martes, 22 de enero de 2013

Capitulo 61




-No entiendo por qué te lo has tomado tan a pecho, sinceramente. Sólo era una broma, Yunho. Ha sido una gilipollez.

 

-Sí, tú lo has dicho. Una gilipollez. No me gustan las gilipolleces y más viniendo de ti. Te estás volviendo muy graciosillo ¿no?

 

-¡Pero si yo no he hecho nada, ha sido Ricky, te lo juro! Yo me he quedado quieto y tú le has dado mis pantalones a Scotty para que los mordiera. ¡Tengo el culo lleno de babas, mierda!

 

-Claro, el que gasta las bromas soy yo, no tú, así que ahora jódete.

 

-Eres un rencoroso.

 

-¡No! ¿En serio te lo parezco? – había vuelto a caer la noche después de un intensísimo día de calor abrasador, agua fresca en medio de un paisaje de en sueño y una compañía entretenida. Ahora, con la única iluminación de las luces del coche y la escasa que daba la luna, volvíamos a casa cansados y llenos de arena, deseando darnos una ducha decente. Yunho conducía con porte sereno, pero era fácil detectar el sueño en él cada vez que acercaba la mano a la palanca de marchas. Le costaba trabajo incluso moverla. Yo estaba bastante animado, aunque perezoso, vigilando la carretera con la ventana abierta refrescándome la cara quemada, porque sí… me había quemado y parecía una patata asada.

 

-Una vez fui a un campamento de verano. Mamá me llevó para que me interaccionara y me divirtiera. Cuando volví no podía ni siquiera ponerme la camiseta de lo quemado que tenía el cuerpo. Fue horrible. Quemarte la piel en verano es asqueroso. – le dije.

 

-¿Me lo dices o me lo cuentas? ¿Te crees que yo nunca me he quemado? Pero a diferencia de ti he aprendido la lección y uso crema. Te lo avisé cuando llegamos pero no me hiciste caso, así que se siente. Será divertido cuando te entren los picores. – miré a Yunho, que apoyó la cabeza sobre su puño cerrado, fatigado con la conducción. Oí un ronquido a mi espalda y me giré para vigilar a Scotty, tumbado a lo largo de los asientos traseros, durmiendo con el cinturón de seguridad para perros enganchado a su cuello.

 

-¿Quieres que conduzca yo? – Yunho me miró de reojo, con una ceja alzada y se rió.

 

-¿Cuánto tiempo llevas sin conducir?

 

-Un año y medio, más o menos.

 

-¿Por qué?

 

-Porque… tuve un accidente.

 

-¿Y de quién fue la culpa? – me hundí en el asiento del copiloto, juntando los dedos, un poco incómodo.

 

-El tío se saltó un Stop.

 

-¿Seguro?

 

-Bueno, había una intersección y yo no vi la señal de no preferencia, el tío no vio la señal de Stop y chocamos. En los juzgados me echaron la culpa a mí, porque fue mi coche el que golpeó al suyo. ¡Pero no lo habría golpeado si no se hubiera puesto en medio!

 

-¡Qué bestia, Muñeco! ¿Te hiciste daño?

 

-Se me rompieron las gafas de sol por culpa del airbag y el cinturón casi me secciona el cuello. A parte de eso… ¡la tarta de cumpleaños de Boomie salió disparada y se estrelló contra la luna del coche! Fue un desastre.

 

-Hum… Boomie… - me mordí el labio, consciente de que había metido la pata, pero Yunho no soltó ningún comentario.

 

-¿Sabes que fue Boomie la que dio la señal de alarma? Fue ella la que le dijo a todo el mundo que éramos hermanos. – le había contado algunas cosas a Yunho sobre los últimos meses de vida en Seul, pero muy poco. No me gustaba indagar en ese tiempo oscuro, lleno de melancolía y patetismo por mi parte. Pero sobre Bom no había dicho nada, al menos que yo recordara.

 

-¿Fue ella? ¿Por qué no me extraña? – me encogí de hombros.

 

-No le guardo rencor. Ya no recuerdo… no me acuerdo de su cara.

 

-Lástima… cuando la vea se la deformaré.

 

-¡Yunho!

 

-Tiene una carita tan bonita como la tuya y eso no puede ser. Además… se la tengo reservada a ella y a varios más. Si vuelvo alguna vez, será lo primero que haga porque sí, soy rencoroso. – bueno, eso no era ninguna sorpresa para mí.

 

Me tensé al oírle hablar de una venganza cercana cuando pisara Seul y recordé el monólogo interior que había practicado durante todo el día sobre el tema. Estaba gratamente sorprendido al ver que Max no había mencionado palabra sobre mi conversación con Derek y había decidido que era una oportunidad para hablarlo con Yunho tranquilamente, puestos a ser sinceros. No quería arriesgarme a que mi hermano se enterara por terceras personas porque eso era lo que siempre pasaba en las historias. Hay una insinuación de infidelidad que la pareja en cuestión no se cuenta por no preocupar al contrario y dicha insinuación siempre se acaba descubriendo. Resultado… gran pelea por desconfianzas y mentiras. No quería que eso ocurriera entre nosotros, así que durante todo el día había estado pensando en cómo contarle lo de la llamada.

 

No había encontrado una salida convincente.

 

-¿De verdad no quieres que conduzca yo? Pareces cansado. – Yunho sacudió la cabeza de un lado a otro.Sin apartar la mirada de la carretera, contestó.

 

-Es de noche, el camino es estrecho y este coche es un todoterreno. No es como conducir un BMW o…

 

-El mío era un Ferrari. – Yunho me miró con los ojos como platos.

 

-¿Estrellaste un Ferrari? Tú… tú eres… ¡Malditos niñatos pijos! ¡Un Ferrari! ¿De qué color era?

 

-De color rojo. – asentí, muy orgulloso de mi criterio para los automóviles.

 

-¡Mi novio ha estrellado un puto Ferrari rojo! ¡Eres un maldito asesino, Jaejoong!

 

-Oye, que un Cadillac también es increíble.

 

-Nunca he tenido un accidente con mi Cadillac, jamás.

 

-Claro, conduciendo a ochenta por hora…

 

-Es un carril estrecho de noventa, no me jodas.

 

-¿Todavía sigues cabreado por lo de esta mañana? – pregunté y Yunho dejó las lamentaciones sobre coches y accidentes para expresar un enfado repentino, cerrando la boca súbitamente. Adiviné que eso era un sí.

 

Esa mañana había intentado enseñarle a nadar. No sólo había sido un fracaso total, sino que además había dado como resultado una broma de lo más tonta. Yunho se había mostrado reacio a entrar en el agua desde el primer momento, poniendo excusas cómo lo fría que estaba el agua o las piedras que había en la orilla, y cuando logré que entrara hasta que le cubrió poco más de la cintura, le enseñé a patalear con pies y manos. Patalear se le había dado bien, al igual que flotar… hasta que aparecieron Ricky, Black y Kam. Yo los vi bucear hacia nosotros mientras Yunho pataleaba agarrado a mí, pero no se lo dije por no romper su concentración. ¡No me esperaba para nada que le agarraran de las piernas y le hundieran durante casi un minuto en el agua mientras lo arrastraban lago adentro para hacer la broma! Cuando salió a la superficie, se puso rojo de rabia, salió del agua sin decir una palabra entre las risas de los demás (yo también reí un poco, tengo que reconocerlo) y arrancó la rama de un árbol a base de patadas y puñetazos. Incluso cogió la navaja del coche y peló la rama de tal manera, que la convirtió en una especie de lanza corta y mal hecha, capaz de atravesar a alguien como un pincho moruno. ¿Qué hizo después? Se sentó en mitad de la playa a esperar a que saliéramos y cada vez que intentábamos salir del agua, venía a por nosotros con el palo afilado encima, dispuesto a hacernos mucha, mucha pupa. Ricky, Black, Kam y yo estuvimos un total de tres horas y media en el agua, intentando salir sin ningún éxito ni siquiera para comer o ir al baño. Tuvimos que aguantar las burlas de Yunho cuando cogió nuestra ropa de muda y se la dio a Scotty, Zansha y Duncan para que jugaran con ella a base de dentelladas y garras.

 

Fue una putada… ¡y más para mí, que no había tenido nada que ver! Me puse como un tomate. Yunho no me dejó salir ni siquiera para echarme crema. ¡Era cruel como él solo! Al final, conseguimos salir a la hora de la siesta, cuando se durmió en la arena, pero nada más poner un pie en tierra seca, Yunho abrió los ojos, pegó un bote del suelo y se nos echó encima. Nosotros echamos a correr con mi hermano detrás, dando casi la vuelta al lago, ¡fue todo un espectáculo! Yo caí primero. Tener el tobillo torcido no es algo divertido en plenas vacaciones, aunque no fuera nada grave.

 

A Yunho no se le fue el enfado en todo el día, ni siquiera cuando me acerqué a él en plan meloso y le pedí que me echara crema en la espalda. Me echó el bote entero y luego se dedicó a darme palmadas bestiales que me dejaron marca. El único momento del día en que pareció más amigable fue durante la inesperadísima confesión de Kam. Genial.

 

Todos, mientras recogíamos las cosas para volver a casa, excepto Yunho, que tumbado en la arena me chantajeó para que yo recogiera solo y lo metiera en el coche con todo su rencor, (¡y es realmente difícil cargar con tantas cosas con un tobillo torcido!) recibimos una noticia inesperada. Heidi y Kam se habían ido a dar una vuelta y cuando volvieron, se sentaron en la orilla del lago, muy acaramelados. Al cabo de un buen rato más en el que nos planteamos irnos sin ellos, cada uno por su lado, oímos el grito estridente de Heidi.

 

Observamos como la hermana de Ricky y Sabela daba saltos de alegría alrededor de Kam, le abrazaba, se le tiraba encima y le daba besos por toda la cara mientras el peligroso miembro de la banda se reía como un loco enamorado. Cuando volvieron con nosotros, con Heidi gritando y casi llorando, agarrada de la mano de Kam, gritó a sus hermanas como una histérica:

 

-¡Iaaaaahh! ¡Me voy a morir, me voy a morir, me muero! ¡Iaaaahh! ¡Chicas! ¡ME CASO! – todos los allí reunidos nos quedamos con la boca abierta. Ricky y Sabela empezaron a gritar cuando Heidi les enseñó un bonito anillo de oro, simple, pero brillante alrededor de su dedo. Yunho se levantó de un salto y con una sonrisa enorme, se acercó a Kam y estrechó su mano.

 

-¡Enhorabuena, desgraciado! – luego le dio un abrazo bestial, igual que todos los chicos, que se le tiraron encima como animales hasta que se cayó al suelo y todos rodaron por él. Me recordó a los futbolistas ganadores de un gran partido, abrazándose y gritando por el último gol. Incluso Max, que se había mostrado tan distante con ese moratón bajo la nariz, participó en el aplastamiento del recién prometido. Kam reía y gritaba que quería a Heidi. Me sorprendió su cordura, su felicidad, su sonrisa.

 

Yo me quedé quieto, sintiéndome excluido. De alguna manera sabía que no pertenecía a ese círculo amistoso en el que se habían sumergido todos los chicos. No sabía qué hacer y me sentí avergonzado por ello, pero también feliz. Me abracé el pecho y pensé “Nunca lo habría imaginado.Busan no parece un lugar en el que pueda crecer ningún tipo de amor hasta este extremo, pero… vaya, no debe ser algo fácil llegar hasta aquí.” Suspiré y me reí al verlos retorcerse por el suelo. Max y Yunho se miraron durante un escaso segundo y se rieron como si no hubiera pasado nada entre los dos. Al fin y al cabo, eran grandes amigos ¿no?

 

Entonces, Heidi se me acercó.

 

-Necesito tu ayuda,Jaejoong.

 

-¿Eh? ¿La mía? – miré a las tres chicas con sorpresa. Ricky parecía histérica, haciendo tonterías con el brazo de Sabela.

 

-Tú eres un chico refinado ¿verdad? – preguntó ella. Yo no supe qué decir.

 

-¿Refinado?

 

-¡Eres de los altos, de Seul! Seguro que sabes qué es lo último en trajes de boda, joyas, banquetes, procedimientos…

 

-Ehm… pues…

 

-¿Sabes las reglas de protocolo y etiqueta? – supuse que se refería a los modales en una mesa, los trajes de la boda, las invitaciones, la comida que se serviría y todo lo demás. Me llevé una mano a la cabeza. Sabía todas esas cosas de primera mano. Mi madre me había enseñado esos refinamientos que hoy en día usaba muy poca gente de la clase alta para varias ocasiones puntuales, pero yo apenas los había usado, aunque los recordaba vagamente.

 

-Sí, pero…

 

-¡Nada de peros! Tú vas a ayudarme con los preparativos ¿verdad, Jaejoong? – Heidi me agarró las manos y las estrechó entre las suyas, con una sonrisa enorme. ¿Qué se suponía que debía decir? Así que un poco avergonzado, asentí con la cabeza. Ella se me enganchó del cuello y me dio un tremendo beso en la mejilla. - ¡Ainss, si es que eres tan adorable! – no pude evitar ruborizarme.

 

-¡Eh, eh, cuidado nena, que Yunho te mata como te pases con su hombre! –gritó Hippie y me ruboricé aún más.

 

En lugar de oír quejas o insultos, sólo oí más risas.Yunho me miraba con una sonrisita pillina desde el suelo.

 

Después de eso, estuvimos un buen rato más charlando muy excitados sobre la boda y luego, cada cual a su coche para regresar a casa. Heidi me había dado su número de teléfono para llamarme pronto. Quería que la ayudara a escoger fecha para la boda. Me preguntaba si la harían por lo civil o por la iglesia. Personalmente, prefería lo civil, pero claro, estaba la tentación del vestido de novia, el ritual del cura y demás. Todo era mucho más romántico así.

 

-Entonces ¿sigues enfadado? Yo no hice nada y ya tomaste venganza con las tres horas y media que nos tuviste acorralados en el agua. – me quejé, de vuelta al coche. Yunho bostezó, pasota.

 

-¿Prefieres una boda civil o por la iglesia? – preguntó.

 

-¿Tú también estabas pensando en eso? – él se encogió de hombros. – Por la iglesia es más bonito, pero me sentiría un poco hipócrita. De todas formas puede que Heidi piense otra cosa y…

 

-No me refería a la boda de Heidi y Kam, sino a la tuya. – le miré con una ceja alzada. Yunho ni se inmutó. Parecía hablar muy en serio o, al menos, sin mostrar mucho interés por el tema. ¿Para qué preguntaba entonces?

 

-No creo que me case nunca, Yunho.

 

-¿Por qué no?

 

-¿Tú quieres que me case?

 

-Si quieres casarte…

 

-No puedo casarme contigo. – aclaré y él se rió. - ¿Por qué te ríes?

 

-Me gusta lo que has dicho.

 

-¿Qué no puedo casarme contigo?

 

-Tienes pensado estar mucho tiempo conmigo ¿no?

 

-¿Tú no?

 

-No me hagas decir más cursiladas. ¿No tuviste suficiente anoche? – me mordí el labio para reprimir una sonrisita tonta. Miré el reloj digital del coche. Eran las doce y media.

 

-Anoche no. Antes de anoche. Ha pasado un día entero. – Yunho frunció el ceño entre sorprendido e incrédulo.

 

-¿Cómo? ¿Hemos pasado un día entero sin hacerlo? Imposible.

 

-Lo hemos hecho.

 

-¡No! Me estás mintiendo.

 

-En serio. – puso los ojos en blanco un momento e hizo una mueca pensativa con la boca. Luego, giró la cabeza hacia mí, muy decidido.

 

-Hay que poner remedio a eso ahora mismo… sácatela.

 

-¿Qué?

 

-¡Sácatela! – negué con la cabeza, más por corte que por precaución.

 

-No. Te vas a distraer.

 

-No me distraigo.

 

-Yunho…

 

-Venga. Quiero verla. – el jueguecito me puso nervioso y eché la cabeza hacia atrás, a los asientos traseros. Scotty seguía dormido, ocupando todo el espacio con su enorme cuerpo. Por supuesto y aunque fuera de día, nadie podría ver nada a través de los cristales tintados. Yo tampoco veía gran cosa por la oscuridad, así que encendí la luz interior del coche. Me subí el cinturón de seguridad hasta la barriga y me desabroché los pantalones. Yunho miraba alternativamente a mí y a la carretera. Entonces, me bajé los bóxers hasta por debajo del culo y dejé que dirigiera la mirada hacia la carne recién descubierta.

 

-Ya la has visto.

 

-Quiero que me salude.

 

-¿Qué te salude? No seas idiota.

 

-Sacúdetela.

 

-No.

 

-Jae… por favor… soy un conductor fatigado. Necesito distraerme para mantenerme despierto o me dormiré y nos mataremos. ¿Es que no lo estudiaste en la autoescuela? Cuando el conductor esté fatigado y tenga a alguien de copiloto, este debe distraerle con una conversación amena, gritos de todas clases, pajas varias, etc, etc. – negué con la cabeza aguantándome la risa y Yunho hinchó las mejillas.

 

-Creo que me salté ese párrafo.

 

-¿Y cómo aprobaste el examen de conducir? ¡Es de manual! – me subí los bóxers hasta ocultar otra vez el “asunto” y luego, apagué la luz interna del coche. – Ohh… se acabó el espectáculo. – se quejó él. Entonces cerré la ventana y suspiré hondo mientras introducía la mano bajo la tela de mis bóxers. Hice que mi cuerpo se arrastrara hacia abajo, subiendo los pies al salpicadero y apoyé la cabeza sobre el reposa espaldas del asiento. Luego, cerré los ojos intentando buscar una motivación ficticia.

 

Pensé en el barro, en la tormenta, en la lluvia, los rayos y truenos, el olor a bosque y a mar, el del sudor, el sonido casi mitigado de la húmeda penetración, las caricias sobre mi espalda, las marcas de los dedos de Yunho aplastándome la cintura… el olor a semen era intenso.

 

-Oh… - empecé a endurecerme, recordando y acariciándome el pene con los dedos. Lo expuse fuera de la ropa interior y seguí hasta conseguir una erección notable que sobé, sin más, concentrándome en la punta hinchada. – Ah…

 

-Jaejoong, ¿qué haces? – preguntó Yunho en voz baja. La oscuridad no le daba muchos detalles de mis actos.

 

-¿Por qué no le echas imaginación? – sugerí y seguí meneándomela con más énfasis, alzando un brazo y agarrándome al reposacabezas, clavé las uñas en él.

 

Bosque, barro, árboles tenebrosos, oscuridad, luna, cama, chirrido de muelles, la madera de la mesa del salón, la mampara de la ducha, baños públicos, cine, pared, callejones, ascensores, cuarto oscuro… ¿en cuántos lugares lo habíamos hecho Yunho y yo? Me faltaban unos pocos.

 

-Umm… - no estaba lo bastante excitado como para gemir tan alto. Aunque la tenía dura, me la masajeaba con cierta represión. Gemía buscando una reacción en Yunho, que pendiente de la carretera no se dignaba a mirarme. Me ignoraba y eso me molestó. Aumenté el ritmo de mi mano sobre la hinchada erección y gimoteé más fuerte, de una forma totalmente exagerada. Yunho no se inmutó, pero vi como se saltaba una señal de Stop. – Yunho… te has saltado un Stop.

 

-Cállate. – obedecí. Con la ventana cerrada hacía un calor de mil demonios. Quería quitarme la camiseta y me la subí hasta las axilas cuando vi en el velocímetro como mi hermano subía de ochenta a noventa y de noventa a cien, y siguió apretando el acelerador.

 

-Yunho, ve más despacio, que hay muchas cur…

 

-Cállate. – aminoró la velocidad, pero yo ya había notado la ronquera de su voz y me reí. Me desabroché el cinturón de seguridad y me bajé la camiseta de nuevo, subiéndome los pantalones un poco, pero sin abrochármelos. Me incliné, poniéndome de rodillas sobre el asiento. Alargué una mano y la introduje entre sus piernas. Yunho dio un salto. – Jaejoong… - jadeó.

 

-Así que por eso estás tan gruñón.

 

-Me estás distrayendo.

 

-¿No decías que no lo haría? – pegué los labios a su sien y a tientas, busqué el lóbulo de su oreja. Lo mordisqueé a la vez que frotaba mi mano contra su entrepierna.

 

-Buff… - bufó.

 

-¿No te gusta?

 

-Si llevara a una puta en tu lugar, no me importaría lo que esta hiciera. Pero si nos estrellamos, mi Muñeco se va a matar. - ¡Ooh, qué meloso era a veces, y lo mejor era que él no se daba ni cuenta de las palabras tan bonitas que soltaba por la boca! Yunho era como un niño. Podía decirle miles de palabras de amor a una chiquilla sin saber exactamente lo que significaban y no se sentiría avergonzado por ello. Claro, un niño no sabe qué significaba la palabra amor en toda su extensión.

 

-Si yo me mato, tú también. – besándole la oreja, descendí hasta el cuello tirando de uno de los tirantes de su camiseta hacia abajo para hacer sitio a mis labios. Yunho se dejó, estremecido.

 

-Te vas a enterar cuando lleguemos a casa. – amenazó.

 

-Se te pone la voz muy grave cuando estás tan excitado.

 

-A ti se te pone peor.

 

-Ah, ¿sí? - apreté su entrepierna y Yunho se quejó con jadeos angustiosos. Decidí ser más travieso, soltar el botón de su pantalón y tocar su bajo vientre, avisándole del siguiente movimiento. – Nunca te he visto poner tantas pegas a la hora de hacerlo. Es más, nunca te he visto quejarte. – echó el cuello a un lado y dejó que le besara el hombro desnudo. – Dime Yunho, Amo… ¿te gusta mi voz así de ronca? ¿De verdad te gusta? Sale de mi boca, ¿lo ves? De mis labios. Si quieres puedo hacértelo con ellos. – él, como respuesta, pasó de jadear a gruñir como un animal cuando metí la mano bajo sus bóxers y con lentitud, los abrí y los hice bajar lo justo para encontrarme con una tiesa sorpresa. Le di un beso en la comisura de los labios antes de hacer descender mi cabeza hacia aquella jugosa carne que me esperaba, lista para ser engullida. La rodeé con los dedos y abrí la boca para saborearla… Pero fui lanzado hacia atrás.

 

No. En realidad no sé hacia donde fui lanzado, sólo sé que de repente el coche dio un giro brusco que me catapultó hacia delante, me hizo chocar contra el salpicadero y luego, con un fuerte frenazo, me lanzó hacia atrás.

 

No sé cómo, acabé encima de Scotty, despatarrado en el asiento trasero con un dolor tremendo en la espalda y la cabeza y un perro cabreado gruñendo y ladrando encima de mí, alterado por el brusco movimiento. Con los ojos como platos, observé, aturdido, siendo aplastado por los cincuenta kilos de Scotty, como Yunho accionaba el freno de servicio y dejaba el coche quieto.

 

-¿Lo ves, Muñeco? Si hubiera venido un coche de verdad, tú habrías salido volando a través del cristal. Jodido ¿no? Menos mal que no venía ningún coche y yo soy un excelente conductor. Deberías darme las gracias. Espero que a partir de ahora lleves siempre el cinturón de seguridad. – giró la cabeza hacia mí y con los ojos brillantes, sonrió maliciosamente, dejándome boquiabierto. ¿Había hecho semejante maniobra peligrosa solo para que me pusiera el cinturón de seguridad? ¡Pero si casi me mataba del susto el muy loco!

 

-Pero ¿tú estás tonto? ¡Casi me mato, anormal! ¡Pedazo de idiota, capullo, obseso, desconsiderado…! – grité, pero no de rabia por el bandazo, sino más bien por la vergüenza. Me ardían las mejillas cuando intenté levantarme y Scotty me pisó la cara con una de sus patas. - ¡Olvídate de lo de esta noche!

 

-¿Por qué? ¿Se te ha encogido del susto, nene?

 

-¡Vete a la mierda! – y riéndose, arrancó el coche otra vez, volviendo a la carretera con un derrape que me mandó al suelo del coche.

 

Cuando conseguí trepar hasta los asientos traseros, me puse el cinturón de seguridad y me agarré a Scotty, por si acaso a Yunho le daba por hacer otro giro peligroso. ¡Menudo loco tenía al volante! Me llamó payaso un par de veces y si le contestaba de mala gana, pasivo agresivo. Tuve ganas de darle un buen golpe en la cabeza, pero no me fiaba. Podía salir despedido por la ventana cerrada.

 

Busan estaba a escasos veinte kilómetros y yo, al igual que Scotty, recuperé el sueño. Yunho y yo nos callamos entonces, cansados por el viaje. Cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño el resto del camino. Me despertó el móvil de mi novio/hermano/loco suicida a los cinco minutos, cuando ya divisaba las luces de la ciudad a lo lejos. Yunho, creyéndome dormido, se llevó el móvil a la oreja y contestó en voz baja.

 

-¿Sí? – murmuró. Yo bostecé, acariciándole la cabeza a Scotty, que se había rendido al sueño otra vez. – Estoy cerca, ¿por qué? – respondió Yunho. Estuve a punto de avisarle de que si nos paraba la policía le pondrían una buena multa por conducir con el teléfono en la mano, pero pude notar una tensión repentina en el ambiente que me hizo callar. - ¿Te has vuelto loco? No pienso patrullar esta noche, estoy hecho polvo… ¿qué? – preguntó y su tono, sin pizca de gracia, me puso los pelos de punta. - ¿Estás seguro? – la voz misteriosa contestó un rotundo “¡sí!” que llegó hasta mis oídos. – Dame unos minutos. Dejo a Jaejoong en casa y voy hacia allí. – colgó.

 

Malas noticias, estaba seguro. No quise preguntar y no pude hacer más que sumergirme en una duermevela angustiosa. Creo que llamaron 2 veces más, pero no oí la conversación. Yunho hablaba demasiado bajo y yo estaba demasiado cansado como para preguntar algo que estaba seguro que no me diría. Así era él. Las cosas de la calle, las malas, se quedaban en la calle y yo me enteraba por segundas personas de que la noche anterior, Yunho se había metido en medio de una pelea para detener a los borrachos Encadenados que se daban botellazos o que había echado a patadas a una pandilla que se estaba pasando de lista con algunas prostitutas y chicas alegres. Yunho nunca hablaba de ello a no ser que yo preguntara directamente sobre el tema, y esa vez no iba a ser una excepción.

 

Me desperté más tarde, a base de sacudidas y cuando abrí los ojos, no noté el movimiento del todoterreno. Al ver la puerta de los asientos traseros abierta y a Yunho asomado por ella, sacudiéndome para que despertara, supe que habíamos llegado. Me situé en el garaje donde el coche y la moto siempre esperaban a su dueño y, adormilado, hice amago de salir, pensando en la cantidad de cosas que debía llevar hasta casa, la comida y el agua que debía cambiarle a Bagoas y a Hamtaro y el orden que debía establecer entre el perro y el gato para poder irme a la cama tranquilo.

 

Yunho no me dejó salir. Se quedó quieto, tapando la salida con su cuerpo y yo le miré, bostezando. Estaba muy serio y por el grosor del cuello y la mandíbula apretada, más rígido todavía.

 

-Jaejoong, tienes que hacerme un favor. – dijo. Yo pestañeé.

 

-¿Qué?

 

-Tienes que quedarte en el coche hasta que vuelva. Quieto, agachado, callado y hacer como si no hubiera nadie, ¿de acuerdo? Como si no hubiera nadie. – busqué la menor señal de diversión en su tez, algo que me indicara que bromeaba, pero no encontré nada.

 

-¿Pasa algo? Estás muy serio.

 

-Haz lo que te digo. No salgas del coche pase lo que pase hasta que yo vuelva y si no regreso en cinco minutos, arranca el coche y sal cagando leches de aquí hacia arriba, hasta los barrios altos ¿vale? – no contesté enseguida, estremecido por ese tono tan autoritario.

 

-Yunho, me estás asustando ¿qué pasa? – él no contestó. Dejó las llaves del coche sobre mis rodillas, le acarició la cabeza a Scotty y cerró la puerta de un portazo. Lo vi salir del garaje, agachándose para coger una barra de hierro que siempre guardaba al lado de la moto y con la navaja de mango negro brillando con el reflejo de la única farola que funcionaba en aquel puñetero barrio, se dirigió hacia nuestra casa.

 

Entonces lo vi. La puerta estaba abierta de par en par. Las luces, apagadas. Alguien había entrado.

Scotty se despertó y bostezó. Su aliento canino me quitó la somnolencia de golpe.

 

-Mierda. – espeté. Yunho entró en casa con la barra de hierro sobre el hombro y yo me atraganté con mi propia saliva de puros nervios. Cinco minutos. Si no volvía en cinco minutos debía arrancar el coche y salir de allí a toda pastilla.

 

Ni en broma.

 

El corazón se me puso en la garganta mientras imaginaba las miles de cosas que podrían hacerle a Yunho ahí dentro. El ladrón o lo que fuera, podía tener una pistola y pegarle un tiro en la cabeza nada más verlo. Podían hacer explotar la casa con él dentro, agarrarle por la espalda y apalearle entre tres, rajarle el cuello, todo ello en cinco minutos o menos. Lo imaginé. Lo sentí. Yunho herido, Yunho sufriendo, Yunho gritando pidiendo una ayuda que no llegaba, gritando mi nombre y yo a salvo en el coche, tan tranquilo.

 

Me quité el cinturón de seguridad y solté a Scotty, que me siguió sin apenas hacer ruido. Con las llaves en la mano, cerré la puerta del coche y busqué entre los trastos del garaje algo que me pudiera servir para defenderme. Otra barra de hierro o una navaja más habrían estado bien, pero no encontré nada de eso. Lo que había en el maletero era demasiado pesado y las cadenas para las ruedas en caso de gran nevada hacían mucho ruido. Mordiéndome el labio, fui hasta la moto. Apoyados sobre la rueda delantera había dos cascos, uno mío, el más nuevo y otro de Yunho, más viejo con el dibujo de un increíble dragón en la parte frontal. Agarré el mío y con él como única arma además de la compañía de Scotty, me dirigí hacia mi propia casa. El perro se estiró sobre la carretera antes de echar a andar tras de mí, tan sobrado y seguro de sí mismo como su segundo dueño. Parecía decir “De acuerdo, de acuerdo, ya voy. Me los zamparé de un mordisco, cosa que tú no sabes hacer, inútil.”

 

¡Argg, esa era mi décima pelea callejera y no me hacía la menor ilusión tenerla! Pero si Yunho estaba en peligro los golpearía con el casco en la cabeza hasta dejarlos muertos. Preparé los puños estirando los dedos y el brazo antes de cerrarlos, tal y como mi hermano me había enseñado a hacer y apretando fuertemente el caso, entré en casa de puntillas. Al atravesar la puerta abierta descubrí que estaba intacta. No habían entrado por allí, tenía demasiados cerrojos y era blindada. Yunho sabía de eso más que nadie. Me pregunté por dónde se habían colado entonces, ya que todas las ventanas tenían barrotes de hierro puro.

 

De repente, dándome un susto de muerte, Scotty gruñó y se agazapó, con el lomo erizado. Observé como encogía las patas y enseñaba los dientes, dispuesto a saltar sobre una presa.

 

-¿Hay alguien, Scotty? – pregunté, pero el perro no me respondió (obviamente). Algo correteó como una sombra entre la oscuridad del pasillo, saltó, chillando con un timbre agudo. Yo pegué tal bote que casi me golpeo la cabeza con el techo y retrocedí, moviendo el casco de un lado para otro cuando fuera lo que fuera eso, se me enganchó en la camiseta. - ¡Arrg! – grité. ¡Me clavó las zarpas! Scotty ladró como un loco y yo me sacudí intentando quitarme esa cosa de encima… Hasta que me di cuenta de que era peluda y que no chillaba, si no que maullaba con fuerza. Era mi gato. - ¡Bagoas! Joder, qué susto me has dado, maldita sea.

 

-¡Miauuuu! – el gato maulló y trepando por mi camiseta, apoyó las patitas sobre mi cuello y me lamió la cara con esa lengua tan pequeña. Le hice un gesto a Scotty para que dejara de ladrar y el perro obedeció, no sin seguir gruñendo entre dientes.

 

-¿Te han hecho algo, bolita de pelos? ¿Estás herido? – el gato siguió lamiéndome la cara, contento de verme. Se le notaba intranquilo y dejé que se agazapara contra mi pecho mientras le acariciaba la cabeza. – Eso es. Ya está, ya ha pasado to…

 

-¿¡No te he dicho que te quedaras en el puto coche!? – me sobresalté. Yunho, frente a la puerta del baño, me observaba con ojos furiosos. - ¿Es que eres tan idiota que no entiendes algo tan simple como eso?

 

-Ah. Me has asustado. – le observé, buscando algún indicio de pelea, pero no encontré nada. Luego me detuve a observar el extraño panorama que me rodeaba. No me había percatado antes de esas enormes grietas que cruzaban la pared del pasillo de parte a parte. - ¿Qué es esto?

 

-Te dije que no salieras del coche.

 

-Lo siento, estaba preocupado, pero… - busqué el interruptor. En su lugar solo encontré un enredo de cables que sobresalían de un agujero oscuro. - ¿No hay nadie?

 

-No. Se han ido hace tiempo. – gruñó. ¡Ya se había vuelto a cabrear! – Han entrado por la ventana de la cocina.-Pero si tiene barrotes.

 

-Los han cortado con algo muy afilado. Una sierra eléctrica tal vez. – Yunho entró en el salón. Yo fui detrás de él, apretando a Bagoas contra mi pecho. No sabía quién de los dos estaba peor, si el gato o yo.

 

-¿Se han llevado algo? – pronto comprendí que la pregunta adecuada no era el qué, si no por qué. Me horroricé cuando vi todo aquel estropicio: el sillón rasgado, destrozado y volcado sobre el suelo, la estantería rota, como si se hubieran dedicado a darle martillazos hasta convertirla en docenas de largos trozos de madera que se esparcían por toda la sala. Los pocos libros que teníamos con las hojas arrancadas, la televisión estaba en el suelo, boca arriba y con la pantalla hecha añicos. Restos del DVD y la Play Station 2 se escondían tras las sobras de cuadros, cristales, de suelo levantado y azulejos rotos. Las lámparas que colgaban del techo ya no estaba ahí. En su lugar sólo había cables, como si las hubieran arrancado de cuajo. La mesa donde comíamos era irreconocible. Varios lugares de la pared estaban hundidos y mostraban enormes boquetes oscuros. Las cortinas de las ventanas, rajadas y desaparecidas. Los muy bestias habían tirado la puerta de la cocina y del salón abajo y Yunho observaba con ojos luminosos los restos de los cristales con graciosas flores pintadas en ellos, indistinguibles. Yunho tenía apego por esa puerta. Helem había sido la que había elegido aquellos dibujos acristalados que al recibir la luz del sol, hacían aparecer el arcoíris.