-Max… ¿Lo entiendes? - le pregunté
después de un rato de intenso silencio entre los dos. Max se quedó callado,
mirándome fijamente con la mano puesta en la pierna rota, rascando la escayola
con las uñas con un gesto nervioso.
Estúpido. Claro que no lo entiende. No
sabe nada. Absolutamente nada… y mejor que siga sin saber nada.
-En realidad no, Yunho. No entiendo
nada y supongo que si te lo vuelvo a preguntar, tú no me contestarás, como
siempre. - tenía razón y me percaté de su tono ofendido por el simple hecho de
que me negara a confesarle algo semejante. - Pero aún así… - observé como Max
se desplomaba sobre el colchón, agotado. Normal. Ya era un martirio tener que
subir las escaleras de esos bloques con las dos piernas en buen estado, además,
no sabía cómo lo había conseguido, pero era un milagro que nadie le hubiera
puesto la mano encima en su estado. - Pero aún así creo que estoy algo… feliz.
Tú no confías en nadie, no le cuentas tus problemas absolutamente a nadie y a
mí… a mí me has contado aunque solo sea un poco. Conmigo al menos lo has
intentado. Creo… que puedo considerarme aunque sea… solo “algo” especial por
ello.
-¿Algo especial? Y… ¿Ya está? ¿Sólo
porque te haya dicho que mi madre es tan puta como la tuya ya eres feliz?
-Soy un poco feliz. Mejor poco que nada
¿no? Al menos ya es algo… - le observé en silencio, incrédulo. Desde que me
confesó directamente que me quería, cosa que yo dudaba seriamente, su actitud
empezaba a desconcertarme.
-¿Sabes una cosa?
-¿Hum?
-A veces dices unas cosas que me
recuerdan horrores a Jaejoong.
-¿Y eso es bueno o malo?
-Malo, Max, muy malo. - él
resopló.
-Entonces supongo que tendré que tener
cuidado con lo que digo a partir de ahora.
-Max… sabes que has estado a punto de
morir por mi culpa ¿verdad? - Max no parecía darle mucha importancia al asunto
desde esa posición y lo cierto es que a mi tampoco me importaba mucho. Cruel
¿no? Lo sabía… pero aún así, seguía sin importarme demasiado.
Lo extraño era que él no se quejara lo
más mínimo y ni siquiera preguntara por ello.
-Bueno… al menos me llevaste al
hospital.
-¿Y eso también te hizo feliz? - no
pude evitar sentirme algo divertido por lo simple que era.
-Un poquito. No podía alegrarme por
salvarte del suicidio después de todo.
-Max, eres de lo más simple.
-Me conformo con poco, no como tú. -
sonreí y me eché sobre el colchón, a su lado. Los dos clavamos la mirada en el
techo, en silencio, durante un buen rato. Por primera vez en bastante tiempo,
sentí comodidad absoluta. Me sentí como en casa, como en una auténtica casa,
esta vez, verdadera y a causa de ello, cerré los ojos, alagado. Quizás me
quedara incluso dormido, pues cuando desperté de mi letargo, ya se había hecho
de noche y era las tantas de la madrugada.
A diferencia de mí, Max no se había
quedado frito. Tenía un libro en la mano, pero no lo leía. Me observaba a mí,
con fijeza, con fascinación.
Sus ojos me recordaron a los míos, a
los que había adquirido hacía meses observando a mi Muñeco, en una cama de
sábanas azules.
-¿Deberías irte, Yunho? Puedes quedarte
a dormir conmigo o ha hacer lo que quieras. No me importa. Sé que no utilizas
la noche para dormir precisamente y aunque me gustaría ir contigo por ahí con
los demás, me va a costar trabajo. - me señaló su escayola y yo asentí,
comprendiendo.
Fijándome bien, me di cuenta de que
tenía varias pintadas dibujadas en ella. Un “Que te mejores, marica” “Te
esperamos en la calle, ¡Ten cuidado, no dejes que te roben la escayola!” varios
dibujos obscenos de culos y pollas y algo escrito en hebreo, seguramente por
Black.
-Te han visitado.
-Sí. - Max sonrió, orgulloso de ello. -
lo de marica y los dibujitos de culos y pollas son de Ricky. Lo de te esperamos
en la calle es de Kan y el hebreo, que significa, cuídate mucho, es de Black.
¡Ah! También vino Hyun, pero no escribió nada y vino solo. Ya sabes, no le
gusta mostrarse demasiado sentimental en estos casos.
-¿Y cómo te acuerdas de todos? ¿No
estabas amnésico? - Max se puso tan tenso como un palo, rígido. Su cara se
tornó tan ruborizada que me recordó a un farolillo de feria.
-Es que… bueno… no es que estuviera
amnésico es que… no quería tener que… hablar contigo. - confesó.
-Comprendo, te hiciste el tonto porque
no querías que me acercara más de la cuenta ¿no? - al contrario de lo que él
parecía suponer, a mí me hizo gracia. - No pensaba matarte ni echarte la bronca
por haberme salvado, pedazo de animal.
-Ya, pero… necesitaba pensar sin
presiones y…
-Sí, ya. Todos te han firmado, ¿Yo no
puedo? Yo también quiero firmarte, ¿puedo o no?
-¡Ah, sí, sí! Tiene que haber un
rotulador por alguna parte. - empezó a rebuscar por entre tantos libros,
revistas y papeles, sin moverse del colchón. Me pregunté por qué se quedaba tan
embelesado mirándome, analizando cada una de mis palabras como si en la vida
las hubiera esperado.
Pensé que quizás, el problema era que
Max había notado algo. Sabía que alguien me había afectado en Seul, de eso
estaba seguro. Pero ¿Cuánto se imaginaba que me había afectado? Quizás…
¿Hubiera apreciado mi cambio de actitud en las últimas semanas? ¿Habría notado
el cambio y los intentos tan desesperados que hacía para volver a ser yo, el
mismo de siempre?
-¡Aquí está! - encontró por fin un rotulador
negro debajo de un montón de papeles y me lo tendió, sonriente, alzando con
dificultad la pierna un poco. - Creo que aún escribe. Pruébalo. - le arrebaté
el rotulador de las manos y le cogí la pierna, apoyándola en mi regazo con
cuidado. Pensé en qué escribirle, en algo que no sonara ni demasiado cursi ni
demasiado frío. Algo típico del jefe y…
-Max… - lo llamé. - ¿Tú por qué crees
que estamos aquí? - él me miró sin entender. Lo cierto es que ni yo mismo
comprendía a qué venía esa pregunta que me había hecho tantas veces desde mi
vuelta a Busan, y lo odiaba. Odiaba que nadie me diera una respuesta. La
necesitaba.
-¿Cómo que por qué?
-Yo… creo que estamos en esta mierda de
ciudad porque nos lo merecemos.
-Ah, eso… - Max se encogió en el
colchón, visiblemente incómodo. Era la clase de pregunta filosófica que
seguramente le recordaría al cabronazo de su padre.
-Estamos desterrados, Max. Tú y yo, y
todos los demás, somos la escoria de la sociedad, del mundo. Nadie nos quiere
cerca ¿Sabes por qué? - Max no dijo nada, no se inmutó. Parecía resignado a
ello, a su destino, igual que yo, igual que todos los que habíamos crecido
entre el olor de la basura y el frío de las noches de invierno de Corea. Un
triste destino, sin duda. Pero… quizás merecido. - Estamos aquí porque somos
villanos, Max. Porque nacimos siendo villanos o, quizás, nacimos de padres que
eran villanos. Somos seleccionados precisamente para eso, para hacer daño. En
el mundo alguien debe ser el malo para que otros puedan ser los buenos. Para
que puedan volver a sus acomodadas casas con sus cariñosas y preocupadas
familias creyéndose víctimas de la injusticia del mundo. A nosotros nos ha
tocado hacer el papel de villanos, así que tenemos que hacerlo lo mejor
posible, aunque… - apreté el rotulador con fuerza entre los dedos de mi mano,
rozándolo con la escayola. - Aunque tú no eres un villano, Max. Eres cualquier
cosa menos eso. Tú podrías llegar lejos, podrías salir de aquí, podrías irte de
esta pocilga muy lejos, empezar de cero, alquilar una casa con varias personas,
estudiar una carrera, trabajar, encontrar un novio o algo así y… salir de aquí…
tú podrías hacerlo, Max. Al menos tú podrías…
-Yunho… - me cortó, sonriendo y negando
con la cabeza lentamente. - Mientras tú seas un villano, para mí estará bien
serlo. - era la sonrisa más verdadera que había visto en mi vida. La más bonita
y fascinante, la más pura… después de la de Jaejoong.
-Max…
-¡Está bien, Yunho! Todo está bien para
mí si tú estás conmigo.
-Max… eres el colega más fiel que
tengo. - se encogió de hombros, como si eso no fuera nada especial. Y podía
asegurar que sí. Lo era.
Por fin me decidí y escribí con letras
grandes y claras sobre la escayola de mi amigo.
-Bueno, ya está. - firmé y le solté la
pierna, cerrando el rotulador con el capuchón y dejándolo caer sobre un manga
llamado Death Note. Me levanté del colchón, desperezándome, estirando piernas y
brazos.
-¿Ya te vas? - preguntó, antes incluso
de ver lo que había apuntado en la escayola.
-Sí. Voy a patrullar el Floy ésta noche
con los demás.
-Ten cuidado. - puse los ojos en
blanco, riéndome.
-Max, no seas idiota. ¿Qué me puede
pasar, a mí? - Max hizo una mueca con la boca, desconforme pero aún así, no
rechistó. Total, ¿Qué podría hacer él para impedírmelo? - Bueno, me voy. -
guardé las manos en los bolsillos de mi sudadera y anduve hasta la puerta,
abriéndola dispuesto a salir.
-¡Adiós, Yunho! - me gritó Max
justamente antes de salir. Pude ver segundos antes de cerrar la puerta cómo
dirigía la mirada a la escayola, leía lo que le había escrito y abría los ojos
como platos, totalmente boquiabierto.
Cerré la puerta de su cuarto. Lidy
estaba sentada en el sofá, encogida sobre sí misma, con el ojo tan inflamado
que apenas se le veía. No podía ni abrirlo.
Pasé por su lado en dirección a la
salida que daba fuera.
-Tócale un pelo a tu hijo, un solo
pelo… y te mato, Lidy. - le advertí. Ella no se movió.
Salí de allí viendo las cosas desde
otra perspectiva. No tenía esperanzas. No tenía sueños. No tenía sentimientos.
Había vuelto a ser el Yunho de siempre,
sin miedo a nada simplemente porque no tenía nada que perder. Porque ya estaba
muerto. Ya era un apestoso cadáver que no necesitaba aliento para caminar. Solo
había cambiado en una cosa… Sentía más odio que nunca.
Pero por lo menos… ahora… tenía un
nuevo Muñeco.
A partir de hoy, yo soy tu villano y
tú, eres mi nuevo Muñeco, Max.
Cuídate esa pierna.
De tu Capitán, Yunho.
By Jaejoong.
-No tenías por qué hacerlo,
Derek.
-Quería hacerlo. ¿No es eso suficiente?
-¡Por favor, Derk! Como si no supiera
que me estás siguiendo para intentar detenerme. Si tanto deseas que me quede,
llama a la policía para que me detenga. - eran las seis de la mañana. Dentro de
poco empezaría a amanecer. Hacía más de media hora que había salido de la
piscina, después de tener una sesión intensiva de sexo brusco con Derk. Habían
sido tres veces exhaustivas, con un periodo de descanso de tres cuartos de hora
para recuperar el aliento. Cada vez que terminábamos una vez, yo intentaba
escapar, pero Derek siempre acababa liándome y nos poníamos a hablar de
cualquier cosa, sobretodo del pasado. Derk intentaba ignorar las últimas tres
semanas desde que yo me corté las venas, intentaba no hablar del tema, no
preguntar, como si no le interesara lo más mínimo. Aunque sabía que estaba
muerto de curiosidad.
Hablábamos entre jadeos y suspiros,
besándonos y acariciándonos en la orilla de la piscina. Esperaba sinceramente
que no hubieran cámaras de vigilancia conectadas, porque desde luego, fueran
quienes fueran los que controlaban las grabaciones, tendrían un bonita
sorpresa.
Cuando por fin, a la segunda vez, pensé
que me podría escapar de Derek, me pilló en los vestuarios, intentando vestirme
para irme, después de darme una ducha de agua congelada. Me pilló en la ducha y
por suerte o por desgracia, no pude escapar de él hasta… el final.
He de reconocer que fue fantástico
sentirme deseado de nuevo, aunque no fuera por Yunho. Después de los serios
trastornos alimenticios que habían hecho mella en mí tras el intento de
suicidio, mi autoestima había caído en picado, más baja aún de lo que ya
estaba. Había sido medio bulímico, medio anoréxico o una mezcla extraña de las
dos. No comía nada durante el día y por la noche, me levantaba a las tantas,
atracaba el frigorífico, comiendo cualquier cosa con el ansia propia de los
cerdos y, media hora más tarde, después del banquete, lo vomitaba todo, sin
necesidad de provocarme el vomito. Era como si mi cuerpo lo rechazara de forma
natural. Como si rechazara la vida. Seguía ocurriendo y, sabía que era un
problema que debería superar solo, como tantos otros.
Por eso, había acabado llegando a la
parada del autobús más cercana, a las seis de la mañana, seguido de cerca por
Derek, cargando con una maleta, una mochila y con mi perro siguiéndome
obedientemente por la calle, echándole de vez en cuando miradas de molestia a
Derek, cinco metros más allá, gruñéndole cada vez que intentaba acercarse más
de la cuenta.
Llegamos a la parada. Yo me detuve y
Scotty se sentó en el suelo a mi lado, alzando el hocico y mirándome con
atención. Quizás intentaba adivinar cuales eran mis intenciones.
Derek se detuvo unos metros más allá,
observándome en silencio. Apenas se veía de él algo más que una figura oscura
entre tanta oscuridad y con ese cuerpo bastante más grande que la última que lo
vi, si me lo hubiera encontrado en un callejón oscuro, hubiera echado a correr,
seguro.
-El autobús estará al caer. ¿No vas a
intentar detenerme una vez más? - le pregunté.
-Podría dejarte inmóvil en el suelo si
quisiera, hacerte una llave de judo y dejarte inconsciente, cogerte en brazos,
cargarte al hombro y echar a andar a casa tan tranquilo y tú, no podrías hacer
nada para impedirlo. Pero no voy ha hacerlo.
-¿Ah, no? - su sinceridad me dejaba
anonadado. Era tan sincero que a veces, daba miedo hacerle una pregunta por
temor a su respuesta. Su frialdad en esos términos era completamente igual a la
de Yunho. Me pregunto, ¿Me gustará tanto Derek por eso?
-Eso te haría infeliz, ¿verdad? -
preferí no contestar a esa pregunta trampa. Derek no era estúpido, aunque no
hubiera mencionado palabra de lo sucedido en las tres última semanas. Suspiró,
resignado, como prueba de ello. - Cuando era pequeño, pasaba mucho tiempo solo
en casa. Mi padre nunca estaba. Mi madre tampoco es que me prestara mucha
atención. Pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela y las dos chicas que
limpiaban la casa y hacían la comida. Siempre esperaba impaciente el día de las
vacaciones de invierno, cuando los dos volvían a casa y pasábamos juntos la
Navidad. Pero en la Navidad del 2000, no pudieron venir y me quedé solo en
casa. - observé en silencio el flujo de nostalgia que invadió a Derk al
recordar esos días que me parecían tan lejanos. Por supuesto, porque yo no los
había vivido. Sentí la importancia de la narración, la importancia de esos
recuerdos para Derek y me obligué a escuchar atentamente, sin saber por qué,
con el corazón en un puño y los nervios a flor de piel. A esas alturas, ya era
imposible negar lo evidente. Derek me gustaba mucho y a consecuencia de ello,
me importaba todo lo referente a él. Sino fuera porque estaba tan enamorado de
Yunho, no hubiera dudado ni un momento en aceptar su petición. Ser su novio, su
Muñeco. Derek era impresionante. - Estaba triste, aunque no recuerde bien lo
que sentía por entonces. Mi abuela, para que no estuviera llorando en Navidad,
para que no estuviera solo nunca más, me compró un pájaro precioso, con todas
las plumas repletas de colores.
-¿Un pájaro?
-Sí, un pájaro. Encerrado en una jaula
enorme jaula dorada. Era exótico y no aguantaba las bajas temperaturas de Corea
en invierno, así que todos los días tenía que graduar la temperatura de la sala
dónde se encontraba, de la jaula, para que no muriera de frío. Le llamé
Goku.
-¿Go-Goku? - un nombre un poco extraño
para un pájaro, ¿no?
Derek sonrió.
-Por aquel entonces mi serie favorita
era Dragon Ball y no me perdía ni un episodio. Además, el pájaro tenía las
plumas de la cabeza erizadas y me recordaba a Son Goku. De todas formas, no
duró mucho. - supuse que lo tendría superado o que quizás, aquel pájaro no
significara tanto para él como daba a entender, ya que su inexpresividad no
menguaba en absoluto.
-Oh, ¿Murió?
-No. Lo solté en primavera. Lo dejé
escapar.
-¿Por qué? ¿No te gustaba? - Derek
sacudió la cabeza, encogiéndose de hombros, sin darle la menos
importancia.
-Lo adoraba. Me lo llevaba metido en la
jaula a todas partes, una vez incluso intenté llevarlo a la escuela, pero no me
dejaron entrar con él. Teniéndolo cerca, no me sentía solo pero… Goku odiaba
estar encerrado, siendo siempre observado. Picoteaba la jaula con el pico hasta
hacerse daño. Tuve que llevarlo varias veces al veterinario por torcerse el
pico. De repente, cogió la costumbre de posarse sobre el palo dónde dormía, al
lado de la ventana cerrada, y de allí no se movía en todo el día. Mi abuela
pensaba que estaba enfermo, pero yo sabía que lo que le pasaba es que estaba
triste. Así que un día, en primavera, abrí las ventanas, cerré las puertas y
abrí la jaula. Al principio Goku no se atrevía a salir, pero cuando alcé el
brazo, voló hasta él, saliendo de la jaula. Yo no le había enseñado ha hacer
eso, pero lo hizo, posándose sobre mi hombro. Lo llevé hasta la ventana abierta
y entonces, salió volando. Lejos… y no lo volví a ver. Fue la decisión más dura
que tomé en su día. Renunciar a mi felicidad para darle la oportunidad de ser
libre a alguien que me importa mucho. Como estoy a punto de hacer ahora.
Mi primera reacción fue echarme a
temblar, pero no por miedo o por frío, si no por lástima, impotencia o rabia.
Siempre había juzgado a Derek como un aprovechado que se acabaría convirtiendo
en un criminal sin futuro. Nunca le había mirado más de dos veces. Había
suspirado con alivio cuando no venía a clase o cuando sencillamente, no me lo
encontraba por el pasillo de la escuela. Nunca me había preguntado por
qué.
¿Por qué me acosas así, Derk? ¿Por qué
me haces esto? ¿Por qué me pegas? ¿Por qué me gritas? ¿Por qué me humillas?
¿Por qué quieres mi carne desmembrada, siendo pasto de tus garras? ¿Por qué me
tratas así, Derk?
Y de repente, sentía vergüenza de mí
mismo, por hipócrita. Por ciego. Por no prestar la atención necesaria a alguien
que necesitaba mi ayuda porque, aunque Derek me hubiera propinado algunos de
los peores momentos de mi vida, nunca había dejado de observarme, de
protegerme, a escondidas. Y yo ni siquiera había reparado en su soledad.
-Derek… - Scotty me ladró. Era difícil
creer que un perro pudiera ser tan posesivo con su dueño, como si lo
considerara parte de su territorio, tan posesivo que amenazaba con clavarle una
buena dentellada a todo aquel al que se acercara a su amo. Por eso, a veces
pensaba que, como segundo dueño, como el hijo de la perra de Yunho, se parecía
un poco al mismo Yunho. Tan celoso y posesivo como él, sobre mí. Algunas veces
eso me reconfortaba, otras, me ponía de los nervios, pero aún así lo que era
seguro era que tener a Scotty como mascota, era uno de mis escasos
pilares.
Cuando dejé las maletas y la mochila en
el suelo y corrí hacia Derek, Scotty se revolvió furioso, ladrando y gruñendo a
diestro y siniestro, pero a distancia, como si de alguna manera supiera que
debía respetar mis acciones.
Abracé a Derek con fuerza, rodeándole
el cuello con los brazos y apoyando la cabeza en su hombro firme. Él me
correspondió al instante, apretando mi cuerpo contra el suyo sin ningún tipo de
delicadeza, oprimiendo mi cintura con sus fuertes manos.
-Derek, eres sincero, dulce y atento.
Siempre estás pendiente de mí aunque yo no haga nada que merezca tu atención.
Te la has jugado por mí y… no me lo merezco. - percibí su aliento gélido
besando mi mejilla, arrullando mi oído con sutileza.
-Creo que los dos hemos hecho cosas con
la intención de hacernos daño mutuamente. No me debes nada, Jae. Y mereces toda
la atención que yo pueda ofrecerte. Mereces tener mi vida en tus manos y, por
eso, no voy a detenerte esta noche aunque… quiero acompañarte. - pidió. Y yo
deseé que lo hiciera, que me siguiera, para no dejarle solo o, quizás, para no
estar yo solo.
-Me encantaría, Derk. Me gustaría mucho
pero… no puede ser. Me voy de aquí precisamente para empezar de cero, para
aprender a depender de mí mismo y de nadie más, para ser yo mismo. Si vienes
conmigo dependeré de ti el resto de mi vida y eso es lo último que quiero. -
noté su pecho hincharse por medio de un suspiro, chocando contra el mío,
temeroso, preocupado.
-¿A dónde irás primero?
-A Gyeonggi.
-¿Y después? - no tenía ni idea, pero
si me quedaba en Gyeonggi no tardarían en encontrarme. Tenía que ser lejos, muy
lejos, que les resultara imposible localizarme.
-Lo mas lejos que pueda... ni yo
lo se. Aun que no saldré de Asia, eso creo...
-Ciudades grandes, para que sea difícil
encontrarte. Lo tenías todo planeado, ¿eh? - asentí. Lo cierto era que tenía
miedo. Estaba muerto de miedo y no quería irme, no quería… pero sabía que debía
hacerlo.
Las manos con las que rodeaba el cuello
de Derek me temblequeaban perceptiblemente y él lo notó.
Me dio un ligero toque en el hombro y
me apartó de él, clavando sus ojos rodeados de un aura de fiereza animal en los
míos. - Jaejoong, toma esto y guárdalo siempre contigo. - me tendió un aparato
pequeño que apenas ocupaba la palma de mi mano. Lo observé con curiosidad, sin
tener idea de lo que era hasta que Derk lo abrió fácilmente apretando un botón
diminuto y azulado. Era un móvil muy pequeño y apenas pesaba nada, azulado y
oscuro, con teclas plateadas. - Llévalo siempre encima ¿vale? - fruncí el ceño,
incapaz de fiarme del aparato.
-¿Por qué? ¿Tiene un GPS o un microchip
para poder localizarme?
-No. Es un móvil normal y corriente.
Tiene GPS pero mientras no lo actives, no podré saber dónde estás. Yo solo
quiero asegurarme de que estarás bien allá a dónde vayas y si alguna vez te
metes en un problema, solo tendrás que llamarme e iré por ti enseguida.
Estés dónde estés. - miré el móvil y tragué saliva. Un aparato tan pequeño y
con tantas cosas como daba a entender con solo mirarlo debía costar una
fortuna.
-Gracias, pero ya me has hecho
suficientes regalos, Derk. - Derek entrecerró los ojos, mostrándome la fiereza
que tantas veces había visto en el instituto, cuando yo había sido su objetivo,
su presa.
-O te lo llevas y me juras que me
llamarás si alguna vez te metes en algún problema o quieres volver, o te juro
que aunque tenga que dejarte inconsciente, secuestrarte y encerrarte en mi casa
con llave, no te vas. - hablaba en serio, así que no muy convencido, al menos
dispuesto a no ser un desagradecido, cogí el móvil y me lo guardé en el
bolsillo delantero del pantalón, dónde pudiera tenerlo vigilado y miré a Derek,
esperando su aprobación. Él asintió. Se le notaba preocupado, pero en lugar de
demostrarlo, inclinó su cabeza y chocó su frente con la mía. Cerré los ojos, totalmente
relajado con su aliento acariciándome los labios. - No te fíes de nadie, ¿vale?
De absolutamente nadie. Repítelo.
-No me fiaré de nadie. No me
confiaré.
-Nunca creas a alguien que te diga que
sabe la manera más rápida y eficaz de conseguir dinero. Repítelo.
-Nunca creeré a alguien que intente
convencerme de que sabe una manera de ganar dinero fácil.
-Nunca seguirás a un desconocido a
ninguna parte, te diga lo que te diga. Te asegure lo que te asegure. - sus
manos se amoldaron a la forma de mi cintura y trasero, estrujando ambos por
encima de la ropa. Jadeé. - … Repítelo.
-Nunca seguiré a un desconocido… diga
lo que diga. - lo más impresionante era que mi cuerpo encajara con el suyo a la
perfección, como las piezas de un puzzle desmontado, siendo construido desde
cero.
-Llamarás a Derek si ocurre algo, sea
lo que sea. Dilo.
-Sí… te llamaré.
-Y cuando vuelvas… me darás una
oportunidad. - en ese momento tuve auténticas ganas de llorar. Pobre
Derek…
-Sí. Te lo daré todo, Derek. Te lo juro.
Todo. - abrí los ojos empañados unos segundos, cerrándolos de nuevo cuando Derk
decidió compartir su aliento con el mío, besándome con una intensidad hasta
ahora desconocida para mí. No hubo lujuria, ni ansiedad, ni nada parecido. Fue
tan simple, tan sencillo, que todo lo demás sobraba.
Movió sus labios y los míos le
siguieron al instante el dulce juego de su boca y hubiéramos seguido así,
horas, probándonos, de no ser por las luces de los focos que iluminaron la
escena de manera molesta. Nos separamos enseguida, observando el autobús que
llegaba y se detenía en la parada con los ojos entrecerrados.
-Ah, me voy. - Derek asintió con la
cabeza enseguida. Me dio un pequeño empujón hacia delante, incitándome a
correr, coger la maleta y la mochila e ir directo a la puerta del bus, que se
abrió dándome vía libre. Observé a Derek una vez más, serio a un par de metros,
con los ojos brillando con la misma intensidad con la que me había besado una
última vez.
-Chico. - gruñó el conductor, llamando
toda mi atención. - ¿Vas a subir o no?
-Sí… - suspiré, y subí al fin. Le
enseñé mi billete de reserva, el cual había hecho una semana antes y el
conductor hizo un gesto de desagrado.
-¿Y eso qué? - miré hacia atrás, hacia
dónde me señalaba el gruñón. Scotty acababa de subir las escaleras, detrás de
mí. - No se permiten subir perros tan grandes a no ser que sea en una
jaula.
-¿Qué? Pero… - les eché una mirada
rápida al resto de pasajeros. Algunos llevaban animales, pero eran pequeños y
estaban o bien, fuertemente atados, o metidos en jaulas. - ¿No podría hacer la
vista gorda por esta vez? Mi perro es inofensivo, no muerde. - mentí. Derek y
Yunho eran testigos de que mordía, joder si mordía, pero por supuesto, no
pensaba decir eso.
-No. El chucho no puede entrar.
-Pero…
-¡Oye, chico, o subes solo o te quedas
en tierra con el perro de las narices! - odié a ese tío con toda mi alma. Miré
a mi pobrecito Scotty moviendo la cola, observándome en silencio. De repente,
dejó de moverla y se sacudió bruscamente. Miró al conductor y bajó la cola, con
el lomo un tanto erizado, enseñándole los dientes. Desde luego, mi Scotty era
listísimo. Pero eso no haría que el jodido conductor nos dejara subir a los
dos.
-Oiga, por favor… - le pedí, con toda
la amargura del mundo.
-¡He dicho que…! - de repente, un
estruendo y una pequeña sacudida en el bus provocó que todos los pasajeros que
dormían en ese momento tranquilamente en sus asientos, se despertaran,
sobresaltados. El conductor y yo dirigimos la mirada a las puertas abiertas,
siendo aplastadas por el cuerpo de Derek, con un aura realmente imponente
rodeándole.
-Oye, capullo. O sube el perro de las
narices… o subo yo y te parto los dientes. - al instante, el conductor se
encogió sobre su asiento. Pude ver el retroceso de gruñón inconformista, a
sumiso silencioso de inmediato. Se dio la vuelta y clavó los ojos en la
carretera, ignorándonos a ambos, dándonos vía libre a Scotty y a mí.
Suspiré, aliviado y sonreí de corazón a
Derek, que me devolvió la sonrisa con un asentimiento de cabeza. Deseé volver a
besarle, pero él por toda despedida, cerró los ojos y se apartó del bus, justo
unos segundos antes de que se cerraran las puertas.
Mejor así, nada de despedidas
amargas.
Scotty y yo nos colocamos al final del
bus. Subí la maleta a la repisa que tenía encima y me senté con la mochila en
el regazo. Scotty se subió solo al asiento de al lado y se sentó, mirando al
frente y en silencio, tranquilo. Le acaricié la cabeza y ni se inmutó. Estaba
hecho todo un perro guardián.
Observé a través de la ventana, antes
de que el autobús se pusiera en marcha y vi a Derek entre las sombras, con la
mirada clavada en mí, expresión seria.
Me hubiera gustado decirle algo,
profundo, que le hiciera regresar a casa con despreocupación, sabiendo que yo
estaría a salvo y que me las arreglaría bien, pero solo se me ocurrió murmurar:
“Gracias.”
Derek solo asintió y movió los labios
formando unas palabras que no olvidaría hasta mi vuelta.
¿Por qué Yunho nunca me había dedicado
unas palabras tan dulces como esas? Me hubiera conformado si solo las hubiera
dicho una vez, pero no. Nunca, jamás. Ahora me daba cuenta de por qué lo
nuestro nunca habría funcionado. Sus palabras nunca me habrían servido de nada,
porque serían tan falsas como los sentimientos de los cuales Yunho carecía por
completo.
El autobús arrancó y Derek y yo
acabamos perdiendo la visión del otro en la oscuridad de la noche. Me hubiera
gustado decirle tantas cosas, me hubiera encantado que me siguiera hasta el fin
del mundo, como al parecer, estaba dispuesto a hacer de verdad.
Sus sentimientos habían demostrado ser
los más puros y sinceros de entre todas las personas en las que había confiado
ciegamente.
Suspiré y negué fuertemente con la
cabeza.
El sol empezaba a alzarse. Un nuevo día
comenzaba. Y mi vida, empezaba de nuevo, desde cero, en ese mismo
instante.
¿Qué más podría pedir? Era libre. Derek
me había liberado y sus últimas palabras habían sido, “Te quiero.” No había más
vuelta de hoja porque, después de abrir los ojos tras superar las barreras de
la propia muerte, un nuevo Jaejoong nacía, y sin necesidad de depender de nadie
más.
Jaejoong había renacido y a partir de
entonces, viviría un futuro elegido por él, sin barreras. A partir de entonces,
tomaría sus propias decisiones y seguiría sus propios criterios.
A partir de entonces, yo, el nuevo
Jaejoong, sería feliz…
Pero la vida no es tan sencilla y
simple como un niño grande pueda imaginársela y, viviendo en las calles, lejos
de todo y completamente solo, el nuevo Jaejoong lo acabaría descubriendo por sí
mismo.
