By Yunho.
-Jae ¿estás bien?
-¡Suuuiii!
-¿Seguro? – su voz alegre y gangosa
junto a esos extraños ruiditos dentro del cuarto de baño me estaban poniendo los
pelos de punta. Había tirado de la cisterna tres veces y por el ruido que hacía
el rollo de papel higiénico cada vez que alguien tiraba de él, diría que había
gastado uno entero por lo menos.
-¡Ah! – chilló.
-¿Qué ha pasado?
-¡El jabón me ha atacado!
-¿Pero no te estabas meando? ¿Qué
puñetas haces con el jabón?
-¡Me limpio!
-¿El qué? – Jae no contestó y volví
a golpear la puerta por octava vez. - ¡Jaejoong! – y por fin salió, con la cara
empapada y muy ojeroso. Me miró con los ojos muy abiertos, tambaleándose y tras
unos segundos de silencio, habló.
-He fallado el tiro.
-¿Qué tiro? Ah… ya. – sabía por
experiencia que apuntar al interior del inodoro cuando se estaba colocado o
borracho era muy difícil, así que preferí no entrar al baño. - ¿Y tú por qué
coño te drogas, eh? – pregunté, intentando aguantarme la risa y parecer
cabreado. Jaejoong negó con la cabeza fuertemente y apoyó la mano contra la
pared, mareado.
-¡Yo no me drogo!
-¡Estás colocado! ¿Cuántos dedos ves
aquí? – alcé tres dedos de una mano y el los observó en silencio.
-¿Eso son dedos? ¿Y por qué
saltan?
-No saltan. Tú estás colocado.
-Aaaaaahhh… ¿Los alienígenas se
pueden drogar?
-Tú no eres un alienígena. Eres mi
hermano pequeño.
-¡No! ¡Eso es mentira! – gritó. -
¡Yo soy el Muñeco! ¡Soy tu Muñeco! ¿A que sí,Yunho? – contuve el aliento. Jae
estaba drogado… conocía perfectamente los efectos secundarios de las drogas.
Estaba seguro de que esa era su primera vez y a juzgar por cómo se movía y las tonterías
que decía, aparte de la dilatación de las pupilas, habría esnifado por lo menos
una papelina y media, quizás más. Algo sumamente bestial para alguien que no
había probado la droga en toda su vida. Esperaba que no fuera cocaína de la
buena, porque si no… el golpe de calor podría matarlo.
Y yo pensando en muñecos cuando a él
podría pasarle algo malo.
Lo cogí del brazo y lo empujé hacia
la cocina.
-Vamos, Jae. Tengo que meterte algo
en esa tripa consumida que tienes.
-¿Vas a darme de comer? ¡No tengo
hambre! ¡Quiero bailar! ¡Quiero moverme! ¡Quiero poner música heavy! ¡Y quiero
alcohol! ¡Uooohh! ¡Alcohol! – sí, claro. Estaba como para darle alcohol,
mierda.
-Vamos, bébete eso. – lo obligué a
sentarse en la silla, frente a la mesa de la cocina y le puse un vaso de agua
delante. Y otro… y otro… el agua era buena para limpiar las impurezas. Me
hubiera gustado darle un buen vaso de café para espabilarle, pero con lo
alterado que estaba (casi pegando botes en la silla, moviendo las manos de arriba
abajo y girando la cabeza de un lado para otro sin parar) preferí no hacerlo. -
¿Estás bien? ¿Mareado? ¿Tienes calor? – El negó con la cabeza y se rió.
-Un poco de calor sí… pero siempre
tengo calor cuando estoy contigo, jijijiji…
-¿Ah, sí? – sonreí y me incliné
hacia él apoyándome en la mesa. Cuando Jaejoong asintió efusivamente y me
imitó, intentando besarme en la boca sin rodeos, me aparté de un salto. ¿Estaba
loco? Jaejoong estaba drogado y esa era una oportunidad de oro para enmendar
los errores de la noche pasada y tirármelo de verdad, porque era obvio que él
lo estaba deseando, pero… ¿y si le daba un ataque de calor en pleno calentón?
Aunque si no le había dado ya… - Bueno, voy a hacerte algo de comer.
-¿Pero no ibas a besarme? –
preguntó, a lo directo. Yo me quedé callado, agilipollado. No había otra forma
de describirme. ¿Pero por qué era ahora él el directo?
-No. No iba a besarte.
-¡Pues yo sí! – se cruzó de brazos,
hinchando las mejillas y haciendo ruidos raros, propios de un niño chico.
-¿Qué te has esnifado? ¿O ha sido un
porro bien cargado?
-¡Que yo no me drogo, tíiiiio! ¡Pero
tú sí!
-¿Yo?
-¡Ricky me lo cuenta todo! ¡Dice que
te fumas unos canutos asíiiii! – estiró las manos haciendo un gesto sumamente
exagerado. Yo fumaba porros de vez en cuando, ¡pero no tan grandes como mi
maldita almohada!
-Yo soy yo y tú eres tú y no me da
la gana que te drogues, ¿está claro?
-¡Pareces mi madre! - ¡Joder, no me
digas eso encima! - ¡Que seas mi novio no te da derecho a decirme lo que tengo
que hacer!
-Oye, que yo no soy tu... - ¿ah, no?
¿Dónde estaba mamá Simone para decir que no? ¿Dónde estaba la conciencia de Jae
para decir que no lo era? ¿Dónde estaba mi conciencia? ¡Ah, si yo no tenía
conciencia! – ¿Y quién dice que no? Soy tu novio y soy mayor que tú, así que
vas a hacer lo que yo te diga. – Jaejoong abrió a boca para replicar. - ¡Y
cállate!
-¡Yo no me callo!
-¡Que te calles!
-¡Cállate tú!
-Cállate o te meto el cucharón por
el culo. – Jae miró a otro lado y puso cara de asco, callándose por fin. Me di
la vuelta y abrí el frigorífico, buscando algo que no precisara del uso de la
vitrocerámica para ser comido cuando él volvió a la carga.
-Pues hazlo. – sentenció.
-¿Qué haga el qué?
-El cucharón… - me golpeé la cabeza
contra el techo del frigorífico cuando la saqué para mirarlo con incredulidad.
A Jae se le habían puesto las mejillas rojas.
-¿Quieres follar conmigo?
-Sí. – desencajé la mandíbula y
cerré el frigo.
-¿Y la tregua?
-Me da igual. Es que quiero tener
sexo contigo. ¡Hace mucho tiempo que no tengo sexo contigo! ¡Te quiero, Yunho!
– alzó los brazos, invitándome a achucharle con mi cuerpo, rojo como un
pimiento. Me estaba cagando en su puta madre, nunca mejor dicho. Me lo estaba
poniendo difícil.
-Oye, no me lo digas dos veces que
te lo hago, eh.
-¡Pues hazlo! – exigió.
-Jaejoong, estás colocado, te vas a
arrepentir. – se quedó callado, pensativo, aún sin bajar los brazos. Yo estaba
volviendo a ser tan gilipollas como siempre. ¿A quién se le ocurría intentar
tratar con un drogado? Suspiré. – Oye, tú no quieres acostarte conmigo. Ten eso
metido en la cabeza, quieres ser mi hermano, pero como estás drogado…
-No.
-¿No qué?
-Que no es porque esté borracho.
-Colocado.
-Es que yo siempre te miento.
-¿Qué me mientes? – bueno, sabía que
no quería acostarse conmigo por pura cabezonería porque era obvio que se ponía
como una moto cuando lo tocaba, así que no me sorprendía demasiado su
respuesta… pero sí sus razones.
-Es que tengo mucho miedo cuando
estoy bien… ¡ahora no lo tengo! – alcé una ceja, molesto. ¿Me tenía
miedo?
-Oye… no te doy unas palizas de
muerte como para que me tengas miedo, eh. – me quejé. El negó con la cabeza
efusivamente y bajó los brazos por fin. No paraba de mover las piernas, incapaz
de estarse quieto. Se rió.
-¡Es que es muy gracioso!
-¿Gracioso el qué?
-¡Que ahora que estás siendo bueno
conmigo, yo te dé calabazas! Pero es que no puedo evitarlo, jijijiji… ¡Si no la
gente se reirá de mi otra vez! – su risa de colocado era contagiosa. Estaba a
punto de carcajearme en su cara.
-¡Normal que se rían de ti! ¡Estás
tan colocado que no se te entiende!
-¡Jajajaja! ¡Pero cuando me mandaban
cartas diciéndome “cerdo incestuoso” y cuando pintaron mi casa con penes y
culos, yo no estaba colocado! ¡Jajajaja! – y siguió riéndose. A mí se me cortó
la risa tonta de golpe. Los pulmones se me bloquearon y me quedé callado,
observando cómo sus mejillas se volvían de un color fosforito debido a la risa
tan estridente que tenía. Siguió riéndose unos segundos más en los que mi
cabeza se quedó en blanco, pensando, intentando atar unos cabos y colocar las
piezas adecuadas de un puzle para darle forma… pero no podía… me faltaban
piezas. Cuando vio que no me reía, me miró con sus enormes ojos brillantes. -
¿Qué pasa? ¿Por qué no te ríes? ¡Es muy divertido! ¡Cuando me acordaba de las
cartas y de las pintadas en mi casa y de las burlas y de Frank y de Boomie, me
ponía a llorar! ¡Pero ahora no lo hago! ¡Es genial estar colocado! ¡Jajaja!
¡Solo quiero reírme! – tragué saliva y coloqué unas cuentas piezas. Con las
esquinas pude hacer el cuadro del puzle, rellenarlo con otras piezas, desde
fuera hacia dentro, pero aún seguían faltándome piezas.
-Jaejoong… ¿Te… enviaban cartas? –
pregunté, intentando parecer poco interesado. el asintió con la cabeza, sin
dejar de reír.
-¡Sí! ¡Muchas cartas todos los días!
Yo tenía que recogerlas para que mamá no se enterara, porque si se enteraba,
querría saber por qué me llamaban pervertido y enfermo y acabaría descubriendo
que tú y yo habíamos estado juntos, y yo no quería que me odiara por eso, ¡así
que me levantaba temprano por la mañana y las recogía antes que ella! Como no
iba a la uni y no tenía nada que hacer, ¡me entretenía rompiéndolas! – el
Muñeco se había asomado por la puerta y se había situado a mi lado en cuestión
de segundos. Me miraba con una cara extraña, como si el dolor que decía sentir
hubiera incrementado. Aparté la vista de él. Me revolvía las tripas.
-¿Y… por qué no ibas a la uni? – Jae
me miró como si me hubiera vuelto loco y volvió a reírse otra vez.
-¡Pero si ya te lo dije hace tiempo!
¡Porque se enteraron de que tú y yo éramos hermanos! Fue como una caza de
brujas. ¡Todo el mundo empezó a perseguirme y yo tenía que esconderme para que
no me mataran y me escupieran! Así que me encerré en mi casa y solo salía de
vez en cuando para ir a ver al psicólogo… ¡Pero el psicólogo no me ayudaba!
¿Sabes lo que decía? ¡Que tú me habías violado! ¡Estaba loco! Así que dejé de
ir. Mamá se enfadó todavía más conmigo y cuando pintaron la casa con grafitis
guarros, Choi lo vio… bueno… ¡Lo vio todo el vecindario! Por eso tuve que irme
de allí. ¡Si les hubiera dado un poco más de tiempo, hubieran incendiado mi
casa como si fuera Frankenstine! – me quedé momentáneamente flojo, con las
extremidades pesadas y la nuca palpitándome, la garganta al rojo vivo. Estaba
sintiendo algo extraño, un ambiente envolviéndome como si fuera gas, pero en
lugar de adormilarme, me hacía daño… por dentro. No me dolía ningún músculo, ni
la pierna, ni la cabeza, no me dolía el cuerpo… pero algo me dolía, algo me
agobiaba, algo me oprimía el pecho.
En mi garganta parecía haberse
atascado algo, un bicho quizás, un parásito que se revolvía, que quería salir,
pero un bloqueo se lo impedía… y ese bloqueo me ayudaba a contener ese extraño
dolor para que no se extendiera a otras partes de mi cuerpo. Tragué saliva
varias veces, intentando tragarme el parásito, sin éxito.
El Muñeco apareció amarrado a mis
piernas, intentando sacudirme. No dejaba de observarme con una expresión que me
provocaba arcadas.
-¡Ah, es verdad! – se rió mi hermano
entonces, moviendo los brazos de un lado para otro. - ¡Es muy irónico! Cuando
tú llegaste a mi casa, el día de Navidad, me dijiste que nadie te esperaba
aquí, en Busan, ¿verdad? ¡Pues ahora es a mí a quien no le espera nadie!
¡Jijijiji!
-Jaejoong… deja de reírte. –
murmuré.
-¿Por qué? ¡Si es gracioso!
-¡No, no es gracioso! – le grité y
él se calló, por fin. El movimiento histérico de sus piernas y brazos me estaba
poniendo de los nervios. El Muñeco me revolvía el estómago y esa molestia casi
palpable me estaba volviendo loco.
-Pero es bueno. – murmuró, incapaz
de estarse callado ni dos malditos minutos. – Estoy contento ahora, ¡ya no
lloro! – gritó otra vez, alzando los brazos al techo, sonriendo. – Tú dijiste
que todo iba a salir bien y que cuidarías de mí, ¿a que sí? ¡Ya no tengo a
nadie en Seul, pero te tengo a ti aquí, en Busan! ¡Estoy contento por eso! ¡Eso
lo compensa todo porque estoy con la persona a la que más quiero en el planeta
y en el universo entero!
¿Por qué puñetas era Jae el único
capaz de provocarme el vómito o la sonrisa estúpida con unas simples
palabras?
Salí de la cocina, acelerado. No
pude aguantar la presión. Jae dejó de reír y preguntó “¿Yunho? ¿A dónde vas?”.
El Muñeco se puso a sollozar por segunda vez en mitad de la cocina cuando salí
corriendo hacia el baño, a echar la pota. Esa molestia se había instalado en mi
estómago y allí se había quedado.
Atravesé la cocina y el salón y oí a
Jaejoong gritándome, llamándome, detrás de mí. Llegué al pasillo y fui directo
al baño, pero cuando abrí la puerta, oí un enorme golpe, un ruido, como si algo
hubiera chocado contra el suelo. Como si algo se hubiera caído.
-Mierda… - me di la vuelta
rápidamente y corrí hasta el salón. Las ganas de vomitar remitieron en menos de
un segundo por el sobresalto.
Jaejoong estaba tirado en mitad del
salón, boca abajo. No se movía.
Prácticamente derrapé,
arrastrándome, haciéndome polvo las rodillas para llegar hasta él. Cuando fui a
cogerlo me detuve, nervioso e incluso asustado. Si le había dado una sobredosis
o un golpe de calor no debería moverlo a la ligera, pero por supuesto, incapaz
de ver su cara, con su mata de pelo ocultándole el rostro, era imposible
atenderle, reanimarlo o lo que tuviera que hacerle. Con el pulso acelerado y la
mano temblequeándome, muy suavemente, pronunciando su nombre en murmullos, lo
moví.
-Jae… - le di la vuelta y pasé mis
brazos bajo su espalda, alzándolo con mucho cuidado. – Jae… - la voz me
temblaba. Una lagrimita distraída descendió por la mejilla de mi hermano cuando
abrió los ojos y me miró, consciente.
-El suelo me ha pegado otra vez. –
lloriqueó, con la nariz roja por el golpe. Una pequeña hemorragia nasal surgió
y descendió hasta sus labios.
Suspiré… antes de que me entrara la
risa floja.
-Eres una puñetera caja de
sorpresas. Casi me matas del susto.
-¿Te has asustado? ¿Por qué? – negué
con la cabeza.
-¡Y yo qué sé, Muñeco! No lo sé… -
él abrió la boca de par en par y alzó los brazos otra vez, enérgico e
hiperactivo como segundos atrás.
-¡Me has dicho Muñeco!
-Sí, lo he dicho, ahora cállate y
levántate.
-¿Y si el suelo me pega otra vez? –
encogió las piernas e intentó levantarse, pero por como movía la cabeza juraría
que no tenía ni siquiera idea de donde estaba, así que preferí no tentar a la
suerte y pasando los brazos bajo sus rodillas, lo alcé del suelo, cogiéndolo en
brazos. Jaejoong me rodeó el cuello y me apretó, dificultándome la respiración.
Se pegó como una lapa. - ¡No me sueltes que me rompo la cabeza! – chilló. Había
que joderse. Era gracioso de cojones cuando estaba colocado o borracho. Era
mono y accesible, tan meloso… aunque el Jae sobrio de siempre también era
meloso y adorable, siempre y cuando se le tratara bien y no se sintiera
amenazado, como un gato.
Pero desde que había llegado se
había sentido amenazado, cosa normal dado lo sucedido entre nosotros, entre mi
pandilla y entre Seul. Si se enteraba de que Simone lo estaba engañando… caería
con ella el último pilar. Yo lo había traicionado, Yoochun y Junsu, con su
exagerada sobreprotección, también. Boomie igual, todos sus compañeros de
universidad se habían dedicado a acosarlo (como los pillara les arrancaría los
huevos uno a uno y se los daría de comer a Scotty), Choi y él no tenían mucha
confianza y Sparky… bueno… prefería no pensar en él. Al parecer había cumplido
con nuestro trato a la perfección, con demasiada eficacia diría yo.
Ojala también hubiera mentido a Jae.
Así se separaría de él y… bueno… ¿quién sabe? De todas formas, ya estaban
separados. Mi viejo Muñeco no tenía ningún contacto con él, ¿no? Sparky era
agua pasada por mucho que a mi hermano le gustara.
Hum… no era tan hijo de puta como
para contarle a mi hermanito lo mamona que había sido su madre, lo falsamente
honrada que era, pero sí sería lo suficientemente cabrón como para soltarle las
mentiras de los demás, del chucho de mierda el primero… aunque por ahora no
tenía nada que decir de él, ninguna queja. Pero algo se me ocurriría.
Me dejé caer en el sofá, sin soltar
a Jae ni un momento. Éste se posó sobre mis piernas y mantuvo su cabeza oculta
entre mi cuello y hombro, inspirando, tranquilo. Oí su resoplido y me separé
escasamente de él.
-¿Me estás olisqueando? – pregunté.
Jaejoong se apartó un poco, con la sien pegada a mi clavícula. Unas finas
ojeras habían aparecido bajo sus ojos enrojecidos por el escaso sueño.
-Sí. Como Kam.
-¿Cómo Kam?
-Me olió cuando estaba en el parque
y creo que me reconoció por el olor. ¡Dijo, eres el hermano de Yunho y se
separó, como un perro! Ya sé por qué le dicen Kam. ¡De cálido! – me quedé un
poco descolocado, intentando averiguar a qué se refería con esa estúpida
afirmación. Cada vez iba a peor, intentando mantener una conversación coherente
con un colocado. ¡Vamos, ni que yo no me hubiera colocado alguna vez! Y
precisamente por eso sabía que no tenía mucho sentido intentar hablar con
alguien que llevaba algún miligramo de coca en vena. Primero te sientes
eufórico y dices lo primero que se te pasa por la cabeza y eso a veces te trae
problemas o bien, te consigue una buena pandilla de colegas más. Crees que el
corazón se te va a salir por la boca. No te puedes estar quieto porque piensas
que si lo haces, te explotará y todos los colores y formas que captan las
retinas se vuelven muy nítidos y vividos, abstractos a veces. Puedes hacer todo
lo que quieras o al menos, crees que puedes hacerlo sin sufrir daño alguno
porque de repente, no tienes miedo de nada. Ni preocupaciones, ni tristeza,
nada. Eres inmune. Era como estar en el país de las maravillas.
Al día siguiente… caes en la mierda
más profunda. La droga no tiene un efecto tan amnésico como el alcohol, al
menos no alguna débil o a la que ya estuvieras medianamente acostumbrado. A la
mañana siguiente, solías recordar la mayoría de gilipolleces que habías hecho
durante la noche y es entonces cuando llegaba el momento del bochorno y de los
arrepentimientos. En realidad, yo no había sentido nunca vergüenza, ni me había
arrepentido de lo hecho, pero era fácil de suponer que así se habían llegado a
sentir otras personas cercanas a mí. Max el primero. La “resaca” era mucho
peor que un simple efecto secundario del alcohol. El bajón podía matarte si era
demasiado brusco.
Confiaba que a Jaejoong no le diera
un bajón que lo dejara en el sitio. En ese sentido estaba más a salvo conmigo,
alguien que conocía el terreno de sobra y sabía cómo reducir los efectos de la “resaca”
de la droga, que un enfermero novato en un hospital de mala muerte. Yo cuidaría
de él mucho mejor.
-¿Te refieres a un cánido? – murmuré
y Jae asintió con ganas. Se llevó un brazo a la nariz y se limpió la hemorragia
a conciencia, como si le picara. Apenas emanaron un par de gotas más y dejó de
sangrar.
-¡Sí, eso es! ¡Como un perro! ¡Como
Scotty! – hum… dejé pasar el hecho de que en realidad, se estaba refiriendo a
los caninos, no a los cánidos. Su lengua trabada me hacía gracia. – Hueles bien,
Yunho. Hueles a casa.
-¿A casa?
-Hueles a un sitio donde estas
protegido y no tienes por qué preocuparte de nada. Es como estar en casa. Por
eso me encanta estar contigo, Yunho. – estiré el cuello, permitiendo que me
acariciara la piel con la punta de la nariz y los labios. Miles de recuerdos,
sin ningún orden aparente, caóticos, me azotaron la cabeza. Qué comodidad
y relajación tenerle tan sumiso encima de mí.
-Jae…
-¿Hum?
-Te voy a comer. – ¡Que le dieran
por culo a Simone, a la tegua y a la tozudez de mi hermano, a mi parte ilógica
y al Muñeco! Yo era el villano. ¡Era el maldito villano! ¿Qué me importaban a
mí los sentimientos de Jaejoong, de Max y de quien fuera que se me acercara?
¿Qué me importaba a mí el futuro? Bastaba con un polvo… un polvo que Jae,
estando colocado deseaba, un polvo que yo estando sobrio también esperaba.
Sabía que él se arrepentiría al día siguiente y que me odiaría, pero ¿y qué? Mi
parte ilógica y asquerosamente anti-yo me atacaría con molestias incesantes, pero
podría soportarlas. Quería hacerlo. Quería volver a ser yo y no dejarme llevar
por estúpidas películas Disney, ni por una odiosa conciencia. Yo era una
bestia, no un príncipe azul.
Ya había perdido suficiente tiempo
preocupándome por tonterías y lo único que había conseguido había sido más
molestias en el pecho, más preocupaciones innecesarias. Debía volver a mis
orígenes o acabaría marchitándome, ablandándome hasta que dejara de ser yo y
entonces, todo lo que había conseguido hasta ahora, mi imperio, caería en
picado como un castillo de naipes. Actuar antes que pensar, eso es lo que debía
volver a hacer.
Por mucho daño que eso acabara
haciendo a Jaejoong porque, joder… ¡No era yo quien debía acostumbrarse a su
presencia, si no él a la mía! Esta era mi casa, mi barrio, mis colegas, mis
normas… no podía ablandarme con él. ¿A quién pretendía engañar buscando
excusas para follármelo de una jodida vez? Lo deseaba y si yo deseaba algo, lo
cogía… ¿por qué dudaba tanto? Odiaba a ese maldito Yunho nuevo que intentaba
asemejarse vanamente a un príncipe de cuento de hadas.A la mierda los
príncipes. Prefiero ser Bestia.
Así que, lo cogí, sin más.
Jaejoong se me quedó mirando con la
boca abierta cuando de repente, lo arrojé sobre el sofá, tumbándolo hacia arriba
y me dejé caer sobre él, aplastándolo con mi peso. Apoyé los antebrazos a ambos
lados de su cabeza y me incliné para capturar esa boca entreabierta y mojada
que se movía sin cesar, sin pronunciar nada coherente.
-¿Me vas a comer? – preguntó con cara
tristona y preocupada justo cuando le obligué a guardar silencio con mi lengua.
El choque de ambas fue instantáneo. Cerré los ojos y sin miramientos, empecé a
moverme encima de él ladeando la cabeza, intentando hacernos encajar para
profundizar. Jaejoong se quedó quieto, sin colaborar. Pasó las manos bajo mis
brazos y se agarró a mi espalda, como si tuviera miedo, como si buscara algo en
lo que apoyarse. Entrecerré los ojos y vi los suyos abiertos de par en par, sin
observar nada concreto. Cuando empecé a meter y a sacar mi lengua de su boca
pareció reaccionar y medio cerrar los párpados, pestañeando, hasta que por fin,
los cerró del todo.
No quería colaborar o no sabía cómo
hacerlo. Cuando movió sus labios por primera vez, abriéndolos más y succionando
un poco, como si pretendiera coger aire, su pecho se convulsionó, reprimiendo
tos. El muy idiota se estaba atragantando con mi saliva, pero yo insistí,
persiguiendo su lengua poco dispuesto a renunciar. Pero ¡Qué torpe era con la
boca cuando se emborracha o colocaba! Olvidaba toda su práctica (que era mucha)
y se ponía tan ansioso que cada vez que intentaba seguir mis movimientos,
chocaba los dientes con los míos.
Se removió debajo de mí,
restregándose, angustiado, buscando una manera de escapar de la presión que
ejercía mi cuerpo sobre el suyo, pero solo consiguió que lo apresara con más
fuerza y penetrara de lleno en su estrecha y mojada boca. Empezó a hacer
ruiditos extraños, gemidos lastimeros cuando por fin consiguió seguirme sin
golpearme con los dientes. Nuestras lenguas parecieron formar una sola cuando
él consiguió pillarle el truco y su saliva caliente me humedecía los labios
como nunca había hecho. Jae era incapaz de controlar su ansia una vez había
adivinado como hacerlo. Me lamía y abría la boca aún más para recibirme y
cuando ladeaba la cabeza para aumentar la profundidad y hacer más excitante el
roce, sacaba la lengua y esperaba que volviera a acariciarla manteniendo la
boca abierta, como un perro ansioso pidiendo comida. Se le escurría la baba por
las comisuras de los labios.
-Hum… ¡Uuuhm…! – gimoteaba tanto
contra mi garganta, que sus ruiditos acallaban los sonidos húmedos y excitantes
que formaban la fricción entre saliva y labios hambrientos cada vez que me
movía sobre él. Yo lo dominaba por completo. ¡Él no tenía ni pajolera idea de
cómo manejarme! ¡Ja! ¡Lo tenía todo para mí!
Me separé de él y me lamí los
labios, saboreando los restos de saliva. El se mantuvo con la boca abierta,
cogiendo aire, esperando a que volviera a la carga, pero esta vez no lo hice.
Me aparté, alzándome entre sus piernas, de rodillas sobre el sofá y le miré en
silencio, esperando que saltara y no tardó en hacerlo, ansioso como él
solo.
-¿Ya no vas… a comerme más? – me
reí.
-Claro que sí, Muñeco. – sus labios
se curvaron, con los ojos brillantes y emocionados, halagado por volver a
llamarlo por su nombre, el cual ya le pertenecía. – Pero me aburre comer
siempre lo mismo. Primero tienes que dejarme ver la comida y luego… ¿Por qué no
me enseñas que tienes para ofrecerme, hermanito?
-¿Qué… tengo para…? – murmuró,
confuso y ruborizado. Mis ojos delinearon cada pequeña curva de su cuerpo
delgado hasta la entrepierna, desde ese cuello tan sugerente hasta ese lugar
que por mis pelotas, abultaría en cuestión de tiempo.
-Enséñame qué tienes ahí debajo. –
Jaejoong se miró la entrepierna, subiéndose un poco la camiseta.
-Ah… - murmuró y sonrió. – Vale. – y
observé lamiéndome los labios como se llevaba las manos al bajo de la camiseta
y empezaba a subírsela. Su pecho estaba hundido, un poco amoratado debido a
golpes anteriores. Estaba tan blanco que sus pequeños pezones parecían de un
color oscuro, casi negro. Quise tocarle, ayudarle a quitársela, pero me
contuve, deleitándome con la deliciosa vista que se abría ante mí.
Su pelo revuelto cayó sobre sus
hombros grácilmente. Se había despeinado por completo y varios mechones
quedaron tiesos. Con los ojos enrojecidos y esa carita medio ida, además del
pelo a lo loco, parecía recién levantado.
-Buff… je… - me reí y Jaejoong puso
cara de niño pequeño, enfadado exigiendo una nueva piruleta.
-No te rías.
-No me río. Quítate eso de una vez.
– le exigí, y extendí la mano para terminar de quitarle la camiseta yo mismo
cuando… lo vi. Sus brazos vendados resaltaban por el color de las vendas, entre
blancas y amarillentas. Éstas se extendían por ambos antebrazos, desde las
muñecas hasta el codo, bien pegadas por esparadrapo e incluso celo mal
colocado. Jae no me había parecido en absoluto torpe cuando cuidó de mí y de mi
pierna herida, pero por la manera en la que estaban colocadas las tiras…
parecía haberlas atado a la desesperada.
Cerca de la muñeca incluso podía ver
los restos de sangre reseca pegada a la piel.
-¿Por qué has puesto esa cara de
miedo? – preguntó él y aparté la vista enseguida, con el estómago encogido. -
¿No te gusto, Yunho? – murmuró, prácticamente afirmándolo, con una carita de
pena cautivadora.
-¿Te has cortado? - pregunté. El
siguió el recorrido de mi retina hasta sus brazos y los alzó, observándolos.
Parecía hasta sorprendido de verlos en ese estado.
-Aaahhhh… esto…
-¿Qué te ha pasado? – se quedó
callado durante varios segundos y la sonrisa desquiciada que no había borrado
hasta ese momento, desapareció. Me miró fijamente. Parecía incluso sereno, algo
que no había visto en un colocado en mi vida.
-Me he cortado. – sentenció.
-Eso ya lo veo. ¿Con qué? –se
encogió de hombros y la risita tonta regresó en un visto y no visto.
-¡Es un secreto! – chilló,
llevándose un dedo a los labios fingiendo inocencia.
Quise continuar inmediatamente y
hacer como que no había visto nada, pero me había quedado frío y todo el calor
que había albergado en mi cuerpo se desinfló como si fuera un globo. ¿Qué coño
le estaba pasando al idiota y masoquista de mi hermano? Pero en lugar de
preguntarle, sacudí la cabeza. Prefería no saberlo. Era mucho más cómodo así,
me ahorraba… molestias.
El Muñeco negó con la cabeza,
entristecido, observándolo todo sentado encima de la tele. “Desaparece”, quise
decirle, pero Jaejoong me agarró repentinamente de la barbilla y me obligó a
mirarle.
-¡No me ignores, idiota! ¡Mírame!
¡Piensa en mí, estoy aquí delante de ti! ¡Piensa en mí y mírame solo a mí! –
exclamó, de nuevo con expresión de niño chico frustrado y con esa cara tan
mona, se dejó caer otra vez en el sofá, hacia arriba. Frente a mis ojos se
agarró los pantalones por la cinturilla y, sin reparo alguno, se los sacó en
varios tirones. Los arrojó al suelo. Llevaba puestos unos de mis bóxers… y se los
agarró… - Yunho… mírame bien… - ¡Pues claro que le miraría bien! Me lo tragaría
observando cómo se los bajaba tan lentamente, dejándome ver su pene desnudo y
todavía dormido, su entrepierna rodeada por una fina capa de vello fino, el
cómo ascendió la pierna dejándome ver una bonita escena del agujero que abriría
en breve. Ladeé la cabeza, buscando las mejores vistas. Muchas personas… bueno,
hombres hetero y quizás lesbianas, hubieran considerado su desnudez algo un
poco… repelente. Para mí, estaba claro que cada vez me gustaban más los
tíos.
De acuerdo, era marica perdido. ¡Qué
mal sonaba después de haberme pasado una vida metiéndome con ellos como si
tuvieran la peste!
Jaejoong alzó los bóxers frente a mi
cara y los dejó caer al suelo. Incluso colocado y haciendo el idiota me ponía
malo.
-Ya está… - finalizó y dejó caer un
brazo a un lado de su cabeza, a peso muerto. El otro lo apoyó suavemente sobre
su vientre hundido, cerca de la ingle. – Ya está, Yunho… - murmuró. Se lamió
los labios al mismo tiempo que lo hacía yo, humedeciéndolos y fui testigo
visual de cómo, con el movimiento más sensual y a la vez, obsceno que pudiera
imaginar, descendió la mano acariciándose desde el ombligo hasta el pene, la
mano que apoyó en la ingle y con la que separó sus piernas ampliamente. Me
deshice viendo su pequeño agujero cerrado, pensando en la de guarradas que yo y
mi… mi maldita polla podríamos hacer con él. Y Jaejoong, por esa cara tan
colorada y esos ojos brillando inyectados en vicio, estaba dispuestísimo a ello.
Lo conocía demasiado bien.
Me agarré directamente la camiseta y
me la saqué sin más preámbulos, arrojándola con el resto de la ropa por
ahí.
-Oooh… Yunho… - gimoteó. Sus
mejillas casi brillaban por las ganas que me tenía. Estaba deseando apretar los
voluminosos músculos de mi pecho desnudo, como siempre había hecho. Aún tenía
marcas de sus arañazos plasmados en ellos y en ese momento podía sentir los
fuertes azotes que a veces, me había propinado sobre los pectorales, montándome
como un toro. Jum… incluso echaba de menos los golpes.
Me desabroché los pantalones de
rodillas y Jae se irguió, mostrando incluso emoción por ver lo que había detrás
de ellos.
-Eeeh… - siseé. – Vuelve a tumbarte,
todavía no hay nada para ti. – le ordené y él me obedeció por completo. Le
temblaban las manos y las piernas, aún abiertas y estaba seguro de que no
debido al frío, si no a la escasez de movimiento. Estaba deseando cabalgar
sobre algo duro para liberar la hiperactividad que la droga infundía en sus nervios…
pero le haría sufrir un poco más. Quería seguir deleitándome con las
vistas.
Me bajé los pantalones hasta algo
menos que el culo y me quedé quieto, observándole. Jaejoong no tardó ni dos
segundos en exigir atención, con la mirada perdida y los labios
temblorosos.
-Yunho… ¿qué pasa? – preguntó. Yo no
contesté. – No… ¿no vas a hacerme nada? – sonreí. Esa sonrisa que tanto temor
causaba en mi hermano y tantas hormonas le removía. Esa risa que más de uno
había catalogado como satánica. – ¿No te gusta lo que ves? ¿Ya no te gusta mi
cuerpo? – los ojos se le volvieron acuosos de un momento a otro. Hum… no sabía
qué me gustaba más, si hacerle llorar o reír.
-No, no me gusta. – sentencié y a
Jaejoong le tembló la barbilla penosamente. Me incliné sobre él, acercando su
cara a la mía y apoyé una mano sobre su muslo interno. Él temblequeó y mi mano
ascendió, abriéndole un poco más las piernas en el proceso hasta su pequeña
polla dormida y blanda. La toqueteé, la zarandeé entre mis dedos y mi hermano
cerró los ojos y encogió el estómago.
-Hurrrg… oh… - suspiró, con las
mejillas sonrosadas.
-¿Lo entiendes? Esto tiene que estar
tieso, no flojo. Duro y no blando. Si no lo endureces pronto, voy a perder el
interés en ti, Muñeco. ¿Lo comprendes o no? – mi voz sonó ronca y quizás
demasiado ruda. La ronquera por la excitación hacia mella en mí. Jaejoong
entrecerró los ojos y asintió.
-Sí.
-Pues hazlo. Sabes cómo se hace,
¿verdad?
-Claro. – sonrió. La picardía que
recordaba haber sentido en Seul acompañada de la confianza que nos habíamos
llegado a tener, resplandeció en su cara. – Siempre lo hago, no soy estúpido ni
tampoco inocente.
-¿Y quién dice que seas
inocente?
-Tú lo crees. – sentenció y era
verdad. Lo creía, aunque no en lo referente al sexo, porque estaba claro que el
no tenía problemas en hacer ciertas guarradas conmigo… y con otras personas.
Desde luego, tonto no era. Había salido un poco a mí, pero utilizando distintos
métodos para atraer a las personas, hombre o mujer, eso no importaba.
-Jum… - le dediqué una última y
fuerte sacudida a su pene que le provocó una convulsión y lo solté,
retrocediendo un poco. Jaejoong hizo amago de cerrar las piernas, pero yo pegué
un tirón de ellas. – Ni se te ocurra. Ábrelas bien para que yo vea lo que te
haces.
-Pero… me da vergüenza… -
sonreí.
-Tú no tienes de eso. Vamos, Muñeco.
– y por supuesto, me hizo caso, como todo el mundo hacía siempre, aunque él lo
hiciera más bien cuando le daba la gana. Volvió a abrir las piernas y apoyé las
manos sobre sus rodillas, ejerciendo una ligera presión para que no volviera a
intentar cerrarlas. Nos miramos a los ojos intensamente y al cabo de apenas
tres segundos, Jaejoong bajó la cabeza, con las mejillas coloradas. Mi hermano
era rematadamente guapo.
Observé de reojo como con delicados
movimientos descendía la mano hasta su entrepierna, acariciándose el vientre
hundido y el escaso vello púbico. De momento prefería no mirar hacia el
interior de sus muslos, porque con solo ver su carita abochornada ya me
derretía en estremecimientos y calambrazos de excitación. A pasos agigantados,
como si yo mismo me tocara, me estaba poniendo simplemente cachondo.
No vi como se la tocaba por primera
vez, pero sí pude ver como empezaba a agitarse, a deshacerse bajo mi cuerpo.
Jaejoong cerró los ojos y giró la cara, apoyándola sobre el brazo que seguía
descansando a su lado. Le brillaban las mejillas y el pelo, el cuello delineado
empezó a chorrear gotas de caliente sudor y entreabrió la boca, gimoteando y
suspirando. Descendí la mirada. Su brazo se movía de arriba abajo y su pelvis
sufría temblores de placer. Seguí bajando, bajando… la tenía bien agarrada con
una mano, subiendo y bajando, deslizando los dedos por toda ella, toda su
longitud y anchura. Iba rápido, masturbándose sin preámbulos, ansioso por
terminar. La piel que rodeaba el prepucio estaba húmeda y brillante.
-Bien… - murmuré y salió una especie
de graznido de mi boca. – Ábrete un poco más para mí. – Jaejoong ni siquiera me
miró. Suspirando, abrió las piernas aún más, sosteniéndolas en el aire. Me
agarré los bóxers y me los bajé un poco, lo suficiente como para dejar al aire
mi polla jodidamente dura, lo suficiente como para causarme cierto dolor con el
roce de la ropa. Me incliné sobre él y paseé mi mano sudorosa por su torso
duro, no por los músculos, si no por los huesos que se le marcaban, pero por
muy delgado que estuviera, me seguía pareciendo irresistiblemente erótico y
sucio, pornográfico. Restregué mi mano como si estuviera cubriendo su piel de
crema, notando su sudor escurrirse por mis dedos. Jaejoong echó la cabeza hacia
atrás, sin abrir los ojos.
