martes, 22 de enero de 2013

CAPITULO INEDITO [2]




JUEGO DE MUÑECOS parte 2

Capitulo inedito
Y lo fue. Al menos para mí. Las flores rojas y amarillas representaban la pasión, muchas veces la sexualidad, la fecundidad y el sexo, el deseo, la felicidad, el entusiasmo… si las flores todavía no habían florecido y eran capullos, representaban algo parecido a la abstinencia, a la virginidad. No me acordaba de qué clase de flores eran las que habían en el ramo que le regalé a ella. Tulipanes, rosas rojas y claveles, quizás. Algún jazmín y un junquillo en el centro, que significaba potencia sexual. También había lilas, el primer amor. Si no me equivocaba, la azucena quería decir…

-¿Todavía estás haciendo mierda? – giré la cabeza. Yunho me observaba desde el columpio, sentado en él, con las piernas abiertas y los codos apoyados sobre las rodillas. 

-¿A dónde has ido? – pregunté. 

-A por esto. – alzó un vaso de plástico que humeaba. Le dio un pequeño sorbo y puso mala cara. – Arg… odio las cosas tan amargas. ¿Lo quieres? – me lo tendió y yo alcé el brazo para cogerlo. Por la oscuridad no podía distinguir el color del líquido, pero por el olor supe que se trataba de delicioso chocolate caliente… chocolate que, precisamente, no me gustaba en absoluto. 

-¿Amargo? Pero si es chocolate. Es dulce. – Yunho se encogió de hombros. 

-Ese es amargo. Me sigue dando asco igual. 

-Ah. 

-¿No te lo vas a beber? Entrarás en calor, no has parado de tiritar desde que hemos salido de casa. – me sorprendió su observación. Así que se había dado cuenta…

-Es que el chocolate no me gusta mucho. 

-¡Mierda! ¿Me he equivocado? 

-Me gusta más el café. De dulces solo me gustan los helados, dulces de crema y nata y la tarta que no sea de chocolate. No soy muy goloso. Me van más las chuches y gominolas. 

-Bueno, tenemos algo en común. A mí no me gustan las cosas dulces, al menos no hasta que te conocí. – alcé una ceja, sin entender. – Te he comprado el chocolate porque pensé que te gustaría. Era lo único medianamente dulce y caliente que había en la máquina y como tú… eres igual de dulce. – creo que me ruboricé y una sonrisa de gilipollas rematado afloró en mis labios. Me estaba piropeando o ¿era imaginación mía? Nunca me habían piropeado, eso era para chicas y supuse que así de tontita debía sentirse una chica cuando el tío que le gusta le dice esas cosas tan… bonitas. 

-No digas idioteces. 

-¿Por qué? Si es la verdad. No había conocido a alguien tan dulce en mi vida. De hecho, por tu culpa hasta se me ha picado una muela. ¿Sabes cuánto cuesta el dentista aquí, Muñeco? Porque vas a tener que pagármelo. – estaba notando la cara ardiendo, los colores variando de rojo a más rojo aún, el calor subiendo. Yunho tenía una cara de chico calculador, adorable y enigmático que… que… ¡Que me corría! 

-¿Esos son los truquitos que utilizas con las chicas de Busan? – murmuré, bajando la cabeza hacia el chocolate humeante. 

-Aunque los utilizara con ellas, ¿qué más da? A ti ya te tengo ganado, no me hace falta decirte cosas cursis para tenerte. Sería muy estúpido por mi parte gastar saliva diciendo mentiras sin necesidad. – si algo había tenido de especial el piropo que me había soltado, esa oración se lo cargó por completo. Le di la espalda, con las mejillas hinchadas intentando tragarme las palabras bordes que pensaba soltarle y me tragué el chocolate en dos sorbos. Me abrasé la garganta y arrojé el vaso al suelo, con la lengua al aire, intentando calmar el ardor de mi lengua. ¡Buag, pero qué malo estaba! 

-Eres especialista en cargarte momentos bonitos, eh. 

-Soy especialista en muchas cosas, pero sí. Los momentos bonitos a mi lado no duran mucho, seguramente, estarías mejor con Bommie. Me apuesto lo que sea a que con ella, esas palabritas cursis de enamorados nunca sobran. – sacudí la cabeza, restregándome un poco las manos por los ojos… tantos recuerdos me hacían ponerme tierno y dolorosamente sensible. 

-No quiero hablar de ella otra vez… es pasado y… y además hay una diferencia muy grande entre gustar y amar. Tú no le llegas ni a la suela de los zapatos de mi Bommie. – su risa medianamente ronca se mezcló con el sueva viento que mecía las hojas de los árboles. La azucena se sacudió un poco. Oí las cadenas del columpio zarandeándose, los pasos de mi hermano sobre la arena, acercándose…

-Muñeco, te voy a advertir algo. – susurró. El suave y caliente aliento que albergaba su boca me recorrió el cuello, acelerándome el pulso sin miramientos. – Dentro de unas semanas… bueno, contigo prefiero no arriesgarme, pero apostaría todo lo que tengo a que dentro de unos meses, no sabrás distinguir entre ese “amor” y ese “gustar”. Estoy casi seguro de que dentro de unos meses serás capaz de decir que te has enamorado otra vez, no llegaras ni al año, no, ni a los seis meses. Antes de seis meses a partir de ahora estarás convencido de que te has vuelto a enamorar y olvidaras a esa pijita que tanto te ha gustado. Te lo aseguro. Estarás convencido de ello. – sonreí y negué con la cabeza. Era una risita irónica, incomprendida. ¿Quién era él para decirme que olvidaría a Bom pronto? ¿Acaso se había enamorado alguna vez? ¿Sabía lo que se sentía cuando la tocabas, cuando el corazón se te derretía con cada sonrisa? Yunho no era más que un pobre ignorante con aire arrogante. 

-¿Y de quién se supone que voy a enamorarme? – murmuré, alzando una mano hasta la azucena que se movía con gracilidad movida por el viento. Yunho se sentó a mi lado, de espaldas a la florecita, apoyando las manos sobre la zona de césped donde crecían las flores. 

-Eso ya es cosa tuya, pero… tengo la jodida impresión de que cuando llegues a enamorarte, ni Yoochun, ni Junsu, ni tu madre, ni ninguna otra persona que no sea yo llegará a saberlo. Yo seré el primero que se percate de ello, tal vez porque me lo cuentes o tal vez porque yo me dé cuenta, pero seré el primero. Lo sé. Será así y así lo esperaré. 

En aquel momento no me atreví a alzar la cabeza por mucho que quisiera cruzar mirada con sus ojos agresivos. Me daba miedo, respeto, intimidación porque… se me cruzó por la cabeza la descabellada idea de que quizás, con eso, se refiriera a mí. A nosotros. 

No quería alzar la cabeza y encontrarme con su boca ansiosa de algo que no estaba bien que yo le ofreciera.

Hermanos, hermanos, hermanos… Bommie, Bommie, Bommie… Azucena… 

-Así que te gustan las flores, como a las chicas. 

-No. – negué con la cabeza, forzando una sonrisa nerviosa. – Me obligaron a aprenderme el significado de algunas en primaria, con una profesora que adora la botánica. Me parecía curioso…

-¿Cómo? Para, para… ¿las flores tienen significado? – asentí con la cabeza. Sí, definitivamente Yunho era un ignorante. 

-¿Por qué crees que para el día de los enamorados se regalan claveles y rosas rojas? ¿Por qué crees que a los muertos se les ponen unas clases de flores específicas en las coronas? 

-Hum… no sé. Nunca me lo he planteado. ¿Por qué tienen significado? Pues vaya estupidez. La persona que le dio significado debía de estar jodidamente aburrida. 

-Eres un poco cateto, ¿no? Además de insensible. 

-Creía que eso era obvio, pero al menos podrías concederme el beneficio de la duda, ¿no? – la azucena me rozó los dedos con el balanceo de sus pétalos. Uno cayó al suelo, arrancado por el viento. - ¿Las flores no mueren en invierno? 

-Sí. Por eso encontrarme esta flor aquí me parece raro. Debería estar muerta aunque como todavía no hemos entrado en el invierno plenamente… 

-¿Qué clase de flor es? – le miré de reojo, con disimulo. Eso era lo que Yunho quería que hiciera por su sonrisa picarona. – Te dejaré que me des un par de clases de botánica. El saber no ocupa lugar de todas formas. 

-Esa no parece una frase muy típica de ti. ¡Parece hasta tener sentido! 

-Capullo, me la enseñó Helem. A ella le encantaban las flores. – tragué saliva, esperando un silencio incómodo, un momento tenso debido a la tristeza, pero Yunho no dio señales de molestarse en absoluto con el recuerdo de su madrastra muerta. - ¿Cómo se llama? 

-Bueno… es una azucena si la memoria no me falla. – asentí. Yunho se inclinó hacia atrás, estirando el cuello para mirarla, ladeando la cabeza. Observé el cuello fuerte, los marcados puntos rojos que mis labios habían gravado en él. Sentí calor acumulándose en mis mejillas, la nerviosa y aplastante tirantez de mi corazón bombeando con fuerza. 

-Es… bueno, eso… chula. – apreté los labios, aguantándome una pequeña carcajada. 

-Querrás decir bonita. 

-Da igual. Y… ¿qué significa esta? 

-Pues… - hice memoria. Recordé las lecciones de mi profesora amante de la botánica. Recordé el ramo de azucenas y lirios blancos del ramo de novia de mi tía, la hermana de mi madre. Lo cogí unos momentos antes de la boda, después de que volara por los aires y acabara en manos de mi prima pequeña. Significaba… - Pureza. Corazón puro e inocente, amable y sincero. Eso. Las novias suelen llevar ramos de azucenas a veces para su boda. 

-Oh… ¿en serio? 

-Sí. 

-En ese caso es una ironía que esta florecilla esté aquí ¿no? – lo miré con los ojos entrecerrados. 

-¿Por qué? – él sonrió de una manera que me pareció remotamente tierna. Un oasis en mitad de todo aquel desierto de risas malvadas y sarcásticas. 

-Porque es la flor ideal para ti. Corazón puro, inocente, amable y sincero… sin duda es para ti. 

¿Y qué demonios quería que dijera ante eso? Yunho se estaba poniendo meloso pero sin llegar a ser cursi, no. Cualquiera que observara fijamente su mirada, cualquiera que lo tuviera delante y fuera capaz de captar su interior, sus pensamientos, el leve movimiento de su ceja al pronunciar esas palabras, sabría que no era cursi, para nada. Era atrayente. Me seducía como una flor seduce a una abeja con su dulce aroma a néctar. Sabía lo que quería, sabía que utilizaba un truco. Bueno… su mirada era tan convincente que no lo tenía claro del todo. 

-Yo no soy puro. – murmuré. Por supuesto, me había dado cuenta de su cercanía, de cómo había columpiado su cabeza hasta la mía y se había detenido en el último momento, boca contra boca. No me moví ni un centímetro. No quería apartarme y dejar de sentir su aliento. – No soy puro, ni amable, ni sincero. 

-Sí lo eres. – susurró, de nuevo con ese tono pícaro. 

-No lo soy. Me acuesto con mi hermano, miento a mis amigos y trato mal a la gente cuando me levanto por la mañana, temprano y de mal humor. No soy puro. 

-Y supongo que en gran parte es culpa mía. – sonrió. Hubiera negado con la cabeza si no hubiera estado del todo hipnotizado por el movimiento sutil de su boca al hablar. 

-No. Es culpa mía. Soy yo quien hace el gilipollas con su propio hermano, jugando al incesto. Haciendo tonterías y pensando que quizás… - Yunho no esperó a que terminara para probar mis labios. Los abrió y los cerró sobre los míos, regalándome un beso lento e intenso. Fue simple y breve. Un pico que sonó con la humedad de su boca entrando en contacto con mi piel helada. Sentí calor al momento y cerré los ojos. 

-¿Quizás qué? – preguntó, suspirando. Y yo no supe qué contestar. 

-No lo sé… - reímos los dos. Mi risa me sonó estúpida y la suya, demasiado coherente. – Quizás no quiera jugar a esto. Quizás no quiera que me beses así, Yunho. 

-¿Ah, no? Pues yo creo que sí quieres. 

-Pues yo creo que no puedes saberlo. Me conoces desde hace unas semanas. – alzó una ceja y encogió la cara, como si le sorprendieran mis palabras, pero eso no le impidió acercarse más, hacer chocar su frente con la mía. 

-Pues creo que en unas semanas ya te conozco mejor que tú mismo. 

-Lo dudo mucho. – pero… ¿por qué hablábamos en susurros? ¿Por qué recurríamos a la intimidad de los murmullos si estábamos solos? 

-¿Lo pones en duda? ¿Crees que miento? – Yunho se dio la vuelta, sin levantarse, sentándose a mi lado, poniéndose recto y alargó la mano hacia la azucena, agarrándola por el tallo. La arrancó sin el menor problema. 

-Yunho, no… la has matado. – me quejé. Para un milagro que se había mantenido vivo en invierno. 

-Venga ya, Muñeco. Si no la arranco yo, el viento y el frío se la cargaran, además… no es para mí. – y me la tendió. – Es para ti. – tragué saliva y los ojos me escocieron por el azote directo del viento helado. Observé la pequeña e inofensiva flor siendo resguardada del invierno en su mano. Me pareció cálida y protectora, un buen refugio donde esconderse. – Da igual cuantas veces te acuestes con tu hermano, Muñeco… - alzó la azucena cerca de mi cara y pude apreciar su aroma. La cogí con cuidado, haciendo que sus pétalos reposaran en la palma de mi mano, ocultándola del viento que la atacaba con crueldad. Nuestros dedos se rozaron. Sentí un placer amplificado, diferente al que se puede sentir durante el sexo, muy diferente. – A ti no te afecta el invierno, no tienes por qué preocuparte. Seguirás siendo puro por mucho que yo te toque. – se me estaba encogiendo el corazón. 

Ya había sentido esto antes, un año atrás. Con mi Bommie. Y me estaba empezando a poner sentimental, además de sentirme muy confuso. 

No dije nada. Me callé como un muerto, tan nervioso observando la azucena que ni me percaté de lo incómodo que debió sonar mi silencio para mi hermano. Mi hermano…

-Son las cuatro y media de la mañana. ¿Quieres volver a casa? Empiezo a cansarme de tanta cursilería. – negué con la cabeza. Otro momento impecable roto en mil pedazos. Un pico de oro para ligar, pero un bocazas a la hora de complacer de manera romántica a una mujer… o a un chico. 

-Yunho ¿tú has tenido novia alguna vez? – le pregunté. No parecía la clase de chico que duraba más de una semana con la misma persona y su silencio me lo confirmó. - ¿No? ¿En serio? 

-No lo recuerdo. Creo que no. 

-Entonces ¿nunca te has enamorado? – negó con la cabeza. 

-No creo mucho en ese rollo del amor. Las parejas se forman y se juran amor eterno, pero eso solo dura unos pocos años, a veces menos. No creo en esa mierda, creo en el gustar, en el sexo, en el placer, en la procreación… en eso sí. 

-Hum… eso es muy pesimista. 

-No. Es realista. Los animales no se enamoran, solo follan. ¿Por qué nosotros deberíamos considerarnos diferentes de ellos? Venimos del mono y llevamos en el mundo un 0´05 por ciento desde que se creó la Tierra y ya nos creemos superiores a todo y a todos, nos creemos alguien para juzgar a los demás, destrozamos bosques, contaminamos el aire, provocamos guerras y tenemos bombas capaces de liquidar una cuarta parte del planeta. Si fuéramos simples animales sin conocimiento, todo sería más simple y más fácil. – vaya, qué profundo. Jamás me hubiera esperado que Yunho pudiera tocar temas tan universales. Parecía una persona que solo se preocupaba de complacerse a sí mismo. Esa respuesta me pilló desprevenido, pero me gustó. Parecía la respuesta de un ecologista o superhéroe que quiere cambiar el mundo, alguien con expectativas y eso… eso solo conseguía que mis huesos cada vez estuvieran más dispuestos a formar parte de ese juego tan retorcido que estábamos creando sobre la marcha. 

-Pareces un ecologista. – murmuré. Él no dejaba de sonreír. 

-Tengo una perra y te aseguro que ella es el único ser en quien puedo confiar en Busan, el único que me espera. Los demás son calculadores, todos y yo el que más y bueno… los sentimientos te llevan a callejones sin salida. Yo solo me fío del instinto. Es mucho más práctico. 

-Pues yo haría una mezcla. 

-Eso es imposible. Los sentimientos nublan el instinto. 

-Pero si solo nos fiáramos del instinto no seríamos humanos, si no animales. – Yunho pareció planteárselo. De repente se levantó de mi lado, anduvo unos pasos detrás de mí y volvió a sentarse a mi espalda, pegándose a ella, apoyando la barbilla sobre mi hombro y rodeándome el cuerpo con los brazos, dándome calor. El corazón me latió a más velocidad y me encogí un poco.

-Imagínate un mundo en el que solo nos aprovechemos del instinto. Somos monos. 

-¿Monos? – me reí. 

-A ti te pega ser un mandril. 

-¿Por qué? ¿Por el culo en pompa? 

-En parte. Yo seré un gorila. 

-¡Eso no es justo! ¡Yo también quiero ser un gorila! 

-Bueno, pues tú también. Somos monos. 

-Ajá. Los gorilas son simios, no monos.

-Da igual. Tienes que cerrar los ojos e imaginártelo, si no, no vale. – los cerré, intentando imaginar a Kerchak, el gorila jefe de la manada de Tarzán en la pelicula de Disney. 

-Ya me lo imagino. 

-Pues como somos gorilas, estamos en una selva llena de peligros, de anacondas, de panteras, de leones, de…

-Los leones no viven en la selva, creo. 

-Pues de bichos. De muchos bichos. Y nosotros los comemos. 

-¡Arg, qué asco! 

-Y hay tantos bichos, que tenemos para todos, pero hay que buscarlos, claro. 

-Sí. ¿Y los encontramos? 

-Claro. Pero para ello, hay que recorrer toda la selva y sobrevivir a todo lo que se presenta. Hay que apoyarse el uno al otro, como miembros de la manada. Si no lo consigues, mala suerte. Selección natural. Eres débil, así que la cagas. 

-Eso suena muy injusto. 

-Al contrario, eso es lo justo. 

-¿Y qué más? 

-Llegamos a un prado con muchos bichos y mucha agua y allí, somos felices. Es el paraíso. No necesitamos nada más que bichos y agua porque somos animales. No necesitamos conquistar otras tierras y echar a otros seres de ellas para construir nuestras casas. No necesitamos gastarnos dinero en comprar juguetes hechos de materiales que contaminan y enferman nuestra selva, no necesitamos ropa cara, ni coches, ni motos. Solo bichos y a veces, flores, para dárselas a la gorila que nos gusta y poder procrear con ella y tener muchos gorilas pequeñitos. Lo tuyo es de todos y lo de todos, es tuyo y así, nunca hay peleas. ¿Lo ves?

-Sí, lo veo. Suena muy bien. – sustituyendo los bichos por hamburguesas del McDonald's, por supuesto. 

-Y… lo mejor de todo…

-¿Lo mejor de todo? ¿El qué? 

-Nadie te dirá nada si procreas con tu propio hermano o hermana, porque a nadie le importa, porque todos lo hacen, porque es selección natural. – esa era la idea más bonita de todas, sin duda. Pero… ¿Por qué me parecía tan bonita? ¿Por qué me hacía sentir aliviado y expulsaba toda la culpabilidad que sentía? – ¿Qué te parece? ¿Te gusta mi mundo? 

-Me gusta tu mundo. – nos estábamos poniendo melosos, de un meloso que jamás habíamos experimentado, al menos no entre nosotros. Yunho me arrullaba contra su pecho, apretaba los brazos y me pegaba más, tanto que podía sentir su corazón latiendo sobre mi espalda, un corazón tranquilo con un latido pausado pero potente, el de un superviviente, el de un luchador. Ya no tenía frío y los besos que Yunho me daba detrás de la oreja me estaban empezando a adormilar. Ronroneé apoyando la cabeza sobre su hombro, cómodo y relajado. Creo que nunca había estado tan en calma. – Pero los gorilas se van a aburrir. 

-¿Por qué? – me besó la frente, apartándome el pelo de la cara con una mano, echándomelo hacia atrás y acariciándome las puntas. Enredaba los dedos en él y los desenredaba con cuidado, por si me daba un tirón flojo que rompiera el ambiente perfecto. 

-Porque no sentirían nada. Son gorilas y solo sentirían dolor cuando se hicieran daño y placer durante el sexo, pero ¿y el dolor de cuando alguien te deja, un amigo, un familiar, un hermano? ¿El placer y la felicidad de sentirte querido, protegido por una madre, de tener un hijo, de enamorarse? ¿La diversión? ¿El aburrimiento? Solo vivirían para comer, procrear y morir y durante ese tiempo… ni siquiera seríamos verdaderamente conscientes de que estamos vivos. ¿Qué sentido tendría entonces vivir? 

-Hum… ¿Insinúas que la vida de los gorilas no tiene sentido? ¡Pobres gorilas! – se burló. El silencio absoluto de la noche se estaba llenando de risas y de alegría.

-No. Su vida tiene sentido porque nosotros vemos que tiene sentido, pero ¿y si los humanos no existieran? Los gorilas no verían que su vida tiene un sentido y entonces ¿qué? Nada tendría sentido si fuéramos gorilas ¿no crees? 

-Lo único que creo o más bien, empiezo a recordar es el por qué odiaba tanto la filosofía en el instituto. 

-¡Vale, vale, ya me callo! 

-Vale, cállate.

-¡Pues no quiero! ¿Sabes cómo debería ser el mundo, Yunho? 

-Un mundo de gorilas. ¡Has dicho que te gustaba la idea! 

-Las hay mejores. El mundo debería ser…

-Un espagueti gigante. 

-¡Yunho! 

-¡Tengo hambre! 

-¡En parejas! 

-¿En parejas? 

-Sí. Imagínate que todo el mundo tuviera su pareja. Está destinada a esa pareja, a una media naranja y como está destinado a ella, nadie necesitaría nada más que su pareja y todos serían felices con ella. Nadie se le pelaría por la pareja de otro y las personas, felices, unidos con otra persona, no harían daño a los demás, no destruirían para conseguir objetos innecesarios porque ya lo tendrían todo. – el pecho de Yunho retumbó contra mi espalda. Estaba conteniendo la risa y me aparté un poco de él para mirarlo, con una ceja alzada. - ¿No te gusta mi mundo? 

-Es muy cursi. 

-¡Pues es mejor que la idea de los gorilas! 

-¿Y si tu media naranja fuera tu hermano? ¿Qué pasaría? – no me hizo falta ni planteármelo. 

-¡Si fueran hermanos. Tienen que ser tal para cual, la pareja ideal, no hay más que hablar. Así que la gente lo aceptaría. ¿Te gusta mi mundo ahora? – Yunho puso los ojos en blanco. Estaba decidido a llevarme la contraria en todo, pero cuando volvía a apoyar la cabeza en su hombro, recuperando mi postura relajada, asintió. 

-Lo aceptaré… pero me gusta más mi mundo. 

-Y a mí el mío. Mejor sufrir que no sentir nada. 

-Mejor morir que vivir para sufrir. – Yunho y yo nos miramos y cuando alcé el brazo para acariciarle los labios secos y un poco rotos, la azucena le acarició la cara. Los dos la observamos reposada en mi mano y captamos el olor que desprendían sus suaves pétalos blancos. El pecho de Yunho se encogió al igual que su cara y haciendo un mohín con la nariz arrugada, estornudó. 

-¿Estás resfriado? 

-Tengo alergia a los momentos absurdamente románticos. – mi risa tronó ocupando el cielo oscuro y lúgubre, sin una estrella en el cielo. 

-¿Volvemos a casa? 

-¿Ya? Pero si no nos hemos enrollado. – flipé con semejante frase. 

-¿Me has traído hasta aquí solo para enrollarte conmigo? 

-Obviamente, ¿para qué otra cosa iba a hacerlo? – lo decía medio en broma medio en serio y si no fuera porque se trataba de mi estúpido hermano y de que acabábamos de compartir un momento muy, muy… extraño, ya le habría atizado con una piedra en la cabeza.

-Eres un cabrón y un ligón de tres al cuarto. – en lugar de eso, me hice el enfadado, me levanté y le di la espalda para ocultar mi sonrisa y Yunho me siguió enseguida, pegando un salto. 

-Vale, vale. ¡Tu mundo es más guay que el mío, lo reconozco! 

-Eso ya no vale. La has cagado. 

-De acuerdo. – agachó la cabeza, resignado pero aún alegre y ligeramente burlón. - ¿Y qué tengo que hacer para que esta noche tenga un final feliz y me dejes enrollarme contigo? 

-Hum… - fingí pensármelo. Lo cierto era que ahora que estaba totalmente despierto (aunque en realidad lo había estado durante toda la noche) tenía ganas de hacer algo. Me sentía enérgico y vivaz, capaz de pegar un salto y colgarme de la copa de un árbol. Así que eché a correr de repente utilizando todo el conocimiento que había adquirido en las clases de atletismo de la escuela primaria y secundaria. Yunho se quedó parado en el sitio, alzando un brazo en el aire por la sorpresa. 

-¡Eh! 

-¡Corre o te vas a perder y no pienso volver a por ti! 

-¡Serás cabrón! ¡Pues que sepas que tu mundo es una mierda! – gritó a lo lejos y no me siguió. Se quedó allí, sin moverse y yo, poco a poco, me fui deteniendo. Empezó a andar con tranquilidad hasta mí y yo me sentí humillado y muy cortado hasta que estuvo a pocos pasos de mí y… echó a correr, adelantándome en un momento. 

-¡No! ¡Tramposo! 

-¡Ahí te quedas, nenaza! 

La carrera hasta casa resultó una persecución divertida y llena de trampas. Yunho me empujaba cada vez que le alcanzaba, que no eran pocas veces y la mayoría de ellas, me caía al suelo. Gritábamos llamándonos de todo y riéndonos, armando un barullo inmenso y a mitad de camino (no tenía ni puta idea de cómo Yunho lo había memorizado tan pronto) me caí sobre un charco y me empapé la ropa. Yunho se detuvo, me miró y a continuación, se descojonó. Así que le tiré una bola de barro a la cabeza que le estalló en el cuello y se escurrió por el interior de su camiseta de forma asquerosa. Como no, el macarra de mi hermano recurrió al ojo por ojo, diente por diente y restregó mi cara por el asqueroso barro nublándome la vista, me levantó del suelo bruscamente entre risas y yo le escupí a la cara la asquerosa agua lodosa que casi me había tragado. 

Yunho no daba crédito a lo que me había atrevido a hacer. 

-¡Eres un puerco! 

-¡Y tú también, un puerco rastrero! 

-¿Ah, sí? ¡Pues los puercos se revuelcan por el barro! 

-¡Y los puercos rastreros también! – y peleándonos en broma, me tiró al suelo enlodado de nuevo. Intentó escaparse con una sonrisa victoriosa, pero lo agarré por las piernas poco dispuesto a ser el único perjudicado y lo tiré al suelo entre forcejeos varios. Yunho no sabía si reírse o cabrearse, así que hizo las dos cosas cuando me subí encima suya y le llené la cara de barro. Gritamos y nos reímos tirándonos y agarrándonos de piernas y brazos, imitando la lucha libre sobre el barro. Yunho se contenía, pero aún así me ganaba y justo en el momento en el que pensé que me iba a besar sobre aquella masa viscosa, alguien gritó. 

-¡Callaos, mocosos cabrones!

-¡Hay gente que se despierta temprano por la mañana!

-¡Iros a darle por el culo al barrio de enfrente o llamo a la policía! 

Miré a Yunho, mudo y el alzó la cabeza hasta los edificios de los que procedían las voces y gritó. 

-¡Que os follen, viejos amargados! 

-¡Malditos mocosos sinvergüenzas! – y de buenas a primeras, un montón de agua salió volando desde una ventana abierta directa hacia nosotros, cayéndonos encima. Mi pelo lavado el día anterior se aplanó de golpe, tapándome la visión y mi ropa se empapó más de lo que ya estaba, provocándome escalofríos. 

-¡Mierda! – ya estaba, se acabó. Me había entrado la risa tonta. 

-¡Tú eres el hijo de la abogada, te conozco! – gritó alguien. Me aparté el pelo de la cara y miré a Yunho con la boca abierta, quien me agarró de la mano y gritando un “joder”, echó a correr arrastrándome con él. 

Y empapados hasta la ropa interior y repletos de barro, llegamos a casa, al jardín de nuestra casa más concretamente. 

-¡Mierda, me han reconocido, me han reconocido! – hablé por lo bajini, un poco nervioso pero no tanto como lo habría estado de encontrarme solo. Yunho solo se reía, cogiendo aire y apoyando la espalda contra una de las paredes laterales de la casa. 

-Qué putada, eh. 

-Joder, sí. – murmuré. Los dos nos quedamos callados, concentrándonos en las aceleradas respiraciones de cada uno. Pronto me centré en la de Yunho cuando recuperé el aliento. Él se cansaba con más facilidad que yo, aunque no sabía por qué. Me quedé mirándolo con la cabeza ladeada y el pelo empapado ensuciando la pared de barro. Yunho dio una última bocanada de aire y giró la cara hacia mí. 

-Una gran aventura, eh. Apostaría todo lo que tengo a que nunca has hecho nada parecido. 

-Ganarías. – sonreí. 

-¿Quién necesita un mundo lleno de gorilas y sus parejas teniendo este? – se burló. 

-Yo. Mañana cuando mi madre se entere de que he montado un alboroto del quince a las cinco de la mañana. 

-Seis. 

-El tiempo pasa rápido. – Yunho se quedó callado de buenas a primeras y su rostro se ensombreció. Se apartó de la pared, dejando una huella inconfundible de humedad y barro y se acercó a mí, cara a cara. Me acorraló con la mirada y yo tragué saliva, inmóvil. Mi cuerpo se aceleró. Mi mente y mi corazón adivinaron que algo estaba a punto de ocurrir y lo desearon con toda su fuerza. 

-¿Sabes una cosa? – yo negué con la cabeza, con rostro estúpido y mirada fija en sus ojos, más afilados y enigmáticos que de costumbre. – Nunca he acompañado a ninguna chica a su casa… como lo he hecho contigo. – hablaba en serio. Parecía sincero y me entraron ganas de alzar los brazos y rodear su cuello con ellos, para sellar lo que ¿para qué engañarnos? Habíamos esperado toda la noche. 

-Pero tú… vives aquí también. – asintió despacio y se inclinó sobre mí. 

-Eso no cambia nada. – murmuró, muy cerca de mi boca seca, cárcel de palabras indescriptibles representantes de sentimientos presos deseando salir, pero tan pecaminosos que no se reprimían a sí mismos, procurando no causar estragos en el mundo exterior. Aún así, unas pocas palabras escaparon de entre los barrotes de lo justo y perjuicioso.

-Eso lo cambia todo. 

No. Leí el brillo de sus ojos, tentación y lujuria en estado etéreo y supe que para él, no cambiaba nada. Por lo que nada le impidió cerrar los dedos humedecidos en torno a mis brazos, al húmero que se deshacía jactándose de la fuerza de sus músculos. No me dejó moverme, manteniéndome en posición de firme y me hizo añicos contra la pared de granito. Abrió lo que en un primer momento me habían parecido las fauces de un demonio y ahora me sorprendían con la humanidad de una boca humana sedienta de saliva aún más mortal. No unimos los labios. Besamos nuestras lenguas con más de ese placer pecaminoso que nos tenía atados a un destino que todavía no había sido dibujado en el firmamento. 

No estábamos en un mundo ideal para nosotros, estábamos en un mundo edificado por otros y gobernados por otros muchos, por lo que debía suponer que lo que fuera a dibujarse, lo que fuera a plasmarse como destino, no sería algo seguro para nosotros, no lo sería para mí. Porque no había un nosotros. 

Me dejé llevar por lo que la Biblia y todos sus creyentes considerarían pecado, por lo que el pensamiento humano consideraba extraño y por lo que la naturaleza consideraba antítesis de los sentidos y abrí las puertas de mi alma y de mi cuerpo a un ser de mi propia sangre y sexo. Nos tocamos con intenciones de todo lo lujurioso y todo lo inaceptable. 

Derritiéndose mi cuerpo como si fuera cera de una vela con un fuego cada vez más vivaz, desnudando mi voluntad junto a mis vergüenzas e imperfecciones, caímos al suelo llano y rodamos por él, justo bajo la ventana que ocultaba el lecho de la mujer que nos había dado a luz. Se tragó mi lengua con bocanadas de sensual armonía y resultaba extraño, porque algo tan impensable y ajeno a la mente humana, a nosotros nos daba como resultado el sexo más natural que podíamos haber experimentado como hombres vivos e imperfectos. Nadie nos oyó, aunque yo dejé escapar más de esas palabras encerradas transformándolas en gritos promiscuos y súplicas aceleradas, al igual que Yunho, en derechos de posesión. Lo monté sobre el césped que empezaba a humedecerse con el rocío de la mañana y el semen de nuestros miembros erectos recién levantados y mientras yo cabalgaba, Yunho me sostenía como único apoyo para enfrentarnos al placer.

Mamá se fue al trabajo exactamente a las ocho de la mañana, media hora después de que nosotros entráramos en casa y agotados, semidesnudos y sucios, con Yunho aún besándome el cuello y su pene rozándome el trasero, nos arrastramos hasta mi cuarto, hasta mi cama, donde caí rendido boca abajo. Yunho se dejó caer encima de mí apoyándose en rodillas y brazos, acorralándome contra el colchón y murmurándome las frases más obscenas y besándome en los puntos clave de mi anatomía, tiró de mis pantalones y mi bóxer mojados hasta dejarlos por la altura de mis tobillos.

-Ahora tienes que bajar la voz, Muñeco. Me encanta oírte gritar, pero no es cuestión que alguien se entere, ¿verdad que no? – negué con la cabeza entre suspiros angustiados, revolviéndome el pelo contra la almohada y alcé el brazo a tientas, buscando su mano. Me la agarró y la estrechó con dedos sudorosos mientras su otra mano fue dedicada a pasearse por toda la extensión que acaparaba mi entrepierna. Juguetonamente, le dedicó cierto tiempo a mis testículos, masajeándolos con dedos rudos y apretándolos como si fueran una esponja, provocándome cierto placer masoquista.

-Ahora, Yunho… ahora… estoy listo… otra vez, por favor… - pero Yunho no solo no lo hizo, si no que se detuvo. Observé como giraba la cabeza concentrándose en algo ajeno a nosotros y nuestro mundo y se ensombreció su semblante semejante al que había adoptado al llegar aquí. - ¿Yunho? 

-Se acabó nuestro tiempo, Muñeco. – sonrió, pícaro y se levantó de la cama, agarrando su ropa sucia esparcida por el suelo con parsimonia. 

-¿Yunho? ¿Qué pasa? 

-Tu madre se ha despertado. – alcé la cabeza e intenté captar aquel minúsculo ruido del que Yunho se había percatado, pero no oí nada. 

-¿Seguro? – no dijo nada más. Se cargó los pantalones y la camiseta al hombro y tirando de la sábana blanca de mi cama, me la echó por encima. Se deslizó por mis hombros todavía húmedos y llenos de lo que al día siguiente serían chupetones hasta situarse en mi cintura. Mi pene trémulo palpitaba bajo la sábana, más que notable. 

-Se ha despertado antes, así que saldrá antes. Apaga el despertador y podrás hacer novillos. – me aconsejó, pasándome una mano por el pelo, revolviéndomelo como un hermano mayor haciendo rabiar a su hermano pequeño. Pero yo no quería un hermano mayor. 

-¿Tú los harás? 

-…Sí. 

-Vale. – quise decir algo más, algo atrevido, un bésame, pero Yunho se me adelantó y extendiendo una mano que acabó en mi cuello, me besó en la boca, sin profundidad, solo con la humedad que se había apoderado de la piel seca y tibia de nuestros labios. Los frotamos sin utilizar apenas la lengua, con los ojos cerrados y provocando un cierto sonido erótico con cada minúscula lamida hasta que Yunho se separó, dejándome con la boca entreabierta y la carne de gallina. Me acarició la mejilla con el pulgar y frunciendo el ceño, con expresión frustrada y un poco enfadada, como si de repente se hubiera cabreado consigo mismo, se levantó y se apartó de mí, caminando hasta la puerta cerrada. Yo quería que se quedara conmigo en nuestro mundo compartido.

-Yunho… - murmuré una vez hubo abierto la puerta. Me miró de reojo. Parecía reticente al contacto visual conmigo, diría que hasta incómodo. 

-¿Qué? 

-He perdido la azucena… en el barro. – acababa de darme cuenta de ello. 

-Jaejoong, es solo una planta. – Jaejoong. Qué raro sonaba mi nombre en su boca. 

-Sí. Es verdad. No es importante. – fue un intento pésimo de engañarme a mí mismo. Una flor de nuestro mundo, la única prueba de que existía un nosotros, un nuestro. Era muy importante. Se moriría sola, se congelaría bajo la nieve que pronto caería. Nuestro mundo se helaría y desaparecería. – Que duermas bien, Yunho. – él no contestó. Se detuvo durante un tiempo demasiado corto en el umbral de la puerta, un poco ido hasta que finalmente, tensando los músculos y sacudiendo la cabeza, salió de mi cuarto y cerró la puerta tras él. 

Yo me tumbé y me arropé hasta la clavícula. Esperé a que mi madre se animara a acercarse a mi cuarto, se asomara para comprobar que estaba en mi cama, como siempre y saliera de casa en silencio, con un ritmo apresurado. En lugar de pensar en Yunho, como había esperado que ocurriera, no conseguía quitarme la azucena de la cabeza hasta que, después de apagar el despertador, conseguí dormir. Mi miembro se había calmado por sí solo a causa de la falta de atención, así que solo tuve que cerrar los ojos y descansar. 

Cuando me desperté varias horas después, con la luz del sol arañándome la cara, aparté las sábanas entre bostezos y deseando un vaso de agua, además de ir al baño, saqué las piernas del abrigo del colchón.Menos mal que fui capaz de ver a tiempo la pequeña azucena blanquecina dormitando a los pies de mi cama, un poco sucia por el barro, pero brillante a causa de la humedad y las pequeñas gotitas de rocío. 

Yunho, tan independiente y práctico, había salido a buscarla justo después de que mamá se fuera al trabajo.

Esa mañana obtuve el valor suficiente (y algo más) para abrir la puerta del armario, observar la foto de Bommie por última vez mientras la despegaba de ésta y tras dedicarle el que sería mi último pensamiento de loco enamorado, la rompí en pedazos. 

En su lugar, descansó la azucena que había conseguido sobrevivir al invierno con su pureza y con ayuda de mi malvado y sádico hermano quien, por suerte o por desgracia, acabó siendo el primero, tal y como él había predicho, en enterarse de que me había vuelto a enamorar.