Habían pasado cuatro días. Cuatro días largos, penosos, repletos de culpabilidad, rutina, pesadillas, dolor y asfixia. No había pisado la calle desde que llegué a Busan, y no porque me lo prohibieran, si no por miedo. Recordaba a los salvajes de la manada de Yunho gruñéndome, gritándome y amenazándome con navajas y retrocedía, alejándome de la puerta cada vez que intentaba salir para investigar el lugar.
En esos cuatro días no había visto a Yunho ni una vez… y empezaba a desesperarme.
Mi padre volvió al día siguiente después de lo sucedido con la pandilla de Yunho. Volvió con comida para nosotros, para Scotty y bebida para una semana… yo no había probado la comida todavía, al menos no apaciblemente. Los ataque habían vuelto. No comía nada durante el día y por la noche, me levantaba, abría la nevera y la atracaba literalmente, devorando todo lo que pillaba como un cerdo, casi sin masticar. Luego… mi estómago lo rechazaba y lo vomitaba.
Mi padre pasaba casi todo el día fuera, contando la noche y apenas lo veía, solo para cenar ocasionalmente. Sonreía y me decía: “No ha sido tan malo después de todo ¿no? Yunho al final parece haberlo aceptado”. No tenía ni idea de cuanto se equivocaba. Había esperado algo más por parte de mi padre, no sé el qué. Quizás que me llevara un día a jugar a los bolos, al cine, que comiéramos juntos y no paráramos de hablar de todo lo que nos habíamos perdido el uno del otro, algún regalo quizás… ropa. Necesitaba ropa.
Pero mi padre no había hecho nada de eso. Hablábamos poco cuando estábamos juntos, quizás fuera porque podíamos respirar la tensión que nos rodeaba e intentábamos no empeorar la situación con palabras que fueran más allá de lo que pretendíamos en un principio. Quizás porque temiéramos rompernos el uno al otro. Había averiguado de dónde había sacado la actitud sumisa y tolerante frente a los demás, al menos. Mi padre era un santo. Quizás poco considerado, pero un santo.
“Yunho a veces lo hace. Esta casa no significa mucho para él, suele pasar la mayor parte del tiempo en la calle en lugar de en casa, aunque no lo culpo. Yo hago lo mismo. Ha habido veces en las que ha estado fuera durante semanas y no he tenido ninguna noticia de él desde entonces. Luego volvía, dormía uno o dos días enteros y luego, salía otra vez. Quizás ésta sea una de esas veces.” me dijo mi padre cuando pregunté por Yunho.
Me sentía un desgraciado imaginándole en la calle, ¡En esas pútridas callejuelas llenas de basura y gente peligrosa! Y cuanto más desgraciado me sentía, más culpable me declaraba. En esos tres días había conseguido mantener la casa impecable, incluso había pintado las paredes para entretenerme. Ya no sabía qué más hacer.
Eran las once de la noche. Me encerré en el cuarto de baño para darme una ducha. Mi padre se había ido. En casa solo estábamos Scotty y yo. El pobre había tenido que hacer sus cosas dentro de casa y yo había tenido que recogerlo cuatro o cinco veces al día porque no era capaz de sacarlo a la calle. Pese a todo, Scotty seguía persiguiéndome a todas partes moviendo la cola, intentando consolarme sin éxito.
Cerré la puerta del baño, aunque no había pestillo. De todas formas no lo necesitaba. Salí de la ducha, de debajo del agua fría - el agua caliente se acababa a las nueve de la noche - tras apenas cinco minutos y me miré al espejo, desnudo. Mi aspecto era deplorable. Se me estaban hundiendo los ojos, tenía la cara cada vez más chupada y la tristeza me carcomía el cuerpo. Se me notaba tanto… Dios… solo tenía pellejo. Parecía un esqueleto humano. Se me marcaban mucho los huesos de la cadera, tanto que casi me daba repelús y los huesos de las piernas parecían palillos. No sabía cómo podía mantenerme en pie con esos alfileres.
Me costaba mirarme al espejo. No solo era un monstruo por dentro, sino que también me estaba convirtiendo en un monstruo por fuera. Me llevé la mano a la cabeza y me acaricié el pelo lentamente. Cuando aparté la mano lejos de mi cabeza y la miré fijamente, me encontré con un montón de pelos débiles enroscados en mis dedos. Yo nunca había tenido problemas con el pelo o, al menos, no muchos… solía cuidarlo tanto que a parte de algunas puntas abiertas de vez en cuando, nunca se me había caído nada salvo cuando me daba con el cepillo. Lo normal. Ahora temía quedarme calvo de un momento a otro, aunque mi pelo seguía siendo tan abundante como siempre, pero débil, como yo.
Mi estómago no aceptaba la comida, mi mente estaba tan cansada y se sentía tan culpable, que rechazaba todo contacto con el exterior, mi cuerpo se debilitaba, mi corazón, ahora muerto, empezaba a pudrirse. ¿Cuándo empezaría a oler mal? A saber.
Sólo sabía que mi cuerpo rechazaba la vida como si fuera una plaga. No la quería. Prefería la muerte y ya que yo no era capaz de ofrecérsela, se devoraba a sí mismo para causármela. Intentaba hacerme un favor.
Me sentí culpable, otra vez. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Seguramente alguien se estaría muriendo de hambre en algún lugar del mundo y yo vomitaba lo que comía, como un petardo desagradecido. Yunho había estado muriéndose de hambre en las calles de Busan cuando era niño y yo no quería comer.
Era un hipócrita y un desagradecido. Era malo. Era falso. ¿Cómo podía compadecerme de mí mismo? ¿Cómo podía ser tan egocéntrico?
Y aún así no podía dejar de pensar en cuanto deseaba que alguien me ayudase, que alguien intentara comprenderme, que alguien me dijera que no era tan mala persona… pero es que lo era.
En Seul al menos comía algo… en Seul al menos estaba Derek y mi madre, a la que empezaba a echar tanto de menos pese a las incontables mentiras que me había contado… en Seul…
¿Estaría mejor en Seul que en Busan? Le pregunté al espejo en silencio, y este solo me devolvió el reflejo de alguien en proceso de descomposición.
Ya ni siquiera me acordaba de por qué le tenía tanto pánico a Seul…
Tumbado en la camilla del hospital, el tiempo se me hacía eterno. Siempre estaba acompañado, la mayor parte del tiempo por mi madre, con quién apenas hablaba. No hablaba con nadie salvo con el psiquiatra, todas las mañanas, a la misma hora. Chun y Junsu venían todas las tardes. Choi solo podía permitirse una hora o dos a mi lado. Debía cubrir a mi madre en el tribunal.
No me faltaba compañía en el hospital, desde luego. Mi familia me rodeaba, me cuidaba, me hablaba, no me dejaba solo y eso me ahogaba.
Hacía una semana que había intentado suicidarme y desde entonces, no había tenido ni unos minutos de paz para pensar con claridad, solo cuando el psiquiatra venía a visitarme y lograba echar a mi familia fuera de la habitación para hablarme. Me gustaba ese señor. Era mayor, de unos sesenta años, casi jubilado y era comprensivo, amable y muy tranquilo. Me dejaba mi tiempo para pensar respuestas, nunca se cabreaba por mis faltas de respeto y guardaba silencio cuando hablaba, sin interrumpirme hasta que terminaba.
-Eres un chico espabilado, Jaejoong.
-¿Eso cree? Otras personas creen que soy idiota.
-¿Por qué?
-No lo sé. Dicen que soy demasiado tolerante y que nunca me doy cuenta de que me están tomando el pelo. Dicen que soy muy ingenuo.
-¿Y tú lo crees?
-Sí. En parte. Me la han jugado varias veces…
-¿Sí? ¿Quién?
-Pues… - giré el cuerpo sobre la camilla, molesto. Los puntos de las muñecas me escocían. - mi ex novia, por ejemplo.
-Oh, Boomie ¿verdad?
-Sí.
-Pero ella no te importa mucho ¿no? - negué con la cabeza.
-No. Ya no. - el anciano se tocó la barba pulcramente afeitada con los dedos, pensativo.
-¿Y tus amigos?
-Me mintieron una vez, pero lo hicieron por mi bien.
-¿Tu madre?
-Ella es la que cree más que nadie que soy un ingenuo y que puede hacer conmigo lo que quiera.
-¿Odias a tu madre, Jae?
-No. Pero a veces me irrita. - él se quedó callado durante unos breves segundos. Parecía debatirse entre si mencionarme algo o no. Hubiera preferido que no lo mencionara.
-¿Y tu hermano? - tragué saliva, delatándome. Él lo vio. No era tonto como muchos creían. Sabía que el psiquiatra le daba muchas vueltas al tema de Yunho, pero por mis reacciones exasperadas, siempre prefería calentar el hielo antes de empezar a hablar de él.
-¿Por qué siempre acabamos tocando el tema de mi hermano?
-Jaejoong, sinceramente, se me hace demasiado obvio. Tu hermano ha sido uno de los principales motivos que te ha arrastrado al suicidio, pero quiero saber por qué. Necesito saberlo para poder ayudarte.
-Mi hermano no tiene nada que ver. - el psiquiatra suspiró.
-Justamente el día que se fue, dejaste de comer adecuadamente, padeciste un desmayo en tu dormitorio y en un arranque de ira, destrozaste tu cuarto. Tu madre me ha dicho que llorabas mucho.
-Mi madre no sabe de lo que habla.
-¿Le echas de menos?
-¿A quién?
-A Yunho. - bajé la mirada. Era la primera vez que él mencionaba su nombre. Normalmente, siempre que tocaba el tema lo llamaba “tu hermano”.
-No quiero responder a eso.
-De acuerdo, lo intentaremos de otra manera. Deduciré y tú solo tendrás que asentir o negar con la cabeza ¿vale? - me crucé de brazos sobre la camilla, alzando la espalda de ella y sentándome en el borde de la misma, frente al anciano.
-Vale, inténtelo.
-¿Yunho y tú os llevabais bien? - asentí con la cabeza, sin mucho más que decir. - ¿Alguna vez hizo algo que te pareciera raro, violento o incómodo? - mis ojos rodaron por toda la habitación, pensativo. Yunho nunca me había tratado con violencia, al menos no después de conocerme a fondo y hacernos amantes literalmente hablando. Pocas veces me había hecho sentir incómodo, pero claro, lo había hecho, igual que cualquier otra persona. Tampoco es que importara mucho, así que asentí con la cabeza. Cuando lo hice, el doctor frunció los labios. - ¿Crees que se sentía cómodo en Seul?
-Sí… creo…
-Solo tienes que asentir con la cabeza, Jaejoong.
-Perdón. - asentí con la cabeza.
-Tu madre dice que estabais muy unidos ¿Es eso cierto? - fruncí el ceño. Mi madre ¡buag! Pero asentí con la cabeza. - Y tú le querías… - tragué saliva otra vez. De repente, me habían empezado a sudar las palmas de las manos. - ¿Le querías mucho? - volvió a preguntar y esta vez, sintiéndome un poco incómodo y lloroso, asentí. No tendría que haberlo hecho. - ¿Crees que tu hermano te quería a ti?
-…No lo sé… creo que no. - sentí un nudo en la garganta que me agudizó la voz. El doctor asintió.
-Entiendo.
-Él siempre era cariñoso conmigo, pero no con otras personas, solo conmigo. - el nudo en la garganta, de repente, parecía haber tocado alguna fibra sensible en mí, un resorte que me hizo empezar a hablar, a profundizar en un tema que prefería no tocar, un tema que me había guardado en lo más profundo de mis entrañas y mi mente. Ahora, quería, ¡Deseaba tocarlo, escupirlo! Aunque no dijera toda la verdad. - Yunho cuidaba de mí, de que no me hiciera daño o alguien me lo hiciera. No le gustaba verme llorar y siempre estábamos juntos, desde que nos conocimos. Íbamos a la universidad juntos, andábamos juntos por los pasillos, por el patio, al centro, de vuelta a casa, daba igual a donde, pero siempre juntos. A Yunho no le gustaba dejarme solo y… a mí tampoco me gustaba que me dejara solo. Íbamos juntos a todas partes.
-Dependías mucho de él. - afirmó el doctor.
-¡Sí! Y cuando se fue… me sentí mal. - sin darme cuenta, había empezado a llorar. Me limpié las lágrimas con el brazo rápidamente, avergonzado. No me gustaba que me vieran llorar, pero últimamente no podía controlar las lágrimas. Sin embargo, el psiquiatra hizo como si nada, no se inmutó, y se lo agradecí. Que me ofreciera un pañuelo era lo último que quería. - Siempre estábamos juntos, siempre. Yo le amaba y le amo y creía… a veces creía que él también. Una vez cruzó todo el país para regalarme un perrito precioso para Navidad. Yunho es así. Hacía cosas imposibles y no les daba la menor importancia pero yo sí… y creía que… llegué a creer que… quizás…
-Jaejoong ¿Estás hablando en el sentido romántico de la palabra? - me interrumpió de repente y yo le miré sin entender.
-¿Qué quiere decir?
-Bueno… las personas no utilizan la expresión “amar” cuando hablan de su familia, de sus hermanos. Amar es utilizado por las personas de hoy en día como sinónimo de “estar enamorado“. Tú has dicho que amas a tu hermano. - su expresión distante, casi calculadora y fría me puso histérico en cuestión de segundos.
-Yo no he dicho eso.
-Sí que lo has dicho, Jae.
-¡No he dicho eso!- me quedé callado, mudo, mirando hacia otro lado, avergonzado por gritarle a un anciano. Él aguardó unos segundos silenciosos hasta que profirió la siguiente pregunta.
-Tu hermano te mimaba mucho, te hacía regalos, siempre estaba detrás de ti y eso, tengo que decir que no es muy normal para una pareja de hermanos que acaban de conocerse después de años separados. Vuestra relación no es normal desde luego y por los antecedentes de tu hermano… diría que tampoco él es muy…
-¿Y eso qué quiere decir? ¿Qué intenta decirme con todo eso? ¿Qué mi hermano y yo no somos normales? ¡Éso ya lo sé!
-Lo sabes…
-¡Sí! - el doctor asintió otra vez y suspiró profundamente, azorado.
-Jaejoong… ¿Abusaba de ti?
-¿Qué?
-Tu hermano… ¿Abusaba de ti? - no sé si me escandalicé porque empezaba a acercarse a la causa de mi sufrimiento a pasos agigantados o porque la idea me pareció completamente estúpida y repugnante, pero me puse tieso sobre la camilla, con el pulso acelerado y unas horribles ganas de salir corriendo de allí.
-¡No!
-¿Te ha amenazado? ¿Te ha dicho algo o te ha chantajeado alguna vez para que guardes silencio?
-¡Por supuesto que no! ¡Eso es absurdo!
-Jaejoong… - el psiquiatra, viejo, con su bastón apoyado sobre la incómoda silla se levantó de la misma con la mano en la espalda. Casi pude oír crujir los huesos de su espalda cuando anduvo hacia adelante, encorbado y se sentó a mi lado, con las arrugas de la cara profundamente marcadas en la piel. Me puso una mano en el hombro. - No debes sentirte avergonzado por nada. Tu hermano viene de un mundo distinto al tuyo en el que se hacen cosas malas. Seguramente él no ha salido muy bien parado de allí. Quizás necesite ayuda como tú, pero no podremos hacer nada ni por ti ni por él si tú no me das una pista.
-No entiendo a qué viene esto ahora.
-Viene a que tú defiendes a tu hermano y a que, probablemente él, se haya aprovechado de tu buena voluntad de alguna manera. - negué con la cabeza, empezando a alterarme.
-¡Yunho no me ha violado!
-No… o quizás tú no lo veas como una violación.
-¿Cómo que no? ¡O se viola o no se viola!
-Hay algo que se llama chantaje emocional, Jaejoong. Vivimos con ello, lo vemos día a día, pero normalmente los efectos no hieren, no afectan a las personas porque la mayoría no sabe utilizar con suficiente potencial el chantaje para dominar por completo a alguien. Seguramente, Yunho sí sabe hacerlo.
-¿Y cómo puede estar tan seguro de ello? ¡Usted ni siquiera lo conoce!
-Me has contado muchas cosas, Jae. Las suficientes y ligando esas anécdotas a mi experiencia… deduzco que tu hermano te ha utilizado. - me mordí la lengua. ¿Utilizado? Eso ya lo sabía pero yo siempre se lo había consentido. Y no me arrepentía de haberlo hecho porque le quería. No me había utilizado, al menos no de esa manera. No había abusado de mí ¿verdad? - Necesito que me seas sincero en una última pregunta, totalmente sincero. - agaché la cabeza, clavando los ojos en el suelo. Estaba hecho un lío. - Yunho y tú… ¿habéis mantenido relaciones sexuales?
Me mordí el labio inferior y clavé la mirada en mi muñeca vendada. Recordé como todo el mundo me había gritado, me había insultado y repudiado cuando descubrieron que Yunho y yo… y de alguna forma, el doctor me estaba dando una oportunidad. La oportunidad de cargarle el muerto a Yunho de echarle la culpa de todo lo ocurrido a él y solo a él, bueno… de hecho, quizás de verdad fuera él quien tuviera la culpa de todo.
-Jaejoong… por favor… - miré al doctor con los ojos aún empañados, pero tragándose las lágrimas en silencio. Podía echarle la culpa a Yunho de todo. Podía hacerlo y quizás si lo hacía, dejarían de odiarme, de repudiarme, quizás volverían a quererme, quizás no me agobiaran tanto ni me obligaran a tomarme esas horribles pastillas que me adormecían hasta la mañana siguiente, quizás…
Pero si contaba a alguien nuestro sucio secreto… dejaría de ser su Muñeco y esta vez, para siempre.
-No… - titubeé.
-¿No?
-No. - dejé de morderme el labio y negué con la cabeza. Moqueé. - Yunho y yo nunca… es absurdo solo pensarlo. Absurdo y repugnante. De enfermos… - desvié la mirada al suelo.
Acababa de reconocer que yo mismo era un enfermo.
El psiquiatra suspiró y asintió con pesadez.
-De acuerdo. - se levantó de la camilla y agarró su maletín y su rebeca colgados de la silla. - Es suficiente por hoy. Espero verte mañana otra vez, Jaejoong.
-Hasta mañana, doctor.
-Hasta mañana, joven. - y justo cuando empezó a abrir la puerta, alguien la abrió de golpe por el otro lado. Me levanté corriendo y casi me tiró sobre el suelo para agarrar al doctor por los hombros, evitándole una caída sin duda peligrosa para su edad.
-¡Eh! - gruñí.
-¡Oh, Dios mío, lo siento doctor! - mi madre se nos quedó mirando con los ojos brillantes, sobresaltada y respirando acelerada. Sería estúpida, pensé, mezquino como yo solo podía ser. - ¿Cómo ha ido la sesión? - le preguntó, sin el más mínimo reparo teniéndome delante. Intentó tocarme la cabeza con una mano en una caricia. Yo se la aparté con brusquedad.
-Bien, bien. Avanzamos despacio, pero lo estamos consiguiendo. Pronto podrá salir de aquí, que es lo que tiene que hacer, no estar aquí encerrado con lo joven que es. - mi madre sonrió, falsa. Aunque volviera a casa no me dejaría salir de ningún modo, así que era exactamente lo mismo.
-Entonces… ¿Puede empezar a recibir visitas de gente de fuera? - miré a mamá con los ojos como platos. ¿Gente de fuera? ¿Y eso qué significaba?
-Oh, claro, claro que puede. Le vendrá muy bien tener un poco de contacto con la realidad.
-Eso es estupendo. Han venido tres amigos a verte, cariño.
-Genial. - puse los ojos en blanco y volví sobre mis pies hasta la camilla, sentándome con las piernas cruzadas. ¿Tres amigos? ¡Pero si yo no tenía amigos! Yoochun y Junsu eran los únicos que venían a verme y me agobiaban tanto que pensar que de repente habían aparecido tres amigos más de la nada, me hacía morirme del asco.
Mi madre miró al doctor interrogativa, deseando enterarse de lo último que había conseguido sacarme. Sin embargo, él se limitó a negar con la cabeza y a salir de la habitación. Sonreí. Él sí que sabía lo era secreto profesional.
-¿Quieres que me quede aquí mientras hablas con tus amigos? - miré a mi madre como si se hubiera vuelto loca.
-¡Sí, claro, qué más! Suficiente tengo con que estés delante cuando estoy con Yoochun o Junsu. - mi madre encogió la cara, dolida, pero enseguida volvió a sonreír. Lo intentaba en vano, hacerse la fuerte. Claro, si en momentos como ese ella no era fuerte, ¿Quién lo sería? Pensaba que así me apoyaría en ella y le contaría todo… lo que no sabía es que ni una palabra saldría de mi boca, no ahora.
-Voy a decirles que pasen entonces ¿vale? Parecen muy preocupados por ti.
-Vale. - me crucé de brazos encima de la camilla, luchando con la tentación de tumbarme en ella y taparme con la sábana hasta la cabeza. Me rasqué la venda de las muñecas un poco, con más fuerza. Me seguía picando.
Mi madre salió por la puerta entonces.
-Ya podéis pasar, chicos. Jaejoong está muy contento de que vengáis a verle.
-Sí, seguro. - oí una voz masculina al otro lado de la puerta, cargada de maléfica ironía que me llamó la atención. Me recordaba a alguien y, aún sin tener claro quién era ese alguien, el vello se me puso de punta.
Cuando mi madre salió de la habitación, sonriente e inocentemente feliz, pensando que aquella visita me haría bien, dejándoles pasar a los tres en silencio… se me cayó el alma a los pies. Me entraron auténticas ganas de vomitar y un pánico totalmente ilógico se acopló a mi estómago provocando el temblor de mi mandíbula. Me levanté de un salto de la camilla, pálido y ligeramente mareado, con los ojos desorbitados.
“¿¡Por qué no nos vamos tú y yo al baño y jugamos a los muñecos!? ¿Me harías una mamada si te lo pidiera?”
“¡Serás gilipollas, tío! ¡Si no eres su hermano gemelo, no tiene gracia!”
Los amigos de Derek… y Frank.
Esa fue la primera vez en mucho tiempo que deseé tener a mi madre al lado. Que deseé gritar, llamándola como un cobarde.
Ni siquiera sabía cómo se llamaban.
-¡Hey, Jae! ¿Cómo estás? - los amigos de Derek me sonrieron y se acercaron aparentemente alegres a mí.
-Nos tenías muy preocupados desde que nos enteramos de lo del suicidio.
-Lo siento, tío. ¿Estás mejor ahora?
-Toda la universidad no para de hablar de lo mismo. Es un asco que ni siquiera te den una oportunidad para defenderte.
-Estamos intentando calmar el asunto, de verdad, pero es un poco más complicado de lo que parece.
-¡De todas formas tú no te preocupes! ¡Recupérate pronto, se te echa de menos por allí! - y se rieron. Fueron las risas más falsas que había visto en mi vida.
Estaba descolocado. Parecían amigables, pero amigables falsos. Aún así, no parecían tener la más mínima intención de burlarse o atacarme. Uno de ellos, el que había gritado que se la chupase delante de toda la clase, tenía un brazo escayolado, colgando del cuello por un pañuelo. Tenía varios parches en la cara y el labio recubierto con una ligera capa de betadine. El otro también tenía alguna que otra muestra de agresión, pero mucho menos clara, algo difusa. Aún así, se le notaba que se encogía un poco al andar.
Asustado y confundido, alcé la cabeza hasta Frank. Él no se había movido de la puerta, no había pronunciado palabra y estaba muy serio. Me desvió la mirada, incapaz de sostenérmela, culpable.
-Oye, ¿Y por qué lo hiciste?
-Eso tiene que doler ¿no?
-¡Eso no importa, lo que importa es que intentó matarse!
-Pero ahora estás bien ¿no? - me miraron descaradamente las muñecas vendadas y yo, molesto y angustiado, incluso algo avergonzado, las escondí tras mi espalda. - ¿Qué piensas hacer ahora? No volverás a intentarlo ¿no?
-¡Claro que no va a volver a intentarlo! ¿Verdad que no, Jae? - me quedé alucinado observando como el que parecía haber recibido menos candela en una pelea, el que estaba más entero, intentaba pasarme un brazo por los hombros en actitud amistosa. Me sentí tan contradicho y rabioso que me eché hacia atrás, esquivándolo y les miré con asco, a pesar del temblor que dominaba mis piernas.
-¿De qué vain - gruñí, incapaz de aguantar más esas muecas falsas. Desde luego, si algo había conseguido con el intento de suicidio a parte de volverme depresivo y melancólico, era aumentar mi mal humor y exterminar mi tolerancia. - ¿Ahora venis a cotillear? ¿Qué quieren de mí? ¿Han venido a joderme la vida otra vez? ¡¿Cómo tienen la maldita cara de venir aquí haciéndoos los simpáticos?! ¡Largaos de mi cuarto! - grité. Los dos se sobresaltaron y sus expresiones medio sorprendidas variaron. Frank parecía ajeno a todo, mirando hacia otro lado. ¿Qué puñetas hacía él aquí? ¿Y por qué con estos anormales?
Y esos anormales se miraron y fruncieron el ceño. Sus muecas de fingida alegría cambiaron radicalmente a unas repletas de desprecio y repugnancia y aquel que tenía los dos brazos sanos, de repente avanzó y me agarró del cuello de la camiseta, tirando de mí bruscamente hacia delante.
-Lo hemos intentado por las buenas, pero si no quieres que seamos tus amigos, allá tú. - me zarandeó un poco. Si no fuera porque era más alto que él, seguramente hubiera intentado alzarme sobre el suelo para hacerse aún más intimidante. Yo ni siquiera me molesté en intentar hacer que me soltara, manteniendo en todo momento mis manos escondidas tras mi espalda. Prefería que me sacudiera todo lo que quisiera antes que tener que mostrar abiertamente mis muñecas rasgadas.
-¿Qué quieren de mí ahora? ¿No han tenido suficiente ya? - los dos parecieron ponerse nerviosos al instante, tragando saliva.
-Solo quiero que quede clara una cosa, Jae. Sola una. Como le digas a alguien que nosotros hemos tenido algo que ver en tu intento de suicidio, no necesitarás cortarte las venas una vez más, porque te juro que te colgaré del frontal del edificio más alto de la uni y te rociaré con gasolina. Juro que te prendo fuego, te lo juro. - me sobrecogí, intimidado, pero aún confuso. No estaba en condiciones de luchar y menos, tres contra uno.
Miré a Frank por encima del hombro del que me tenía bien sujeto. Él seguía ignorándome, pasivo, dando vueltas a la habitación con los ojos. No lo entendía… creía que Frank era algo parecido a un amigo, un rival amistoso, pero con el que siempre puedes contar pese a todo.
Pero en esa ocasión estaba claro que no podía contar con él.
-¿Me has oído, enfermo? - él me sacudió una vez más. Lo miré a los ojos, reticente.
-¿Tienen miedo de que les eche el muerto a ustedes? Me han estado acosando toda la vida y están acojonados pensando que puedo denunciaros en cualquier momento por ello, que todos estos años puedan salir a la luz. Piensan que me he intentado matar porque se burlaron de mí en la uni, eh. - sonreí, observando como se ponían pálidos de golpe. - Si no salen de aquí ahora, lo haré. - por supuesto, no tenía intención de hacerlo, pero era una bonita manera de hacer que por fin me dejaran en paz.
Al contrario… solo conseguí enfurecerles.
-Oye, hijo de puta…
-Déjalo. Min Ho- el del brazo escayolado le puso una mano en el hombro y el tal Min Ho me soltó, apartándose un poco. Aún así, no tenían intención de dejarme tranquilo. El herido se inclinó sobre mí, sonriendo maliciosamente. - Si haces eso, toda tu familia se acabará enterando del sucio secretito que tienes con tu hermano. Tu padre, tu madre, tus tíos, tus primos… ellos también te consideraran un enfermo.
Mierda. Me tenían totalmente cogido por los huevos.
Me mordí el labio inferior.
-No se atreven…
-¿Qué no? No nos pongas a prueba. - de repente, Min Ho pegó un empujón flojo a su amigo y se me encaró de nuevo, con la cara crispada en una mueca de ira.
-Sabemos lo de Derk, mamonazo. Ese hijo de puta que ha sido colega nuestro desde parvulitos, ahora va y te defiende. ¡El que estaba detrás de los acosos siempre ha sido él y ahora pretendes echarnos las culpas a nosotros! ¡Y una polla!
-¿Qué…? - si ya estaba confuso, ahora no sabía ni donde estaba. No había vuelto a saber nada de Derek desde que lo acusé sin pruebas de ser el que había mandado los dichosos mensajes que me habían arruinado la vida. No quería hablar con él y aunque sabía que era injusto, no tenía intención de momento de intentar arreglarlo con él. Me sentía… demasiado avergonzado como para mirarle a la cara.
-¡Míranos! ¡Tu puto novio nos ha jodido bien! ¡Después de meterles una paliza a sus dos mejores amigos se fue tan tranquilo, amenazándonos con denunciarnos por acoso si intentábamos burlarnos y ponerte la mano encima otra vez!
-Dinos la verdad. Has dejado que Derek te folle para que se ponga de tu lado, ¿a que sí? - los observé alternativamente, con la boca abierta de la sorpresa. ¿Qué Derek había hecho qué? ¿A sus dos mejores amigos? ¿Por mí?
-Lo vieron varias veces contigo en su coche y paseando juntos cerca de la biblioteca antes de que pasara todo esto. Dicen que habéis estado constantemente juntos desde que el loco de Yunho te dejó tirado. Admítelo. Te has vendido. Te lo has camelado. ¡Te lo has follado!
-¡No!
-Y también dicen que lo han visto dar vueltas por el hospital, velando por ti. ¡Oh, qué bonito amor entre tíos!
-¡Eso no es verdad!
-¡Me da igual que sea verdad o mentira! ¡Ese traidor maricón ya no es amigo nuestro y como alguien nos venga con el cuento del acoso a nosotros, tu puta madre va a saber a quien le ponías el culo en casa!
-¡No te atrevas!
-¡Lo hago, haré pancartas, colgaré en cada esquina de Seul un puto cartel para que todo el mundo sepa que tu y tu hermano son unos enfermos!
-¡NO! - se me saltaron las lágrimas de la desesperación y la vergüenza, con la cara roja, ardiendo de pudor.
-¡ya vale! - y por primera vez en aquel horrible mal rato repleto de amenazas y dolor, Frank habló. Los tres lo observamos moverse, con nerviosismo, dándose la vuelta hacia la puerta. - Vámonos ya. No quiero que la madre sospeche nada si conseguís que le de un ataque a su hijo. ¡No quiero tener nada que ver con esto! - se me encogió el estómago de puro agobio. No entendía a Frank. Él odiaba a los amigos de Derek tanto como yo, ¿Por qué los traía aquí sin más para que me amenazaran mientras él se quedaba quieto, mirando? ¡Pensaba que éramos amigos!
-Vale, vámonos ya. - Ni siquiera me miraron cuando se dieron la vuelta y empezaron a caminar hacia la puerta. Salieron por ella sin mencionar palabra. Min Ho me gruñó con una mueca de desprecio y me dio la espalda, siguiendo a su amigo. Frank estuvo a punto de hacer lo mismo.
-Frank… - le llamé y él se detuvo, apretando con fuerza el pomo de la puerta hasta que los nudillos se le pusieron blancos. - ¿Por qué los has traído? - pregunté. Él no contestó. Ni siquiera era capaz de mirarme a la cara. - Pensaba que éramos amigos. ¿De qué va todo esto? - titubeé. Frank no quería contestar. Tragó saliva y pude ver el sudor que le recorría la piel por los nervios.
-¿De qué va lo que tú has estado haciendo todo este tiempo con tu hermano? Te exhibías por la universidad, sabiendo lo que eran. Nos engañaron a todos. ¡Pensábamos que eran dos simples gays y por eso nunca le dimos excesiva importancia pero después de ver esto, pienso de verdad que estan enfermos! ¡Están para que los encierren! - palidecí. Me había peleado cientos de veces con Frank, miles, rivalizando el uno contra el otro en cualquier tema desde pequeños, perdiendo y ganando, odiándonos y apoyándonos en momentos difíciles, pero sin duda… aquella pelea no era una de esas cientos de batallas en la que competíamos para ganar y “pisotear” al otro.
Esta pelea era de verdad. Frank pensaba todo eso… de verdad.
-Pero… - intenté replicar, defenderme a mí mismo y a Yunho, aunque estaba seguro que de seguir allí, conmigo, no le daría la más mínima importancia.
-Mi padre siempre me lo ha dicho pero yo nunca le había hecho caso. Nunca me ha importado una mierda que fueras gay o que no lo fueras, me daba igual mientras a mí no me afectara lo más mínimo. ¡Pero es que esto es el colmo! ¡Mi padre tiene toda la razón, por pervertidos y enfermos como vosotros este país se va a la mierda! - tragué saliva al ver su cara, tan asqueada y emanando tanta repulsa que retrocedí.
-Yo no… no estoy enfermo.
-¿Ah, no? ¿Sabes? Tengo una hermana pequeña ¡Y en mi puta vida le pondría una mano encima! ¿Puedo decir lo mismo de ti, Jaejoong? - abrí la boca de par en par, con el estómago revuelto solo de imaginármelo, de ser consciente de lo que se me acusaba.
-¡Tu hermana es una niña!
-¡A saber a qué edad tu hermano y tú se dedicaban a hacer esas guarradas!
-¡No soy un pederasta ni un pervertido, y mucho menos un violador!
-¡Lo que sí eres es un desconsiderado y un guarro! ¿Qué le diría yo a mí hermana pequeña si hubiera visto alguna vez uno de tus repulsivos acercamientos a Yunho? ¿Le tendría que decir que son hermanos? ¿Qué pensaría ella de mí si le dijera que hay hermanos que se tocan de esa manera tan vomitiva? ¡Me odiaría y le daría asco o se pervertiría como ustedes! ¡Son unos cerdos!
-¡Yo quiero a mi hermano, no he hecho nada malo! ¡Era como si fuéramos una pareja normal, lo quiero como tal! ¿Por qué nadie tiene en cuenta eso? - Frank se calló entonces, serio.
-Si lo quieres así, ¡Reprímete! Está en la ley y por algo está en la ley ¿no? Y en la Biblia y en cualquier religión que tenga dos dedos de frente. Los hermanos son hermanos ¡Y punto! Y lo peor es que intentas poner esa guarrada como algo bonito diciendo que estás enamorado. ¡No me jodas! ¡Eso no se lo cree nadie!
¡Qué impotencia! ¿Por qué nadie me cree? ¿Por qué todos me critican sin saber? ¿Es que nunca nadie ha sentido la maravilla que yo siento cuando estoy con Yunho?
-¿¡Por qué nadie lo entiende!? ¿¡Por qué cierran los ojos, me dan la espalda y simplemente me dicen enfermo!? ¿¡Por qué no intentán entender que aunque sea diferente a ustedes, hay otros tipos de amor!? ¡Yo no he hecho nada malo! - de repente me vi echándome encima suya, agarrándolo por los hombros, sacudiéndolo con las lágrimas saltadas, pidiéndole compasión, ayuda, entendimiento… ¡Algo, simple comprensión! - ¡Yo no he hecho nada malo! ¿Por qué nadie me cree? ¡Tienes que creerme, no lo he hecho por simple placer, yo le quiero! ¡Quiero a Yunho, de verdad! - nunca había sido tan sincero como en ese momento, tan expresivo, nunca había confesado a gritos de una forma tan directa esa sensación de estar lleno de tantas cosas que no puedes explicar, de tantas sensaciones, tan malas y tan buenas a la vez, tan contradictoras, heladas y calidas al mismo tiempo, compartiendo un mismo espacio vacío, llenándolo de golpe.
Había deseado todos los días desde que lo descubrí poder gritarlo a los cuatro vientos, que quería a mi hermano, que quería de forma prohibida a aquel que no se puede querer. Que amaba en silencio y quería ser amado. Y solo era capaz de decirlo sumido en mi propia desesperación.
Lo único que recibí a cambio fue un golpe en plena cara que me tiró al suelo de espaldas.
Me llevé la mano a la sien, donde había recibido el bestial golpe contra el suelo. Un pequeño hilillo de sangre me impregnó los dedos, único testigo de mi vano intento de convicción hacía una mente intolerante y retraída. Cuando alcé la cabeza hacía Frank de nuevo, su cara repleta de pánico por haberme golpeado y tirado al suelo en un acto reflejo se me grabó en la mente como si me la hubieran marcado a fuego.
Él tragó saliva.
-L-lo siento… - titubeó. - Pero tú… ¡te me has echado encima!
-Frank… ¿No me crees…? - no sabía si mi voz temblorosa y rota se había hecho oír por encima del “¡Bum, bum” de mi cabeza. Me puse de rodillas en el suelo casi al instante y una última vez, intenté hacerme escuchar. - Tienes que creerme. ¡Le quie…!
-¡Me da igual! - me gritó. - ¿Es que no te das cuenta? ¡Estás loco, como una regadera! ¿Querer? ¡Un hombre y una mujer se aman! ¿Pero dos hermanos? ¡Tú estás como una puta cabra! ¡Deja de intentar excusarte con amor! ¡Es ofensivo que intentes comparar esa abominación con una relación como dios manda! ¿Sabes qué? ¡No eres diferente a un pederasta o un violador! ¡Solo te preocupa buscar tu propio placer y te da igual todo lo demás! ¡Eres un enfermo mental pero no me das nada de pena! ¡Ojala todo el mundo se entere de las guarradas que has estado haciendo con tu hermano, ojala te metan en un psiquiátrico y no te saquen de ahí hasta que te mueras! ¡Pervertido! - Gritó a los cuatro vientos. El estómago se me anudó. El cuerpo se me vació por completo de cualquiera de esas sensaciones entre heladas y calidas que me habían llenado hasta ese momento. Luego… Frank, sin esperar respuesta, abrió la puerta y sin decir nada más, salió corriendo.
No eres diferente a un pederasta o a un violador, Jaejoong. No lo eres.
Ese día tomé las pastillas antidepresivas por voluntad propia por primera vez. Me levanté del suelo, cogí el bote de pastillas que había en el cajón y me chuté un total de siete de golpe. Luego me metí en la camilla, me tapé hasta la cabeza y esperé… me dormí.
Me desperté a las cuatro de la mañana, vomitando como un condenado, con convulsiones violentas e incapaz de moverme por mí mismo. Me lavaron el estómago tres veces.
Al día siguiente, el psicólogo me ametralló con preguntas sobre Yunho, otra vez.
No contesté.
Me picaba el brazo. Mucho. Algunos arañazos habían sido recubiertos por una asquerosa costra marrón, sanando las heridas superficiales. Esa molesta costra me picaba como si fuera una ampolla propia de la varicela y empecé a rascarme, recordando, lejano, aquellas palabras dichas por Frank. ¿Ciertas? ¿Falsas? A esas alturas ya no lo sabía.
-Voy a salir a coger el correo, mamá.
-No hace falta, cielo. Ya voy yo.
-No. Quiero ir yo.
-Pero…
-¿Es que ni siquiera me vas a dejar salir a la puerta para coger una puñeteras cartas? Tranquila, dudo mucho que pueda cortarme el cuello con un trozo de papel. - mi madre se me quedó mirando en silencio. Choi no estaba esa mañana en casa. Una pena. Si estuviera seguro que me hubiera defendido hasta el final. Era el único que me ofrecía un poco de libertad y una oportunidad más para demostrar que no tenía intención de intentar suicidarme otra vez.
Era el tercer día después de recibir el alta del hospital, en casa. Me habían quitado los puntos de las muñecas, pero aún así no dejaba que nadie me las viera, tapándolas siempre con un par de muñequeras o vendas.
Esa mañana salí hasta el buzón, en frente de casa, a recoger las pocas cartas. Desde que Yunho se había ido, mirar cada carta con lupa y encargarme yo y solo yo de recogerlas se había convertido en una pequeña esperanza. Observaba todas las cartas por detrás y por delante una todos los días y las abría. Solo había facturas y poco más y yo bufaba, exasperado, triste porque seguía sin tener noticias de Yunho.
Ese día bajé a por las cartas por inercia, sabiendo de antemano que ni ahora ni nunca recibiría una carta de Yunho dándome explicaciones. Dejé que el aire frío me agitara el pelo con suavidad mientras abría el buzón. Quedé sorprendido. Había muchas cartas. Las saqué y siendo consciente de que mi madre me estaba observando desde la ventana del piso de arriba, le di la espalda, observándolas una a una sin mucho interés. Facturas, facturas, propaganda, factura, propaganda, factura, factura, Jaejoong, factura, factura… un momento… le di la vuelta a las cartas y empecé a buscar otra vez.
Para Jaejoong.
Una carta para mí, ¿De quién? Estaba impresionado. No tenía remitente ni tampoco destinatario. Sólo ponía mi nombre en uno de los laterales, escrito a mano con una caligrafía espantosa. Alguien la habría dejado en el buzón por su propia mano, adrede.
No me detuve a analizar más la situación y la abrí enseguida, un poco alterado. Rogué que fuera una carta escrita por el ser que no debía amar, pero una vez más… me llevé un chasco. Un chasco potente y desgarrador.
Con letras recortadas de trocitos de revistas y periódicos, pegadas en el papel, se podía leer:
Te estamos vigilando. Abre la boca y tu secreto dejará de ser un secreto.
Habían sido los ex amigos de Derek, por supuesto. Hice la carta jirones y me los metí en el bolsillo disimuladamente para que mi madre no se diera cuenta de ello desde la ventana. Luego, me di la vuelta y con el resto de cartas en mano, entré en casa.
Claro, como no. La cosa no acabó ahí.
De un día para otro me empezaron a llegar cientos de mensajes al móvil. Los diez primeros los leí. Los demás, no. Todos decían lo mismo. Todos me insultaban, todos me llamaban pervertido. Y la mayoría eran de personas con las que apenas había tenido contacto en la universidad. Hubo un momento en el que tuve que apagar el móvil con cientos de mensajes sin leer, sin espacio ya en la memoria del teléfono.
Cinco cartas diarias como mínimo, con dibujos groseros, cualquier guarrada escrita en el papel, cualquier garabato, siempre insultante o amenazante. Yo cogía los sobres sin que mi madre se diera cuenta. Siempre era yo el que bajaba a por las cartas y quien las hacía jirones. Llegó un momento en el que apenas me cogían papelitos rotos en los bolsillos del abrigo.
-¡Jae, cariño! - mi madre me llamó desde la planta baja, desde la puerta de la entradita. - ¡Han venido a verte!
-¡No quiero ver a nadie!
-¡Pero cielo…!
-¡He dicho que no quiero ver a nadie! ¡Que se largue! ¡Diles que se vayan al infierno, que me dejen en paz de una vez, que les follen! - me imaginé a mi madre ruborizándose por mis palabras delante de esas personas que habían venido a verme, avergonzada por mi radical comportamiento. Me dio igual.
-Dice que…
-Ya lo he oído. ¿Podría darle esto de mi parte?
-Oh, muy amable. - oí que decían abajo. Me destapé la cabeza, sacándola de entre las mantas sobre las que estaba acurrucado en el suelo y arrastrándolas, caminé hasta la ventana, cerrada y con las cortinas echadas para ocultarme de la luz del día. La abrí un poco para ver a través de ella. La luz me dio en los ojos y me cegó momentáneamente y cuando pude ver mejor, observé la calle. Una única persona estaba en ella, con la cabeza alzada, mirando hacia mi ventana como si precisamente hubiera estado esperando que saliera a echar un vistazo justo en ese momento. Cruzamos miradas.
Derek…
Suspiré. Él sonrió, tierno y dulce, como no lo había visto ni siquiera la noche en la que nos acostamos por primera vez. Cerré la ventana de golpe y volví a echar la cortina.
El corazón se me había acelerado al verle.
-Jae, mira lo que han traído para ti. - mi madre abrió la puerta de golpe, sin llamar ni siquiera. Le lancé una mirada funesta y cansada.
-Llama a la puerta antes de entrar. - ella ignoró mi comentario y se acercó, sonriente, con una carta en la mano.
-Creo que era el chico que…
-¡No puede ser! ¿Me vas a decir que era Derek, el tío con el que salgo, mi novio? Pensaba que estabas en contra de eso. - mamá bajó la cabeza, un poco más seria.
-Bueno… tal vez estaba equivocada.
-Ah, ahora lo estás. Después de verme con las venas cortadas. Fantástico. - cogí la carta, quitándosela de las manos y notando el tacto suave del papel frotándose contra mis dedos, me entraron arcadas. Habían sido tantas las cartas que había tenido que tirar porque estaban llenas de frases y dibujos que dolían tanto… tantas cartas… No soportaría que la carta de Derek expresara exactamente lo mismo que todas ellas, odio, repugnancia, burla…
No pensé ni siquiera en sí me arrepentiría tarde o temprano. Rompí la carta en dos y luego en cuatro trozos, en ocho…
-Jaejoong… - mi madre observó como destrozaba la carta con la cara encogida de lástima.
-Déjame y sal de mi cuarto.
-Pero cariño…
-¿No me has oído? ¡Qué te vayas! ¡Qué me dejes en paz, qué me olvides, haz como si no existiera y piérdete!
-Intento ayudarte, Jaejoong. Soy tu madre, déjame ayudarte… - ¿Ayudarme? ¿Acaso me lo merecía? ¿No era equiparable a un pederasta, a un violador? Que nadie me ayudara era lo mejor que podía pasarme, encerrarme en mi cuarto y no salir de ahí ni para comer, esperar a que el tiempo pasara, echando toda mi vida a perder. No quería la ayuda de nadie.
Era tan horrible que no me la merecía…
Recuerdo que pensando en eso, empecé a llorar de frustración. ¿Cuándo acabaría todo para mí, para el enfermo de Jaejoong?
-Voy a llamar al psiquiatra otra vez… - no la dejé terminar. Me di la vuelta, cogí a mi madre por la espalda y empecé a empujarla fuera de mi cuarto con brusquedad, tan brusco que casi la tiro al suelo para hacerla traspasar el umbral de la puerta entre quejidos.
-¡Déjame tranquilo! - y le cerré la puerta en las narices.
Cuanto… cuanto… ¡Cuánto echaba de menos a mi madre ahora que no la tenía al lado! Cómo la había odiado cuando había estado todo el día pendiente de mí y cómo la extrañaba en esos momentos. ¡Qué cabrón desagradecido había sido con ella!
-¡Ah! - grité, encogiéndome un poco. Miré mi brazo, molesto. Por arrascarme con tanta fuerza me había arrancado la costra de cuajo y me había hecho unos arañazos horizontales que me atravesaban el resto de heridas aún marcadas del otro día. La herida se abrió aún más sin la costra… la sangre empezó a correr por mi brazo.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo despacio que pasaba el tiempo en Busan y lo rápido que transcurría cuando observaba la sangre gotear por mi piel. Rápido e indoloro. Un peso que caía al suelo, saltando desde mis hombros más que doloridos. Un peso menos. Tranquilidad, silencio. Solo gotitas de sangre hipnotizándome.
Pestañeé y sacudí la cabeza, aletargado. Me miré otra vez en el espejo, intentando auto castigarme obligándome a observar mi cuerpo delgaducho hecho polvo, intentando recordar lo patético que era y restregármelo un poco más.
Pero mis ojos se desviaron inconscientes hacia mi brazo herido.
Aturdido por el color de la sangre, estiré el brazo hasta el lavamanos, abriendo el grifo y hundiéndolo bajo el mismo, limpiando la herida, haciendo desaparecer la sangre al instante. Suspiré, observando las últimas partículas de sangre perderse entre las gotas de agua. Saqué el brazo y lo observé en silencio, ahora con unos simples rasguños superficiales.
Por alguna razón sentí de nuevo el picor excesivo apoderarse de mi piel, exigiendo atención, exigiendo que mis uñas intentaran acabar con la molestia de nuevo, rascarme con fuerza para intentar hacer desaparecer esa molesta irritación, pero supe que de poco serviría. El picor volvería.
Busqué por el mueble del baño alguna crema hidratante o polvos de talco, algo que me calmara el picor y revolviendo entre los estantes, solo encontré vendas, alcohol, agua oxigenada, algún desinfectante más y… cuchillas de afeitar. Cogí una, la miré con atención. Me vino a la cabeza aquello que podría hacer con ella, como un halo de luz, aquello que me calmaría el picor con suma facilidad, simple y rápido, certero. Aquello que haría pasar el tiempo más deprisa y que además, haría justicia, porque… claro…
Yo era el malo y si nadie me castigaba, tendría que hacerlo yo mismo.
Fue rápido y aunque doloroso, agradable. Deslicé la cuchilla hacia la mitad del brazo, al principio con suavidad, con un poco de miedo, luego… la hundí con todas mis ganas, pensando en Yunho. La vida a él no le había tratado con delicadeza ni suavidad, ¿Por qué debería hacerlo yo conmigo mismo? Me lo merecía, cuanto más fuerte y profunda mejor. Más fuerte y más profunda…
-¡Aaahrggg…! - suficiente. Dos tajos al principio finos y rojizos se abrieron en mi piel. Aparté la cuchilla y la dejé caer al suelo, observando las heridas con fijeza. En cuanto apreté un poco el brazo, la sangre empezó a salir. Sentí alivio al ver la sangre emanar a borbotones cuando no debería sentir nada más que dolor. Curioso ¿no?
Quizás… quizás sí que estaba enfermo.
¡Pum! Pegué un bote, sobresaltado. La puerta de la calle acababa de abrirse de un portazo. Scotty empezó a ladrar como un condenado y en lugar de intentar oí más para averiguar quién había entrado, me descubrí recogiendo la cuchilla a toda prisa, limpiándola bajo el agua fría del grifo con el corazón acelerado, escondiendo todo en el mueble, otra vez. Oí portazos por todas partes, abriendo puertas y cerrándolas por todo el piso. Quien había entrado buscaba algo… o a alguien. Clavé la mirada en mi ropa sobre el inodoro y corrí a por ella, pero justo en ese momento, sentí una punzada en el brazo. ¡La sangre seguían saliendo sin parar!
-¡Mierda! - cogí la ropa, apretándola contra mi cuerpo desnudo mientras iba de nuevo al mueble, lo abría y cogía el alcohol y las vendas cuando… ¡Pum!
La puerta del baño se abrió de golpe. Me giré rápidamente, apretando aún con más fuerza la ropa contra mi cuerpo.
-¡Yunho!
-¿Qué coño…? - los dos nos miramos con los ojos muy abiertos. Sus ojos almendrados chocaron con los míos, brillantes, repletos de cálida sorpresa. Tragué saliva.
Pillado por mi Amo... o el que solía serlo .... Duele, ya no soy su muñeco... ya no tengo por que importarle; Tal ves mas profunda, mas dañina... Habría sido mejor.
