lunes, 6 de agosto de 2012

Capitulo 25 [1]



By Yunho.

-Joder, Yunho… estás como una puta cabra… - Se rió entre mis brazos, empezando a forcejear conmigo en cuanto entramos en su cuarto y le aplasté el cuerpo con las manos, cerrando la puerta y apoyándome en ella de espaldas.


El ruido que hacía la familia al completo se escuchaba desde abajo. Esas mellizas que me habían confundido con el hombre del saco, la madre de Jae, es decir, mi madre, cotilleando con las tías que no conocía, Choi hablando de deportes con los hombres… así que eso era una familia ¿eh? No me interesaba.
Sólo me interesaba Jae.
Yo ignoraba el jolgorio con suma facilidad, de hecho tampoco me habría importado mucho tenerlos delante en aquel momento, abrazando a mi Muñeco, hundiendo mi boca en su nuca. Era bastante exhibicionista. Pero Jae no…


-¿Por qué no dejas de temblar? – murmuré. Estaba muy tenso, lo notaba.


-No… no quiero hacerlo aquí. De sólo imaginarme que todo el mundo está abajo… me pongo enfermo.


-Así que ese es el problema. Muñeco, eres un auténtico cobardica.


-Cállate. – se revolvió entre mis brazos, molesto. Le solté, agarrándole del brazo enseguida y volteándolo hacía mí, quizás demasiado brusco.
Siempre me olvidaba de lo jodidamente delicado que era el Muñeco.


-Dime, mister loquero… ¿Hay alguna ley que prohíba el incesto consentido entre hermanos del mismo sexo? – Jaejoong hizo una mueca con la cara, algo parecido a un puchero de niño pequeño. Hum… muy tentador…


-No… no exactamente.


-¿Entonces por qué se supone que el hecho de que sea yo quien te la meta por el culo está mal?


-Porque… - se quedó pensativo unos segundos, dándole vueltas a la cabeza. – Porque está mal visto por la sociedad. Nos tomarían por depravados sexuales y nos marginarían como si tuviéramos la peste. Nos llevarían al psicólogo porque… no es normal… - El Muñeco agachó la cabeza, con el ceño fruncido y los ojos brillantes. Me incliné hacía delante, buscando su mirada resplandeciente entre su melena con una sonrisita en la boca.


-¿Por qué no es normal? ¿Por qué nadie lo hace? ¿O por qué no tienen necesidad de hacerlo?


-¿Qué quieres decir? – me miró con una ceja alzada, consternado. Le agarré de la cintura, pasando mis manos por el filo de su camiseta y empecé a subírsela lentamente, acariciando con la palma de mi mano toda su piel blanquecina, su torso sin apenas forma.


-Se crían juntos desde pequeños… los padres tienen unos ideales anti-incestuosos en la cabeza que le transmiten a los niños desde su nacimiento… - mi Muñeco alzó los brazos, pasivo mientras le sacaba la camiseta y la dejaba caer al suelo. Su expresión seguía siendo la de un niño pequeño enfadado porque se había quedado sin piruleta. Me parecía una expresión digna de una estrella porno. – La unión, la convivencia y la educación por parte de los padres hace imposible que los hermanos se vean como algo más y… - le atraje hacía mí dándole un ligero tirón del cinturón de sus pantalones.  apoyó las manos en mi pecho con suavidad, mordiéndose el labio inferior. – No se necesitan el uno al otro.


-¿Tú me necesitas a mí? – ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Y qué clase de respuesta era la correcta para evitar compromisos? Sonreí y le arranqué el cinturón de los pantalones, abriendo la boca mientras me inclinaba hacía delante y le mordía el cuello, empapándole la piel con mi saliva y succionando su carne con fuerza, mordiéndola y lamiéndola con la lengua. El Muñeco se encorvó hacía atrás, extasiado. – Hum… - introdujo las manos bajo mi camiseta, acariciándome los abdominales con las yemas de los dedos, paseando sus cuidadas uñas por ellos, arañándome, subiendo hasta agarrar a dos manos los músculos de mi pecho.
No se estaba concentrando. Aún le faltaba fogosidad, aún estaba tenso.


-Mira, Muñeco… - separé la boca de su cuello y lo miré a los ojos con lascivia, deseando aplastar su delicado cuerpo con el mío, profanar su pureza con mi dura polla. Alcé el cinturón frente a sus ojos y lo estiré como si fuera un látigo. – Vamos a jugar a un juego. Conociendo tu vena masoquista, seguro que te encanta. – mi Muñeco se encogió un poco en cuanto le agarré de las manos y las rodeé con el cinturón hasta que estuvieron bien amarradas. Se removió, incómodo.


-Yunho, esto… - no le di tiempo a terminar. Le agarré de la cinturilla de los pantalones y se los bajé de un tirón. - ¡Ah! – le empujé hacía atrás, sobre la cama, sacándole los pantalones a tirones y echándolos a un lado. Jae intentó levantarse, incapaz por el cinturón que le ataba las manos.


-Eh, eh… tranquilo. ¿No confías en mí, Muñeco? – le empujé de nuevo sobre la cama, dejándolo completamente tendido, agarrándolo de las muñecas y alzándole los brazos por encima de su cabeza. Él encogió las piernas y giró la cabeza, con las mejillas ruborizadas. Que preciosidad de Muñeco. Me moriría de gusto viendo su cara de zorrita dispuesta ha hacer todo lo que yo quisiera mientras me la follaba con fuerza, tal y como le gustaba. – No puede ser que después de regalarme esa pedazo de guitarra y esa bonita velada en la azotea pretendas que no te lo agradezca tal y como a ti te gusta. Me has tocado la fibra sensible, Muñeco. – apoyé las manos en su cintura, acariciándole los costados con el pulgar y me incliné para besar su pecho. Jae temblequeó, estremeciéndose y cerrando los ojos con fuerza con la boca entreabierta. Joder, era tan sensible a mis manos, a mis besos, a mi cuerpo, a todo lo que yo representaba, como si fuera un auténtico muñeco que sólo reacciona ante los violentos movimientos de su amo. Que delicado, joder...
Me veía incapaz de maltratarlo como me gustaría hacerlo, oírle lanzar auténticos gritos de dolor, hacerle daño, masacrarlo con mis manos… como molaría hacer sufrir a mi otro yo de la manera más sádica que se me pasara por la cabeza… pero no me atrevía a hacerlo. Era demasiado precioso.
Me concentré en sus pequeños pezones, acaparando toda la piel que los rodeaba con la boca, empapándolos  con mi saliva. El Muñeco suspiraba. Noté su corazón saltar contra su pecho, de la misma manera que saltó él en la cama cuando le mordí con firmeza el pezón derecho, casi con intenciones salvajes de arrancárselo.


-¡Ahm...! – encorvó la espalda un poco y aparté la boca de su pecho, clavando mi mirada seria en su carita ruborizada. - Yunho… no seas bruto, coño.


-¿Coño? Vaya boquita, Muñeco. Quizás también tenga que amordazarte para que no sueltes tantos tacos. – a Jae le brillaron las mejillas.


-Hazme lo que quieras. – su serenidad me sorprendió.


-¿En serio? ¿Eso quiere decir que ésta noche eres mío? – asintió con lentitud. - ¿También quiere decir eso que me dejarás hacerte todo lo que quiera? ¿Y si quiero pegarte? – Jae tragó saliva, pero no dijo nada. Sonreí. También debía tener cuidado con las sonrisas y las expresiones de la cara, sino, podían tornarse perfectamente como las de un asesino y no convenía asustar a mi Muñeco.
Aunque yo sabía que él ya se olía que era un auténtico asesino. Aún no comprendía porque no huía de mí si ya se había percatado de ello.
-Vaya, otro regalo de Navidad. No me lo esperaba. Aunque después de la Gibson, pocos regalos pueden impresionarme. – Jae frunció el ceño un poco, mirándome con los ojos resplandecientes. Otra carita de niño enfadado sin caramelo.


-Pues sino te gusto como regalo, puedes ir quitándome las manos de encima… - de un tirón imprevisto, aprovechándome de su baja guardia, tiré de sus apretados boxers negros hacía abajo. - ¡Yunho! – se ruborizó aún más si cabía, como si fuera la primera vez que se mostraba completamente desnudo frente a mí. Descendió de golpe las manos atadas hasta su entrepierna, tapándome la vista. Me entró la risa floja al verlo.


-¿Qué mierda haces? ¿Te da vergüenza a estás alturas? ¡Quita la mano! – se las aparté con brusquedad. Él se encogió – Abre las piernas. Quiero verte bien. – el Muñeco suspiró quedamente, obedeciendo, mirándome fijamente a la cara. Sentí un débil picor en las mejillas en cuanto vi su polla firme y dura delante de mi cara, esperándome con ganas. – Eres idiota Muñeco. No me creo que tengas vergüenza de tu propio cuerpo ni de tu polla. No tienes nada que envidiar a nadie, ni siquiera a mí. – Jae la tenía grande. Quizás tanto como la mía, tal vez incluso algo más o algo menos. ¿Cosas de hermanos, quizás? Daba igual. La única realidad es que era la primera vez que me quedaba fascinado viendo a una persona desnuda y más, a un hombre. Pero es que el no era un hombre, era mi Muñeco precioso.
Era tan delgado que rozaba lo insano. tenía  músculos, quizás poco definidos pero se notaba ejercitado. Ni rastro de vello en el pecho. Su piel parecía transparente, muy blanca y suave, el cuello parecía frágil y su cara digna de una estrella porno, mortalmente erótica con esas mejillas ruborizadas, los ojos perfilados con una suave capa de maquillaje que los hacía grandes y atentos a cada uno de mis movimientos. Los labios rojizos e hinchados de haberle comido la boca como un salvaje minutos antes, el perfil de su cara era rematadamente fino.
Muñeco hecho para saborearlo a bocados.
Me alcé un poco sobre la cama, sacándome la camiseta y los pantalones, dejándolos caer al suelo. El Muñeco me observaba sin perderse detalle, con el pecho subiendo y bajando, acelerado.


-Yunho… venga… me estoy poniendo nervioso…


-Shh… - dejé caer con cuidado el cuerpo sobre el suyo, sintiendo escalofríos al alcanzar el pleno contacto entre mi piel dura y áspera con la suya. Le besé los labios. Le temblaban lo suficiente como para dificultar el beso. - ¿Por qué estás tan nervioso? – el que se estaba impacientando era yo, notando su polla bien firme pegada a mi abdomen.


-Les oigo… les oigo desde aquí… ¿Y si suben? – sonreí acariciando su dulce carita con mis manos, restregando mis labios húmedos por su mejilla.


-¿Por qué no dejas de pensar en eso y te concentras en mí? Te prometo que si suben no te soltaré. Te protegeré… - y noté perfectamente como los músculos tensos de su abdomen se relajaron. Sonreí…
Le mordí el cuello con suavidad mientras él alzaba los brazos de nuevo y los dejaba inertes sobre su cabeza, dejándome libre acceso a su pecho. Aparté la cara de su cuello, ascendiendo por su nuez, recorriéndole la barbilla con la lengua y me lancé a por su boca entreabierta, con ganas de penetrarla con mi lengua hasta el fondo, hasta callar sus gritos típicos de las putas que se ponían húmedas simplemente por el sonido de sus propios chillidos.
Mientras nuestras lenguas jugaban, se tocaban e intercambiaban saliva ansiosas por entrar en la boca del otro, recorrí su cuerpo con mi mano. Restregué los dedos por sus pezones hasta pellizcarle con saña. Jae se revolvió con brusquedad. Un hilo de saliva se escurrió desde mi boca hasta su clavícula. Me reí observando su expresión ruborizada mientras negaba con la cabeza como si estuviera medio ido y volví a juntar nuestras lenguas entre nuestros labios.
Descendí mi mano ávidamente hasta su ingle y de improviso, le agarré la polla con fuerza, estrujándola entre mis dedos.


-¡Ah… no tan fuerte, joder! – gritó, dándome un mordisco en los labios que me hizo separarme de golpe. Saboreé con la puntita de la lengua el sabor metálico de mi sangre y apreté el agarré de su polla con pura malicia. El Muñeco se encogió, revolviéndose como un gatito dolorido y asustado rodeado por perros hambrientos que le enseñaban los dientes. Se encorvó hacía delante. Lo volví a tumbar en la cama de un empujón brusco.


-Quieto. ¿No querrás que te haga daño, verdad? –  respiraba agitadamente, alterado, con los ojos brillando intensamente. Parecía a punto de llorar, pero sabía que no lo haría. Había aprendido a hacerse el duro delante de mí.
Con esa carita asustada era, simplemente, un Muñeco precioso. Observé su expresión de sufrimiento y luego desvié la mirada hasta su polla dura entre los dedos de mi mano. Incluso su polla era preciosa.
-Tienes un pequeño y duro problema entre manos, Muñeco. Habrá que hacer algo para arreglarlo. –me miró medio ido, sudando a chorros. De acuerdo, Yunho. Es tu turno de hacerle disfrutar como se merece el precioso Muñeco.
Aflojé el agarré de su pene y me incliné hacía delante, intentando averiguar que clase misterio tendría hacer semejante guarrada. No le veía ningún secreto, así que con seguridad abrí la boca frente a la punta húmeda de su polla y la atrapé entre mis labios, rodeándola con la lengua.
Jae dio semejante chillido agudo que el corazón se me puso a doscientos de golpe.
Me la saqué de la boca y le mordí la ingle con fuerza.


-No grites. – el Muñeco se llevó las manos a la cara húmeda, tanto por lágrimas como por sudor y apretó los dientes. Volví  por su pene desde la base y lo lamí desde abajo hasta la punta. Se la besé. Y volví a metérmela en la boca, esta vez hasta el fondo, todo lo que mi boca consiguió tragar.


-¡Hum! –  gimoteó escandalosamente, encorvando la espalda y también la pelvis hasta mi boca, buscando más profundidad en ella. Se la saboreé con la lengua. No resultaba vomitivo, pero preferiría que me la chuparan a mí. De todas formas, el solo oír los grititos de mi Muñeco precioso merecían la pena para rebajarme al nivel de un maricón cualquiera. Empecé a sacármela de la boca muy lentamente, para que disfrutara bien de mi boca. Error… - ¡Ah… por favor Yunho, cuidado con los dientes…! – mierda. Le había clavado los dientes. Que puto burro.


-Lo siento, Muñeco. – definitivamente, eso no era lo mío. Empecé a subir y a bajar la mano sobre su polla con descontrol, intentando compensar el raspón que le había causado mi boca. Le dediqué un par de lametones a la punta hasta que noté su humedad y descendí con mi lengua hacía más abajo, notando como Jae se estremecía y se revolvía cada vez con más violencia, incapaz de contener sus graznidos. Que delicado y sumamente adorable. No pude evitar mordérselos suavemente.


-¡Aaahh! – sollozó. Prácticamente se le saltaron las lágrimas. - ¡Yunho, por favor… fóllame ya! – sonreí complacido.


-¿Ya? ¿Tan pronto? – el Muñeco se desesperó. Se revolvió con tanta energía que consiguió darse la vuelta en la cama, dándome la espalda. Me relamí los labios al ver el esfuerzo que le supuso alzarse sobre las manos atadas y situarse a cuatro patas, con el culo en pompa frente a mí.


-Ya, ahora… venga… por favor, le tengo ganas… - ¿Y quién coño se negaba a esa suplica?


-Que caprichoso, Muñeco. – murmuré, sonriente y lleno de gozo a más no poder. Me bajé los boxers con rapidez mientras le agarraba el culo prieto y pequeño con una mano. Le mordí una de las nalgas. alzó la cabeza con la boca abierta, jadeando como un perro. – Que perra tan obediente estás hecha.


-Yunho… no lo estropees ahora… - fruncí el ceño, abriéndole las nalgas con las manos y recorriendo con un dedo el interior de éstas hasta los testículos.


-¿Estropear qué? – me sorprendí a mí mismo dándole un leve lametón a su apretado agujero. El Muñeco se estremeció.


-Ésta noche… no la estropees… - ignoré su comentario, sin entender bien a qué se refería exactamente y me alcé sobre mis rodillas, colocándome para penetrarlo de una estocada rápida y fuerte, dispuesto a abrirlo de manera que le hiciera daño, para que lo que le siguiera no le doliera tanto. Un método estúpido y poco eficaz. Para la próxima vez compraría lubricante. No me hacía gracia tener que verlo sufrir por mi brutalidad. – Yunho… la primera fuerte… quiero que me haga daño, haz que me duela… - gimoteó. Por un momento pensé que me había leído el pensamiento.


-Eso pretendía hacer, Muñeco precioso… - coloqué bien mi polla rozándola con su agujero, presionando.


-Yunho… - mi Muñeco giró la cabeza, mirándome con esa sonrisa tan tierna que ya conocía, de las que me hacían estremecerme de forma espeluznante. – Vas a quedarte en Seul para siempre, ¿verdad?


-Sí… contigo… - su preciosa sonrisa resplandeció.


-Te quie…


__________________________________Y desperté..