-No entiendo por qué te lo has
tomado tan a pecho, sinceramente. Sólo era una broma, Yunho. Ha sido una gilipollez.
-Sí, tú lo has dicho. Una
gilipollez. No me gustan las gilipolleces y más viniendo de ti. Te estás
volviendo muy graciosillo ¿no?
-¡Pero si yo no he hecho nada, ha
sido Ricky, te lo juro! Yo me he quedado quieto y tú le has dado mis pantalones
a Scotty para que los mordiera. ¡Tengo el culo lleno de babas, mierda!
-Claro, el que gasta las bromas soy
yo, no tú, así que ahora jódete.
-Eres un rencoroso.
-¡No! ¿En serio te lo parezco? –
había vuelto a caer la noche después de un intensísimo día de calor abrasador,
agua fresca en medio de un paisaje de en sueño y una compañía entretenida.
Ahora, con la única iluminación de las luces del coche y la escasa que daba la
luna, volvíamos a casa cansados y llenos de arena, deseando darnos una ducha
decente. Yunho conducía con porte sereno, pero era fácil detectar el sueño en
él cada vez que acercaba la mano a la palanca de marchas. Le costaba trabajo
incluso moverla. Yo estaba bastante animado, aunque perezoso, vigilando la
carretera con la ventana abierta refrescándome la cara quemada, porque sí… me
había quemado y parecía una patata asada.
-Una vez fui a un campamento de
verano. Mamá me llevó para que me interaccionara y me divirtiera. Cuando volví
no podía ni siquiera ponerme la camiseta de lo quemado que tenía el cuerpo. Fue
horrible. Quemarte la piel en verano es asqueroso. – le dije.
-¿Me lo dices o me lo cuentas? ¿Te
crees que yo nunca me he quemado? Pero a diferencia de ti he aprendido la
lección y uso crema. Te lo avisé cuando llegamos pero no me hiciste caso, así
que se siente. Será divertido cuando te entren los picores. – miré a Yunho, que
apoyó la cabeza sobre su puño cerrado, fatigado con la conducción. Oí un
ronquido a mi espalda y me giré para vigilar a Scotty, tumbado a lo largo de
los asientos traseros, durmiendo con el cinturón de seguridad para perros
enganchado a su cuello.
-¿Quieres que conduzca yo? – Yunho
me miró de reojo, con una ceja alzada y se rió.
-¿Cuánto tiempo llevas sin conducir?
-Un año y medio, más o menos.
-¿Por qué?
-Porque… tuve un accidente.
-¿Y de quién fue la culpa? – me
hundí en el asiento del copiloto, juntando los dedos, un poco incómodo.
-El tío se saltó un Stop.
-¿Seguro?
-Bueno, había una intersección y yo
no vi la señal de no preferencia, el tío no vio la señal de Stop y chocamos. En
los juzgados me echaron la culpa a mí, porque fue mi coche el que golpeó al
suyo. ¡Pero no lo habría golpeado si no se hubiera puesto en medio!
-¡Qué bestia, Muñeco! ¿Te hiciste
daño?
-Se me rompieron las gafas de sol
por culpa del airbag y el cinturón casi me secciona el cuello. A parte de eso…
¡la tarta de cumpleaños de Boomie salió disparada y se estrelló contra la luna
del coche! Fue un desastre.
-Hum… Boomie… - me mordí el labio,
consciente de que había metido la pata, pero Yunho no soltó ningún comentario.
-¿Sabes que fue Boomie la que dio la
señal de alarma? Fue ella la que le dijo a todo el mundo que éramos hermanos. –
le había contado algunas cosas a Yunho sobre los últimos meses de vida en Seul,
pero muy poco. No me gustaba indagar en ese tiempo oscuro, lleno de melancolía
y patetismo por mi parte. Pero sobre Bom no había dicho nada, al menos que yo
recordara.
-¿Fue ella? ¿Por qué no me extraña?
– me encogí de hombros.
-No le guardo rencor. Ya no
recuerdo… no me acuerdo de su cara.
-Lástima… cuando la vea se la
deformaré.
-¡Yunho!
-Tiene una carita tan bonita como la
tuya y eso no puede ser. Además… se la tengo reservada a ella y a varios más.
Si vuelvo alguna vez, será lo primero que haga porque sí, soy rencoroso. –
bueno, eso no era ninguna sorpresa para mí.
Me tensé al oírle hablar de una
venganza cercana cuando pisara Seul y recordé el monólogo interior que había
practicado durante todo el día sobre el tema. Estaba gratamente sorprendido al
ver que Max no había mencionado palabra sobre mi conversación con Derek y había
decidido que era una oportunidad para hablarlo con Yunho tranquilamente,
puestos a ser sinceros. No quería arriesgarme a que mi hermano se enterara por
terceras personas porque eso era lo que siempre pasaba en las historias. Hay
una insinuación de infidelidad que la pareja en cuestión no se cuenta por no
preocupar al contrario y dicha insinuación siempre se acaba descubriendo.
Resultado… gran pelea por desconfianzas y mentiras. No quería que eso ocurriera
entre nosotros, así que durante todo el día había estado pensando en cómo contarle
lo de la llamada.
No había encontrado una salida
convincente.
-¿De verdad no quieres que conduzca
yo? Pareces cansado. – Yunho sacudió la cabeza de un lado a otro.Sin apartar la
mirada de la carretera, contestó.
-Es de noche, el camino es estrecho
y este coche es un todoterreno. No es como conducir un BMW o…
-El mío era un Ferrari. – Yunho me
miró con los ojos como platos.
-¿Estrellaste un Ferrari? Tú… tú
eres… ¡Malditos niñatos pijos! ¡Un Ferrari! ¿De qué color era?
-De color rojo. – asentí, muy
orgulloso de mi criterio para los automóviles.
-¡Mi novio ha estrellado un puto
Ferrari rojo! ¡Eres un maldito asesino, Jaejoong!
-Oye, que un Cadillac también es
increíble.
-Nunca he tenido un accidente con mi
Cadillac, jamás.
-Claro, conduciendo a ochenta por
hora…
-Es un carril estrecho de noventa,
no me jodas.
-¿Todavía sigues cabreado por lo de
esta mañana? – pregunté y Yunho dejó las lamentaciones sobre coches y accidentes
para expresar un enfado repentino, cerrando la boca súbitamente. Adiviné que
eso era un sí.
Esa mañana había intentado enseñarle
a nadar. No sólo había sido un fracaso total, sino que además había dado como
resultado una broma de lo más tonta. Yunho se había mostrado reacio a entrar en
el agua desde el primer momento, poniendo excusas cómo lo fría que estaba el
agua o las piedras que había en la orilla, y cuando logré que entrara hasta que
le cubrió poco más de la cintura, le enseñé a patalear con pies y manos.
Patalear se le había dado bien, al igual que flotar… hasta que aparecieron
Ricky, Black y Kam. Yo los vi bucear hacia nosotros mientras Yunho pataleaba
agarrado a mí, pero no se lo dije por no romper su concentración. ¡No me
esperaba para nada que le agarraran de las piernas y le hundieran durante casi
un minuto en el agua mientras lo arrastraban lago adentro para hacer la broma!
Cuando salió a la superficie, se puso rojo de rabia, salió del agua sin decir
una palabra entre las risas de los demás (yo también reí un poco, tengo que
reconocerlo) y arrancó la rama de un árbol a base de patadas y puñetazos.
Incluso cogió la navaja del coche y peló la rama de tal manera, que la
convirtió en una especie de lanza corta y mal hecha, capaz de atravesar a
alguien como un pincho moruno. ¿Qué hizo después? Se sentó en mitad de la playa
a esperar a que saliéramos y cada vez que intentábamos salir del agua, venía a
por nosotros con el palo afilado encima, dispuesto a hacernos mucha, mucha
pupa. Ricky, Black, Kam y yo estuvimos un total de tres horas y media en el
agua, intentando salir sin ningún éxito ni siquiera para comer o ir al baño.
Tuvimos que aguantar las burlas de Yunho cuando cogió nuestra ropa de muda y se
la dio a Scotty, Zansha y Duncan para que jugaran con ella a base de
dentelladas y garras.
Fue una putada… ¡y más para mí, que
no había tenido nada que ver! Me puse como un tomate. Yunho no me dejó salir ni
siquiera para echarme crema. ¡Era cruel como él solo! Al final, conseguimos
salir a la hora de la siesta, cuando se durmió en la arena, pero nada más poner
un pie en tierra seca, Yunho abrió los ojos, pegó un bote del suelo y se nos
echó encima. Nosotros echamos a correr con mi hermano detrás, dando casi la
vuelta al lago, ¡fue todo un espectáculo! Yo caí primero. Tener el tobillo
torcido no es algo divertido en plenas vacaciones, aunque no fuera nada grave.
A Yunho no se le fue el enfado en
todo el día, ni siquiera cuando me acerqué a él en plan meloso y le pedí que me
echara crema en la espalda. Me echó el bote entero y luego se dedicó a darme
palmadas bestiales que me dejaron marca. El único momento del día en que
pareció más amigable fue durante la inesperadísima confesión de Kam. Genial.
Todos, mientras recogíamos las cosas
para volver a casa, excepto Yunho, que tumbado en la arena me chantajeó para
que yo recogiera solo y lo metiera en el coche con todo su rencor, (¡y es
realmente difícil cargar con tantas cosas con un tobillo torcido!) recibimos
una noticia inesperada. Heidi y Kam se habían ido a dar una vuelta y cuando
volvieron, se sentaron en la orilla del lago, muy acaramelados. Al cabo de un
buen rato más en el que nos planteamos irnos sin ellos, cada uno por su lado,
oímos el grito estridente de Heidi.
Observamos como la hermana de Ricky
y Sabela daba saltos de alegría alrededor de Kam, le abrazaba, se le tiraba
encima y le daba besos por toda la cara mientras el peligroso miembro de la
banda se reía como un loco enamorado. Cuando volvieron con nosotros, con Heidi
gritando y casi llorando, agarrada de la mano de Kam, gritó a sus hermanas como
una histérica:
-¡Iaaaaahh! ¡Me voy a morir, me voy
a morir, me muero! ¡Iaaaahh! ¡Chicas! ¡ME CASO! – todos los allí reunidos nos
quedamos con la boca abierta. Ricky y Sabela empezaron a gritar cuando Heidi
les enseñó un bonito anillo de oro, simple, pero brillante alrededor de su
dedo. Yunho se levantó de un salto y con una sonrisa enorme, se acercó a Kam y
estrechó su mano.
-¡Enhorabuena, desgraciado! – luego
le dio un abrazo bestial, igual que todos los chicos, que se le tiraron encima
como animales hasta que se cayó al suelo y todos rodaron por él. Me recordó a
los futbolistas ganadores de un gran partido, abrazándose y gritando por el
último gol. Incluso Max, que se había mostrado tan distante con ese moratón
bajo la nariz, participó en el aplastamiento del recién prometido. Kam reía y
gritaba que quería a Heidi. Me sorprendió su cordura, su felicidad, su sonrisa.
Yo me quedé quieto, sintiéndome
excluido. De alguna manera sabía que no pertenecía a ese círculo amistoso en el
que se habían sumergido todos los chicos. No sabía qué hacer y me sentí
avergonzado por ello, pero también feliz. Me abracé el pecho y pensé “Nunca lo
habría imaginado.Busan no parece un lugar en el que pueda crecer ningún tipo de
amor hasta este extremo, pero… vaya, no debe ser algo fácil llegar hasta aquí.”
Suspiré y me reí al verlos retorcerse por el suelo. Max y Yunho se miraron
durante un escaso segundo y se rieron como si no hubiera pasado nada entre los
dos. Al fin y al cabo, eran grandes amigos ¿no?
Entonces, Heidi se me acercó.
-Necesito tu ayuda,Jaejoong.
-¿Eh? ¿La mía? – miré a las tres
chicas con sorpresa. Ricky parecía histérica, haciendo tonterías con el brazo
de Sabela.
-Tú eres un chico refinado ¿verdad?
– preguntó ella. Yo no supe qué decir.
-¿Refinado?
-¡Eres de los altos, de Seul! Seguro
que sabes qué es lo último en trajes de boda, joyas, banquetes, procedimientos…
-Ehm… pues…
-¿Sabes las reglas de protocolo y
etiqueta? – supuse que se refería a los modales en una mesa, los trajes de la
boda, las invitaciones, la comida que se serviría y todo lo demás. Me llevé una
mano a la cabeza. Sabía todas esas cosas de primera mano. Mi madre me había
enseñado esos refinamientos que hoy en día usaba muy poca gente de la clase
alta para varias ocasiones puntuales, pero yo apenas los había usado, aunque
los recordaba vagamente.
-Sí, pero…
-¡Nada de peros! Tú vas a ayudarme
con los preparativos ¿verdad, Jaejoong? – Heidi me agarró las manos y las
estrechó entre las suyas, con una sonrisa enorme. ¿Qué se suponía que debía
decir? Así que un poco avergonzado, asentí con la cabeza. Ella se me enganchó
del cuello y me dio un tremendo beso en la mejilla. - ¡Ainss, si es que eres
tan adorable! – no pude evitar ruborizarme.
-¡Eh, eh, cuidado nena, que Yunho te
mata como te pases con su hombre! –gritó Hippie y me ruboricé aún más.
En lugar de oír quejas o insultos,
sólo oí más risas.Yunho me miraba con una sonrisita pillina desde el suelo.
Después de eso, estuvimos un buen
rato más charlando muy excitados sobre la boda y luego, cada cual a su coche
para regresar a casa. Heidi me había dado su número de teléfono para llamarme
pronto. Quería que la ayudara a escoger fecha para la boda. Me preguntaba si la
harían por lo civil o por la iglesia. Personalmente, prefería lo civil, pero
claro, estaba la tentación del vestido de novia, el ritual del cura y demás.
Todo era mucho más romántico así.
-Entonces ¿sigues enfadado? Yo no
hice nada y ya tomaste venganza con las tres horas y media que nos tuviste
acorralados en el agua. – me quejé, de vuelta al coche. Yunho bostezó, pasota.
-¿Prefieres una boda civil o por la
iglesia? – preguntó.
-¿Tú también estabas pensando en
eso? – él se encogió de hombros. – Por la iglesia es más bonito, pero me
sentiría un poco hipócrita. De todas formas puede que Heidi piense otra cosa y…
-No me refería a la boda de Heidi y
Kam, sino a la tuya. – le miré con una ceja alzada. Yunho ni se inmutó. Parecía
hablar muy en serio o, al menos, sin mostrar mucho interés por el tema. ¿Para
qué preguntaba entonces?
-No creo que me case nunca, Yunho.
-¿Por qué no?
-¿Tú quieres que me case?
-Si quieres casarte…
-No puedo casarme contigo. – aclaré
y él se rió. - ¿Por qué te ríes?
-Me gusta lo que has dicho.
-¿Qué no puedo casarme contigo?
-Tienes pensado estar mucho tiempo
conmigo ¿no?
-¿Tú no?
-No me hagas decir más cursiladas.
¿No tuviste suficiente anoche? – me mordí el labio para reprimir una sonrisita
tonta. Miré el reloj digital del coche. Eran las doce y media.
-Anoche no. Antes de anoche. Ha
pasado un día entero. – Yunho frunció el ceño entre sorprendido e incrédulo.
-¿Cómo? ¿Hemos pasado un día entero
sin hacerlo? Imposible.
-Lo hemos hecho.
-¡No! Me estás mintiendo.
-En serio. – puso los ojos en blanco
un momento e hizo una mueca pensativa con la boca. Luego, giró la cabeza hacia
mí, muy decidido.
-Hay que poner remedio a eso ahora
mismo… sácatela.
-¿Qué?
-¡Sácatela! – negué con la cabeza,
más por corte que por precaución.
-No. Te vas a distraer.
-No me distraigo.
-Yunho…
-Venga. Quiero verla. – el
jueguecito me puso nervioso y eché la cabeza hacia atrás, a los asientos
traseros. Scotty seguía dormido, ocupando todo el espacio con su enorme cuerpo.
Por supuesto y aunque fuera de día, nadie podría ver nada a través de los
cristales tintados. Yo tampoco veía gran cosa por la oscuridad, así que encendí
la luz interior del coche. Me subí el cinturón de seguridad hasta la barriga y
me desabroché los pantalones. Yunho miraba alternativamente a mí y a la
carretera. Entonces, me bajé los bóxers hasta por debajo del culo y dejé que
dirigiera la mirada hacia la carne recién descubierta.
-Ya la has visto.
-Quiero que me salude.
-¿Qué te salude? No seas idiota.
-Sacúdetela.
-No.
-Jae… por favor… soy un conductor
fatigado. Necesito distraerme para mantenerme despierto o me dormiré y nos
mataremos. ¿Es que no lo estudiaste en la autoescuela? Cuando el conductor esté
fatigado y tenga a alguien de copiloto, este debe distraerle con una
conversación amena, gritos de todas clases, pajas varias, etc, etc. – negué con
la cabeza aguantándome la risa y Yunho hinchó las mejillas.
-Creo que me salté ese párrafo.
-¿Y cómo aprobaste el examen de
conducir? ¡Es de manual! – me subí los bóxers hasta ocultar otra vez el
“asunto” y luego, apagué la luz interna del coche. – Ohh… se acabó el
espectáculo. – se quejó él. Entonces cerré la ventana y suspiré hondo mientras
introducía la mano bajo la tela de mis bóxers. Hice que mi cuerpo se arrastrara
hacia abajo, subiendo los pies al salpicadero y apoyé la cabeza sobre el reposa
espaldas del asiento. Luego, cerré los ojos intentando buscar una motivación ficticia.
Pensé en el barro, en la tormenta,
en la lluvia, los rayos y truenos, el olor a bosque y a mar, el del sudor, el
sonido casi mitigado de la húmeda penetración, las caricias sobre mi espalda,
las marcas de los dedos de Yunho aplastándome la cintura… el olor a semen era
intenso.
-Oh… - empecé a endurecerme,
recordando y acariciándome el pene con los dedos. Lo expuse fuera de la ropa
interior y seguí hasta conseguir una erección notable que sobé, sin más,
concentrándome en la punta hinchada. – Ah…
-Jaejoong, ¿qué haces? – preguntó
Yunho en voz baja. La oscuridad no le daba muchos detalles de mis actos.
-¿Por qué no le echas imaginación? –
sugerí y seguí meneándomela con más énfasis, alzando un brazo y agarrándome al
reposacabezas, clavé las uñas en él.
Bosque, barro, árboles tenebrosos,
oscuridad, luna, cama, chirrido de muelles, la madera de la mesa del salón, la
mampara de la ducha, baños públicos, cine, pared, callejones, ascensores,
cuarto oscuro… ¿en cuántos lugares lo habíamos hecho Yunho y yo? Me faltaban
unos pocos.
-Umm… - no estaba lo bastante
excitado como para gemir tan alto. Aunque la tenía dura, me la masajeaba con
cierta represión. Gemía buscando una reacción en Yunho, que pendiente de la
carretera no se dignaba a mirarme. Me ignoraba y eso me molestó. Aumenté el
ritmo de mi mano sobre la hinchada erección y gimoteé más fuerte, de una forma
totalmente exagerada. Yunho no se inmutó, pero vi como se saltaba una señal de
Stop. – Yunho… te has saltado un Stop.
-Cállate. – obedecí. Con la ventana
cerrada hacía un calor de mil demonios. Quería quitarme la camiseta y me la
subí hasta las axilas cuando vi en el velocímetro como mi hermano subía de
ochenta a noventa y de noventa a cien, y siguió apretando el acelerador.
-Yunho, ve más despacio, que hay
muchas cur…
-Cállate. – aminoró la velocidad,
pero yo ya había notado la ronquera de su voz y me reí. Me desabroché el
cinturón de seguridad y me bajé la camiseta de nuevo, subiéndome los pantalones
un poco, pero sin abrochármelos. Me incliné, poniéndome de rodillas sobre el
asiento. Alargué una mano y la introduje entre sus piernas. Yunho dio un salto.
– Jaejoong… - jadeó.
-Así que por eso estás tan gruñón.
-Me estás distrayendo.
-¿No decías que no lo haría? – pegué
los labios a su sien y a tientas, busqué el lóbulo de su oreja. Lo mordisqueé a
la vez que frotaba mi mano contra su entrepierna.
-Buff… - bufó.
-¿No te gusta?
-Si llevara a una puta en tu lugar,
no me importaría lo que esta hiciera. Pero si nos estrellamos, mi Muñeco se va
a matar. - ¡Ooh, qué meloso era a veces, y lo mejor era que él no se daba ni
cuenta de las palabras tan bonitas que soltaba por la boca! Yunho era como un
niño. Podía decirle miles de palabras de amor a una chiquilla sin saber
exactamente lo que significaban y no se sentiría avergonzado por ello. Claro,
un niño no sabe qué significaba la palabra amor en toda su extensión.
-Si yo me mato, tú también. –
besándole la oreja, descendí hasta el cuello tirando de uno de los tirantes de
su camiseta hacia abajo para hacer sitio a mis labios. Yunho se dejó,
estremecido.
-Te vas a enterar cuando lleguemos a
casa. – amenazó.
-Se te pone la voz muy grave cuando
estás tan excitado.
-A ti se te pone peor.
-Ah, ¿sí? - apreté su entrepierna y
Yunho se quejó con jadeos angustiosos. Decidí ser más travieso, soltar el botón
de su pantalón y tocar su bajo vientre, avisándole del siguiente movimiento. –
Nunca te he visto poner tantas pegas a la hora de hacerlo. Es más, nunca te he
visto quejarte. – echó el cuello a un lado y dejó que le besara el hombro
desnudo. – Dime Yunho, Amo… ¿te gusta mi voz así de ronca? ¿De verdad te gusta?
Sale de mi boca, ¿lo ves? De mis labios. Si quieres puedo hacértelo con ellos.
– él, como respuesta, pasó de jadear a gruñir como un animal cuando metí la
mano bajo sus bóxers y con lentitud, los abrí y los hice bajar lo justo para
encontrarme con una tiesa sorpresa. Le di un beso en la comisura de los labios
antes de hacer descender mi cabeza hacia aquella jugosa carne que me esperaba,
lista para ser engullida. La rodeé con los dedos y abrí la boca para
saborearla… Pero fui lanzado hacia atrás.
No. En realidad no sé hacia donde
fui lanzado, sólo sé que de repente el coche dio un giro brusco que me
catapultó hacia delante, me hizo chocar contra el salpicadero y luego, con un
fuerte frenazo, me lanzó hacia atrás.
No sé cómo, acabé encima de Scotty,
despatarrado en el asiento trasero con un dolor tremendo en la espalda y la
cabeza y un perro cabreado gruñendo y ladrando encima de mí, alterado por el
brusco movimiento. Con los ojos como platos, observé, aturdido, siendo
aplastado por los cincuenta kilos de Scotty, como Yunho accionaba el freno de
servicio y dejaba el coche quieto.
-¿Lo ves, Muñeco? Si hubiera venido
un coche de verdad, tú habrías salido volando a través del cristal. Jodido ¿no?
Menos mal que no venía ningún coche y yo soy un excelente conductor. Deberías
darme las gracias. Espero que a partir de ahora lleves siempre el cinturón de
seguridad. – giró la cabeza hacia mí y con los ojos brillantes, sonrió
maliciosamente, dejándome boquiabierto. ¿Había hecho semejante maniobra
peligrosa solo para que me pusiera el cinturón de seguridad? ¡Pero si casi me
mataba del susto el muy loco!
-Pero ¿tú estás tonto? ¡Casi me
mato, anormal! ¡Pedazo de idiota, capullo, obseso, desconsiderado…! – grité,
pero no de rabia por el bandazo, sino más bien por la vergüenza. Me ardían las
mejillas cuando intenté levantarme y Scotty me pisó la cara con una de sus
patas. - ¡Olvídate de lo de esta noche!
-¿Por qué? ¿Se te ha encogido del
susto, nene?
-¡Vete a la mierda! – y riéndose,
arrancó el coche otra vez, volviendo a la carretera con un derrape que me mandó
al suelo del coche.
Cuando conseguí trepar hasta los
asientos traseros, me puse el cinturón de seguridad y me agarré a Scotty, por
si acaso a Yunho le daba por hacer otro giro peligroso. ¡Menudo loco tenía al
volante! Me llamó payaso un par de veces y si le contestaba de mala gana,
pasivo agresivo. Tuve ganas de darle un buen golpe en la cabeza, pero no me
fiaba. Podía salir despedido por la ventana cerrada.
Busan estaba a escasos veinte
kilómetros y yo, al igual que Scotty, recuperé el sueño. Yunho y yo nos
callamos entonces, cansados por el viaje. Cerré los ojos y me dejé llevar por
el sueño el resto del camino. Me despertó el móvil de mi novio/hermano/loco
suicida a los cinco minutos, cuando ya divisaba las luces de la ciudad a lo
lejos. Yunho, creyéndome dormido, se llevó el móvil a la oreja y contestó en
voz baja.
-¿Sí? – murmuró. Yo bostecé,
acariciándole la cabeza a Scotty, que se había rendido al sueño otra vez. –
Estoy cerca, ¿por qué? – respondió Yunho. Estuve a punto de avisarle de que si
nos paraba la policía le pondrían una buena multa por conducir con el teléfono
en la mano, pero pude notar una tensión repentina en el ambiente que me hizo
callar. - ¿Te has vuelto loco? No pienso patrullar esta noche, estoy hecho
polvo… ¿qué? – preguntó y su tono, sin pizca de gracia, me puso los pelos de
punta. - ¿Estás seguro? – la voz misteriosa contestó un rotundo “¡sí!” que
llegó hasta mis oídos. – Dame unos minutos. Dejo a Jaejoong en casa y voy hacia
allí. – colgó.
Malas noticias, estaba seguro. No
quise preguntar y no pude hacer más que sumergirme en una duermevela
angustiosa. Creo que llamaron 2 veces más, pero no oí la conversación. Yunho
hablaba demasiado bajo y yo estaba demasiado cansado como para preguntar algo
que estaba seguro que no me diría. Así era él. Las cosas de la calle, las
malas, se quedaban en la calle y yo me enteraba por segundas personas de que la
noche anterior, Yunho se había metido en medio de una pelea para detener a los
borrachos Encadenados que se daban botellazos o que había echado a patadas a
una pandilla que se estaba pasando de lista con algunas prostitutas y chicas
alegres. Yunho nunca hablaba de ello a no ser que yo preguntara directamente sobre
el tema, y esa vez no iba a ser una excepción.
Me desperté más tarde, a base de
sacudidas y cuando abrí los ojos, no noté el movimiento del todoterreno. Al ver
la puerta de los asientos traseros abierta y a Yunho asomado por ella,
sacudiéndome para que despertara, supe que habíamos llegado. Me situé en el
garaje donde el coche y la moto siempre esperaban a su dueño y, adormilado,
hice amago de salir, pensando en la cantidad de cosas que debía llevar hasta
casa, la comida y el agua que debía cambiarle a Bagoas y a Hamtaro y el orden
que debía establecer entre el perro y el gato para poder irme a la cama
tranquilo.
Yunho no me dejó salir. Se quedó
quieto, tapando la salida con su cuerpo y yo le miré, bostezando. Estaba muy
serio y por el grosor del cuello y la mandíbula apretada, más rígido todavía.
-Jaejoong, tienes que hacerme un
favor. – dijo. Yo pestañeé.
-¿Qué?
-Tienes que quedarte en el coche
hasta que vuelva. Quieto, agachado, callado y hacer como si no hubiera nadie,
¿de acuerdo? Como si no hubiera nadie. – busqué la menor señal de diversión en
su tez, algo que me indicara que bromeaba, pero no encontré nada.
-¿Pasa algo? Estás muy serio.
-Haz lo que te digo. No salgas del
coche pase lo que pase hasta que yo vuelva y si no regreso en cinco minutos,
arranca el coche y sal cagando leches de aquí hacia arriba, hasta los barrios
altos ¿vale? – no contesté enseguida, estremecido por ese tono tan autoritario.
-Yunho, me estás asustando ¿qué
pasa? – él no contestó. Dejó las llaves del coche sobre mis rodillas, le
acarició la cabeza a Scotty y cerró la puerta de un portazo. Lo vi salir del
garaje, agachándose para coger una barra de hierro que siempre guardaba al lado
de la moto y con la navaja de mango negro brillando con el reflejo de la única
farola que funcionaba en aquel puñetero barrio, se dirigió hacia nuestra casa.
Entonces lo vi. La puerta estaba
abierta de par en par. Las luces, apagadas. Alguien había entrado.
Scotty se despertó y bostezó. Su
aliento canino me quitó la somnolencia de golpe.
-Mierda. – espeté. Yunho entró en
casa con la barra de hierro sobre el hombro y yo me atraganté con mi propia
saliva de puros nervios. Cinco minutos. Si no volvía en cinco minutos debía
arrancar el coche y salir de allí a toda pastilla.
Ni en broma.
El corazón se me puso en la garganta
mientras imaginaba las miles de cosas que podrían hacerle a Yunho ahí dentro.
El ladrón o lo que fuera, podía tener una pistola y pegarle un tiro en la
cabeza nada más verlo. Podían hacer explotar la casa con él dentro, agarrarle
por la espalda y apalearle entre tres, rajarle el cuello, todo ello en cinco
minutos o menos. Lo imaginé. Lo sentí. Yunho herido, Yunho sufriendo, Yunho
gritando pidiendo una ayuda que no llegaba, gritando mi nombre y yo a salvo en el
coche, tan tranquilo.
Me quité el cinturón de seguridad y
solté a Scotty, que me siguió sin apenas hacer ruido. Con las llaves en la
mano, cerré la puerta del coche y busqué entre los trastos del garaje algo que
me pudiera servir para defenderme. Otra barra de hierro o una navaja más
habrían estado bien, pero no encontré nada de eso. Lo que había en el maletero
era demasiado pesado y las cadenas para las ruedas en caso de gran nevada
hacían mucho ruido. Mordiéndome el labio, fui hasta la moto. Apoyados sobre la
rueda delantera había dos cascos, uno mío, el más nuevo y otro de Yunho, más
viejo con el dibujo de un increíble dragón en la parte frontal. Agarré el mío y
con él como única arma además de la compañía de Scotty, me dirigí hacia mi
propia casa. El perro se estiró sobre la carretera antes de echar a andar tras
de mí, tan sobrado y seguro de sí mismo como su segundo dueño. Parecía decir
“De acuerdo, de acuerdo, ya voy. Me los zamparé de un mordisco, cosa que tú no
sabes hacer, inútil.”
¡Argg, esa era mi décima pelea
callejera y no me hacía la menor ilusión tenerla! Pero si Yunho estaba en
peligro los golpearía con el casco en la cabeza hasta dejarlos muertos. Preparé
los puños estirando los dedos y el brazo antes de cerrarlos, tal y como mi
hermano me había enseñado a hacer y apretando fuertemente el caso, entré en
casa de puntillas. Al atravesar la puerta abierta descubrí que estaba intacta.
No habían entrado por allí, tenía demasiados cerrojos y era blindada. Yunho
sabía de eso más que nadie. Me pregunté por dónde se habían colado entonces, ya
que todas las ventanas tenían barrotes de hierro puro.
De repente, dándome un susto de
muerte, Scotty gruñó y se agazapó, con el lomo erizado. Observé como encogía
las patas y enseñaba los dientes, dispuesto a saltar sobre una presa.
-¿Hay alguien, Scotty? – pregunté,
pero el perro no me respondió (obviamente). Algo correteó como una sombra entre
la oscuridad del pasillo, saltó, chillando con un timbre agudo. Yo pegué tal
bote que casi me golpeo la cabeza con el techo y retrocedí, moviendo el casco
de un lado para otro cuando fuera lo que fuera eso, se me enganchó en la
camiseta. - ¡Arrg! – grité. ¡Me clavó las zarpas! Scotty ladró como un loco y
yo me sacudí intentando quitarme esa cosa de encima… Hasta que me di cuenta de
que era peluda y que no chillaba, si no que maullaba con fuerza. Era mi gato. -
¡Bagoas! Joder, qué susto me has dado, maldita sea.
-¡Miauuuu! – el gato maulló y
trepando por mi camiseta, apoyó las patitas sobre mi cuello y me lamió la cara
con esa lengua tan pequeña. Le hice un gesto a Scotty para que dejara de ladrar
y el perro obedeció, no sin seguir gruñendo entre dientes.
-¿Te han hecho algo, bolita de
pelos? ¿Estás herido? – el gato siguió lamiéndome la cara, contento de verme.
Se le notaba intranquilo y dejé que se agazapara contra mi pecho mientras le
acariciaba la cabeza. – Eso es. Ya está, ya ha pasado to…
-¿¡No te he dicho que te quedaras en
el puto coche!? – me sobresalté. Yunho, frente a la puerta del baño, me
observaba con ojos furiosos. - ¿Es que eres tan idiota que no entiendes algo
tan simple como eso?
-Ah. Me has asustado. – le observé,
buscando algún indicio de pelea, pero no encontré nada. Luego me detuve a
observar el extraño panorama que me rodeaba. No me había percatado antes de
esas enormes grietas que cruzaban la pared del pasillo de parte a parte. - ¿Qué
es esto?
-Te dije que no salieras del coche.
-Lo siento, estaba preocupado, pero…
- busqué el interruptor. En su lugar solo encontré un enredo de cables que
sobresalían de un agujero oscuro. - ¿No hay nadie?
-No. Se han ido hace tiempo. –
gruñó. ¡Ya se había vuelto a cabrear! – Han entrado por la ventana de la
cocina.-Pero si tiene barrotes.
-Los han cortado con algo muy
afilado. Una sierra eléctrica tal vez. – Yunho entró en el salón. Yo fui detrás
de él, apretando a Bagoas contra mi pecho. No sabía quién de los dos estaba
peor, si el gato o yo.
-¿Se han llevado algo? – pronto comprendí
que la pregunta adecuada no era el qué, si no por qué. Me horroricé cuando vi
todo aquel estropicio: el sillón rasgado, destrozado y volcado sobre el suelo,
la estantería rota, como si se hubieran dedicado a darle martillazos hasta
convertirla en docenas de largos trozos de madera que se esparcían por toda la
sala. Los pocos libros que teníamos con las hojas arrancadas, la televisión
estaba en el suelo, boca arriba y con la pantalla hecha añicos. Restos del DVD
y la Play Station 2 se escondían tras las sobras de cuadros, cristales, de
suelo levantado y azulejos rotos. Las lámparas que colgaban del techo ya no
estaba ahí. En su lugar sólo había cables, como si las hubieran arrancado de
cuajo. La mesa donde comíamos era irreconocible. Varios lugares de la pared
estaban hundidos y mostraban enormes boquetes oscuros. Las cortinas de las
ventanas, rajadas y desaparecidas. Los muy bestias habían tirado la puerta de
la cocina y del salón abajo y Yunho observaba con ojos luminosos los restos de
los cristales con graciosas flores pintadas en ellos, indistinguibles. Yunho
tenía apego por esa puerta. Helem había sido la que había elegido aquellos
dibujos acristalados que al recibir la luz del sol, hacían aparecer el
arcoíris.
