoría. Las gradas derruidas de aquel
estadio abandonado se habían llenado como cada semana, por hombres y mujeres de
entre quince y veintiocho años, pidiendo un poco de acción que les provocara un
subidón de adrenalina. Aquello era el Coliseo. El por qué del nombre era obvio
¿no? Se reunían docenas de personas para observar y divertirse con una moderna
batalla de gladiadores, sin espadas ni lanzas, tampoco escudos. Sólo puños. A
veces algo más.
Entrar en el Coliseo para apostar en
peleas de “gallos” era tan ilegal como organizarlas. Pero eso, en Busan, en sus
barrios bajos, daba igual.
Podía sentir las patadas que le
propinaban a Yunho en las costillas cada vez que intentaba levantarse de la
arena.
-¿Crees que ganará? – le pregunté a
Esme, mi única acompañante esa noche. Era la primera vez que asistía al Coliseo
y mi amiga me apretó la mano al entrar, emocionada.
-¡Seguro que sí! Siempre remonta. –
como si Yunho, varios metros debajo de nosotras, nos hubiera oído, se dejó caer
derrotado en el suelo durante unos segundos, suspirando, descansando y, cuando
el público y el enemigo lo creyeron derrotado, apoyó las manos en la tierra y
se levantó de un salto. Se plantó frente al tiarrón que lo había mandado al
suelo, el que no tenía ni un rasguño y, con un movimiento pasmoso, éste se
precipitó sobre él como un rinoceronte. Lo que vino a continuación me provocó
cierta confusión. Yunho alzó los brazos y los cerró en torno a la cabeza del
contrincante, dándole una palmada doble en las dos orejas. La reacción de éste
fue sacudir el cuerpo y el cuello con violencia y retroceder, tambaleándose. Se
había quedado aturdido y por la manera en la que se llevó las manos a los
oídos, con cara de desconcierto, diría que hasta sordo. Yunho lo agarró
entonces por la chaqueta y, apoyando el cuerpo del grandullón contra su propia
espalda, ejerciendo una cierta fuerza gravitatoria, lo lanzó hacia delante,
contra la valla, a las gradas. Su oponente cayó inconsciente sobre tres de los
hombres que lo habían abucheado y escupido cuando se había visto en el suelo. -
¿Lo has visto? ¡Lo ha hecho, ha sido la hostia, la hostia! ¡Se lo ha cargado!
¡Vamos! – Esme tiró de mí, intentando esquivar a las personas que gritaban y
saltaban en las gradas. Quería llegar hasta Yunho y yo, desde mi posición, no
le quité el ojo de encima. Le vi salir del cuadrilátero, dirigirse a los
organizaros de las apuestas y coger un montón de dinero que escondió, no sé
dónde exactamente. Luego, desapareció.
-¡Tía, que se va por el otro lado! –
le grité a Esme, pero ella siguió tirando.
-¡Ya lo sé, tonta! ¡Va directo al
baño! ¡Lo vamos a pillar en pelotas, todo sudadito, ya lo verás! – nos
dirigimos hacia los baños, escondidos bajo las gradas. Al acercarme, noté el
nauseabundo olor de los restos de heces, a saber de quién. La puerta de
los baños estaba cerrada, de un color marrón y verde moho que me dio repelús.
Sin embargo, cuando entramos, nos encontramos con un baño público bastante
grande y decente. Estaba casi limpio.
-Yunho no está aquí. – murmuré,
fijándome en los cubículos cerrados.
-¡Sí que está! – Esme me siseó para
que bajara la voz y sonrió. – Seguro que está en uno de esos chismes, ahí
metido, cambiándose o algo así. Ahora irá a trabajar.
-¿A trabajar? Vendiendo droga y eso,
porque otra cosa…
-¡Pero bueno, Richelle! ¿Y tú te has
acostado con él, en serio? ¿Y no sabías que trabaja?
-¡Pues no le pregunté por su vida,
joder! Solo chingamos y hablamos más bien poco y no sobre su familia o trabajo,
precisamente. – Esme negó con la cabeza, indignada.
-Pues no sabes lo más fuerte.
-¿El qué? ¿El qué? – Esme me mostró
una sonrisa brillante mientras se apartaba el pelo de la cara, preparándose
para soltarme la bomba. Bajó la voz y acercó su boca a mi oído.
-Dicen que se prostituye.
-¡No!
-¡Sí!
-¡Venga ya!
-Lo han visto cogerle dinero a tías
mayores. No de estás viejas, no, ¡pero mayores que él!
-¿Me estás tomando el pelo? ¿Para
qué iba a querer prostituirse? – Esme se encogió de hombros.
-Pues para lo mismo que tú, quizás.
– ella y yo nos miramos. Abrí la boca para preguntar de qué hablaba, cuando
sonrió otra vez. Estaba bromeando y las dos nos echamos a reír.
-¡Eres demasiado puta! – bromeé y
entonces, entre risas, alguien llamó a la puerta del baño con los nudillos. Me
puse nerviosa al momento y también, colorada. Pude ver mi reflejo en aquel
trozo de cristal roto que colgaba de la pared y me toqueteé el pelo largo,
intentando dejarlo más liso de lo que había conseguido con la plancha.
-¡Es él! ¡Es Yunho! – gritó ella,
sacudiéndome por los brazos, imitando mi nerviosismo.
-¡Sí, sí, ya lo sé!
-Voy a abrir y os dejo solos. Cuando
hayáis terminado, llámame. – se separó de mí, me dio un par de palmaditas en el
hombro y se dirigió a la puerta. Yo fui incapaz de despedirme, con el corazón
acelerado y la risa de niña idiota emanando de las cuerdas vocales. Esme, antes
de girar el pomo de la puerta, me guiñó un ojo. - ¿Lista? – asentí.
-¡Lista!
No. No estaba lista para lo que me
iba a suceder.
Un hombre, de veinte y pico, con la
barba incipiente repleta de migas de pan y la camiseta manchada de aceite,
entró por la puerta. Era muy corpulento. Me miró y sonrió. Esme y yo lo miramos
con aparente perplejidad cuando se rió con una risa gutural y preguntó:
-¿Estáis solas, pequeñas? ¿Buscáis
compañía? – sentí un escalofrío. Esme le dirigió una mirada fría como el
hielo.
-No. Nosotras nos vamos ya.
Richelle… - me llamó, pero el hombre la agarró con cierta brusquedad del brazo,
impidiendo su huida. Esme se retorció. - ¡Eh, no me toques, gordo!
-¿¡Qué coño haces!? ¡Suéltala,
mamón! – le grité y fui a dar un paso al frente cuando los cubículos que habían
estado cerrados hasta entonces, se abrieron. Tres hombres más salieron de su
interior, menores que el grandullón, pero con las mismas risitas tontas
cruzándoles la cara. Me puse histérica al momento y metí la mano en el bolso
buscando el espray anti-violadores que mis hermanas siempre me habían obligado
a llevar encima. No lo encontraba. Uno de ellos me pegó un tirón rápido del
bolso y me pegó un inesperado puñetazo en la cara. Caí hacia atrás, chocando
contra la pared y contra el cristal roto. Me escurrí hasta el suelo, aturdida y
notando el sabor a óxido de la sangre recorrer mi boca. Uno me tiró del
pelo.
-¡Ahhh!
-¡Richelle! – gritó mi amiga,
retorciéndose en los brazos del mayor. Oí un golpe.
-¡Cállate, puta! – vi como ella caía
al suelo de culo. Luego vi como el asqueroso hombre que la había golpeado se
bajaba los pantalones y le enseñaba el pene erecto. Empezó a masturbarse
delante de ella.
-¡No, no!
-¡Déjala en paz!
-¡O te callas la boca o te la meto
en ella! – Esme calló. Giró la cabeza hacia otro lado, asqueada y a punto de
vomitar. Tiraron de mí hacia arriba y una mano me aplastó ávidamente un pecho.
Me resistí. Me pegaron un guantazo en la cara y sentí otras manos subirme la
falda.
-¡No, no! – grité y luego grité otra
vez. Ni siquiera recuerdo el qué. Lo único que recuerdo antes de ser
brutalmente violada es la voz de aquella lejana amiga de la cual ya no
reconocía ni su cara.
-¡A mí dejadme en paz! ¡Ya tenéis a
una, no me toquéis! ¡Quedaos con ella! – lo que sentí entonces al escuchar esas
sucias palabras salir de la boca de Esme, es simplemente indescriptible.
Ellos se rieron por la falta de
compañerismo. Me lo restregaron por la cara, aunque no recuerdo cómo. Se
burlaron soltando groserías. Yo estaba demasiado… asustada. El corpulento
levantó a Esme y le pegó una patada en el trasero contra la puerta abierta,
echándola fuera. Ella cayó y no miró atrás. Se levantó y la vi salir
corriendo.
Esperaba que fuera a pedir ayuda…
pero la ayuda nunca llegó.
Cuando la puerta del baño se cerró,
grité como nunca lo había hecho.
-¡ESME, ESME!
Esme no volvió.
-¡Pero qué guarra la tía! ¡Si se ha
meado encima!
-Tío, no tenías que haberte corrido
en ella. ¡Mira cómo has puesto esto! ¡Está sangrando!
-Cállate. A mí todavía me
queda.
-Pero ¿qué le pasa?
-Se ha desmayado.
-Métele una hostia y que se
espabile.
-¡Joder!
-¡Me cago en la puta!
-¡Buag, menuda vomitona! Yo me largo
de aquí.
-Yo también. Paso de que alguien me
pille. – oí muchas voces, muchas burlas e insultos. Cuando terminaron,
despedaza, caí al suelo sucio sintiendo un dolor insufrible en la entrepierna y
en el recto. Sí. También fui sodomizada. Y tuve mucho miedo por el daño
irreparable, por la sangre escurriéndose por las baldosas junto a los restos de
semen. No sentía vergüenza siendo observada. Tenía frío y olía mal, a vomito y
a mi propio meado. Me había convertido en el perfecto mueble decorativo
para ese apestoso lugar al que nunca volvería, porque nunca sería capaz de
salir de él. Al menos no por parte de mi mente.
-Esme esta vez se ha portado. – oí
decir vagamente a uno de ellos, mientras se encendía un cigarrillo. Se habían
apartado de mí, asqueados por el olor. Luego me enteraría de los celos de
Esme, del odio encubierto que me profesaba. De que no era ni mucho menos, una
buena amiga. Pero nunca volvería a verla como para recriminárselo.
-¡Adiós, meona! – me tiraron el
cigarrillo a medio consumir a la cabeza, al pelo encrespado y despeinado y,
riéndose estúpidamente, abrieron la puerta para salir, impunes, frente a lo que
habían hecho.
No les salió muy bien la
jugada.
Un hombre desconocido para mí, con
un ojo de color blanco y otro negro como el carbón, entró en el baño con cara
de idiota. Luego sabría su nombre. El gran Kam, el dueño de los barrios bajos
estaba sangrando después de una carnicería y a pesar de tener el brazo colgando
de manera extraña del hombro, se reía. Los cuatros violadores
palidecieron. Kam los miró uno a uno, con los ojos muy abiertos. Por último, me
miró a mí y luego, a la sangre que me rodeaba. Abrió la boca en señal de falsa
sorpresa.
-¡Tú! – señaló al grande, al mayor
de los cuatro. Pude ver y casi oler el sudor de éste recorriéndole la frente
hasta desaparecer bajo su ancha camiseta. - ¡Me he quedado con tu cara! – le
gritó Kam, y se empezó a reír como un demente. Los cuatro no esperaron más
y salieron corriendo del baño como si el mismo diablo les persiguiera. Kam dejó
de reírse y sin dirigirme ni una mirada más, corrió hasta el váter masculino
que colgaba de la pared, se la sacó y descargó todo el contenido de su vejiga
delante de mí, sin el menor pudor. Deseé salir de allí, de nuevo acobardada por
ese loco exhibicionista. Cuando reparó en mí, aún con el pene en la mano, ladeó
la cabeza.
-Una mala noche, eh. – pensé que se
estaba cachondeando de mí e intenté levantarme apoyándome en la pared. Un
montón de fluidos descendieron por mis piernas desnudas, manchándome la falda
medio rota. Volví a caer al suelo cuando intenté dar un paso. No podía andar,
me dolía demasiado y al caer de rodillas, rompí a llorar con histeria. Él
me miró durante un largo rato, aunque en realidad, era como si no supiera lo
que ocurría a su alrededor, como si fuera incapaz de comprender y por ello,
hubiera decidido evadirse y ponerse a pensar en otra cosa, a dejarse llevar por
unos pensamientos incoherentes. Se quedó mirando la pared durante un buen
rato.
La puerta del baño se abrió
entonces.
-¡Joder, tío, sal ya! ¡Mira que eres
coñazo, que Max está esperando! – gritó la persona más inoportuna del mundo.
Entró mi amor platónico, el último en el que había pensado mientras sufría una
tortura semejante, el último que deseaba ver en ese momento. Y no lo vi. Pero
él sí me vio. Y mis sollozos se adueñaron del recinto, seguidos del silencio
muerto de sus mentes incapaces de comprender la aberración que había sufrido,
en grado superlativo. Los hombres nunca entenderían a las mujeres y aunque
lo hicieran, yo nunca tendría la suerte o desgracia de descubrir a uno que
supiera hacerlo. Los odiaba. Tanto que había amado su mundo, completamente
diferentes al mío. Tanto que había amado sus cuerpos duros y fuertes y la virilidad
de sus movimientos. Esa noche los odié… y los odiaría durante mucho, mucho
tiempo.
Pero siempre habría
excepciones.
-Kam. – Yunho consiguió sacarlo de
esa extraña ensoñación y el hombre de ojos de diferente color lo miró. – Sal a
buscar a los otros. Iros a Gomorra, luego voy yo. – él hombre empezó a entonar
una canción, silbando distraídamente y salió del baño, dando un
portazo. Aunque me hubiera quedado a solas con Yunho, lo que había deseado
en un principio, las lágrimas aumentaron y llegó la vergüenza a tal grado, que
solo quería desaparecer. Yunho se acercó y se agachó hasta mi altura. Se
quitó la camiseta y pude ver el bajo vientre y los pectorales consumidos por el
hambre, además de por los morados tan marcados que casi no supe diferenciar cual
era su auténtico tono de piel. Intentó colocarme bien el jersey rajado que
dejaba ver mi pecho desnudo, pero yo le pegué un manotazo.
-¡No me toques! – Yunho no dijo
nada. Se cubrió las manos con la camiseta e intentó limpiarme las piernas. Le
pegué un guantazo en la cara. - ¡Qué no me toques! – y, como consecuencia, me
dio otro guantazo. Paré de llorar al momento, sorprendida.
-Contrólate, Richelle. No quiero
pegarte, joder. – me controlé. Me medio tranquilicé, al menos todo lo que una
chica podría hacerlo en semejante situación. Dejé que Yunho me limpiara la
sangre de la cara, me adecentara y viera las marcas causadas por mis intentos
de resistirme. Cuando intentó llegar hasta mis piernas, yo me encogí por la
vergüenza y la incomodidad. Yunho no se andaba con tonterías y sin decir nada,
me agarró del tobillo y me alzó una pierna. Me subió la falda. Miró el
estropicio al que había quedado reducido mi entrepierna y me frotó la ingle con
cuidado. Debía haber quedado hecho un asco, porque no se atrevió a tocar
la zona afectada.
-¿Puedes levantarte? – me preguntó
cuando acabó. Yo negué con la cabeza, con los nervios a flor de piel aún. – No
tienes ropa interior. – le dirigí una breve mirada a los restos de mi lencería,
destrozados y manchados entre la sangre y el semen.
-No. – Yunho encogió la cara. Se
levantó de mi lado y sin decir nada, entró a uno de los cubículos. Yo esperé.
Conseguí arrastrarme hasta la pared de en frente, hasta un lugar apartado de la
escena del crimen. Me senté… bueno, lo intenté. Acabé de rodillas, intentando
colocarme adecuadamente para mitigar el dolor.
Yunho salió del baño, con unos
bóxers en la mano. Los suyos propios. Se sentó a mi lado y me los
tendió.
-Son míos. No me ducho diariamente,
pero no están sucios. – asentí con la cabeza y los apreté entre los dedos.
Yunho me pasó un cigarrillo. - ¿Quieres? Quizás te relaje un poco. – observé
ese pequeño filtro con ojos angustiados. No lo quería en mi boca. No quería
nada en mi boca. Nada.
Recuerdo que empecé a temblar y
volví a echarme a llorar como una histérica. Buscando un brazo amigo, me arrojé
a los brazos de Yunho. Él no era muy expresivo, y lo agradecí. Alguien difícil
de sorprender y de alterar era ideal para sobrellevar mi carga. Me
acarició el pelo y entre sollozos, él se mantuvo en silencio durante varias
horas. Luego me llevó a casa montándome sobre su espalda.
-Yunho ¿puedo preguntarte
algo?
-¿El qué?
-¿Es verdad que estás con chicas
mayores a cambio de dinero?
-Hum…
-¿Es verdad?
-¿Quién te ha hablado de eso?
-No sé, lo he oído.
-¿Y te crees todo lo que dicen de
mí?
-…A veces. También he oído que tu
madre está en Seul, y que es rica. ¿Es verdad?
-Creo que sí.
-¿Y por qué estás tú aquí si ella es
rica?
-Porque tiene miedo de que mate a mi
hermano.
-No sabía que tenías un
hermano.
-Yo tampoco lo tengo mucho en
cuenta.
-¿Puedo preguntarte como se
llama?
-Jaejoong… creo.
-¿Nunca lo has visto?
-Sí, pero no me acuerdo de él.
-Ah… entonces, ¿es verdad que haces
esas cosas para ganar dinero?
-…Sí.
-¿Por qué?
-Porque quiero dinero. Por
eso.
-Yunho.
-¿Qué?
-No te prostituyas, por favor.
-Hum… - cuando me llevó a casa, mis
hermanas no estaban. Pude arrastrarme hasta el baño y pasar más de una hora bajo
el agua, frotándome el cuerpo con estropajo hasta levantarme la piel. Luego me
fui a dormir. Pero no pude dormir. Tampoco pude ir al colegio al día
siguiente, ni al otro, ni al otro… ni salir a la calle durante meses. Un día,
Yunho vino a mi casa y fuimos al hospital. Consiguió que un colega suyo me
recetara un par de pastillas anticonceptivas y me hicieran ciertas
pruebas. No estaba embarazada, ni había cogido ninguna enfermedad venérea.
Pero me habían maltratado tanto la vagina y el útero, que no podría tener
hijos. Mi ciclo menstrual se había vuelto loco y vendría irregularmente. Una
vez, tres veces al mes. Otra vez, a los seis meses.Me dio igual. En aquel
momento me importó más bien poco. Todavía hoy me da igual. De todas formas,
nunca más volvería a acostarme con ningún hombre… Claro, que siempre hay
excepciones.
By Jaejoong.
-El sexo no es algo que me vuelva
loca, ¿sabes? No desde ese día. – entonces ¿por qué me lo pides? ¡En menudo
compromiso me pones, tía! ¿Es que en Busan no se sabía lo que era la vergüenza
y ese molesto sentimiento de, no quiero hacer algo pero me estás poniendo entre
la espada y la pared? Me iba a subir por las paredes.
-Pues si no te vuelve loca, mejor lo
dejamos, ¿vale? A mí tampoco es que me guste mucho y… - alcé las manos como
única barrera de defensa. Ricky se cruzó de brazos, socarrona.
-eres un hombre. El cerebro lo
tienes en la polla. – dio un paso adelante. Yo retrocedí.
-¡Eso es muy feminista! Luego dicen
que los hombres son los machistas, los malos, los infieles, los que hacen daño
a las chicas, pero vosotras también, ehh…
-¡Pero no retrocedas, que no te voy
a hacer nada!
-Ricky, no, esto no está bien.
Piensa en Yunho. ¡A mí me corta las pelotas y a ti el clítoris!
-¡Qué manía tienes con Yunho! ¡Ni que
tu falo fuera suyo!
-¡Pues casi que sí! – Ricky
entrecerró los ojos. Yo carraspeé. – Quiero decir, somos hermanos y los
hermanos son muy suyos, muy protectores, muy posesivos, ¿entiendes?
-Jae, tengo hermanas.- Ricky y yo no
quedamos callados durante unos interminables segundos. Ella me devoraba con la
mirada en el sentido de frustración (no sexual) y yo la observaba con
miedo.
- ¿no te gusto? - ¡otra vez la
dichosa preguntita!
-Claro que sí. Pero yo no soy la
persona idónea para ti, Ricky. Yo… ¡a mí me gustan los tíos más que las tías!
Me gusta que me dominen y… - a Ricky le brillaron los ojos – Eh… hagamos como
que no he dicho eso.
-Yo también puedo dominar. – dio
otro paso al frente. Me encontré atrapado contra la pared a mi espalda. Un sudor
espeso me recorrió la frente.
-No, no puedes, tía. Seamos
realistas, no puedes.
-Jae, esto es un favor. ¿Tienes idea
de cuánto tiempo llevo sin hacerlo? ¡Año y medio! Y no conseguí llegar. –
deseaba taparme las orejas con las manos, imaginándome la escena. Imaginándome
a mí, ahora de otra acera, intentando excitarme. Me daría un gatillazo. No, ni
hablar.
-Lo siento mucho, Ricky, pero no
puedo. Yo para hacer eso necesito un contacto más… más íntimo. Necesito
conocerte más, no sé. ¡Te conozco desde hace una semana! – y a Yunho lo conocí
en media hora, follamos y mira en lo que acabamos. La experiencia me decía que
no era buena idea.
Ricky suspiró. Se tumbó en la cama
con los brazos extendidos y de mal humor.
-Eres el único tío en el que siento
que puedo confiar.
-Bueno… Yunho está… - Ricky alzó una
ceja, burlona. – Vale, en mi hermano no se puede confiar a la ligera, pero
seguro que ya encontrarás a alguien.
-Sí, sí, seguro. – de nuevo, nos
quedamos en silencio. Después de semejante conversación no me atrevía a dormir
con ella. No sería muy normal, aunque en Busan… ¡Joder, haber qué era
normal!
-Será mejor que yo duerma en el sofá
¿vale? – ella no contestó. Se dio la vuelta en la cama y se abrazó a la
almohada, gruñendo. – Buenas noches. – un poco avergonzado agarré el pantalón
del pijama y me dirigí hacia la puerta, aún con la toalla puesta. No podía
evitar sentirme culpable otra vez, pero aunque tenía intensas ganas de usar a
mi Muñeca, me obligué a no hacerlo. En una casa que no era la mía, no. ¿Y si
una de sus hermanas me pillaba? ¿Y si ensuciaba algo con la sangre? Había
tirado las vendas sucias, después de todo. ¡Bah, ya me golpearía con
algo!
Fui a girar el pomo de la
puerta.
-¿Sabes? Eres demasiado bueno, Jae.
Mientras tu hermano está por ahí, follando, supuestamente montando guardia en
los garitos de Busan, tú mantienes las formas. Siempre las mantienes. Te pones
a trabajar, aguantas que te insulte y que te mienta y luego, agachas la cabeza
y te autocastigas por algo que no ha sido culpa tuya. Yunho sabe aprovecharse
bien de las personas, y a ti te tiene cogido por los huevos. Como a todos.
Aparté el brazo del pomo. Me volví.
Ricky se había inclinado hacia delante, apoyándose en los codos. Me pregunté
por un breve instante qué sabía exactamente de mí y de Yunho, si sabría lo que
ocurría entre nosotros para ser capaz de hablar de nuestra relación con tanta
naturalidad, como si se la supiera de memoria, como quien responde una pregunta
de filosofía con sus propias palabras y juicios. La respuesta a esa
pregunta no me importó demasiado cuando reparé en la impotencia y la rabia
oculta en mis entrañas, la cual se iba acumulando poco a poco, todos los días
desde hacía meses. La que siempre me tragaba y retenía, encerraba en una jaula
y lanzaba al mar embravecido de mi conciencia inestable. Yo no era una persona
ideal para tratar a Ricky. La psicología había dejado de ser lo mío desde el
mismo momento en el que me acosté con Yunho por primera vez. Ahora, el
inestable y loco era yo. Pero me daba igual.
-Estoy harto de Yunho. – murmuré.
Intentaba convencerme a mí mismo. Me desaté el nudo de la toalla y la dejé caer
al suelo. Los bóxers aún ocultaban mi propio orgullo arrebatado por mi Amo. –
Olvídate de Yunho y follemos ya. – Ricky sonrió.
Mi orgullo crecería otra vez y lo
haría sin Yunho. Por mis huevos que lo haría.
By Yunho.
No está… no está… no está… ¡No está!
¡Y yo quiero mi moto! ¡Y unas zapatillas nuevas! Me he clavado una piedra!
¡Argg! ¡Y tengo frío! Estornudé. Aunque ya hubiéramos entrado en el
verano, ir por ahí empapado hasta los huesos y las pelotas por la noche no
ayudaba nada. Me estaba resfriando y mi pierna, ya casi curada, se resentía por
la humedad. No me quejaba, había pasado noches peores y la costumbre me hacía
aguantar con cierta facilidad cualquier clase de tiempo, pero no podía evitar
cierto rencor por el hermano tan desconsiderado (mira quien fue a hablar) que
tenía. A lo que no estaba acostumbrado era a la preocupación. Serían cerca
de las tres y seguía sin encontrar a Jae. Al contrario, había pillado
infraganti a camellos que yo no había autorizado y que llevaba meses intentando
cazar, a miembros de otras pandillas que no deberían estar en el territorio de
Kam, a policías holgazaneando y bebiendo en mitad de una patrulla y de los que
había tenido que huir. Ninguno de ellos era Albert, el policía corrupto con el
que trataba, así que no me convenía arriesgarme. A aquellas alturas, mi cabeza
tenía precio y los policías hacían apuestas para ver quién me cazaba antes, a
mí, a Kam o al Gore. El Gore hacía años que había desaparecido y Kam era
tan imprevisible que mejor no acercársele. Solo quedaba yo o personas de mi
alrededor.En ese momento, pensé lo peor. ¿Y si alguien se había enterado
de que Jaejoong era mi hermano, le había hecho daño? Pero ¿cómo? Había algunos
cotillas entre mi pandilla, pero solo les había revelado su identidad a
aquellos que eran de confianza. ¿Cómo entonces…?
Sacudí la cabeza. Seguro que no.
Seguro que había pasado como la última vez. Seguro que se había perdido.
Quizás, incluso ya habría llegado a casa. O quizás le habrían atracado…
¡Mierda!
Menos mal que esta vez sí había
traído el móvil conmigo para localizarle, aunque Jaejoong no usaba el suyo ni
el otro, el que tenía pinta de caro. Seguramente ni se lo habría
llevado. Quizás si hiciera un par de llamadas… A lo mejor estaba con
Ricky… de nuevo.
By Jaejoong.
Esto no está bien. Yunho se va a
enfadar más todavía. Tendría que llamarle y decirle que estoy aquí ¿y si está
preocupado? No, no puede estarlo. Me odia, no me soporta. Pero ¿y si lo
estuviera? Estaba intentando centrarme, pero era tan difícil. Juraría que
para Ricky resultaba aún más complicado.
-Voy a… voy a… - ella se había
levantado. A metro y medio de mí, me observaba y yo la miraba a ella, sin verla
en realidad. Habíamos discutido durante un buen rato, y a la hora de la verdad,
nos quedábamos quietos y callados, sin saber qué hacer. Ninguno de los dos
estaba preparado para hacerlo esa noche, pero la cabezonería y el orgullo a
veces actuaban como un arma temible. – Voy a quitarme la ropa. – me dijo. Yo
asentí con la cabeza.
Hacía mucho tiempo que no me
acercaba a una chica, que no las miraba especialmente con deseo. Quizás alguna
vez me había fijado en sus pechos o en su trasero, pero desde que empecé a
enamorarme… primero Boomie y luego Yunho... Para mí era difícil fijarme en otra
persona con la única intención de tirármela. Si me acostaba con alguien, era
porque sentía algo y ese algo debía ser bastante fuerte.
Recordé fugazmente a Derek. Quizás
me había equivocado con él y lo que sentía era más fuerte de lo que pensaba, si
no, nunca le hubiera dejado mi cuerpo.
Ricky se llevó las manos a la
camiseta y empezó a subírsela con cierta vacilación. Estaba nerviosa, como yo.
Esperé encontrarme de lleno con su abultado pecho desnudo, pero para mi
sorpresa, ese día llevaba sujetador. El busto no era nada del otro mundo, ni
muy grande ni muy pequeño, era normal y natural. Tenía una marcada cintura y un
vientre plano que se mostraba duro y atlético, sin abdominales pero muy cerca
de formarlos. Esa era la única parte de su cuerpo que parecía ser propia de un
chico.Se terminó de sacar la camiseta y la dejó caer al suelo. Sus pies se
rozaban inquietos y su mirada se desvió hasta su pantalón pirata. Me dirigió
una mirada inquieta.
-Puedes pensar que estamos de
vacaciones. Tú llevas un bikini y yo un bañador de tío. – a ella le hizo
gracia. Se agarró el pantalón por la cinturilla y se lo bajó hasta los muslos.
Se escurrió por su suave piel hasta fundirse con el piso. No llevaba bóxers.
Unas bragas simples de color negro hacían juego con el sujetador.
-¿Te… gusto? – me preguntó, haciendo
esfuerzos sobrehumanos por tragarse una sonrisa pilla.
-Más bien me acomplejas.
-¿Por qué? – me miré el cuerpo y me
acaricié con un dedo las marcadas costillas.
-¿Sabes? Aunque te parezca
increíble, yo antes era musculoso. No mucho… pero hacía natación y tenía un
cuerpo normal.
-Ahora tienes un cuerpo normal. –
ladeé la cabeza. Ricky se rió. – Un poco consumido, un poco esquelético… ¡Pero
no tienes pelo ni en las piernas! ¡Odio a los hombres con pelo en las piernas,
en la espalda o en el pecho! Ni siquiera en la entrepierna.
-Joder, Ricky, pues yo ahí no me
toco. – Ricky y yo nos quedamos callados. – ¿Estamos hablando de vello púbico?
-Sí.
-Ah.
-Yo ya me he desnudado. Te
toca.
-¿Qué? ¿A mí? Ni hablar. A mí me
quedan solo los bóxers, a ti te quedan todavía dos cosas. ¡Yo todavía no! –
ella sonrió. Tenía unos dientes casi perfectos.
-Bueno, pues me toca a mí y luego a
ti. – y se llevó las manos a la espalda, buscando el cierre del sujetador.
Intentó quitárselo, pero tras varios intentos, gruñó y se ruborizó. –
Mierda.
-¿No sabes quitarte el
sujetador?
-No suelo ponérmelo.
-Ven, yo lo haré. – Ricky alzó las
cejas. - ¡Ven! – vino y se dio la vuelta cuando la tuve delante. Aquella
especie de parodia sexual me haría estallar en carcajadas. Un chico afeminado y
casi enteramente gay con una chica masculina y bisexual, ¿cómo serían nuestros
hijos?
-¿Cómo es que sabes quitar
sujetadores? – murmuró. Mis dedos se movieron ágilmente por el cierre del
sujetador y por su espalda. La acaricié con un dedo. Sus hombros eran anchos y
pude apreciar las puntas de su pelo alborotado rozándole la nuca. Lo
desabroché. Un tirante se deslizó por su hombro izquierdo.
-Antes de estar con mi primer chico,
tuve novia.
-¿En serio? Así que sabes tratar con
chicas… - Ricky se quitó el sujetador. Se había tranquilizado e incluso
animado. Fue sorprendente descubrir que yo también me sentía mucho más
tranquilo, recordando que no era mi primera vez con una chica, que tenía
experiencia, que aunque fuera de una manera no exactamente sexual, las
quería. El sujetador viajó hasta el suelo junto con el resto de la ropa y
ella volvió a encontrarse cara a cara conmigo, mucho más cerca. Se tapaba el
pecho con las manos. Creo que me puse rojo. Era más mona… ¡Y tan bajita! Ni
poniéndose de puntillas llegaría hasta mis labios.
-¿Por qué eres tan alto?
-¿Y por qué eres tú tan baja?
-Me viene de familia.
-A mí también ¿no conoces a mi
hermano?
-Te toca a ti, Jae. – aspiré fuerte.
De alguna manera, no me sentía tan incómodo como me había esperado. Guié las
manos hasta mis bóxers y tiré de ellos. Ricky ni siquiera miró hacia abajo,
buscando mi desnudez. No apartó la vista de mí ni un segundo y cuando me
deshice de ellos y me quedé completamente desnudo, ella se agarró las braguitas
y también se las bajó, sin esquivar mi mirada ni una vez.
