
By Yunho.
-Joder… ¿no te cansas de tanto
libro? ¡Y son la hostia de gordos! ¡Seiscientas páginas! Lo veo y no lo creo. –
no había puesto un pie en una librería en mi vida. De solo ver tantos libros
apilados en las estanterías me atacaba una sensación claustrofóbica horrenda.
¿Y si se me caían todos encima? Me aplastarían con sus puñeteras tapas de
cartón duro y algunos con su simple peso, serían capaces de romperme las
piernas. Me imaginé un hombre de papel hecho con todos los libros que se encontraban
en ese reducido espacio y sentí incluso respeto. ¡Urg! No me gustaría tener que
enfrentarme a él. Fui hasta Max, que nada más entrar había ido directo a
rebuscar entre los más gordos y se movía con una lentitud desesperante.
-¿Cuántos puedo comprar? – me
preguntó, sin alzar la mirada de un libro de un cierto mediano grosor.
-Uno.
-¿Sólo uno?
-Los libros de filosofía del
instituto eran carísimos, tío.
-Pero esto no son libros para el
insti, son libros de lectura, maldito ignorante. Valen mucho menos. – Max
parecía tomarse sus dichosos libros muy en serio. Creo que era capaz hasta de
pegarme con ellos en la cabeza y gritar ¡inculto, inculto, inculto!
-Bueno, pues coge los que quieras,
pero me he quedado sin pasta, apenas tengo cien euros, eh. – le avisé, pero a
pesar de advertirle que el dinero era limitado, una sonrisa prodigiosa se
adueño de él. Se me echó encima, dándome un fuerte abrazo, colgándose de mi
cuello aún con los libros en la mano.
-Gracias, Yunho. – dijo y me besó en
la mejilla largamente. Nos observamos consumidos por un silencio que navegaba a
la deriva de la alegría de Max y mi actual indiferencia.
-¿Tanto te importan ese montón de
libros? – en realidad, la respuesta no me interesaba. Mi atención había sido
captada por una sección en concreto cuyas letras estallaban en un marco color
marrón sobre el techo.
-Claro. Adoro los libros. – me dio
la impresión de querer decir algo más, pero me soltó al percatarse de mi
distracción y siguió mi mirada hasta aquella sección. - ¿Libros de preparación?
Yunho, hace años que no estudias nada.
-No es verdad. Hace unos meses
estudié primer curso de telecomunicaciones. – me aparté y me dirigí hacia aquel
estante remoto. – Elige los que quieras. Ahora vuelvo. – me confié. Max se
entretendría durante el tiempo suficiente para que yo pudiera encontrar un
libro de psicología lo bastante práctico como para servirle a mi hermano.
Cuando me vi allí, frente a aquel
enorme trozo de metal con los grandes colosos culturales desordenados, de todas
clases, me pregunté qué hacía allí, qué puñetas estaba tramando mi mente y por
qué se me ocurrían esas ideas tan desinteresadas de buenas a primeras. La
excusa de mi parte ilógica y absurdamente anti-yo empezaba a fallarme, al igual
que la excusa de que Jae me hacía estúpido, aunque eso estaba más que
comprobado. Necesitaba pruebas del por qué Jae, del por qué esas extrañas
reacciones hasta ahora desconocidas para mí desde que me tropecé con el
egocéntrico y malcriado de mi hermano y, cuando localicé un libro de química,
no dudé en cogerlo del estante y abrirlo por la mitad. Busqué y visualicé
página por página. Hablaba de muchas reacciones químicas, sobretodo de la
conexión del cerebro y el cuerpo, el sistema nervioso y los órganos vitales. También
hablaba de reacciones químicas fuera del cuerpo, claro, pero eso no me
interesaba. Dejé el libro en el estante y cogí otro del mismo tema. Empecé
a pasar páginas, una a una hasta que me detuve. El dibujo de un corazón humano
llamó mi atención y con grandes letras, el título “Reacción química ante la
sexualidad”. Recordaba haber estudiado ese tema en secundaria. Recordaba la
liberación de endorfinas que nos provocaba el orgasmo, así que pasé página y me
encontré con una reacción química diferente. El título me dio repelús. “El amor
es una reacción química”. Pero ¿el amor no era un sentimiento? Del cual yo
dudaba de su existencia. Leí muy por encima, deteniéndome en los síntomas.
Elevación de la presión arterial, aumento de glóbulos rojos, sensación de energía
y entusiasmo… ¡Bah! No estaba “enamorado”, entonces. Jaejoong me ponía de mala
hostia, no me entusiasmaba ni tampoco me latía el corazón con más fuerza, solo
durante el sexo y cuando su belleza satánica me machaba la testosterona.
De todas formas, ¿qué hacía
rebuscando entre los libros de química? ¿Cuál era la reacción química que
pretendía encontrar? ¿La explicación a qué? ¿Y vendría en un maldito libro de
universitario? Me interesaba saber por qué a veces odiaba a Jaejoong y por qué
otras sentía algo así como la necesidad de tenerlo cerca. Y lo peor de todo,
claro, el por qué no dejaba de pensar en él ya fuera con odio o con añoranza, a
veces, con preocupación incluso. Había conocido la auténtica preocupación con
el capullo de mi hermano.
Suspiré y dejé el libro en su
sitio.
-Oh, coño, Yunho ¿qué estás
haciendo? – me reproché a mí mismo. Con las bolsas de la ropa que le había
comprado a mi hermano descansando en el suelo, los cosméticos y la primera
plancha para el pelo que había encontrado en una tienda que ya ni siquiera
recordaba, estaba empezando a confundirme. Me estaba gastando mi salario en
tonterías para Jae en lugar de para mí. Era estúpido. Los únicos regalos que
había hecho en mi vida habían sido para Helem. Pero pensar en Jaejoong, en la
cara de sorpresa que pondría al ver los regalos, en la expresión de su rostro
cuando descubrió a Scotty en aquella cestita el día de Navidad, en lo mimoso y
contento que se puso… se había tirado toda la noche riendo conmigo.
Ahora… reía muy poco.
El Muñeco se había colgado de un
estante y se paseaba por entre los libros pegando saltos y abriendo las piernas
como un bailarín. Ese maldito bicho sí que estaba contento. Su humor se había
vuelto pletórico en cuanto se me cruzó por la cabeza comprarle el primer regalo
a Jae. Estaba tan contento, que pegó un salto en medio de dos estantes y se
golpeó la cabeza con el de arriba. Cayó al suelo, encima de un montón de libros
y se hizo el muerto, con los brazos y las piernas de trapo extendidas y una
cara de dolor que provocó que me entrara la risa floja. Mi carcajada captó
la atención de media librería y cuando alguien me siseó para que cerrara la
boca, sentí que el bicho que siempre me acompañaba empezaba a caerme algo así
como bien.
By Jaejoong.
-¡Eh, chaval! ¿Qué haces tú por aquí
tan pronto? No tienes que volver a entrar hasta las cinco. – mi jefe, desde la
caja, contando el dinero que había ganado esa mañana, frunció el ceño nada más
verme. Yo me encogí un poco, incómodo.
-Ehm… queda una hora y media, así
que… puedo entrar antes. – titubeé y a Habermman los ojos le brillaron como las
estrellas.
-Oh, Jae, Jae, Jae, ¡qué buen chico
eres! ¡A ver si aprendes un poco, Thunder, vago de mierda! – tronó. Al otro
lado del recinto Thunder fregaba el suelo con cara de persona contrariada y
frustrada. Por un momento, cruzamos miradas, pero me giró la cara enseguida y
me dio la espalda, concentrándose en la fregona que paseaba por el suelo. No lo
hacía muy bien. Más que fregar, estaba inundando el piso. – Puedes ocuparte de
los clientes de este lado, no son muchos. También del lado de Heidi, ella ya se
ha pirado. – asentí y un poco cortado, me precipité dentro. Mi jefe arqueó una
ceja al ver mi mano unida a otra más pequeña y brillando por el sudor del miedo.
Ricky y yo entramos en la pastelería con la cabeza baja. Podía sentir el
temblor de sus piernas aún sin tocarla e incluso su temor y vergüenza. Apretó
aún más fuerte la bolsa con la ropa interior y los pantalones manchados e
intentó bajarse un poco más la falda que le había comprado, lo único que
habíamos encontrado a esas horas en las que las tiendas más cercanas se
cerraban para que los dueños pudieran ir a comer algo.
La falda le llegaba por las
rodillas. Era larga comparándola con otras, pero aún así ella se sentía
incómoda y molesta con la ropa interior de chica, demasiado fina y ajustada
para lo que estaba acostumbrada a ponerse.
La llevé hasta un asiento lejano,
una mesa apartada de las demás y lejos de la ventana acristalada, sucia, pero
que sería la primera en limpiar.
-Siéntate aquí. – ella me hizo caso
sin rechistar, aún sin soltarme la mano. Era curioso verla tan vulnerable
cuando me había acostumbrado a apoyarme en su serenidad masculina y basta. Y
con esa falda… parecía más chica que nunca. – Yo tengo que ir a trabajar ahora
y no saldré hasta las nueve. Es mucho tiempo. Si quieres, puedo acompañarte a
casa. O puedes llamar a tu madre o… - encogí la cara, recordando que sus padres
estaban en Francia. - … o a tu hermana o puedes…
-No. – sentenció, clavando la mirada
en la mesa pegajosa por un batido derramado. – No hace falta. Quiero
quedarme.
-Ah. Pero ¿por qué? Yo tengo que
trabajar y te vas a aburrir. – ella se encogió de hombros, aún sin levantar la
vista.
-Quiero quedarme. Esperaré.
-Son cinco horas y media. – le
recordé.
-Me da igual. – y dio por finalizada
la discusión. Me daba algo de palo dejarla sola allí después de lo que había
visto y acababa de vivir, pero no tenía muchas opciones. Ella estaba
encabezonada en quedarse conmigo, como si yo fuera un perro guardián capaz de
protegerla. ¡Ja! ¿No era para reírse? ¿Yo? ¿Un perro guardián, alguien digno de
confianza a quien se le puede encargar la vida de una persona? ¡Por supuesto,
seguro! No era capaz de protegerme ni a mí mismo.
-Vale. Llámame si necesitas algo.
Estaré rulando por aquí y eso. – me di la vuelta para ir a cambiarme, sin saber
qué más decir. No era la persona ideal para consolar a nadie, eso era algo que
bien podía demostrar mostrando la piel de mi muñeca, pero era consciente de que
Ricky no tenía a nadie más en aquel momento, alguien más apto que yo. Quizás,
por eso no quería dejarme ir y apretó con más fuerza el agarre de mi mano,
deteniéndome. Me volví. Ella alzó la cabeza y una triste sonrisa hizo acto de
presencia en su boca.
-Gracias.
-¿Por qué?
-Por… por protegerme. – su cara ya
no era de chica, si no de mujer. Una mujer guapísima. Tuve ganas de sentarme a
su lado y permitir que su cabeza reposara en mi hombro, como había hecho el
sábado, en la noche de Cristina, pero cuando me soltó la mano y dejó escapar un
largo suspiro cansado, me imaginé que querría estar sola, recapacitar, pensar,
descansar, dormir…
A mí me gustaba estar solo cuando
empezaban a rondar ideas autodestructivas por mi cabeza. No soportaba la
agobiante atención de mi familia, pero sí que me gustaba que de vez en cuando,
alguien me echara un ojo y se me acercara. Solo para cerciorarme de que le
importaba a alguien. Quizás eso era lo que Ricky necesitaba, así que en un gesto
que pretendía ser cariñoso y casual, le revolví un poco el pelo y pronuncié un
débil “de nada”, antes de ir a cambiarme.
Cuando pasé por su lado, Thunder me
dio la espalda descaradamente. Me sentí discriminado, otra vez.
-Oye. – le hablé, con un tono quizás
más duro de lo que pretendía. De todas formas, él me ignoró y siguió fregando,
mal, claro. – Antes de empezar a fregar el suelo con la fregona, se escurre
para no inundar el piso. – Thunder pareció encogerse y detuvo su frenético
movimiento. Me miró de reojo, pero enseguida volvió a concentrarse en su
trabajo sin dirigirme ni una palabra. Bufé. – Lo siento, Thunder. Apenas te
conozco… pero eres un capullo.
El fruncimiento de ceño que pude
captar a través del espejo me hizo sonreír. Me sentía raro, con un exceso de
confianza en mí mismo que había perdido hacía meses.
Cuando salí con el uniforme puesto y
mientras atendía a algunos clientes, lo noté. Me sentía seguro y nuevo, un poco
más extrovertido. En una de mis constantes miradas que pretendía velar a la
auténtica Ricky, vulnerable y dulce, supe que en gran parte ese cambio de
actitud se debía a ella.
Cuando me dirigí hasta Ricky para
limpiar su mesa, una parte de su extroversión acudió a ella.
-Así que eres el perfecto amo de
casa, de esos chicos que saben hacer de todo. Cocinar, barrer, fregar, hacer la
colada, lavar los platos… - sonreí, concentrado en el tacto del paño mojada en
mi mano. – Y eres guapo, fuerte y amable con las chicas. ¿En qué fallas, Jae? –
terminé de limpiar y me llevé el trapo al hombro. Estaba consiguiendo
avergonzarme.
-Creo que ya sabes que las cuchillas
y las cosas afiladas no son lo mío, por ejemplo.
-Oh, bueno… tampoco las falditas y
los vestiditos de chica son lo mío. Todo el mundo tiene un punto débil. Todo el
mundo tiene un secreto oscuro que nadie conoce. – apoyó los codos en la mesa.
Si no fuera porque era incapaz de imaginarme a Ricky ligando como una chica
tímida y no arrollando a todo aquel que se le cruzara por delante, diría que
estaba intentando seducirme o, al menos, atraer mi atención. Me sentí indefenso
y un poco pequeño frente a ella. Había perdido táctica con las chicas.
-Cierto. – admití, pasando el trapo
por la mesa contigua a la suya. – Y el tuyo son los complementos femeninos, ¿no?
-No. El mío son los hombres. – se
encogió de hombros, riendo.
-Entonces tenemos algo en
común.
-¿También se te dan mal los
hombres?
-En realidad, no. – busqué a Thunder
con la mirada, con la única intención de hacer reír a Ricky y cuando lo
encontré, en la caja, cobrando a una ancianita que me había dado tres euros en
propinas, lo señalé. - ¿Ves a ese de ahí? Finge que me odia, pero en realidad
está coladito por mí. – Ricky empezó a reír a carcajada limpia y pude
percatarme de la cara de Thunder, volviéndose hacia ella alzando una ceja,
ajeno a la conversación. A mí también me entró la risa tonta.
La invité a merendar, después de
haberla invitado también a comer. Llevé un enorme batido de fresa a su mesa que
se tragó en dos sorbos y un cucurucho de vainilla con virutas de chocolate un
poco deforme. Fue la primera vez que cargué un cucurucho de helado con mis
propias manos (y la ayuda de las cucharillas, claro). De todas formas, la
práctica lleva a la perfección.
Alrededor de las seis empezó a
llegar gente. No. Un pelotón de gente y la mayoría, eran adolescentes que no se
fueron hasta una o dos horas después. No quedó ni una silla o mesa libre en
toda la pastelería, de hecho, la gente se amontonaba en la entrada esperando un
sitio libre. Heidi volvió a las cinco y media y en silencio (no parecía una
chica muy habladora) me ayudó con los clientes. Ella se encargaba de los
masculinos y yo de los femeninos y así, todos quedaban contentos.
Derramé batido dos veces sobre el
suelo, pero nadie me echó la bronca, ni siquiera Habermman, que pasó la fregona
con una sonrisita avariciosa en la boca.
-Chaval, en toda mi vida como
dirigente del negocio familiar, esta pastelería solo se ha llenado a rebosar un
total de siete veces, ahora, ocho, casualmente nada más entrar tú en el
negocio. ¡Tengo la sensación de que haberte contratado es lo mejor que me ha
podido pasar en la vida, no te dejaré escapar fácilmente! – me dijo, dándome un
guantazo en la espalda que casi me hace caer al suelo con una bandeja llena de
dulces y cervezas.
Los sobeos y las insinuaciones eran
monstruosas entre los clientes femeninos y más de un número de teléfono acabó
escrito en mi mano. ¡Guau! La gente de Busan era descarada y divertida y eso
acabó por gustarme. No tenía tiempo para aburrirme ni tampoco, para pensar en
la cuchilla o en Yunho y en su humor de perros, en que quizás intentaría
pegarme cuando volviera a casa y descubriera que me había puesto a trabajar
cuando, como ya me había dicho alguna que otra vez, prefería que dependiera de
él. Conocía esa estrategia. Quería dejarme sin salidas, que no me quedara más
remedio que rendirme a él y obedecerle en todo lo que me pidiera. Era una
estrategia típica entre los maltratadores que pegaban a sus mujeres, los muy
cerdos. Yo estaba poco dispuesto a convertirme en un hombre maltratado.
Al dar mis ojos vueltas por el
recinto buscando a Ricky entre toda aquella masa exigiendo atención, descubrí
un pelotón de chicas junto a ella, de su edad, acopladas a su misma mesa.
Algunas me sonaban, otras no. Armaban jolgorio con voces y risas estrépitas y
lo mejor era que Ricky las seguía, relatando una hazaña que las hacía estallar
en carcajadas. Eso me hizo relajarme.
-Guapa tu novia, eh. Suertudo. –
Habermman me dio un codazo en el costado, guiñándome un ojo.
-No, si no es mi novia. Es una
amiga.
-Claro, claro. Eso dicen todos.
Apuesto lo que sea a que estás coladito por ella. – me entró la risa floja.
Ojalá lo estuviera.
Tenía ciertos problemas con la caja
y con las matemáticas y más de una vez, di un cambio equivocado al que
correspondía. Más o menos. Cuando daba de más, no me enteraba hasta rato
después. Cuando daba de menos, siempre me reclamaban y para compensar a mis
clientes por mi torpeza, me pedían una cita. Era muy vergonzoso que alguien que
no conocías te piropeara hasta dejarte colorado, pero mi autoestima crecía a
pasos agigantados. No necesitaba a Yunho. Era un hombre solicitado tanto por el
sexo femenino como por el masculino. Definitivamente, el trabajo que me
habían conseguido me acabaría gustando… de no ser por el cansancio. Me salieron
ampollas en los dedos de tanto coger las cucharillas de helado y contactar con
el frío de la nevera y el calor del horno en menos de un minuto. Debía ser
rápido. Los pies me dolían y las exigencias de los clientes me ponían nervioso.
Hubo un momento, cuando me quedaba una escasa hora para terminar el turno en el
que entré al baño. Hice lo que tenía que hacer, descargué y como me había
olvidado a mi Muñeca en el bolsillo del pantalón que le había cogido prestado a
mi hermano, el que estaba a buen recaudo encerrado en el vestuario, me aplasté
el brazo contra el lavamanos. Fue un golpe demasiado burro y me hice un daño
espantoso, además, no me sirvió de mucho. No hubo sangre, solo un moratón en el
costado de la mano.
Cuando salí del baño, los clientes
se habían ido y solo quedaban algunos en la caja, comprando un helado para
llevar. Una pareja de unos dieciséis años compartieron cucharilla y pajita para
el batido.
Recogí las mesas y limpié un poco
cuando me percaté del reloj. Eran las nueve y diez, pero no tenía ganas de irme
a casa todavía, aunque estaba hecho polvo.
-Ya es la hora, chaval. Puedes irte.
– asentí con la cabeza a mi jefe, pero antes acabé de pasarle el paño a las
últimas mesas. – ¡Qué trabajador! Ya, en serio, puedes irte a casa, Jae.
-Vale.
-¿Qué demonios te ha pasado en el
brazo? – me fije en el moratón de la mano, que se había extendido hasta el
principio del brazo. Me dolía al intentar cerrarla.
-Un golpe tonto.
Ricky se había quedado sola, y me
miraba. Me estaba esperando. Fui al vestuario a cambiarme, pero cuando
abrí la puerta, Thunder ya estaba allí, quitándose la camiseta del uniforme y
sacando la propia. Prefería no entrar, pero mi ropa estaba tirada encima del
único banco del pequeño lugar.
La recogí. Él se estaba poniendo la
ropa y yo le daba la espalda, poco interesado en el resto de su anatomía. Me
saqué la camiseta y encogí los brazos, para evitar tener que dar explicaciones
de lesiones o cicatrices.
-No soy un capullo. – habló, de
pronto. Le dirigí una mirada reticente. Se estaba poniendo la camiseta todavía
y me sentí incómodo. – Tu hermano lo es. Y tú eres un desgraciado por ello. –
ahí debía darle la razón.
-Me han llamado muchas cosas, pero
nunca desgraciado. – musité.
-Pues lo eres.
-Pues vale. – terminó de cambiarse.
Se puso una chaqueta de temporada de un color oscuro, con tachuelas que le
hacían parecer agresivo. Molaba mucho. Su estilo parecía un poco similar al mío
antes de que perdiera toda mi ropa. Cuando terminó de cambiarse, un poco picado
por la escasa atención que me había dedicado, hice un comentario propio de
alguien jodidamente estúpido, sin venir al caso. – Ten cuidado con lo que
enseñas. Si tenemos que desnudarnos el uno delante del otro todos los días en
este cuchitril asqueroso, más valdría esquivar posibles… tentaciones. – sonreí
de oreja a oreja. Mi intención era incomodarlo y aturdirlo y cuando oí el fin
de sus pasos en la entrada, me sentí orgulloso.
-Podría decirte lo mismo a ti,
Jaejoong. – me di la vuelta enseguida, sorprendido, pero él ya había
desaparecido.
Hostias… ¡Premio!
Cuando salí, Ricky me estaba
esperando en la puerta, estrechando entre sus brazos la bolsa con la ropa sucia.
Había conseguido bajarse la falda hasta un poco más de las rodillas.
-Has aguantado casi seis horas. Es
todo un logro. – las luces de la pastelería se apagaron justo cuando sus labios
se ensancharon, emitiendo una sonrisa encantadora.
-Tengo paciencia infinita.
-¿Tú? No me lo pareciste cuando me
amenazaste con cortarme el cuello en el trastero de mi casa. – nos reímos. Creo
estábamos un poco cortados, quizás porque podíamos notar que en realidad,
nuestra amistad iba un poquito más allá. Era algo que no podía negar. Ricky me
caía bien y me gustaba como chica. Recordaba haber sentido lo mismo cuando
conocí a Boomie y empezamos a salir. Era agradable estar con ella y sentía que
congeniábamos. Aunque veía muy improbable enamorarme de ella a estas alturas. -
¿Quieres que te acompañe a casa? – Ricky asintió, casi ocultando la cara tras
la bolsa de la ropa.
-Quiero invitarte a cenar.
-¿A mí? ¿Por qué?
-¿No quieres?
-Hum… sí. Así me ahorro el volver a
casa tan pronto. Yunho debe de estar muy cabreado. – quizás no debería haber
dicho eso. El nombre de mi hermano no era el más oportuno. Ricky me había
hablado de él, mientras comíamos. Le había contado que yo sabía lo de la
violación y le había comido la cabeza para que fuera en mi contra. Otra
estrategia para dejarme solo en este mundo tan difícil. La confesión me había
sorprendido, aunque de Yunho me esperaba cualquier tipo de manipulación.
-¿Qué tal el trabajo? Pareces
cansado. – me preguntó. Yo me dejaba guiar entre las angostas calles de aquel
barrio de pandilleros. Era temible y claustrofóbico. Algo se me echaría encima
de buenas a primeras e intentaría herir a Ricky. En mi mente solo discurría esa
idea.
-Estoy cansado. Agotado. Por eso,
por favor, dime que vamos a comer en un sitio con sillas o bancos, por fa.
-¡Idiota, pues claro! Vamos a comer
a mi casa.
-¿A tu casa? – me puse nervioso al
momento. – Pero ¿y tus hermanas?
-Hum… quizás no estén. - Pensé que
serían imaginaciones mías, pero me dio la impresión de que ese “quizás no
estén” era lo que Ricky buscaba y deseaba.
By Yunho.
-Te has aprovechado bien, eh. – de
los cien euros, no me había quedado ni uno. Max me había dejado sin blanca ¡y
menos mal que yo no había comprado nada! Se había hartado de mirar libros y
libros y había cogido de todos los géneros. Testigo de ello era el tiempo, que
había pasado delante de mis ojos con piernas de acero. Habíamos entrado en la
librería a las cinco de la tarde y hasta las nueve, nada. Porque nos había
echado el dueño de la tienda, si no, igual ni habría cenado. Y estaba muerto de
hambre.
-Mañana por la mañana me leeré éste.
Y pasado, este otro. – me dijo, señalándome un enorme libro cuyo título era
“Los pilares de la tierra”, de Ken Follet. Observé a Max con incluso temor. ¿En
serio era capaz de leerse un libro de ese grosor en una mañana? Yo todavía no
me había terminado “Las aventuras de Tom Sawyer”, y lo empecé en sexto de
primaria. – Ahora…
-No te irás a poner a leer ahora
¿no? – por mí, de acuerdo. Le robaría la cartera a alguien y me iría a tomar
unas cañas a alguna parte. El hombre gordito y de bigote francés que sudaba
como un poseso, cerca del cajero automático, tenía pinta de tener una cartera
con un contenido sustancioso.
-No, no, ahora no. ¿Por qué no vamos
a comer por ahí? Estoy muerto de hambre. – alcé una ceja, irónico. Max frunció
los labios y se hizo el disimulado. – Ah, ya. Que se te ha acabado la pasta,
¿no?
-Adivina por culpa de quien.
-Por culpa de Jaejoong. – soltó, y
siguió adelante con porte indignado. Noté algo incierto removerse en mi
estómago y lo atribuí a la falta de comida, pero cuando ese algo tomó posesión
de mi cuerpo y mente como un virus expandiéndose y buscando los puntos vitales
clave, mis pies frenaron. Max estaba ofuscado conmigo, eso lo notaba, pero
después de soplarme casi cien euros en libros, mi cabeza no tardó en deducir
una idea aplastantemente lógica y típica de mí. Se podía ir a comer pollas con
su enfado, porque a mí no me interesaba tragármelo con el buen humor con el que
me había levantado.Me detuve. Esperé a que captara mi ausencia y se diera la
vuelta con sus libros a cuestas. Al hacerlo, yo le di la espalda y tiré por el
otro lado, rumbo a mi casa.
-¿Yunho? ¿A dónde vas?
-A mi puta casa.
-Pero ¿por qué? – no
contesté. Las calles de los barrios altos eran iluminadas cuando el cielo
era alcanzado por la noche, con las farolas y las luces de los escaparates, las
fuentes bañadas por la luz dorada de los focos que palpitaban bajo el agua. Los
edificios más conocidos brillaban, más bonitos que durante el día, manteniendo
un intenso contraste de colores vivos. La carretera era transitada por un
tráfico inmenso y las personas, sobretodo, parejas, iban cogidos de la mano,
sonriendo con una dulzura demasiado acaramelada. El ambiente me recordaba a
Seul. Quizás a Jae le hubiera gustado pasearse por los barrios altos. Lo
llevaría un día a dar una vuelta por ellos y le compraría algo gracioso para
que recordara la parte buena de mi ciudad.
Max se interpuso en mi camino,
alcanzándome en una carrera.
-¿Por qué? – repitió. - ¿Te has
enfadado conmigo?
-¿Tú qué crees, perra?
-Pero, ¿por qué? – seguí sin
contestar. Yo tampoco conocía una respuesta concreta al “por qué”.
-Deja a mi hermano en paz. Él está
al margen de nuestra vida. – y seguí caminando, esquivándolo. Pude oír sus
pasos apresurados buscándome entre mi halo de indiferencia.
-Es que Jaejoong no es tu hermano,
Yunho. – entrecerré los ojos. El virus se había extendido hasta un recóndito
lugar de mi mente. Ésta me dijo, para, y yo lo hice.
-Es mi hermano.
-Es el tío con el que te has estado
acostando durante meses en Seul y creo que ya no puedes ver más allá de
eso.
-Hazme un favor y métete los celos
por el culo.
-¡Oye, tengo razones para estar
celoso! ¡Has estado todo el puñetero día paseándote de un lado para otro para
comprarle cosas al Muñeco! ¡En nuestra cita! Yo también existo, ¿sabes? Y ya
debería haberte dado una hostia y haber roto contigo por gilipollas. ¡Pero no
lo hago! – me agarró del brazo del que colgaba el maquillaje y la plancha de
Jae y a causa del basto tirón, dado para intentar llamar mi atención, el asa de
la bolsa se rompió. La plancha estuvo a punto de caer al
suelo. Inmediatamente agarré la bolsa con la otra mano y fulminé a mi
supuesto novio.
- ¿Eres idiota? ¡Casi te lo cargas,
coño! – y Max, tras echarle un breve vistazo a la mercancía, se cruzó de brazos
con rostro impotente.
-¿Y qué? Es nuestra cita, Yunho.
¿Hola? ¡Estoy aquí! ¡Existo! ¡Hazme caso, no sé, finge que te gusto un poco,
por lo menos!
-Te estás poniendo pesadito con
eso.
-¿Tengo que volver a repetirte que
parezco el mejor amigo que va a acompañar a su colega de tiendas para que
compre regalitos para su novia? – habló, sarcástico. ¡Argg, con el buen humor
que había tenido hasta que había abierto la boca! – Empiezo a creer que esto no
tiene sentido. ¡Ni siquiera hemos empezado bien! Ha sido llegar tu hermano y
mira… me ignoras, ni puto caso me haces. De repente, parece que la única
persona que existe en el mundo para ti es tu hermano y, si no fuera porque me
contaste que te lo habías follado, ¡no me importaría! Pero es que ¡te lo has
follado! Y ahora compartes casa con él de la noche a la mañana. ¿Y qué esperas
que yo haga? Si al menos me hicieras caso… - empezó a parlotear. Quizás él
tuviera razón, pero yo nunca lo sabría, porque en mi mente se habían instalado
otros pensamientos.
¿Qué cara pondría Jae cuando viera
la ropa, el maquillaje y todo lo que le había comprado? ¡Seguro que se
arrepentiría por haberme tirado el jabón a la cabeza! ¿Y con el jabón? ¿Qué
cara pondría con el jabón? ¿Me dejaría jugar con él y con ese enorme trozo
creador de espuma? Ya me lo imaginaba, mojado hasta en los rincones más
insospechados, con el pelo empapado, con las gotitas de agua comiéndoselo a
lametazos, y yo… yo abriría la puerta del baño de repente y Jae intentaría
taparse, gritando mí nombre para que me largara. Pero no lo haría.
-¡No, Yunho! ¡Estate quieto!
¡Lárgate! ¡No, Yunho, no me toques, no! Yunho… por favor… esto no está bien… no
quiero… no hagas eso. Me duele… Yunho… oh… aaahh… ¡Aahh!
Uff… Me estaba poniendo
malito.
-¡YUNHO!
-¿Qué?
-¿Me has oído?
-Claro.
-¿Y qué es lo último que he dicho? –
puse los ojos en blanco.
-Que te vas a casa con tu hermano. –
Max me miró como si hubiera soltado la mayor gilipollez del mundo.
-¡No he dicho eso!
-Cierto. Eso lo digo yo. ¡Buenas
noches, Muñeco! Mañana nos vemos. – y retomé la marcha con la cabeza llena de
mariposas. Cuando le diera la ropa a Jae, cuando viera las zapatillas y el
maquillaje… ¡Mierda, tendría que haberle comprado ropa interior que le quedara
pequeña! ¿Habría una tienda dónde vendieran bóxer a esas horas? Mierda, no
tenía dinero. Bueno, a Jae le encantaría el detalle de todas formas, seguro.
Quizás se me echara encima conmovido por mi acto, quizás acabábamos en la cama,
esta vez de verdad, sin drogas de por medio, quizás…
¿Y si pese a todo, no me
perdonaba?
-¡Pues corre, Yunho, haber si
encuentras a tu hermano en casa, capullo! – me gritó Max desde la lejanía,
formando una extraño trasfondo casi inexistente. Alcé una mano, diciéndole
adiós con un gesto. - ¡Jaejoong ni siquiera habrá llegado todavía! – tronó. Su
voz sonó un poco nerviosa y ante el nombre de mi antiguo Muñeco, conseguí
captar el sentido de la frase. Me volví, interrogativo y con el ceño
fruncido por la confusión. Max me giró la cara, poco dispuesto a hablar.
-¿De dónde se supone que mi hermano
no habrá llegado todavía? – pero Max me ignoró y empezó a andar por el camino
opuesto.
Ahora me tocaba a mí arrastrarme
para conseguir una respuesta.
By Jaejoong.
-¡Hola!
-¡Hola, hola, preciosa!
-Buenas noches, Ricky. – el mogollón
de gente me espantó. Deseé dar un paso atrás y salir corriendo por la puerta al
ver a tres personas inesperadas sentadas en los cómodos sofás viendo la tele,
comiendo palomitas. Lo más espantoso era la escasez de ropa y el tremendo
exhibicionismo carnal, además de la predominación del sexo femenino. No es
que me diera asco, pero no me esperaba verme obligado a fingir que la situación
no me incomodaba, cuando claramente, lo hacía.
Estaba sorprendido y, por lo visto,
en cuanto ellas y él captaron mi presencia, imitaron mi sorpresa. Conocía a
dos.
-¿Jaejoong? – preguntó Heidi, levantándose
del sofá y pasándole las palomitas a la otra chica. La grandiosidad de sus
pechos marcados bajo ese fino top rojo y las piernas al aire con las pequeñas
bragas deportivas ocultando la parte más íntima, me hicieron tragar
saliva.
-Ah… hola… - ¿qué coño hacía Heidi
en casa de Ricky? ¿De qué se conocían? No me digas que… ¡era un rollo lésbico
que tenía!
-¿Qué estás haciendo aquí? – me
preguntó y yo no supe qué contestar.
-¡Eh, Jae! ¿Qué hay? – me saludó
Black desde el sofá, robándole algunas palomitas a la otra chica, un poco más
vestida, con un chándal que tampoco dejaba mucho a la imaginación. A pesar de
que los pantalones largos ayudaban un poco más, el pasearse solo con un
sujetador semitransparente…
-Hola, Black. – encogí la cara y miré
hacia otro lado. La chica era guapa. El pelo largo y castaño le caía en cascada
sobre los hombros hasta la barriga plana. Sus ojos eran enormes, sin restos de
maquillaje y de un oscuro como la noche misma. Algunas pecas se paseaban por su
curioso rostro. Black le rodeaba los hombros con una mano y la atraía
hacia sí con maravillosa melosidad. Se acurrucó en el hueco de su hombro y le
susurró algo al oído. Él sonrió.
-Es Jaejoong, el hermano de Yunho. –
y el rostro de las dos chicas se deformó.
-¿Qué?
-¿Cómo?
-A ver, tías. Os presento. – Ricky
recuperó la atención y me señaló con un dedo. Su voz volvía a sonar gruesa y
ruda. – Él es Jae, el hermano de Yunho. ¡No me miréis así, no se parece en nada
a su hermano! Jae, estás son mis hermanas. Heidi y Sabela.
-Un… placer. – fingí una sonrisa.
Ellas no se molestaron en hacer lo mismo. La boca abierta de Sabela y los
brazos cruzados de Heidi mostraban un claro sentimiento de desdén por mi
persona. Mis deseos de huir aumentaron.
-¿Y por qué lo traes aquí? –
preguntó Heidi, yendo a saco.
-Quería invitarlo a cenar. –
contestó.
-¿Y no podías habérnoslo dicho
antes? – Ricky y yo callamos. Agaché la cabeza y preparé mis piernas para darse
la vuelta, pero Heidi sonrió y alzando los brazos, gritó. - ¡No hemos hecho
palomitas para todos! ¡Venga, sentaos, estábamos a punto de poner “It”! Voy a
hacer más las palomitas. Siéntete como en tu casa, Jaejoong. ¡Me has caído bien
esta tarde en el tajo, tío bueno!
Oh. Qué cambio tan drástico. ¿Me
había dicho tío bueno? No había visto sonreír a Heidi ni una sola vez en
todo el día, pero de repente, la sonrisa le atravesaba las
mejillas. Busqué una guía en Ricky, pero ella, recuperando por completo su
agresiva personalidad, se sentó sin mediar palabra en el sofá más cercano. Me
dejó a mí al lado de su hermana Sabela y cuando fui a sentarme, cortado a más
no poder, Heidi pasó por mi lado cantando con voz risueña.
-¡Bienvenido, bienvenido! – y me
pegó un azote en el culo con la mano izquierda, tan fuerte, que pegué un bote.
No, no me había dado un azote. ¡Me había pegado un pellizco que casi me hacía
ver las estrellas!
-Jae, siéntate. – me pidió Ricky,
suavizando la voz y yo, traumado, me dejé caer sobre el sofá entre las dos
hermanas. Richelle miraba hacia otro lado, como si intentara evadirse de mí,
así que giré la cara, buscando un punto de apoyo en Black. Me crucé con Sabela.
Ella me observaba descaradamente y cuándo empecé a preguntarme si tendría algo
en la cara, otra sonrisa enorme se formó en su rostro, igualita a la de
Heidi.
Tragué saliva y rogué porque no
apagaran las luces para darle un mayor ambiente a la película.
Fuera de la casa de Ricky, bien
decorada y limpia, empezó a llover. En un abrir y cerrar de ojos, una tormenta
de magnitudes innombrables desató toda su fuerza y los rayos, acompañados de
sus truenos, estallaron en el cielo.
By Yunho.
Me sentía muy raro. Me sentía
anti-yo. Sentado en el sofá de mi casa, recordando una y otra vez las
palabras apresuradas y frustradas de Max, me preguntaba una y otra vez por qué
no estaba enfadado. ¿Por qué era incapaz de arder de rabia? ¿Por qué era
incapaz de apartar la vista del reloj de muñeca cuya pulsera se había roto
hacía meses? ¿Por qué el Muñeco sabía que no era yo esa noche y por eso me miraba?De
nueve de la mañana a una de la tarde y de cinco de la tarde, a nueve de la
noche. Ese era el horario de Jae, según Max. Era muy impropio de mí
quedarme sentado cruzado de brazos esperando su llegada en silencio, deseando
verle cruzar la puerta y mostrarle el resultado de tantas vueltas por los
barrios altos, llenos de tiendas. Cuando no observaba el reloj, me fijaba
en las bolsas de ropa. Cuando no me fijaba en ninguno de los dos, daba vueltas
por el salón. Suspiraba. Encendía la tele. La apagaba. Intenté hacer una cena
sustanciosa para dos, pero sin vitrocerámica y dada mi deficiencia culinaria,
sólo conseguí preparar fritos de pollo calentados previamente en el
microondas. Y mi Jae no llegaba. Y dieron las diez y media. Y
había empezado a llover a mares. El Muñeco me miraba…Y yo salí a buscarle,
sin moto y sin coche, los dos aparcados en el gran taller de
Hather. También sin paraguas.
By Jaejoong.
El cuarto de baño de la habitación
de Ricky era pequeño, con una de esas placas de ducha que ocupaban parte del
suelo llano, con una mampara fina y transparente. Me duché a una velocidad que
no había alcanzado ni en los baños públicos del instituto, después de natación,
donde tantas veces se habían metido conmigo y me habían acorralado desnudo para
humillarme y soltarme obscenidades. Esos episodios de mi vida me eran tan
lejanos ahora, lejos de casa, perdido en una ciudad que apenas conocía, con una
vida nueva y con el demonio por guía, que me había olvidado de los detalles más
embarazosos.
Tenía la sensación de que esa noche
iba a pasar algo especial, quizás por eso apenas tardé diez minutos en
ducharme, en lavarme el pelo y en sacudírmelo con la toalla. Me puse uno de los
bóxer de Ricky (vaya, para algo servían) y casualmente, resultaron ser de mi talla.
Sentí un poco de vergüenza por ello. Ella era tan delgada como yo, cosa que
sería impensable en cualquier otro caso, en una pareja de chico y chica normal
y corriente. Aún habiéndome puesto los bóxers, me rodeé la cintura con una
toalla y tragando saliva, agarrando el picaporte de la puerta que me llevaría a
saber qué situación, salí de allí. Ricky se estaba secando el pelo,
sacudiéndoselo de un lado para otro. Lo tenía más largo de lo que parecía con
tanta gomina.
-Ya he terminado. – musité. Ella
levantó la cabeza y dejó la toalla reposar sobre sus hombros. Fue hacia el
armario y empezó a escarbar entre la ropa, mayoritariamente masculina. – Hum…
¿estás segura de que quieres que me quede a dormir? Debería volver a casa y… no
tenéis habitación de invitados. – le dirigí una breve mirada a la cama,
grandecita, con sábanas de un color rojo oscuro que incitaban a la pasión.
Bufé. La situación no podía ser ética.
-No pasa nada. Tampoco es que tengas
muchas opciones. No sabes el camino de vuelta a casa desde la mía y con este
temporal, yo no pienso acompañarte. También es mala suerte. – se levantó del
suelo y se apartó del armario con unos pantalones de chándal en la mano. –
Tengo esto, pero te va a quedar muy corto.
-Da igual. Debería llamar a mi hermano.
Él puede venir a por mí con el coche. – Ricky encogió la cara.
-Puedes intentarlo, aunque hoy le
toca turno de noche.
-¿Turno de noche?
-No creerás que el dinero le cae del
cielo, ¿no? – no contesté. Suspiré y cogí el chándal que me ofrecía, aunque no
me lo puse. Ricky no apartaba la mirada de mí. No me atrevía.
-¿A tus hermanas le parece bien que
yo esté aquí? Soy un tío, no sé. Es un poco raro.
-A ellas se la sopla. Como si no
supieran que soy sexualmente activa. – Ricky se dejó caer en la cama boca
arriba, estirando brazos y piernas. Al contrario que yo, parecía muy cómoda. –
Creo que están sorprendidas. A mi cuarto no ha pasado nadie que no fuera Max o
Yunho y quizás, alguna chica.
-Oh… - menudas hermanas. Sospechaba
que, más que enrolladas, estaban un poco flipadas. Sabela no me había quitado
ojo durante toda la película y Heidi… ¡Con lo modosita que parecía en el
trabajo! La había pillado haciéndome guiños en más de una ocasión. – Bueno… -
murmuré y me senté en el otro extremo de la cama, nervioso. – Pues eso.
Nos quedamos en silencio.
-Jae.
-¿Hum?
-Enséñame los brazos.
-¿Para qué?
-Quiero ver si te has vuelto a
cortar.
-¿Y qué te hace pensar que me he
cortado más? Esa vez solo me mordí un poco.
-Lo has vuelto a hacer, ¿a que sí?
Por eso no quieres.
-Hum…
-Tengo muchas amigas que se cortan,
¿sabes? Creen que es guay y por eso lo hacen. – fruncí el ceño. ¿De verdad la
gente estaba tan desequilibrada como para hacerse daño por una moda? No.
Mierda. ¿Y quién coño era yo para juzgarlos? – Si tú me dejas ver tus brazos,
yo te enseñaré otra cosa.
-¿El qué? – Ricky dio un salto en la
cama y se colocó a mi lado, de rodillas.
-Enséñamelos. No voy a recriminarte
nada. – dudé. No me gustaba que nadie se fijara en los cortes. No eran
importantes, pero por otro lado, los sentía íntimos y por lo tanto, mostrarlos
me avergonzaba, como si estuviera desnudo. Enseñar una de mis
debilidades. Pero Ricky comprendía mis debilidades, porque ella también
padecía unas propias.
Estiré el brazo izquierdo y ella lo
agarró por el codo con dedos fríos. Lo analizó sin pronunciar ni una palabra
durante casi cinco minutos.
-Este corte es nuevo ¿verdad? Parece
muy reciente.
-Todos son recientes. No llevo más
de una semana haciéndolo.
-¿Y por qué? ¿No te duele? – me
pellizcó, cerca de una herida abierta.
-¡Auch!
-Perdón.
-Cuidado. Me escuece.
-No entiendo por qué lo haces si te
duele.
-Porque precisamente eso es lo que
quiero, que duela.
-¿Te va el sadomasoquismo?
-Ehm… no. - ¿quizás debería haber
dicho sí? ¿Cuándo se consideraba una relación sexual sadomasoquista y cuando
no? Porque si era por golpes, algo de masoquista tenía, pero si era por
latigazos… eso ya no me atraía tanto. ¡Arg! El nerviosismo me podía y empezaba
a pensar en tonterías.
-¿Y éstas? – noté sus dedos
acariciándome la muñeca, justo encima de la deforme cicatriz rojiza. El tacto
era agradable. – Me dijiste que la situación se te escapó de las manos, ¿no?
-Más o menos.
-¿Te dolió?
-No mucho. Tenía otras cosas en las
que pensar cuando… lo hice.
-Oh… ¿puedo preguntar qué? – no, no
puedes preguntar qué, deseé decir, pero no lo hice. Rememoré cosas sueltas,
sobretodo la imagen de Yunho y el ahogo, esa sensación que me hizo pensar que
no sería capaz de seguir, que estaba tropezando y cayendo al suelo y que mis
brazos no frenarían la caída. Me estrellaría y se me abriría la cabeza y claro,
luego no sería capaz de levantarme. Los pensamientos dirigidos hacia mi familia
no existían, solo había un muro plano, sin una cuerda a la que pudiera
agarrarme para trepar. Siempre se me había dado muy bien trepar, y correr, y
nadar.
Pensé en Yunho. Pero también pensé
que nunca más podría caminar, tampoco escalar, ni aguantar la respiración
debajo del agua.
-Creo que en el último momento… me
arrepentí. Retiré la mano con suavidad y la escondí en mi regazo.
-No lo intentes, ¿vale? Porque si no
te sale bien, te arrepentirás durante toda la vida. – Ricky asintió con la
cabeza y aunque era menor que yo, aunque seguía siendo una adolescente
demasiado joven para saber de lo que estaba hablando, tenía la impresión de que
me entendía perfectamente. – ¿Mañana es martes?
-Sí.
-¿No vas al instituto?
-No. Yo no voy. Nunca voy.
-Pues quizás deberías ir. Es otra
cosa de la que te puedes arrepentir.
-Tú no eres mi padre.
-Es verdad, no lo soy. – me había
quedado atolondrado por la velocidad de sus preguntas y la profundidad de mis
respuestas. – Sabela y Black son…
-Pareja, desde hace casi un año.
-Entiendo.
-Menuda cara. ¡No me digas que te
mola Black!
-¡No! ¡Solo era una pregunta!
-Ah.
Estaba empezando a sentir envidia
por las personas mudas, sin compromiso alguno y sin sentir incomodidad cuando
el ambiente se cargaba del típico silencio que se forma entre dos personas
entre las que hay o hubo algo, cuando Ricky se levantó de la cama. Fue hasta
una pequeña estantería con libros viejos y sospechaba, por el polvo, que
intocables. Se puso de puntillas intentando alcanzar la parte más alta, pegando
saltitos torpes. No, Jae, no puedes mirar ahí. Me reprendí a mí mismo
apartando los ojos del pequeño trasero de Ricky.
-¿Qué estás buscando? ¿Te ayudo? –
me ofrecí, pero ella negó con la cabeza.
-¿Sabes qué? Cuando tu hermano me
encontró destrozada en ese sitio, me llevó al hospital a cuestas, pero no sé
por qué, en el último momento retrocedió y me llevó a mi casa, con mi familia.
Fue como si me leyera el pensamiento. Después de lo que me había pasado, lo
último que quería era dejarme toquetear por un montón de médicos desconocidos
para hacerme pruebas de todo tipo. Cuando llegué a casa, Yunho no le dijo nada
a mis hermanas. Me costó mucho tiempo darme cuenta, y en las peores
situaciones, pero gracias a eso descubrí que pese a su forma de actuar y
pensar, Yunho tiene unos detalles a la hora de la verdad, que te hacen dudar. –
no quería oír nada de mi hermano. No quería recordar lo que me esperaría en
casa al día siguiente, pero no dije nada y escuché, relacionando aquella explicación
con mis propias experiencias, pero no encontré ningún detalle bonito por parte
de Yunho. Ricky pegó un último salto y consiguió atrapar una cajita de
zapatos que sostuve frente a su pecho. Sopló sobre ella y el polvo voló por
toda la habitación.
-Cuando piensas que Yunho es un hijo
de puta sin corazón, alguien de quien no te puedes fiar y que siempre acaba
haciéndote daño, él aparece con un ramo de flores en la mano o algo parecido.
Hace algunas cosas que te sorprenden y te hacen pensar, este chico es bueno.
Yunho es un buen chico, a pesar de todo. Tiene unos detalles tan pequeños a
veces, tan inesperados… ¿nunca ha tenido un detalle así contigo?
Callé. Intentando mantener un
orgullo que no tenía, no mencioné la carrera de Navidad, cuando Yunho viajó de
Seul a Busan en un único fin de semana para asistir al parto de su perra y para
regalarme un cachorrillo recién nacido. Tampoco mencioné aquella azucena
perdida en el barro, ni su acompañamiento al centro para las compras de
Navidad, su paciencia. No acostarse con Boomie en el último momento y vigilar
que nadie se aprovechara de mí en los momentos menos lúcidos. Aquella vez,
cuando me compró entradas para un concierto (aunque en realidad, las robó) y me
llevó al centro dos noches antes para hacer cola y estar en primera fila.
Cuando aguantó mi mal humor durante casi una semana entera e hicimos novillos
durante tres días, llevándome a sitios chulos que se molestaba en buscar por
las tardes libres, mientras yo me dedicaba estudiar o me permitía ponerme
melancólico.
Detalles había tenido miles y todos,
tan inesperados que de solo recordarlo, me provocaba la sonrisa
bobalicona.
-Los ha tenido, eh. Esa sonrisa lo
dice todo. – adivinó ella, que con la cajita en las manos, se sentó de nuevo a
mi lado. – Conmigo tambié los tuvo. Fue su manera de declararme Encadenada, de
decirme que me tenía en cuenta. Fue una venganza cortante y rápida, y sospecho
que muy sangrienta, pero prefiero no imaginarlo. Yunho me dio esto una semana
después de que ocurriera… eso. – me tendió la caja, que cogí con cierta
curiosidad.
-¿Puedo abrirla? – pregunté y ella
asintió. Se dio la vuelta y clavó la mirada en el techo.
-Ábrela. Yo no quiero ver su
contenido. De hecho, debería haberlo tirado cuando Yunho me lo dio. – la
curiosidad aumentó más todavía. Sentí incluso morbo cuando levanté la tapa y
observé esas deformidades de color marrón oscuro desgastado. Olía mal. Olía a
viejo y a moho. La caja estaba manchada con restos de algún líquido oscuro que
se había secado hacía tiempo, formando costras del color del vino pegadas en el
fondo. Intenté imaginarme qué eran esas tres formas inconcretas, alargadas, sin
llegar a ninguna conclusión.
-¿Qué es esto? Huele mal. – metí la
mano y toqué con la uña una de las tres. Estaba muy dura, casi como una piedra.
Era desagradable, aún cuando era incapaz de relacionar ese color y forma, a
nada antes conocido.
Entonces, Ricky chasqueó la lengua y
dijo:
-Cuando Yunho me lo entregó, estaba
fresco y casi puedo decir que palpitaba. Prefiero no saber qué aspecto tendrá
ahora. En palabras textuales que tu hermano, “Son los instrumentos de tortura
viriles que tanto daño te han hecho, pequeña”. – y Ricky me lanzó una mirada
cargada de grima y de lástima.
Al principio no lo entendí.
-¿Los instrumentos de tortura
viriles que…? ¡OH, DIOS! – y cerré la caja al momento.
Quise vomitar y sentí un cosquilleo
en la entrepierna que me hizo desear agarrármela y esconderme con ella en algún
sitio alejado de cuchillas, navajas y todo aquello que pudiera amputar
carne.
-¿¡Estás diciendo que vivo con un
tío que va por ahí cortando pollas!? - ¿¡Estás diciendo que me he acostado con
un loco rebana nabos!? Estuve a punto de gritar.
-Solo a los hombres malos que hacen
pupa a las mujeres buenas. – se burló ella, con voz divertida. A mí no me hacía
ninguna gracia.
-Y lo dices tan tranquila… ¡Claro,
como tú no tienes pene! ¡Me cago en la puta! ¡Mi hermano está grillado! ¡Pero
qué asco! ¡QUÉ DOLOR! ¿No podía entregarles a la policía, como todo el mundo?
¡No, tenía que dedicarse a cortar setas!
-¡Jajajajaja!
-¡Pero no te rías! Ahora sí que no
quiero volver a casa. ¿Y si me corta las pelotas por no avisarle? ¡Oh, no!
¡Tengo que llamarle! – me levanté de la cama de un salto y la caja casi se me
cae al suelo. Me imaginé la escena. Tres penes amputados rodando por el suelo
de la habitación, a mis pies. ¡ARGG! ¡Yunho estaba como una puta regadera, los
detalles bonitos daban igual!
-¿Qué haces, Jae? Anda, trae eso, no
se vaya a caer al suelo ¡porque yo no pienso recogerlo! – dejé la caja encima
de la cama y me aparté, repugnado, observando cómo Ricky la volvía a coger y la
colocaba en su sitio.
Tenía unas ganas horribles de echar
la pota. Me estaba hasta mareando.
-Es… vomitivo. – y Ricky se empezó a
reír otra vez.
-¡Lo sé! ¡Es asqueroso! No he vuelto
a abrir esa caja desde entonces, pero tampoco me atrevía a tirarla. Aunque son
los penes de tres violadores, ¡joder, son suyos, son lo que más quieren! Y
sentía lástima cada vez que iba a la basura a tirarlos. Pobrecitos.
-Oh, pobrecitos. – ni falta hacía
que me lo dijera. Ahora lo entendía. ¡El castigo por una violación en Busan era
mucho peor que en Seul! Diez años en la cárcel, o cinco y ala, a la calle. En
Busan, nada de cárcel, pero te arrancaban la polla de cuajo. Nada de sexo
durante toda tu vida. ¡Qué bárbaro! – Bueno… al menos las mujeres os sentiréis
mejor. – Ricky sonrió de oreja a oreja.
-¡Mucho mejor! Aunque a algunas les
parece excesivo.
-A mí, por ejemplo.
-Te has puesto pálido.
-¡Joder, es que imagínatelo! ¡Es
como si a ti te metieran algo y te… te cortaran ahí dentro… y… y… eso! No te
puedes imaginar lo que eso tiene que doler. – pero como de costumbre, me
equivocaba. Como de costumbre, metí la pata.Ricky ladeó la cabeza y estiró los
labios hacia la izquierda, haciendo muecas, expresiones de circunstancia.
-Sí que me lo imagino, Jaejoong. Me
lo imagino. – bajé la cabeza y fruncí la boca. Observando la cama me di cuenta
de que no merecía acostarme en ella. El lecho arrebatado de una mujer inocente
por un hombre sin escrúpulos, y mucho menos, virilidad. – Jae, si te cuento
todo esto es por algo. Los Encadenados somos así de convenidos, fíjate. – hizo
un esfuerzo enorme por reírse y yo no supe cómo responder. De un salto, se
subió a la cama y se arrodilló delante de mí. – Quiero ir directa al grano,
Jae. Lo que ha pasado esta mañana… ha sido algo muy violento para mí y
probablemente para ti y… esto… me ha hecho abrir los ojos. Pensaba que había
superado todo aquello, que nunca me encontraría con el cuarto tío que se
aprovechó de mí, el que Yunho nunca encontró. Pero ha pasado. Y tú estabas
conmigo. Y me has protegido y eso me hace pensar cosas y… y… - bufó. Estaba
empezando a tartamudear con un nerviosismo propio de alguien inseguro, como yo.
– Jae… me gustas mucho. Desde la noche que pasamos juntos paseando por los
barrios bajos, me gustas mucho. Eres un tío muy guay y… y… quiero pedirte un
favor. – me agarró una mano y la apretó. Sus ojos brillantes me inspiraban una gran
confianza y una ternura ciega.
Antes de que lo dijera, ya sabía lo
que me iba a pedir. Y mi respuesta era inconclusa.
-Ricky…
-¡Déjame terminar! – chilló. –
Escucha, sé que te doy pena. Por eso sé que no me harás daño y como eres un
tío…
-¿Qué quieres decir con eso?
-¡Nada! Solo quiero pedirte un
favor, así que escucha, porque no voy a repetirlo. Me da un poco de vergüenza.
– mierda, mierda… a ver cómo le decía yo ahora que no, que aunque fuera tío, no
era capaz de hacer eso, y menos tan de repente, ala, así, sin más. – Jae… - me
llamó una vez más, con voz alta y carraspeando, para que sonara más serena. –
Tienes que hacer esto por mí. Un tío tan apañado como tú tiene que hacerme este
favor. ¡Además, me lo debes por cargarte mi moto!
-Ya, pero… Ricky, yo no sé…
-¡Jae, eres hombre, no digas
gilipolleces! ¡Te viene en los genes! – tragué saliva. Ella se estaba
exasperando y yo empezaba a sentir vergüenza por lo humillante de la situación.
– Jae, por favor. Hazme este favor a mí, ¡que soy la mejor amiga que tienes
aquí!
-Ya, pero…
-Jae, te lo estoy pidiendo por
favor. Solo quiero sentirme más segura conmigo misma y tú puedes ayudarme con…
con eso. – entrecerré los ojos, pensativo. Bueno, podía intentarlo, no podía
ser tan difícil.
-Hum… bueno, vale. – a Ricky se le
iluminó la cara. – Pero no te prometo nada, eh. La cisterna parece muy
desgastada y yo nunca he tenido mucha pericia con la fontanería.
Ricky se me quedó mirando.
-Jae, ¿de qué coño me hablas? ¿Qué
cisterna ni que niño muerto?
-Pues las cisterna del baño, que
pierde agua y… ¿de qué me estás hablando tú? – Ricky se puso como un tomate por
la rabia.
-¡De que me folles, imbécil! –
tronó.
-¡Aaaaah! Era eso… - y como siempre,
después de hablar, recapacité sobre lo oído - ¿Perdón?
Sería una noche muuuuuuuuy
larga.
By Yunho.
El Muñeco había vuelto a caerme mal.
Se dedicaba a pegar saltos de un charco a otro, con un paraguas en la mano (que
no sabía de dónde había sacado) haciendo de Mary Poppins bajo la lluvia. Yo,
mientras tanto, empapado hasta los bóxers, seguía andando por la calle,
intentando aprovechar los tejados de los caserones de esa zona para no mojarme
más todavía. La ropa, chupando toda el agua, me pesaba y me dificultaba el
avance. Pisé un charco que se tragó mi pie izquierdo, con bamba incluida.
Estuve a punto de viajar al suelo de boca.
-¡Mierda! – gruñí. Varias personas,
que de hecho, conocía, dos colegas de barra y sus respectivas novias
acurrucadas bajo el paraguas de su pareja junto a estos, habían reparado en
mí.
-¿Yunho? – preguntó uno. Yo no
contesté, pero eso no les impidió casi atragantarse con unas estrepitosas
carcajadas por mi aspecto de vagabundo ahogado como pollo.
-Ja-ja-ja… ésta te la guardo,
capullo. – musité. Intenté dar otro paso al frente y estuve a punto de caer
otra vez cuando el fango se tragó una de mis viejas zapatillas. Ésta flotó
sobre la superficie del lodo y después, desapareció, como si se la hubieran
tragado arenas movedizas. Eran unas Nike auténticas que me habían costado
una persecución de trescientos metros con el dependiente de la tienda, que me
había perseguido con una porra.
-Jaejoong, vas a necesitar muchos
jabones para compensarme esto, hijo puta. – y seguí andando, escuchando de
fondo las irritantes risas de aquellos ex colegas, cuyo nombre anoté
mentalmente en mi lista negra.