Ring… Ring… Ring…
Oh, no…
Ring, ring, ring…
Joder…
¡Ringringringring…!
¡Me cago en la puta!
Aparté de una patada las malditas sábanas blancas de mi cuerpo sudado y cansado, con los ojos hinchados y los movimientos torpes al levantarme de mal humor.
El cutre y molesto ruido del timbre de la puerta principal acababa de interrumpir mi depravado sueño. Noté mi polla dolorida de la enorme dureza con la chocaba contra mis boxers. Eso no era una erección matutina a la que cualquier hombre debía enfrentarse tarde o temprano después de un buen tiempo de represión, no. Eso era una enorme erección debida al sueño caliente que había revivido con detalle la noche de Navidad de ese mismo año… y eso quería decir que representaba peligro.
Me levanté de la cama y agarré los pantalones tirados sobre el suelo, colocándomelos lentamente, sin prisas pese a la insistencia del timbre y a los cansinos ladridos de Guetti, mi perra, mientras rascaba la puerta con las zarpas de las patas.
No me molesté en mirarme en el espejo ni en intentar disimular la erección, que se notaba a leguas. Salí de mi cuarto con paso tranquilo y caminé por el pasillo hasta la puerta principal. Guetti giró la cabeza, mirándome con la lengua fuera y la pequeña cola cortada haciendo amago de aletear alegremente. Solté los tres cerrojos de la puerta y abrí, desganado.
-¡Lo sabía! ¿¡se los dije o no se los dije!? ¡Aprendan a creer un poco más en mí, capullos! – puse los ojos en blanco.
-¿Qué coño quieres, Max? – Max, tenia el cabello castaño demasiado claro [no se por que coño lo hizo] estaba siempre alegre que se parece vagamente a Jae, entró revoloteando en casa, sin recibir invitación alguna. - ¡Eh! ¿¡Quien cojones te ha dado permiso para entrar!? – lo agarré del cuello de la camiseta, tirando de él hacía atrás en gesto amenazante. Max alzó las manos en señal de rendición.
-¡Vale, vale, tranquilo! ¡Joder, tío, sólo he venido a saludarte! ¡Hace meses que no sabemos nada de ti!
-¿Acaso te importa que cojones haga con mi puta vida? ¡Sal de aquí cagando leches, ahora!
-¡Coño con el jefe, que humor! – Ricky se adentró en casa aprovechándose de mi despiste, tranquilamente, dándole a Max incluso un leve empujón para apartarlo del trayecto.
-¡Con permiso, Brother! – y Black, prácticamente, entró arrollándonos con su cuerpo de verdugo negro. Solté a Max y giré la cabeza hacía el montón de peña que se aproximaba hacía la puerta, dispuestos a entrar junto a los demás bien cargados con litronas de cerveza y los objetos punzantes bien a la vista.
Apoyé las manos a cada lado de la puerta, impidiéndoles el paso.
-Yo que ustedes volvería a casa a recoger la coca antes de que termine de vestirme y vaya a prenderle fuego, sin o con vosotros dentro. – y cerré la puerta de un portazo, más que cabreado.
-¿Qué tal tu vida en Seul, Yunho? Nos habrás traído algún regalo ¿no? ¡Encima de que cuidamos tus territorios! – Max ya se había adueñado de la nevera, buscando como un perro algo de alcohol con el que calmar su instinto.
-¡Max, cógeme una birra, anda! – gruñó Black, sentándose con pose chula sobre el suelo, ignorando el sofá.
-¡En cuanto las encuentre, tío! ¡Yunho, no me jodas, tienes la nevera vacía!
-¡Sí y tienes suerte de que no halla, porque te las metería por el culo! ¿Dónde está Ricky?
-¡Aquí! – Ricky salió del baño con el ceño fruncido, revolviéndose el pelo corto y erizado con una mano. - ¿Dónde tiro esto, Yunho? – me enseñó una gruesa bola encerrada en su puño, medio ensangrentada.
-¡Joder, Ricky, que asco! – exclamó Max saliendo de la cocina.
-¿Qué? ¡No tengo la culpa! ¡Ojala no tuviera ésta mierda de regla, ni siquiera con las pastillas se va! ¡Abría que verlos a ustedes con ésta guarrada pegada al culo todo el día!
-Pues ya podrías quedarte menopáusica. Total, para lo que te va a servir esa mierda… no te veo yo a ti de madre.
-No me verás. A mí como mucho me da Yunho… - Ricky se tumbó en el sofá como si fuera suyo, clavando sus ojos oscuros en mi cara. – Pero últimamente ya ni eso. , Yunho me tienes desatendida. ¿Qué pasa? Cuando llevaba minifaldas y estaba en el equipo de animadoras bien que me la metías. ¿Ahora soy demasiado tío para ti? – Ricky, en realidad, Richelle, había pasado por un proceso de transformación de buenísima a buenísimo. De pija a machorra total. De pelo largo y cuidado a corto y erizado. De vestiditos cortos de Channel a ropa casual bien pegada de la marca Surfer, de personalidad de tía fácil a personalidad de tío con dos pares de cojones bien puestos. En definitiva, de repente se creía hombre y no podía engañar a nadie. A veces, le gustaría ser un auténtico tío.
Después de su transformación, nadie tenía muy claro que era de su orientación sexual, pero poco me importaba. No iba mal para casos de desesperación total, por muy tío que se creyera.
-Hablando de eso. Yunho, menudo empalme, tío. – los tres se inclinaron para mirarme la entrepierna.
-¿Quieres descargar? Si te da asco la regla, tengo una bonita boca dispuesta a todo.
-O si quieres experimentar… - alcé una ceja, mirando a Max con expresión de circunstancia. - ¿¡Qué!? Tengo un piercing en la oreja izquierda, ¿Recuerdas? Eso quiere decir que soy un desviado.
-Menuda pandilla de maricas. – gruñó Black, encendiéndose un cigarrillo. – Eso no va por ti, Yunho.
-Pues no apuestes nada por ello. – Black hizo como que no había oído nada. Ricky frunció el ceño levemente, pero se quedó callada. Max me miró fijamente y sonrió, entendiendo por dónde iban los tiros. Pronto soltaría algo tipo, así que el machoman ha experimentado, por lo que cambié de tema enseguida, molesto.
No tenía ganas de dar detalles. No quería que nadie supiera de la existencia de Jaejoong. Sería un riesgo innecesario.
Me dejé caer con las piernas abiertas sobre el otro sofá, quitándole un cigarrillo a Black y llevándomelo a la boca después de que me lo encendiera con el suyo.
-Creía que todavía estabas cabreado por lo de tu novia. – le hablé. Black se apartó el cigarrillo de la boca y soltó el humo tranquilamente.
-Fui un gilipollas. Debería haber sabido antes que era una putita como otra cualquiera. Fue realmente estúpido por mi parte liarme a hostias contigo, Bro.
-Sí, lo fue. Tuviste suerte de que se tratara de ti. No hubiera sido tan indulgente con cualquier otro, hermano.
-Bueno… igual ahora te arrepientes de haberlo sido. – suspiré.
-¿Qué ha pasado? – Ricky se revolvió incómoda en el sofá.
-Nos han quitado el Floy. – sentenció Max con voz cansada. Crispé los huesos de mis nudillos.
-Es decir, les dejo mis territorios para que los cuiden mientras yo no estoy y saquen provecho de los beneficios del local y dejan que se los quiten sabiendo que ni siquiera es suyo. ¿Quién coño ha sido? – por un momento se hizo el silencio. - ¿Tengo que volver a repetir la pregunta?
-Los Arios, Yunho. Los Arios. – puse los ojos en blanco. Genial. Acababa de llegar y ya tenía una pelea de las gordas seleccionada. Hum…
-¿Cómo habéis podido dejar que esos cabeza rapada les quitaran el local? – volvieron a quedarse en silencio. – Por lo visto no tenéis ni idea de lo que hemos perdido. Por lo menos a mí me daban un diez por ciento de los beneficios del club y ahora ¿Qué? Esos mil euros mensuales ¿De dónde me los saco? – siguieron guardando silencio. – De acuerdo, vale. – suspiré. – habrá que ir a recuperarlo. – Black, Ricky y Max sonrieron enseguida.
-¿Cuándo?
-No lo sé. Ésta semana. ¿Saben que he vuelto? – miré a Max de refilón, que abrió los ojos como platos.
-¡No, no soy tan estúpido como para ponerlos sobre aviso!
-Ya. Pero se lo has dicho a todo el mundo que consideras de la pandilla. ¿Y si hay un topo, qué? Aún así, las noticias vuelan. No contéis con el efecto sorpresa por culpa del bocazas de Max.
-Joder, marica, ya te podrías haber estado callado.
-Y habló precisamente Ricky, machorra lesbiana.
-¡Serás maricón…! – me levanté del sofá mientras esos dos se peleaban, aplastando el cigarrillo contra la mesilla del salón, sin ningún cuidado.
-¿Y el Príncipe? – le pregunté a Black, el único que se mostraba indiferente ante semejante jolgorio.
-Hum… no tengo ni idea. Max le avisó de tu llegada el primero, pero no quiso venir. Ya sabes que ese va a su rollo, con su ropita de marca y sus lujazos. El niño pijo… aún no entiendo porqué dejaste que se nos uniera, Yunho. No es de los nuestros.
-En realidad, sólo hay que buscarle el sadismo. Sólo hay que mirar a los ojos a alguien para saber si es peligroso o no y él… puede llegar a serlo si quiere. Sólo hace falta quitarle los miedos aunque sea a hostias. En fin… voy a ducharme. Cuida de que esos dos no me rompan nada. – Black asintió levemente. En cuanto abrí la puerta del salón Guetti me saltó encima, levantándose sobre las patas traseras con alegría, ladrando. Le acaricié la cabeza y el lomo, dándole un poco de juego y luego lancé su único peluche hacía el final del pasillo, haciéndola correr tras él moviendo la pequeña cola.
Me encerré en el baño. Me desnudé frente al espejo, rascándome la barbilla con una mano. Noté la barba espesa asomándose por los poros de mi piel. Ya era hora de afeitarse otra vez. Suerte que a diferencia de otros, a mí me bastaba una pasada con la cuchilla una vez a la semana. Apenas tenía vello… como Jae.
Recordé de repente aquella vez que lo vi en el baño, afeitándose. Me quedé casi shockeado. Me lo había tirado tantas veces y me había llegado a parecer tan afeminado e imberbe, que me quedé embobado viéndole hacer una cosa tan masculina y tan normal para un hombre como era afeitarse. Me había parecido tan atractivo. Tan deseable… Había sido imposible no follármelo contra el lavamanos.
Me metí en la ducha y abrí el agua fría, helada. La necesitaba si pretendía bajar la erección sin utilizar las manos, porque era una erección peligrosa. Muy peligrosa para mi mente salida.
Mientras el agua caía sobre mi cuerpo como cuchillas, sentí una mirada escalofriante clavada en mi espalda. Intenté ignorarla en la medida de lo posible, empezando a enjabonarme el cuerpo con tanta fuerza, que me arañé la piel con las manos.
Cuando salí de la ducha empapado, sin molestarme en coger siquiera una toalla y agarré la cuchilla de afeitar del mueble del baño, me crucé con su mirada a través del espejo… Con la mirada del Muñeco, el maniquí agrietado, con sonrisa rota, ojos ocultos tras el cabello negro encrespado que le caía como una cascada sobre la cara. El Muñeco que desde que había salido de Seul no me dejaba tranquilo ni en el baño. Ese macabro Muñeco. Remordimientos y nostalgia pura hechos una ilusión.
-¿Qué puñetas quieres ahora? – me volví hacía él. El Muñeco se rió de manera macabra y desapareció.
Ese puto Muñeco no tenía comparación con Jae.
Mientras me afeitaba, me pregunté que estaría haciendo mi Muñeco en ese mismo momento…
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By Jaejoong
-…Eh… oye tú… ¡Despierta! – abrí los ojos sintiendo un leve sobresaltó, pero no lo suficiente como para moverme de la silla de la biblioteca más de un centímetro.
-¡Shh! – rechistaron los demás estudiantes, mirando en mi dirección con el ceño fruncido.
-Lo siento… - la persona que acababa de despertarme se sentó frente a mí, mordiéndose el labio inferior. Yo lo conocía. Entrecerré los ojos analizando cada una de sus facciones. Claro que lo conocía. Era Frank, mi gran rival de la infancia. Aquel contra el que competía por la nota más alta en los exámenes, por quien era el que comía más y en menos tiempo, quien era capaz de trepar más alto la barra de gimnasia, quién acababa con más ligues en verano… ese Frank.
-Frank…
-¡Sí, ese soy yo! Menos mal que me reconoces. He venido aquí pensando en como cojones te explicaría yo a ti quien era sino me reconocías. – sonrió, cruzándose de brazos sobre la mesa e inclinando el cuerpo hacía delante, apoyando la barbilla sobre la mano, mirándome con los ojos alegres y activos que recordaba.
-Estamos juntos desde primaria…
-Ya, pero últimamente no reconoces ni a tus propios amigos, así que pensé… - medio cerré los ojos. Estaba demasiado cansado como para hacer el esfuerzo de fruncir el ceño. – Vaya, he metido la pata ¿No? – no les contesté. Frank empezaba a sentirse incómodo por mi indiferencia. - ¿Cómo estás?
-Bien.
-Me refiero de verdad, tío. Sólo hace falta verte para saber que mientes.
-¿Y por qué preguntas?
-Por simple educación. – bajé la cabeza un poco, clavando los ojos en mi regazo y en mis manos temblorosas bajo la mesa, que apretaban con fuerza mis pantalones intentando detener los temblores. – Desde que Yunho se fue apenas te veo por la uni. – sentí un fuerte espasmo al oír ese nombre. Enormes náuseas. El agujero negro empezó a ganar terreno sobre mi mente con sólo oír ese maldito nombre. Sentí como uno de los fragmentos de mi cuerpo caía al suelo para hacerse añicos. No quería hablar de eso ahora. No podía… - Oh, perdón. No quería hablar de él.
-Nadie quiere hablar de él pero todo el mundo acaba haciéndolo. Por eso no quiero ir a la universidad. – sabía lo que me esperaría en cuanto pusiera un pie allí. Las preguntas volarían por todos lados, al igual que los rumores. Por lo menos en casa podía llorar, caerme y esconderme en una habitación oscura cuando quisiera, en absoluta intimidad. Si en la universidad me daba un ataque de ansiedad, sólo conseguiría hacer desaparecer mi escasa autoestima, esa que se arrastraba como una serpiente siguiendo a mi sombra.
-Lo entiendo. Si no quieres hablar, que se le va ha hacer. Sólo…
-¿Qué?
-¿Es verdad que estás yendo a psicólogos y cosas así? – cerré los ojos, suspirando, agotado del todo. Lo que decía. Los rumores vuelan por todas partes.
-No. No tengo nada que contarles. – Frank asintió.
-Jaejoong, en realidad estoy aquí por Yoochun y Junsu.
-Lo suponía. – se encogió de hombros.
-No es nada personal, ya sabes… pero ¿Por qué?
-No quiero hablar con ellos. – no quería hablar con ellos precisamente por que lo sabían todo. Todo. Eran los únicos en los que podía confiar y a la vez, los únicos que podían recriminarme con razón todos mis actos. Y ahora no tenía ganas de recriminaciones. Sólo quería estar solo en un rincón oscuro de casa revolviéndome en mi propia mierda. Sufriendo en silencio.
Sabía que Yunho no volvería, así que sólo me quedaba la esperanza de que el agujero fuera desapareciendo poco a poco, como ocurre en todos los desengaños amorosos.
O el agujero desaparecía… o yo me mataría.
-Están muy preocupados por ti, tío. Dicen que no hay forma de hablar contigo, que prácticamente te has aislado en casa, que no les contestas a las llamadas y no les abres la puerta. Junsu me ha pedido que te diga que como no tenga noticias de ti en esta semana, hablará con tu madre. – alcé la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos. Me levanté de la silla haciendo chirriar las patas de ésta contra el suelo.
-No tendrán huevos… - Frank miró a nuestro alrededor con el ceño fruncido. Todo el mundo nos miraba, molesto, pero me importaba más bien poco.
-Pues yo diría que sí. Mira, no sé que te habrá hecho Yunho exactamente, pero Yoochun tiene unas ganas de cortarle las pelotas que no son normales. – apreté el puño. Otra vez su jodido nombre. Empezaba a sentir como partículas diminutas del agujero empezaban a fluir por mis venas, crispándome los nervios, envenenándome lentamente. – Así que más te vale hablar con esos gorilas. A saber si tendrían polla para ir detrás del loco de Yunho…
-¡Quieres dejar de hablar de ese gilipollas! – golpeé la mesa con el puño, haciendo un ruido estridente que se tragó todo el silencio que inundaba la biblioteca. - ¡Estoy hasta los huevos de Yunho, Yoochun,Junsu, Mi madre…! ¡Dejadme tranquilo, coño! ¿¡Tan difícil es!? ¡No quiero hablar con nadie! ¿¡Vale!? Dile de mi parte a esos toca pelotas que no se metan en mi vida. ¡No les importa una puta mierda! – Frank me observó en silencio, con mirada desafiante, de aquel que acaba de perder la paciencia.
-Señor… - la bibliotecaria, una cuarentona con pinta de estricta Rotel Meyer me agarró del brazo de repente, con fuerza. – Acompáñeme a la salida. – de un tirón, me deshice de su agarre, molesto. Recogí los libros de la universidad frente a la mirada atenta de la mujer y la escrutadora de Frank y les di la espalda, dispuesto a salir de allí a prisa.
-Jaejoong… - me llamó Frank con voz ronca. – Eres un niñato egocéntrico y desagradecido. – no lo negué.
Salí de allí tan cabizbajo como había entrado, abrazándome el cuerpo con los brazos, sintiendo que iba a caerme a trozos de vuelta a casa y dejaría un caminito de mis piezas rotas que guiaría a las personas hasta mi cadáver. Hubiera estado bien. Pero no ocurriría. Al menos no tan rápido como desearía.
¿Cuándo desaparecería el parásito que se había instalado en mi cuerpo? Era las sobras de un amor mutilado y muerto que ya no quería, simplemente para que dejara de hacer daño. Pero cada vez que indagaba inconscientemente en los recuerdos que había compartido con Yunho, sólo podía desear desesperadamente que volviera a mí. Y al ver que no lo haría, el agujero me tragaba un poco más y sentía más ganas que nunca de esconderme de la gente para llorar.
El Jaejoong que Yunho había conocido se había marchitado. El nuevo Jaejoong no podía ni siquiera mirarse a un espejo sin sentir asco de sí mismo.
-¡Eh, marica! – frené en seco, con los ojos en blanco y los puños apretados. Un ostentoso coche deportivo se detuvo a un lado de la carretera, junto a mí. Miré con profundo desprecio al conductor que se asomaba por la ventanilla con pintas de chulo, con gafas de sol incluidas cuando prácticamente ya era de noche. - ¿A dónde vas a éstas horas? ¡Pero que morro le echas! ¡Faltas a la uni cuando te da la gana y por las noches te vas de marcha! ¡Menuda vida, Jaejoong! – se subió las gafas de sol, dejándolas reposar sobre su cabeza con una enorme sonrisa.
-Sparky…
-¿Por qué Sparky? ¿Es que no te acuerdas de mi nombre o qué? Me jode el nombrecito, ¿sabes? – suspiré. Me cargué el bolso al hombro y empecé a andar de nuevo hacía delante, pasando de él olímpicamente. - ¡Eh, eh! – el coche me siguió a un ritmo lento pegado a la acera. - ¿Por qué no vienes a la uni? Se hecha de menos a un marica como tú.
-Para eso ya te tienen a ti, ¿No?
-… No me puedo creer que seas tan cabronazo.
-Y yo no me puedo creer que tengas la cara de dirigirme la palabra después de lo de la fiesta de Boomie.
-¡Precisamente eso quería aclararte! ¡Fue un malentendido! ¡No pretendía asustarte, sólo quería besarte, Muñeco!
¿Muñeco…? ¿¡Muñeco!?
Me pierna se movió sola, con fuerza y rapidez y ¡Pum! Hundí el pie en la brillante e intacta carrocería del coche, pegándole una patada que bolló la puerta del conductor.
-Pero… - Sparky paró el coche, pálido y con los ojos muy abiertos, incapaz de reaccionar. Aparté la pierna de la puerta y volví a pegarle una patada tremenda, destrozándola, hecho una furia. - ¿¡Que coño haces!?
-¿¡Con qué derecho me llamas Muñeco, anormal!? – volví a pegarle otra, y otra, y otra. - ¡Vete al infierno, Sparky! – abrió la puerta con cara de mala hostia y antes de que volviera a golpearla, me agarró el brazo, estrujándomelo hasta hacerme daño. - ¡Ah, suéltame capullo!
-¡Menos mal que estás depresivo! ¡Menuda mala hostia!
-¡Que te follen!
-¡Joder, y Yunho amenazando para que no me acerque a ti! ¡Si no te hace falta protección, mierda! - ¿Qué?
Dejé de patalear por unos instantes y lo miré a la cara. Sparky tragó saliva por algo que vio en mis ojos. No sabía qué había en mí para provocar semejante reacción en todo aquel que se preocupaba en mirarme a la cara y tampoco me importaba.
-¿Yunho… qué? – Sparky alzó una ceja, sin entender. - ¿Qué ha dicho Yunho sobre mí? – mi voz sonó ronca y furiosa, grave como si tuviera veinte años más de los que tenía, amenazante.
-Ah, eso… - se encogió de hombros. – Aquella vez en el baño, ¿Te acuerdas? – situó las manos tras su cabeza, suspirando, quitándole hierro al asunto. – Me amenazó con rajarme la garganta si me acercaba a ti mientras él no estuviera. Pero… - empezó a hablar, diciendo algo sobre que no soportaba que nadie le ordenara ni le dijera lo que tenía que hacer, pero yo dejé de escucharle.
Cuando el dolor disminuía un poco era cuando la furia se incrementaba en mis venas, como en aquel momento. Yunho me seguía atando a él aunque ya no estuviera. Le odiaba por hacerlo, le odiaba por mantenerme firmemente pegado a sus recuerdos, por ser tan egoísta que me quería solo para él incluso cuando él estaría disfrutando con otra persona lejos de mí, sin dedicarme un solo retazo de sus pensamientos, como si nunca hubiera ocurrido nada. Como si su Muñeco se hubiera quedado en nada.
Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio…
¡Mierda, te quiero tanto, Yunho! ¡Solo puedo echarte de menos a cada momento y tocarme patéticamente a mí mismo pensando en ti, maldito hijo de puta!
-Jaejoong… ¿Quieres que te acerque a casa? – miré a Sparky con los ojos aguados. Un par de lágrimas descendían por mi cara sin compasión, sin represión. Él me miraba en silencio, sin hacer la más mínima referencia a mi muestra de debilidad. Se lo agradecí para mis adentros. Me limpié las lágrimas con el brazo y negué con la cabeza.
-No, gracias.
-Si es por lo que pasó en la fiesta de Boomie, ¡Te juro que no voy a tocarte un pelo! Te asusté y lo siento, de verdad. No quería meterte miedo, sólo quería… besarte. – su casi imperceptible tartamudeo me hizo sonreír un poco.
-No es por eso. Prefiero volver solo a casa…
-¿Es por Yunho? – Sparky alzó una ceja al tiempo que una sonrisita divertida aparecía en su cara. - ¿Piensas ser fiel a sus órdenes y gustos eternamente? – fruncí el ceño, pensativo. No, desde luego que no. – Jaejoong… él ya no tiene poder sobre ti. No le perteneces y en mi opinión, nunca mereció tenerte. – un pequeño alivio y sentimiento de halago me cruzó el pecho de parte a parte, justo en el centro del agujero, recuperando una pequeña parte de mí que ya daba por perdida. ¿Un poco de coraje, quizás? – Venga, Príncipe, lánzate.
-¿Príncipe? – me reí un poco, con gran esfuerzo. Sparky me tendió la mano.
-¿Te lanzas? – miré su mano unos segundos, en silencio. Negué con la cabeza y con una especie de amago por sonrisa, le di la vuelta al coche y abrí la puerta del copiloto en silencio, adentrándome en el coche tranquilamente. Oí la risa grave de Sparky cuando abrió la puerta del conductor. – Supongo que así también me vale. – Y arrancó.
Abrí la ventanilla, buscando el aire fresco del anochecer azotarme la cara. De repente, el techo del coche se replegó, desapareciendo en la parte trasera, dejándome ver el cielo levemente estrellado que se abría en la noche despejada. Miré a Sparky, que me sonrió, divertido.
Intenté devolverle la sonrisa y creo que más o menos, lo conseguí. Hasta que descendí la mirada y me encontré cara a cara con el espejo retrovisor, devolviéndome el reflejo de mi patético intento de expresar una felicidad que se escondía en lo más profundo de mi entrañas, que huía del parásito instalado en mi cuerpo.
Sintiendo asco hacía mi propio cuerpo, me pregunté que estaría haciendo Yunho en ese mismo momento…
