martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 50




By Yunho.

-Joder… ¿no te cansas de tanto libro? ¡Y son la hostia de gordos! ¡Seiscientas páginas! Lo veo y no lo creo. – no había puesto un pie en una librería en mi vida. De solo ver tantos libros apilados en las estanterías me atacaba una sensación claustrofóbica horrenda. ¿Y si se me caían todos encima? Me aplastarían con sus puñeteras tapas de cartón duro y algunos con su simple peso, serían capaces de romperme las piernas. Me imaginé un hombre de papel hecho con todos los libros que se encontraban en ese reducido espacio y sentí incluso respeto. ¡Urg! No me gustaría tener que enfrentarme a él. Fui hasta Max, que nada más entrar había ido directo a rebuscar entre los más gordos y se movía con una lentitud desesperante. 

-¿Cuántos puedo comprar? – me preguntó, sin alzar la mirada de un libro de un cierto mediano grosor. 

-Uno. 

-¿Sólo uno? 

-Los libros de filosofía del instituto eran carísimos, tío. 

-Pero esto no son libros para el insti, son libros de lectura, maldito ignorante. Valen mucho menos. – Max parecía tomarse sus dichosos libros muy en serio. Creo que era capaz hasta de pegarme con ellos en la cabeza y gritar ¡inculto, inculto, inculto!

-Bueno, pues coge los que quieras, pero me he quedado sin pasta, apenas tengo cien euros, eh. – le avisé, pero a pesar de advertirle que el dinero era limitado, una sonrisa prodigiosa se adueño de él. Se me echó encima, dándome un fuerte abrazo, colgándose de mi cuello aún con los libros en la mano.

-Gracias, Yunho. – dijo y me besó en la mejilla largamente. Nos observamos consumidos por un silencio que navegaba a la deriva de la alegría de Max y mi actual indiferencia.

-¿Tanto te importan ese montón de libros? – en realidad, la respuesta no me interesaba. Mi atención había sido captada por una sección en concreto cuyas letras estallaban en un marco color marrón sobre el techo. 

-Claro. Adoro los libros. – me dio la impresión de querer decir algo más, pero me soltó al percatarse de mi distracción y siguió mi mirada hasta aquella sección. - ¿Libros de preparación? Yunho, hace años que no estudias nada. 

-No es verdad. Hace unos meses estudié primer curso de telecomunicaciones. – me aparté y me dirigí hacia aquel estante remoto. – Elige los que quieras. Ahora vuelvo. – me confié. Max se entretendría durante el tiempo suficiente para que yo pudiera encontrar un libro de psicología lo bastante práctico como para servirle a mi hermano.

Cuando me vi allí, frente a aquel enorme trozo de metal con los grandes colosos culturales desordenados, de todas clases, me pregunté qué hacía allí, qué puñetas estaba tramando mi mente y por qué se me ocurrían esas ideas tan desinteresadas de buenas a primeras. La excusa de mi parte ilógica y absurdamente anti-yo empezaba a fallarme, al igual que la excusa de que Jae me hacía estúpido, aunque eso estaba más que comprobado. Necesitaba pruebas del por qué Jae, del por qué esas extrañas reacciones hasta ahora desconocidas para mí desde que me tropecé con el egocéntrico y malcriado de mi hermano y, cuando localicé un libro de química, no dudé en cogerlo del estante y abrirlo por la mitad. Busqué y visualicé página por página. Hablaba de muchas reacciones químicas, sobretodo de la conexión del cerebro y el cuerpo, el sistema nervioso y los órganos vitales. También hablaba de reacciones químicas fuera del cuerpo, claro, pero eso no me interesaba. Dejé el libro en el estante y cogí otro del mismo tema. Empecé a pasar páginas, una a una hasta que me detuve. El dibujo de un corazón humano llamó mi atención y con grandes letras, el título “Reacción química ante la sexualidad”. Recordaba haber estudiado ese tema en secundaria. Recordaba la liberación de endorfinas que nos provocaba el orgasmo, así que pasé página y me encontré con una reacción química diferente. El título me dio repelús. “El amor es una reacción química”. Pero ¿el amor no era un sentimiento? Del cual yo dudaba de su existencia. Leí muy por encima, deteniéndome en los síntomas. Elevación de la presión arterial, aumento de glóbulos rojos, sensación de energía y entusiasmo… ¡Bah! No estaba “enamorado”, entonces. Jaejoong me ponía de mala hostia, no me entusiasmaba ni tampoco me latía el corazón con más fuerza, solo durante el sexo y cuando su belleza satánica me machaba la testosterona.

De todas formas, ¿qué hacía rebuscando entre los libros de química? ¿Cuál era la reacción química que pretendía encontrar? ¿La explicación a qué? ¿Y vendría en un maldito libro de universitario? Me interesaba saber por qué a veces odiaba a Jaejoong y por qué otras sentía algo así como la necesidad de tenerlo cerca. Y lo peor de todo, claro, el por qué no dejaba de pensar en él ya fuera con odio o con añoranza, a veces, con preocupación incluso. Había conocido la auténtica preocupación con el capullo de mi hermano. 

Suspiré y dejé el libro en su sitio. 

-Oh, coño, Yunho ¿qué estás haciendo? – me reproché a mí mismo. Con las bolsas de la ropa que le había comprado a mi hermano descansando en el suelo, los cosméticos y la primera plancha para el pelo que había encontrado en una tienda que ya ni siquiera recordaba, estaba empezando a confundirme. Me estaba gastando mi salario en tonterías para Jae en lugar de para mí. Era estúpido. Los únicos regalos que había hecho en mi vida habían sido para Helem. Pero pensar en Jaejoong, en la cara de sorpresa que pondría al ver los regalos, en la expresión de su rostro cuando descubrió a Scotty en aquella cestita el día de Navidad, en lo mimoso y contento que se puso… se había tirado toda la noche riendo conmigo. 

Ahora… reía muy poco. 

El Muñeco se había colgado de un estante y se paseaba por entre los libros pegando saltos y abriendo las piernas como un bailarín. Ese maldito bicho sí que estaba contento. Su humor se había vuelto pletórico en cuanto se me cruzó por la cabeza comprarle el primer regalo a Jae. Estaba tan contento, que pegó un salto en medio de dos estantes y se golpeó la cabeza con el de arriba. Cayó al suelo, encima de un montón de libros y se hizo el muerto, con los brazos y las piernas de trapo extendidas y una cara de dolor que provocó que me entrara la risa floja. Mi carcajada captó la atención de media librería y cuando alguien me siseó para que cerrara la boca, sentí que el bicho que siempre me acompañaba empezaba a caerme algo así como bien. 

By Jaejoong.

-¡Eh, chaval! ¿Qué haces tú por aquí tan pronto? No tienes que volver a entrar hasta las cinco. – mi jefe, desde la caja, contando el dinero que había ganado esa mañana, frunció el ceño nada más verme. Yo me encogí un poco, incómodo. 

-Ehm… queda una hora y media, así que… puedo entrar antes. – titubeé y a Habermman los ojos le brillaron como las estrellas. 

-Oh, Jae, Jae, Jae, ¡qué buen chico eres! ¡A ver si aprendes un poco, Thunder, vago de mierda! – tronó. Al otro lado del recinto Thunder fregaba el suelo con cara de persona contrariada y frustrada. Por un momento, cruzamos miradas, pero me giró la cara enseguida y me dio la espalda, concentrándose en la fregona que paseaba por el suelo. No lo hacía muy bien. Más que fregar, estaba inundando el piso. – Puedes ocuparte de los clientes de este lado, no son muchos. También del lado de Heidi, ella ya se ha pirado. – asentí y un poco cortado, me precipité dentro. Mi jefe arqueó una ceja al ver mi mano unida a otra más pequeña y brillando por el sudor del miedo. Ricky y yo entramos en la pastelería con la cabeza baja. Podía sentir el temblor de sus piernas aún sin tocarla e incluso su temor y vergüenza. Apretó aún más fuerte la bolsa con la ropa interior y los pantalones manchados e intentó bajarse un poco más la falda que le había comprado, lo único que habíamos encontrado a esas horas en las que las tiendas más cercanas se cerraban para que los dueños pudieran ir a comer algo. 

La falda le llegaba por las rodillas. Era larga comparándola con otras, pero aún así ella se sentía incómoda y molesta con la ropa interior de chica, demasiado fina y ajustada para lo que estaba acostumbrada a ponerse. 

La llevé hasta un asiento lejano, una mesa apartada de las demás y lejos de la ventana acristalada, sucia, pero que sería la primera en limpiar. 

-Siéntate aquí. – ella me hizo caso sin rechistar, aún sin soltarme la mano. Era curioso verla tan vulnerable cuando me había acostumbrado a apoyarme en su serenidad masculina y basta. Y con esa falda… parecía más chica que nunca. – Yo tengo que ir a trabajar ahora y no saldré hasta las nueve. Es mucho tiempo. Si quieres, puedo acompañarte a casa. O puedes llamar a tu madre o… - encogí la cara, recordando que sus padres estaban en Francia. - … o a tu hermana o puedes…

-No. – sentenció, clavando la mirada en la mesa pegajosa por un batido derramado. – No hace falta. Quiero quedarme. 

-Ah. Pero ¿por qué? Yo tengo que trabajar y te vas a aburrir. – ella se encogió de hombros, aún sin levantar la vista. 

-Quiero quedarme. Esperaré. 

-Son cinco horas y media. – le recordé. 

-Me da igual. – y dio por finalizada la discusión. Me daba algo de palo dejarla sola allí después de lo que había visto y acababa de vivir, pero no tenía muchas opciones. Ella estaba encabezonada en quedarse conmigo, como si yo fuera un perro guardián capaz de protegerla. ¡Ja! ¿No era para reírse? ¿Yo? ¿Un perro guardián, alguien digno de confianza a quien se le puede encargar la vida de una persona? ¡Por supuesto, seguro! No era capaz de protegerme ni a mí mismo. 

-Vale. Llámame si necesitas algo. Estaré rulando por aquí y eso. – me di la vuelta para ir a cambiarme, sin saber qué más decir. No era la persona ideal para consolar a nadie, eso era algo que bien podía demostrar mostrando la piel de mi muñeca, pero era consciente de que Ricky no tenía a nadie más en aquel momento, alguien más apto que yo. Quizás, por eso no quería dejarme ir y apretó con más fuerza el agarre de mi mano, deteniéndome. Me volví. Ella alzó la cabeza y una triste sonrisa hizo acto de presencia en su boca. 

-Gracias. 

-¿Por qué? 

-Por… por protegerme. – su cara ya no era de chica, si no de mujer. Una mujer guapísima. Tuve ganas de sentarme a su lado y permitir que su cabeza reposara en mi hombro, como había hecho el sábado, en la noche de Cristina, pero cuando me soltó la mano y dejó escapar un largo suspiro cansado, me imaginé que querría estar sola, recapacitar, pensar, descansar, dormir… 

A mí me gustaba estar solo cuando empezaban a rondar ideas autodestructivas por mi cabeza. No soportaba la agobiante atención de mi familia, pero sí que me gustaba que de vez en cuando, alguien me echara un ojo y se me acercara. Solo para cerciorarme de que le importaba a alguien. Quizás eso era lo que Ricky necesitaba, así que en un gesto que pretendía ser cariñoso y casual, le revolví un poco el pelo y pronuncié un débil “de nada”, antes de ir a cambiarme.

Cuando pasé por su lado, Thunder me dio la espalda descaradamente. Me sentí discriminado, otra vez. 

-Oye. – le hablé, con un tono quizás más duro de lo que pretendía. De todas formas, él me ignoró y siguió fregando, mal, claro. – Antes de empezar a fregar el suelo con la fregona, se escurre para no inundar el piso. – Thunder pareció encogerse y detuvo su frenético movimiento. Me miró de reojo, pero enseguida volvió a concentrarse en su trabajo sin dirigirme ni una palabra. Bufé. – Lo siento, Thunder. Apenas te conozco… pero eres un capullo. 

El fruncimiento de ceño que pude captar a través del espejo me hizo sonreír. Me sentía raro, con un exceso de confianza en mí mismo que había perdido hacía meses. 

Cuando salí con el uniforme puesto y mientras atendía a algunos clientes, lo noté. Me sentía seguro y nuevo, un poco más extrovertido. En una de mis constantes miradas que pretendía velar a la auténtica Ricky, vulnerable y dulce, supe que en gran parte ese cambio de actitud se debía a ella. 

Cuando me dirigí hasta Ricky para limpiar su mesa, una parte de su extroversión acudió a ella. 

-Así que eres el perfecto amo de casa, de esos chicos que saben hacer de todo. Cocinar, barrer, fregar, hacer la colada, lavar los platos… - sonreí, concentrado en el tacto del paño mojada en mi mano. – Y eres guapo, fuerte y amable con las chicas. ¿En qué fallas, Jae? – terminé de limpiar y me llevé el trapo al hombro. Estaba consiguiendo avergonzarme. 

-Creo que ya sabes que las cuchillas y las cosas afiladas no son lo mío, por ejemplo. 

-Oh, bueno… tampoco las falditas y los vestiditos de chica son lo mío. Todo el mundo tiene un punto débil. Todo el mundo tiene un secreto oscuro que nadie conoce. – apoyó los codos en la mesa. Si no fuera porque era incapaz de imaginarme a Ricky ligando como una chica tímida y no arrollando a todo aquel que se le cruzara por delante, diría que estaba intentando seducirme o, al menos, atraer mi atención. Me sentí indefenso y un poco pequeño frente a ella. Había perdido táctica con las chicas. 

-Cierto. – admití, pasando el trapo por la mesa contigua a la suya. – Y el tuyo son los complementos femeninos, ¿no?

-No. El mío son los hombres. – se encogió de hombros, riendo. 

-Entonces tenemos algo en común. 

-¿También se te dan mal los hombres? 

-En realidad, no. – busqué a Thunder con la mirada, con la única intención de hacer reír a Ricky y cuando lo encontré, en la caja, cobrando a una ancianita que me había dado tres euros en propinas, lo señalé. - ¿Ves a ese de ahí? Finge que me odia, pero en realidad está coladito por mí. – Ricky empezó a reír a carcajada limpia y pude percatarme de la cara de Thunder, volviéndose hacia ella alzando una ceja, ajeno a la conversación. A mí también me entró la risa tonta. 

La invité a merendar, después de haberla invitado también a comer. Llevé un enorme batido de fresa a su mesa que se tragó en dos sorbos y un cucurucho de vainilla con virutas de chocolate un poco deforme. Fue la primera vez que cargué un cucurucho de helado con mis propias manos (y la ayuda de las cucharillas, claro). De todas formas, la práctica lleva a la perfección. 

Alrededor de las seis empezó a llegar gente. No. Un pelotón de gente y la mayoría, eran adolescentes que no se fueron hasta una o dos horas después. No quedó ni una silla o mesa libre en toda la pastelería, de hecho, la gente se amontonaba en la entrada esperando un sitio libre. Heidi volvió a las cinco y media y en silencio (no parecía una chica muy habladora) me ayudó con los clientes. Ella se encargaba de los masculinos y yo de los femeninos y así, todos quedaban contentos. 

Derramé batido dos veces sobre el suelo, pero nadie me echó la bronca, ni siquiera Habermman, que pasó la fregona con una sonrisita avariciosa en la boca. 

-Chaval, en toda mi vida como dirigente del negocio familiar, esta pastelería solo se ha llenado a rebosar un total de siete veces, ahora, ocho, casualmente nada más entrar tú en el negocio. ¡Tengo la sensación de que haberte contratado es lo mejor que me ha podido pasar en la vida, no te dejaré escapar fácilmente! – me dijo, dándome un guantazo en la espalda que casi me hace caer al suelo con una bandeja llena de dulces y cervezas. 

Los sobeos y las insinuaciones eran monstruosas entre los clientes femeninos y más de un número de teléfono acabó escrito en mi mano. ¡Guau! La gente de Busan era descarada y divertida y eso acabó por gustarme. No tenía tiempo para aburrirme ni tampoco, para pensar en la cuchilla o en Yunho y en su humor de perros, en que quizás intentaría pegarme cuando volviera a casa y descubriera que me había puesto a trabajar cuando, como ya me había dicho alguna que otra vez, prefería que dependiera de él. Conocía esa estrategia. Quería dejarme sin salidas, que no me quedara más remedio que rendirme a él y obedecerle en todo lo que me pidiera. Era una estrategia típica entre los maltratadores que pegaban a sus mujeres, los muy cerdos. Yo estaba poco dispuesto a convertirme en un hombre maltratado. 

Al dar mis ojos vueltas por el recinto buscando a Ricky entre toda aquella masa exigiendo atención, descubrí un pelotón de chicas junto a ella, de su edad, acopladas a su misma mesa. Algunas me sonaban, otras no. Armaban jolgorio con voces y risas estrépitas y lo mejor era que Ricky las seguía, relatando una hazaña que las hacía estallar en carcajadas. Eso me hizo relajarme. 

-Guapa tu novia, eh. Suertudo. – Habermman me dio un codazo en el costado, guiñándome un ojo. 

-No, si no es mi novia. Es una amiga. 

-Claro, claro. Eso dicen todos. Apuesto lo que sea a que estás coladito por ella. – me entró la risa floja. Ojalá lo estuviera.

Tenía ciertos problemas con la caja y con las matemáticas y más de una vez, di un cambio equivocado al que correspondía. Más o menos. Cuando daba de más, no me enteraba hasta rato después. Cuando daba de menos, siempre me reclamaban y para compensar a mis clientes por mi torpeza, me pedían una cita. Era muy vergonzoso que alguien que no conocías te piropeara hasta dejarte colorado, pero mi autoestima crecía a pasos agigantados. No necesitaba a Yunho. Era un hombre solicitado tanto por el sexo femenino como por el masculino. Definitivamente, el trabajo que me habían conseguido me acabaría gustando… de no ser por el cansancio. Me salieron ampollas en los dedos de tanto coger las cucharillas de helado y contactar con el frío de la nevera y el calor del horno en menos de un minuto. Debía ser rápido. Los pies me dolían y las exigencias de los clientes me ponían nervioso. Hubo un momento, cuando me quedaba una escasa hora para terminar el turno en el que entré al baño. Hice lo que tenía que hacer, descargué y como me había olvidado a mi Muñeca en el bolsillo del pantalón que le había cogido prestado a mi hermano, el que estaba a buen recaudo encerrado en el vestuario, me aplasté el brazo contra el lavamanos. Fue un golpe demasiado burro y me hice un daño espantoso, además, no me sirvió de mucho. No hubo sangre, solo un moratón en el costado de la mano. 

Cuando salí del baño, los clientes se habían ido y solo quedaban algunos en la caja, comprando un helado para llevar. Una pareja de unos dieciséis años compartieron cucharilla y pajita para el batido. 

Recogí las mesas y limpié un poco cuando me percaté del reloj. Eran las nueve y diez, pero no tenía ganas de irme a casa todavía, aunque estaba hecho polvo. 

-Ya es la hora, chaval. Puedes irte. – asentí con la cabeza a mi jefe, pero antes acabé de pasarle el paño a las últimas mesas. – ¡Qué trabajador! Ya, en serio, puedes irte a casa, Jae. 

-Vale. 

-¿Qué demonios te ha pasado en el brazo? – me fije en el moratón de la mano, que se había extendido hasta el principio del brazo. Me dolía al intentar cerrarla. 

-Un golpe tonto. 

Ricky se había quedado sola, y me miraba. Me estaba esperando. Fui al vestuario a cambiarme, pero cuando abrí la puerta, Thunder ya estaba allí, quitándose la camiseta del uniforme y sacando la propia. Prefería no entrar, pero mi ropa estaba tirada encima del único banco del pequeño lugar. 

La recogí. Él se estaba poniendo la ropa y yo le daba la espalda, poco interesado en el resto de su anatomía. Me saqué la camiseta y encogí los brazos, para evitar tener que dar explicaciones de lesiones o cicatrices. 

-No soy un capullo. – habló, de pronto. Le dirigí una mirada reticente. Se estaba poniendo la camiseta todavía y me sentí incómodo. – Tu hermano lo es. Y tú eres un desgraciado por ello. – ahí debía darle la razón. 

-Me han llamado muchas cosas, pero nunca desgraciado. – musité. 

-Pues lo eres. 

-Pues vale. – terminó de cambiarse. Se puso una chaqueta de temporada de un color oscuro, con tachuelas que le hacían parecer agresivo. Molaba mucho. Su estilo parecía un poco similar al mío antes de que perdiera toda mi ropa. Cuando terminó de cambiarse, un poco picado por la escasa atención que me había dedicado, hice un comentario propio de alguien jodidamente estúpido, sin venir al caso. – Ten cuidado con lo que enseñas. Si tenemos que desnudarnos el uno delante del otro todos los días en este cuchitril asqueroso, más valdría esquivar posibles… tentaciones. – sonreí de oreja a oreja. Mi intención era incomodarlo y aturdirlo y cuando oí el fin de sus pasos en la entrada, me sentí orgulloso. 

-Podría decirte lo mismo a ti, Jaejoong. – me di la vuelta enseguida, sorprendido, pero él ya había desaparecido. 

Hostias… ¡Premio! 

Cuando salí, Ricky me estaba esperando en la puerta, estrechando entre sus brazos la bolsa con la ropa sucia. Había conseguido bajarse la falda hasta un poco más de las rodillas. 

-Has aguantado casi seis horas. Es todo un logro. – las luces de la pastelería se apagaron justo cuando sus labios se ensancharon, emitiendo una sonrisa encantadora. 

-Tengo paciencia infinita. 

-¿Tú? No me lo pareciste cuando me amenazaste con cortarme el cuello en el trastero de mi casa. – nos reímos. Creo estábamos un poco cortados, quizás porque podíamos notar que en realidad, nuestra amistad iba un poquito más allá. Era algo que no podía negar. Ricky me caía bien y me gustaba como chica. Recordaba haber sentido lo mismo cuando conocí a Boomie y empezamos a salir. Era agradable estar con ella y sentía que congeniábamos. Aunque veía muy improbable enamorarme de ella a estas alturas. - ¿Quieres que te acompañe a casa? – Ricky asintió, casi ocultando la cara tras la bolsa de la ropa. 

-Quiero invitarte a cenar. 

-¿A mí? ¿Por qué? 

-¿No quieres? 

-Hum… sí. Así me ahorro el volver a casa tan pronto. Yunho debe de estar muy cabreado. – quizás no debería haber dicho eso. El nombre de mi hermano no era el más oportuno. Ricky me había hablado de él, mientras comíamos. Le había contado que yo sabía lo de la violación y le había comido la cabeza para que fuera en mi contra. Otra estrategia para dejarme solo en este mundo tan difícil. La confesión me había sorprendido, aunque de Yunho me esperaba cualquier tipo de manipulación. 

-¿Qué tal el trabajo? Pareces cansado. – me preguntó. Yo me dejaba guiar entre las angostas calles de aquel barrio de pandilleros. Era temible y claustrofóbico. Algo se me echaría encima de buenas a primeras e intentaría herir a Ricky. En mi mente solo discurría esa idea. 

-Estoy cansado. Agotado. Por eso, por favor, dime que vamos a comer en un sitio con sillas o bancos, por fa.

-¡Idiota, pues claro! Vamos a comer a mi casa. 

-¿A tu casa? – me puse nervioso al momento. – Pero ¿y tus hermanas? 

-Hum… quizás no estén. - Pensé que serían imaginaciones mías, pero me dio la impresión de que ese “quizás no estén” era lo que Ricky buscaba y deseaba. 

By Yunho.

-Te has aprovechado bien, eh. – de los cien euros, no me había quedado ni uno. Max me había dejado sin blanca ¡y menos mal que yo no había comprado nada! Se había hartado de mirar libros y libros y había cogido de todos los géneros. Testigo de ello era el tiempo, que había pasado delante de mis ojos con piernas de acero. Habíamos entrado en la librería a las cinco de la tarde y hasta las nueve, nada. Porque nos había echado el dueño de la tienda, si no, igual ni habría cenado. Y estaba muerto de hambre. 

-Mañana por la mañana me leeré éste. Y pasado, este otro. – me dijo, señalándome un enorme libro cuyo título era “Los pilares de la tierra”, de Ken Follet. Observé a Max con incluso temor. ¿En serio era capaz de leerse un libro de ese grosor en una mañana? Yo todavía no me había terminado “Las aventuras de Tom Sawyer”, y lo empecé en sexto de primaria. – Ahora…

-No te irás a poner a leer ahora ¿no? – por mí, de acuerdo. Le robaría la cartera a alguien y me iría a tomar unas cañas a alguna parte. El hombre gordito y de bigote francés que sudaba como un poseso, cerca del cajero automático, tenía pinta de tener una cartera con un contenido sustancioso.

-No, no, ahora no. ¿Por qué no vamos a comer por ahí? Estoy muerto de hambre. – alcé una ceja, irónico. Max frunció los labios y se hizo el disimulado. – Ah, ya. Que se te ha acabado la pasta, ¿no? 

-Adivina por culpa de quien. 

-Por culpa de Jaejoong. – soltó, y siguió adelante con porte indignado. Noté algo incierto removerse en mi estómago y lo atribuí a la falta de comida, pero cuando ese algo tomó posesión de mi cuerpo y mente como un virus expandiéndose y buscando los puntos vitales clave, mis pies frenaron. Max estaba ofuscado conmigo, eso lo notaba, pero después de soplarme casi cien euros en libros, mi cabeza no tardó en deducir una idea aplastantemente lógica y típica de mí. Se podía ir a comer pollas con su enfado, porque a mí no me interesaba tragármelo con el buen humor con el que me había levantado.Me detuve. Esperé a que captara mi ausencia y se diera la vuelta con sus libros a cuestas. Al hacerlo, yo le di la espalda y tiré por el otro lado, rumbo a mi casa. 

-¿Yunho? ¿A dónde vas? 

-A mi puta casa. 

-Pero ¿por qué? – no contesté. Las calles de los barrios altos eran iluminadas cuando el cielo era alcanzado por la noche, con las farolas y las luces de los escaparates, las fuentes bañadas por la luz dorada de los focos que palpitaban bajo el agua. Los edificios más conocidos brillaban, más bonitos que durante el día, manteniendo un intenso contraste de colores vivos. La carretera era transitada por un tráfico inmenso y las personas, sobretodo, parejas, iban cogidos de la mano, sonriendo con una dulzura demasiado acaramelada. El ambiente me recordaba a Seul. Quizás a Jae le hubiera gustado pasearse por los barrios altos. Lo llevaría un día a dar una vuelta por ellos y le compraría algo gracioso para que recordara la parte buena de mi ciudad. 

Max se interpuso en mi camino, alcanzándome en una carrera. 

-¿Por qué? – repitió. - ¿Te has enfadado conmigo? 

-¿Tú qué crees, perra? 

-Pero, ¿por qué? – seguí sin contestar. Yo tampoco conocía una respuesta concreta al “por qué”.

-Deja a mi hermano en paz. Él está al margen de nuestra vida. – y seguí caminando, esquivándolo. Pude oír sus pasos apresurados buscándome entre mi halo de indiferencia.

-Es que Jaejoong no es tu hermano, Yunho. – entrecerré los ojos. El virus se había extendido hasta un recóndito lugar de mi mente. Ésta me dijo, para, y yo lo hice. 

-Es mi hermano. 

-Es el tío con el que te has estado acostando durante meses en Seul y creo que ya no puedes ver más allá de eso. 

-Hazme un favor y métete los celos por el culo. 

-¡Oye, tengo razones para estar celoso! ¡Has estado todo el puñetero día paseándote de un lado para otro para comprarle cosas al Muñeco! ¡En nuestra cita! Yo también existo, ¿sabes? Y ya debería haberte dado una hostia y haber roto contigo por gilipollas. ¡Pero no lo hago! – me agarró del brazo del que colgaba el maquillaje y la plancha de Jae y a causa del basto tirón, dado para intentar llamar mi atención, el asa de la bolsa se rompió. La plancha estuvo a punto de caer al suelo. Inmediatamente agarré la bolsa con la otra mano y fulminé a mi supuesto novio.

- ¿Eres idiota? ¡Casi te lo cargas, coño! – y Max, tras echarle un breve vistazo a la mercancía, se cruzó de brazos con rostro impotente. 

-¿Y qué? Es nuestra cita, Yunho. ¿Hola? ¡Estoy aquí! ¡Existo! ¡Hazme caso, no sé, finge que te gusto un poco, por lo menos! 

-Te estás poniendo pesadito con eso. 

-¿Tengo que volver a repetirte que parezco el mejor amigo que va a acompañar a su colega de tiendas para que compre regalitos para su novia? – habló, sarcástico. ¡Argg, con el buen humor que había tenido hasta que había abierto la boca! – Empiezo a creer que esto no tiene sentido. ¡Ni siquiera hemos empezado bien! Ha sido llegar tu hermano y mira… me ignoras, ni puto caso me haces. De repente, parece que la única persona que existe en el mundo para ti es tu hermano y, si no fuera porque me contaste que te lo habías follado, ¡no me importaría! Pero es que ¡te lo has follado! Y ahora compartes casa con él de la noche a la mañana. ¿Y qué esperas que yo haga? Si al menos me hicieras caso… - empezó a parlotear. Quizás él tuviera razón, pero yo nunca lo sabría, porque en mi mente se habían instalado otros pensamientos. 

¿Qué cara pondría Jae cuando viera la ropa, el maquillaje y todo lo que le había comprado? ¡Seguro que se arrepentiría por haberme tirado el jabón a la cabeza! ¿Y con el jabón? ¿Qué cara pondría con el jabón? ¿Me dejaría jugar con él y con ese enorme trozo creador de espuma? Ya me lo imaginaba, mojado hasta en los rincones más insospechados, con el pelo empapado, con las gotitas de agua comiéndoselo a lametazos, y yo… yo abriría la puerta del baño de repente y Jae intentaría taparse, gritando mí nombre para que me largara. Pero no lo haría.

-¡No, Yunho! ¡Estate quieto! ¡Lárgate! ¡No, Yunho, no me toques, no! Yunho… por favor… esto no está bien… no quiero… no hagas eso. Me duele… Yunho… oh… aaahh… ¡Aahh! 

Uff… Me estaba poniendo malito. 

-¡YUNHO! 

-¿Qué? 

-¿Me has oído? 

-Claro. 

-¿Y qué es lo último que he dicho? – puse los ojos en blanco. 

-Que te vas a casa con tu hermano. – Max me miró como si hubiera soltado la mayor gilipollez del mundo. 

-¡No he dicho eso! 

-Cierto. Eso lo digo yo. ¡Buenas noches, Muñeco! Mañana nos vemos. – y retomé la marcha con la cabeza llena de mariposas. Cuando le diera la ropa a Jae, cuando viera las zapatillas y el maquillaje… ¡Mierda, tendría que haberle comprado ropa interior que le quedara pequeña! ¿Habría una tienda dónde vendieran bóxer a esas horas? Mierda, no tenía dinero. Bueno, a Jae le encantaría el detalle de todas formas, seguro. Quizás se me echara encima conmovido por mi acto, quizás acabábamos en la cama, esta vez de verdad, sin drogas de por medio, quizás…

¿Y si pese a todo, no me perdonaba? 

-¡Pues corre, Yunho, haber si encuentras a tu hermano en casa, capullo! – me gritó Max desde la lejanía, formando una extraño trasfondo casi inexistente. Alcé una mano, diciéndole adiós con un gesto. - ¡Jaejoong ni siquiera habrá llegado todavía! – tronó. Su voz sonó un poco nerviosa y ante el nombre de mi antiguo Muñeco, conseguí captar el sentido de la frase. Me volví, interrogativo y con el ceño fruncido por la confusión. Max me giró la cara, poco dispuesto a hablar. 

-¿De dónde se supone que mi hermano no habrá llegado todavía? – pero Max me ignoró y empezó a andar por el camino opuesto.

Ahora me tocaba a mí arrastrarme para conseguir una respuesta. 

By Jaejoong.

-¡Hola! 

-¡Hola, hola, preciosa! 

-Buenas noches, Ricky. – el mogollón de gente me espantó. Deseé dar un paso atrás y salir corriendo por la puerta al ver a tres personas inesperadas sentadas en los cómodos sofás viendo la tele, comiendo palomitas. Lo más espantoso era la escasez de ropa y el tremendo exhibicionismo carnal, además de la predominación del sexo femenino. No es que me diera asco, pero no me esperaba verme obligado a fingir que la situación no me incomodaba, cuando claramente, lo hacía. 

Estaba sorprendido y, por lo visto, en cuanto ellas y él captaron mi presencia, imitaron mi sorpresa. Conocía a dos. 

-¿Jaejoong? – preguntó Heidi, levantándose del sofá y pasándole las palomitas a la otra chica. La grandiosidad de sus pechos marcados bajo ese fino top rojo y las piernas al aire con las pequeñas bragas deportivas ocultando la parte más íntima, me hicieron tragar saliva. 

-Ah… hola… - ¿qué coño hacía Heidi en casa de Ricky? ¿De qué se conocían? No me digas que… ¡era un rollo lésbico que tenía! 

-¿Qué estás haciendo aquí? – me preguntó y yo no supe qué contestar. 

-¡Eh, Jae! ¿Qué hay? – me saludó Black desde el sofá, robándole algunas palomitas a la otra chica, un poco más vestida, con un chándal que tampoco dejaba mucho a la imaginación. A pesar de que los pantalones largos ayudaban un poco más, el pasearse solo con un sujetador semitransparente…

-Hola, Black. – encogí la cara y miré hacia otro lado. La chica era guapa. El pelo largo y castaño le caía en cascada sobre los hombros hasta la barriga plana. Sus ojos eran enormes, sin restos de maquillaje y de un oscuro como la noche misma. Algunas pecas se paseaban por su curioso rostro. Black le rodeaba los hombros con una mano y la atraía hacia sí con maravillosa melosidad. Se acurrucó en el hueco de su hombro y le susurró algo al oído. Él sonrió. 

-Es Jaejoong, el hermano de Yunho. – y el rostro de las dos chicas se deformó. 

-¿Qué? 

-¿Cómo?

-A ver, tías. Os presento. – Ricky recuperó la atención y me señaló con un dedo. Su voz volvía a sonar gruesa y ruda. – Él es Jae, el hermano de Yunho. ¡No me miréis así, no se parece en nada a su hermano! Jae, estás son mis hermanas. Heidi y Sabela. 

-Un… placer. – fingí una sonrisa. Ellas no se molestaron en hacer lo mismo. La boca abierta de Sabela y los brazos cruzados de Heidi mostraban un claro sentimiento de desdén por mi persona. Mis deseos de huir aumentaron. 

-¿Y por qué lo traes aquí? – preguntó Heidi, yendo a saco. 

-Quería invitarlo a cenar. – contestó. 

-¿Y no podías habérnoslo dicho antes? – Ricky y yo callamos. Agaché la cabeza y preparé mis piernas para darse la vuelta, pero Heidi sonrió y alzando los brazos, gritó. - ¡No hemos hecho palomitas para todos! ¡Venga, sentaos, estábamos a punto de poner “It”! Voy a hacer más las palomitas. Siéntete como en tu casa, Jaejoong. ¡Me has caído bien esta tarde en el tajo, tío bueno! 

Oh. Qué cambio tan drástico. ¿Me había dicho tío bueno? No había visto sonreír a Heidi ni una sola vez en todo el día, pero de repente, la sonrisa le atravesaba las mejillas. Busqué una guía en Ricky, pero ella, recuperando por completo su agresiva personalidad, se sentó sin mediar palabra en el sofá más cercano. Me dejó a mí al lado de su hermana Sabela y cuando fui a sentarme, cortado a más no poder, Heidi pasó por mi lado cantando con voz risueña.

-¡Bienvenido, bienvenido! – y me pegó un azote en el culo con la mano izquierda, tan fuerte, que pegué un bote. No, no me había dado un azote. ¡Me había pegado un pellizco que casi me hacía ver las estrellas! 

-Jae, siéntate. – me pidió Ricky, suavizando la voz y yo, traumado, me dejé caer sobre el sofá entre las dos hermanas. Richelle miraba hacia otro lado, como si intentara evadirse de mí, así que giré la cara, buscando un punto de apoyo en Black. Me crucé con Sabela. Ella me observaba descaradamente y cuándo empecé a preguntarme si tendría algo en la cara, otra sonrisa enorme se formó en su rostro, igualita a la de Heidi. 

Tragué saliva y rogué porque no apagaran las luces para darle un mayor ambiente a la película. 

Fuera de la casa de Ricky, bien decorada y limpia, empezó a llover. En un abrir y cerrar de ojos, una tormenta de magnitudes innombrables desató toda su fuerza y los rayos, acompañados de sus truenos, estallaron en el cielo.

By Yunho.

Me sentía muy raro. Me sentía anti-yo. Sentado en el sofá de mi casa, recordando una y otra vez las palabras apresuradas y frustradas de Max, me preguntaba una y otra vez por qué no estaba enfadado. ¿Por qué era incapaz de arder de rabia? ¿Por qué era incapaz de apartar la vista del reloj de muñeca cuya pulsera se había roto hacía meses? ¿Por qué el Muñeco sabía que no era yo esa noche y por eso me miraba?De nueve de la mañana a una de la tarde y de cinco de la tarde, a nueve de la noche. Ese era el horario de Jae, según Max. Era muy impropio de mí quedarme sentado cruzado de brazos esperando su llegada en silencio, deseando verle cruzar la puerta y mostrarle el resultado de tantas vueltas por los barrios altos, llenos de tiendas. Cuando no observaba el reloj, me fijaba en las bolsas de ropa. Cuando no me fijaba en ninguno de los dos, daba vueltas por el salón. Suspiraba. Encendía la tele. La apagaba. Intenté hacer una cena sustanciosa para dos, pero sin vitrocerámica y dada mi deficiencia culinaria, sólo conseguí preparar fritos de pollo calentados previamente en el microondas. Y mi Jae no llegaba. Y dieron las diez y media. Y había empezado a llover a mares. El Muñeco me miraba…Y yo salí a buscarle, sin moto y sin coche, los dos aparcados en el gran taller de Hather. También sin paraguas. 

By Jaejoong.

El cuarto de baño de la habitación de Ricky era pequeño, con una de esas placas de ducha que ocupaban parte del suelo llano, con una mampara fina y transparente. Me duché a una velocidad que no había alcanzado ni en los baños públicos del instituto, después de natación, donde tantas veces se habían metido conmigo y me habían acorralado desnudo para humillarme y soltarme obscenidades. Esos episodios de mi vida me eran tan lejanos ahora, lejos de casa, perdido en una ciudad que apenas conocía, con una vida nueva y con el demonio por guía, que me había olvidado de los detalles más embarazosos.

Tenía la sensación de que esa noche iba a pasar algo especial, quizás por eso apenas tardé diez minutos en ducharme, en lavarme el pelo y en sacudírmelo con la toalla. Me puse uno de los bóxer de Ricky (vaya, para algo servían) y casualmente, resultaron ser de mi talla. Sentí un poco de vergüenza por ello. Ella era tan delgada como yo, cosa que sería impensable en cualquier otro caso, en una pareja de chico y chica normal y corriente. Aún habiéndome puesto los bóxers, me rodeé la cintura con una toalla y tragando saliva, agarrando el picaporte de la puerta que me llevaría a saber qué situación, salí de allí. Ricky se estaba secando el pelo, sacudiéndoselo de un lado para otro. Lo tenía más largo de lo que parecía con tanta gomina. 

-Ya he terminado. – musité. Ella levantó la cabeza y dejó la toalla reposar sobre sus hombros. Fue hacia el armario y empezó a escarbar entre la ropa, mayoritariamente masculina. – Hum… ¿estás segura de que quieres que me quede a dormir? Debería volver a casa y… no tenéis habitación de invitados. – le dirigí una breve mirada a la cama, grandecita, con sábanas de un color rojo oscuro que incitaban a la pasión. Bufé. La situación no podía ser ética. 

-No pasa nada. Tampoco es que tengas muchas opciones. No sabes el camino de vuelta a casa desde la mía y con este temporal, yo no pienso acompañarte. También es mala suerte. – se levantó del suelo y se apartó del armario con unos pantalones de chándal en la mano. – Tengo esto, pero te va a quedar muy corto. 

-Da igual. Debería llamar a mi hermano. Él puede venir a por mí con el coche. – Ricky encogió la cara. 

-Puedes intentarlo, aunque hoy le toca turno de noche. 

-¿Turno de noche? 

-No creerás que el dinero le cae del cielo, ¿no? – no contesté. Suspiré y cogí el chándal que me ofrecía, aunque no me lo puse. Ricky no apartaba la mirada de mí. No me atrevía. 

-¿A tus hermanas le parece bien que yo esté aquí? Soy un tío, no sé. Es un poco raro. 

-A ellas se la sopla. Como si no supieran que soy sexualmente activa. – Ricky se dejó caer en la cama boca arriba, estirando brazos y piernas. Al contrario que yo, parecía muy cómoda. – Creo que están sorprendidas. A mi cuarto no ha pasado nadie que no fuera Max o Yunho y quizás, alguna chica. 

-Oh… - menudas hermanas. Sospechaba que, más que enrolladas, estaban un poco flipadas. Sabela no me había quitado ojo durante toda la película y Heidi… ¡Con lo modosita que parecía en el trabajo! La había pillado haciéndome guiños en más de una ocasión. – Bueno… - murmuré y me senté en el otro extremo de la cama, nervioso. – Pues eso. 

Nos quedamos en silencio. 

-Jae. 

-¿Hum? 

-Enséñame los brazos. 

-¿Para qué? 

-Quiero ver si te has vuelto a cortar. 

-¿Y qué te hace pensar que me he cortado más? Esa vez solo me mordí un poco. 

-Lo has vuelto a hacer, ¿a que sí? Por eso no quieres. 

-Hum… 

-Tengo muchas amigas que se cortan, ¿sabes? Creen que es guay y por eso lo hacen. – fruncí el ceño. ¿De verdad la gente estaba tan desequilibrada como para hacerse daño por una moda? No. Mierda. ¿Y quién coño era yo para juzgarlos? – Si tú me dejas ver tus brazos, yo te enseñaré otra cosa. 

-¿El qué? – Ricky dio un salto en la cama y se colocó a mi lado, de rodillas. 

-Enséñamelos. No voy a recriminarte nada. – dudé. No me gustaba que nadie se fijara en los cortes. No eran importantes, pero por otro lado, los sentía íntimos y por lo tanto, mostrarlos me avergonzaba, como si estuviera desnudo. Enseñar una de mis debilidades. Pero Ricky comprendía mis debilidades, porque ella también padecía unas propias. 

Estiré el brazo izquierdo y ella lo agarró por el codo con dedos fríos. Lo analizó sin pronunciar ni una palabra durante casi cinco minutos. 

-Este corte es nuevo ¿verdad? Parece muy reciente. 

-Todos son recientes. No llevo más de una semana haciéndolo. 

-¿Y por qué? ¿No te duele? – me pellizcó, cerca de una herida abierta. 

-¡Auch!

-Perdón. 

-Cuidado. Me escuece. 

-No entiendo por qué lo haces si te duele. 

-Porque precisamente eso es lo que quiero, que duela. 

-¿Te va el sadomasoquismo? 

-Ehm… no. - ¿quizás debería haber dicho sí? ¿Cuándo se consideraba una relación sexual sadomasoquista y cuando no? Porque si era por golpes, algo de masoquista tenía, pero si era por latigazos… eso ya no me atraía tanto. ¡Arg! El nerviosismo me podía y empezaba a pensar en tonterías. 

-¿Y éstas? – noté sus dedos acariciándome la muñeca, justo encima de la deforme cicatriz rojiza. El tacto era agradable. – Me dijiste que la situación se te escapó de las manos, ¿no?

-Más o menos. 

-¿Te dolió? 

-No mucho. Tenía otras cosas en las que pensar cuando… lo hice. 

-Oh… ¿puedo preguntar qué? – no, no puedes preguntar qué, deseé decir, pero no lo hice. Rememoré cosas sueltas, sobretodo la imagen de Yunho y el ahogo, esa sensación que me hizo pensar que no sería capaz de seguir, que estaba tropezando y cayendo al suelo y que mis brazos no frenarían la caída. Me estrellaría y se me abriría la cabeza y claro, luego no sería capaz de levantarme. Los pensamientos dirigidos hacia mi familia no existían, solo había un muro plano, sin una cuerda a la que pudiera agarrarme para trepar. Siempre se me había dado muy bien trepar, y correr, y nadar. 

Pensé en Yunho. Pero también pensé que nunca más podría caminar, tampoco escalar, ni aguantar la respiración debajo del agua.

-Creo que en el último momento… me arrepentí. Retiré la mano con suavidad y la escondí en mi regazo. 

-No lo intentes, ¿vale? Porque si no te sale bien, te arrepentirás durante toda la vida. – Ricky asintió con la cabeza y aunque era menor que yo, aunque seguía siendo una adolescente demasiado joven para saber de lo que estaba hablando, tenía la impresión de que me entendía perfectamente. – ¿Mañana es martes?

-Sí.

-¿No vas al instituto? 

-No. Yo no voy. Nunca voy. 

-Pues quizás deberías ir. Es otra cosa de la que te puedes arrepentir. 

-Tú no eres mi padre. 

-Es verdad, no lo soy. – me había quedado atolondrado por la velocidad de sus preguntas y la profundidad de mis respuestas. – Sabela y Black son…

-Pareja, desde hace casi un año.

-Entiendo. 

-Menuda cara. ¡No me digas que te mola Black!

-¡No! ¡Solo era una pregunta! 

-Ah. 

Estaba empezando a sentir envidia por las personas mudas, sin compromiso alguno y sin sentir incomodidad cuando el ambiente se cargaba del típico silencio que se forma entre dos personas entre las que hay o hubo algo, cuando Ricky se levantó de la cama. Fue hasta una pequeña estantería con libros viejos y sospechaba, por el polvo, que intocables. Se puso de puntillas intentando alcanzar la parte más alta, pegando saltitos torpes. No, Jae, no puedes mirar ahí. Me reprendí a mí mismo apartando los ojos del pequeño trasero de Ricky. 

-¿Qué estás buscando? ¿Te ayudo? – me ofrecí, pero ella negó con la cabeza. 

-¿Sabes qué? Cuando tu hermano me encontró destrozada en ese sitio, me llevó al hospital a cuestas, pero no sé por qué, en el último momento retrocedió y me llevó a mi casa, con mi familia. Fue como si me leyera el pensamiento. Después de lo que me había pasado, lo último que quería era dejarme toquetear por un montón de médicos desconocidos para hacerme pruebas de todo tipo. Cuando llegué a casa, Yunho no le dijo nada a mis hermanas. Me costó mucho tiempo darme cuenta, y en las peores situaciones, pero gracias a eso descubrí que pese a su forma de actuar y pensar, Yunho tiene unos detalles a la hora de la verdad, que te hacen dudar. – no quería oír nada de mi hermano. No quería recordar lo que me esperaría en casa al día siguiente, pero no dije nada y escuché, relacionando aquella explicación con mis propias experiencias, pero no encontré ningún detalle bonito por parte de Yunho. Ricky pegó un último salto y consiguió atrapar una cajita de zapatos que sostuve frente a su pecho. Sopló sobre ella y el polvo voló por toda la habitación. 

-Cuando piensas que Yunho es un hijo de puta sin corazón, alguien de quien no te puedes fiar y que siempre acaba haciéndote daño, él aparece con un ramo de flores en la mano o algo parecido. Hace algunas cosas que te sorprenden y te hacen pensar, este chico es bueno. Yunho es un buen chico, a pesar de todo. Tiene unos detalles tan pequeños a veces, tan inesperados… ¿nunca ha tenido un detalle así contigo? 

Callé. Intentando mantener un orgullo que no tenía, no mencioné la carrera de Navidad, cuando Yunho viajó de Seul a Busan en un único fin de semana para asistir al parto de su perra y para regalarme un cachorrillo recién nacido. Tampoco mencioné aquella azucena perdida en el barro, ni su acompañamiento al centro para las compras de Navidad, su paciencia. No acostarse con Boomie en el último momento y vigilar que nadie se aprovechara de mí en los momentos menos lúcidos. Aquella vez, cuando me compró entradas para un concierto (aunque en realidad, las robó) y me llevó al centro dos noches antes para hacer cola y estar en primera fila. Cuando aguantó mi mal humor durante casi una semana entera e hicimos novillos durante tres días, llevándome a sitios chulos que se molestaba en buscar por las tardes libres, mientras yo me dedicaba estudiar o me permitía ponerme melancólico. 

Detalles había tenido miles y todos, tan inesperados que de solo recordarlo, me provocaba la sonrisa bobalicona. 

-Los ha tenido, eh. Esa sonrisa lo dice todo. – adivinó ella, que con la cajita en las manos, se sentó de nuevo a mi lado. – Conmigo tambié los tuvo. Fue su manera de declararme Encadenada, de decirme que me tenía en cuenta. Fue una venganza cortante y rápida, y sospecho que muy sangrienta, pero prefiero no imaginarlo. Yunho me dio esto una semana después de que ocurriera… eso. – me tendió la caja, que cogí con cierta curiosidad. 

-¿Puedo abrirla? – pregunté y ella asintió. Se dio la vuelta y clavó la mirada en el techo. 

-Ábrela. Yo no quiero ver su contenido. De hecho, debería haberlo tirado cuando Yunho me lo dio. – la curiosidad aumentó más todavía. Sentí incluso morbo cuando levanté la tapa y observé esas deformidades de color marrón oscuro desgastado. Olía mal. Olía a viejo y a moho. La caja estaba manchada con restos de algún líquido oscuro que se había secado hacía tiempo, formando costras del color del vino pegadas en el fondo. Intenté imaginarme qué eran esas tres formas inconcretas, alargadas, sin llegar a ninguna conclusión. 

-¿Qué es esto? Huele mal. – metí la mano y toqué con la uña una de las tres. Estaba muy dura, casi como una piedra. Era desagradable, aún cuando era incapaz de relacionar ese color y forma, a nada antes conocido.

Entonces, Ricky chasqueó la lengua y dijo:

-Cuando Yunho me lo entregó, estaba fresco y casi puedo decir que palpitaba. Prefiero no saber qué aspecto tendrá ahora. En palabras textuales que tu hermano, “Son los instrumentos de tortura viriles que tanto daño te han hecho, pequeña”. – y Ricky me lanzó una mirada cargada de grima y de lástima.

Al principio no lo entendí. 

-¿Los instrumentos de tortura viriles que…? ¡OH, DIOS! – y cerré la caja al momento. 

Quise vomitar y sentí un cosquilleo en la entrepierna que me hizo desear agarrármela y esconderme con ella en algún sitio alejado de cuchillas, navajas y todo aquello que pudiera amputar carne. 

-¿¡Estás diciendo que vivo con un tío que va por ahí cortando pollas!? - ¿¡Estás diciendo que me he acostado con un loco rebana nabos!? Estuve a punto de gritar.

-Solo a los hombres malos que hacen pupa a las mujeres buenas. – se burló ella, con voz divertida. A mí no me hacía ninguna gracia. 

-Y lo dices tan tranquila… ¡Claro, como tú no tienes pene! ¡Me cago en la puta! ¡Mi hermano está grillado! ¡Pero qué asco! ¡QUÉ DOLOR! ¿No podía entregarles a la policía, como todo el mundo? ¡No, tenía que dedicarse a cortar setas! 

-¡Jajajajaja! 

-¡Pero no te rías! Ahora sí que no quiero volver a casa. ¿Y si me corta las pelotas por no avisarle? ¡Oh, no! ¡Tengo que llamarle! – me levanté de la cama de un salto y la caja casi se me cae al suelo. Me imaginé la escena. Tres penes amputados rodando por el suelo de la habitación, a mis pies. ¡ARGG! ¡Yunho estaba como una puta regadera, los detalles bonitos daban igual!

-¿Qué haces, Jae? Anda, trae eso, no se vaya a caer al suelo ¡porque yo no pienso recogerlo! – dejé la caja encima de la cama y me aparté, repugnado, observando cómo Ricky la volvía a coger y la colocaba en su sitio. 

Tenía unas ganas horribles de echar la pota. Me estaba hasta mareando. 

-Es… vomitivo. – y Ricky se empezó a reír otra vez. 

-¡Lo sé! ¡Es asqueroso! No he vuelto a abrir esa caja desde entonces, pero tampoco me atrevía a tirarla. Aunque son los penes de tres violadores, ¡joder, son suyos, son lo que más quieren! Y sentía lástima cada vez que iba a la basura a tirarlos. Pobrecitos. 

-Oh, pobrecitos. – ni falta hacía que me lo dijera. Ahora lo entendía. ¡El castigo por una violación en Busan era mucho peor que en Seul! Diez años en la cárcel, o cinco y ala, a la calle. En Busan, nada de cárcel, pero te arrancaban la polla de cuajo. Nada de sexo durante toda tu vida. ¡Qué bárbaro! – Bueno… al menos las mujeres os sentiréis mejor. – Ricky sonrió de oreja a oreja. 

-¡Mucho mejor! Aunque a algunas les parece excesivo. 

-A mí, por ejemplo. 

-Te has puesto pálido. 

-¡Joder, es que imagínatelo! ¡Es como si a ti te metieran algo y te… te cortaran ahí dentro… y… y… eso! No te puedes imaginar lo que eso tiene que doler. – pero como de costumbre, me equivocaba. Como de costumbre, metí la pata.Ricky ladeó la cabeza y estiró los labios hacia la izquierda, haciendo muecas, expresiones de circunstancia. 

-Sí que me lo imagino, Jaejoong. Me lo imagino. – bajé la cabeza y fruncí la boca. Observando la cama me di cuenta de que no merecía acostarme en ella. El lecho arrebatado de una mujer inocente por un hombre sin escrúpulos, y mucho menos, virilidad. – Jae, si te cuento todo esto es por algo. Los Encadenados somos así de convenidos, fíjate. – hizo un esfuerzo enorme por reírse y yo no supe cómo responder. De un salto, se subió a la cama y se arrodilló delante de mí. – Quiero ir directa al grano, Jae. Lo que ha pasado esta mañana… ha sido algo muy violento para mí y probablemente para ti y… esto… me ha hecho abrir los ojos. Pensaba que había superado todo aquello, que nunca me encontraría con el cuarto tío que se aprovechó de mí, el que Yunho nunca encontró. Pero ha pasado. Y tú estabas conmigo. Y me has protegido y eso me hace pensar cosas y… y… - bufó. Estaba empezando a tartamudear con un nerviosismo propio de alguien inseguro, como yo. – Jae… me gustas mucho. Desde la noche que pasamos juntos paseando por los barrios bajos, me gustas mucho. Eres un tío muy guay y… y… quiero pedirte un favor. – me agarró una mano y la apretó. Sus ojos brillantes me inspiraban una gran confianza y una ternura ciega. 

Antes de que lo dijera, ya sabía lo que me iba a pedir. Y mi respuesta era inconclusa. 

-Ricky…

-¡Déjame terminar! – chilló. – Escucha, sé que te doy pena. Por eso sé que no me harás daño y como eres un tío…

-¿Qué quieres decir con eso? 

-¡Nada! Solo quiero pedirte un favor, así que escucha, porque no voy a repetirlo. Me da un poco de vergüenza. – mierda, mierda… a ver cómo le decía yo ahora que no, que aunque fuera tío, no era capaz de hacer eso, y menos tan de repente, ala, así, sin más. – Jae… - me llamó una vez más, con voz alta y carraspeando, para que sonara más serena. – Tienes que hacer esto por mí. Un tío tan apañado como tú tiene que hacerme este favor. ¡Además, me lo debes por cargarte mi moto! 

-Ya, pero… Ricky, yo no sé…

-¡Jae, eres hombre, no digas gilipolleces! ¡Te viene en los genes! – tragué saliva. Ella se estaba exasperando y yo empezaba a sentir vergüenza por lo humillante de la situación. – Jae, por favor. Hazme este favor a mí, ¡que soy la mejor amiga que tienes aquí! 

-Ya, pero… 

-Jae, te lo estoy pidiendo por favor. Solo quiero sentirme más segura conmigo misma y tú puedes ayudarme con… con eso. – entrecerré los ojos, pensativo. Bueno, podía intentarlo, no podía ser tan difícil. 

-Hum… bueno, vale. – a Ricky se le iluminó la cara. – Pero no te prometo nada, eh. La cisterna parece muy desgastada y yo nunca he tenido mucha pericia con la fontanería.

Ricky se me quedó mirando. 

-Jae, ¿de qué coño me hablas? ¿Qué cisterna ni que niño muerto? 

-Pues las cisterna del baño, que pierde agua y… ¿de qué me estás hablando tú? – Ricky se puso como un tomate por la rabia.

-¡De que me folles, imbécil! – tronó.

-¡Aaaaah! Era eso… - y como siempre, después de hablar, recapacité sobre lo oído - ¿Perdón?

Sería una noche muuuuuuuuy larga. 

By Yunho.

El Muñeco había vuelto a caerme mal. Se dedicaba a pegar saltos de un charco a otro, con un paraguas en la mano (que no sabía de dónde había sacado) haciendo de Mary Poppins bajo la lluvia. Yo, mientras tanto, empapado hasta los bóxers, seguía andando por la calle, intentando aprovechar los tejados de los caserones de esa zona para no mojarme más todavía. La ropa, chupando toda el agua, me pesaba y me dificultaba el avance. Pisé un charco que se tragó mi pie izquierdo, con bamba incluida. Estuve a punto de viajar al suelo de boca. 

-¡Mierda! – gruñí. Varias personas, que de hecho, conocía, dos colegas de barra y sus respectivas novias acurrucadas bajo el paraguas de su pareja junto a estos, habían reparado en mí. 

-¿Yunho? – preguntó uno. Yo no contesté, pero eso no les impidió casi atragantarse con unas estrepitosas carcajadas por mi aspecto de vagabundo ahogado como pollo. 

-Ja-ja-ja… ésta te la guardo, capullo. – musité. Intenté dar otro paso al frente y estuve a punto de caer otra vez cuando el fango se tragó una de mis viejas zapatillas. Ésta flotó sobre la superficie del lodo y después, desapareció, como si se la hubieran tragado arenas movedizas. Eran unas Nike auténticas que me habían costado una persecución de trescientos metros con el dependiente de la tienda, que me había perseguido con una porra. 

-Jaejoong, vas a necesitar muchos jabones para compensarme esto, hijo puta. – y seguí andando, escuchando de fondo las irritantes risas de aquellos ex colegas, cuyo nombre anoté mentalmente en mi lista negra.