miércoles, 24 de octubre de 2012

capítulo 34 [2]





-Max… ¿Lo entiendes? - le pregunté después de un rato de intenso silencio entre los dos. Max se quedó callado, mirándome fijamente con la mano puesta en la pierna rota, rascando la escayola con las uñas con un gesto nervioso. 
Estúpido. Claro que no lo entiende. No sabe nada. Absolutamente nada… y mejor que siga sin saber nada. 

-En realidad no, Yunho. No entiendo nada y supongo que si te lo vuelvo a preguntar, tú no me contestarás, como siempre. - tenía razón y me percaté de su tono ofendido por el simple hecho de que me negara a confesarle algo semejante. - Pero aún así… - observé como Max se desplomaba sobre el colchón, agotado. Normal. Ya era un martirio tener que subir las escaleras de esos bloques con las dos piernas en buen estado, además, no sabía cómo lo había conseguido, pero era un milagro que nadie le hubiera puesto la mano encima en su estado. - Pero aún así creo que estoy algo… feliz. Tú no confías en nadie, no le cuentas tus problemas absolutamente a nadie y a mí… a mí me has contado aunque solo sea un poco. Conmigo al menos lo has intentado. Creo… que puedo considerarme aunque sea… solo “algo” especial por ello. 

-¿Algo especial? Y… ¿Ya está? ¿Sólo porque te haya dicho que mi madre es tan puta como la tuya ya eres feliz? 

-Soy un poco feliz. Mejor poco que nada ¿no? Al menos ya es algo… - le observé en silencio, incrédulo. Desde que me confesó directamente que me quería, cosa que yo dudaba seriamente, su actitud empezaba a desconcertarme. 

-¿Sabes una cosa? 

-¿Hum? 

-A veces dices unas cosas que me recuerdan horrores a Jaejoong. 

-¿Y eso es bueno o malo?

-Malo, Max, muy malo. - él resopló. 

-Entonces supongo que tendré que tener cuidado con lo que digo a partir de ahora. 

-Max… sabes que has estado a punto de morir por mi culpa ¿verdad? - Max no parecía darle mucha importancia al asunto desde esa posición y lo cierto es que a mi tampoco me importaba mucho. Cruel ¿no? Lo sabía… pero aún así, seguía sin importarme demasiado. 
Lo extraño era que él no se quejara lo más mínimo y ni siquiera preguntara por ello. 

-Bueno… al menos me llevaste al hospital. 

-¿Y eso también te hizo feliz? - no pude evitar sentirme algo divertido por lo simple que era. 

-Un poquito. No podía alegrarme por salvarte del suicidio después de todo. 

-Max, eres de lo más simple. 

-Me conformo con poco, no como tú. - sonreí y me eché sobre el colchón, a su lado. Los dos clavamos la mirada en el techo, en silencio, durante un buen rato. Por primera vez en bastante tiempo, sentí comodidad absoluta. Me sentí como en casa, como en una auténtica casa, esta vez, verdadera y a causa de ello, cerré los ojos, alagado. Quizás me quedara incluso dormido, pues cuando desperté de mi letargo, ya se había hecho de noche y era las tantas de la madrugada. 
A diferencia de mí, Max no se había quedado frito. Tenía un libro en la mano, pero no lo leía. Me observaba a mí, con fijeza, con fascinación. 
Sus ojos me recordaron a los míos, a los que había adquirido hacía meses observando a mi Muñeco, en una cama de sábanas azules. 
-¿Deberías irte, Yunho? Puedes quedarte a dormir conmigo o ha hacer lo que quieras. No me importa. Sé que no utilizas la noche para dormir precisamente y aunque me gustaría ir contigo por ahí con los demás, me va a costar trabajo. - me señaló su escayola y yo asentí, comprendiendo. 
Fijándome bien, me di cuenta de que tenía varias pintadas dibujadas en ella. Un “Que te mejores, marica” “Te esperamos en la calle, ¡Ten cuidado, no dejes que te roben la escayola!” varios dibujos obscenos de culos y pollas y algo escrito en hebreo, seguramente por Black. 

-Te han visitado. 

-Sí. - Max sonrió, orgulloso de ello. - lo de marica y los dibujitos de culos y pollas son de Ricky. Lo de te esperamos en la calle es de Kan y el hebreo, que significa, cuídate mucho, es de Black. ¡Ah! También vino Hyun, pero no escribió nada y vino solo. Ya sabes, no le gusta mostrarse demasiado sentimental en estos casos. 

-¿Y cómo te acuerdas de todos? ¿No estabas amnésico? - Max se puso tan tenso como un palo, rígido. Su cara se tornó tan ruborizada que me recordó a un farolillo de feria. 

-Es que… bueno… no es que estuviera amnésico es que… no quería tener que… hablar contigo. - confesó.

-Comprendo, te hiciste el tonto porque no querías que me acercara más de la cuenta ¿no? - al contrario de lo que él parecía suponer, a mí me hizo gracia. - No pensaba matarte ni echarte la bronca por haberme salvado, pedazo de animal. 

-Ya, pero… necesitaba pensar sin presiones y… 

-Sí, ya. Todos te han firmado, ¿Yo no puedo? Yo también quiero firmarte, ¿puedo o no? 

-¡Ah, sí, sí! Tiene que haber un rotulador por alguna parte. - empezó a rebuscar por entre tantos libros, revistas y papeles, sin moverse del colchón. Me pregunté por qué se quedaba tan embelesado mirándome, analizando cada una de mis palabras como si en la vida las hubiera esperado. 
Pensé que quizás, el problema era que Max había notado algo. Sabía que alguien me había afectado en Seul, de eso estaba seguro. Pero ¿Cuánto se imaginaba que me había afectado? Quizás… ¿Hubiera apreciado mi cambio de actitud en las últimas semanas? ¿Habría notado el cambio y los intentos tan desesperados que hacía para volver a ser yo, el mismo de siempre? 
-¡Aquí está! - encontró por fin un rotulador negro debajo de un montón de papeles y me lo tendió, sonriente, alzando con dificultad la pierna un poco. - Creo que aún escribe. Pruébalo. - le arrebaté el rotulador de las manos y le cogí la pierna, apoyándola en mi regazo con cuidado. Pensé en qué escribirle, en algo que no sonara ni demasiado cursi ni demasiado frío. Algo típico del jefe y… 

-Max… - lo llamé. - ¿Tú por qué crees que estamos aquí? - él me miró sin entender. Lo cierto es que ni yo mismo comprendía a qué venía esa pregunta que me había hecho tantas veces desde mi vuelta a Busan, y lo odiaba. Odiaba que nadie me diera una respuesta. La necesitaba. 

-¿Cómo que por qué? 

-Yo… creo que estamos en esta mierda de ciudad porque nos lo merecemos. 

-Ah, eso… - Max se encogió en el colchón, visiblemente incómodo. Era la clase de pregunta filosófica que seguramente le recordaría al cabronazo de su padre. 

-Estamos desterrados, Max. Tú y yo, y todos los demás, somos la escoria de la sociedad, del mundo. Nadie nos quiere cerca ¿Sabes por qué? - Max no dijo nada, no se inmutó. Parecía resignado a ello, a su destino, igual que yo, igual que todos los que habíamos crecido entre el olor de la basura y el frío de las noches de invierno de Corea. Un triste destino, sin duda. Pero… quizás merecido. - Estamos aquí porque somos villanos, Max. Porque nacimos siendo villanos o, quizás, nacimos de padres que eran villanos. Somos seleccionados precisamente para eso, para hacer daño. En el mundo alguien debe ser el malo para que otros puedan ser los buenos. Para que puedan volver a sus acomodadas casas con sus cariñosas y preocupadas familias creyéndose víctimas de la injusticia del mundo. A nosotros nos ha tocado hacer el papel de villanos, así que tenemos que hacerlo lo mejor posible, aunque… - apreté el rotulador con fuerza entre los dedos de mi mano, rozándolo con la escayola. - Aunque tú no eres un villano, Max. Eres cualquier cosa menos eso. Tú podrías llegar lejos, podrías salir de aquí, podrías irte de esta pocilga muy lejos, empezar de cero, alquilar una casa con varias personas, estudiar una carrera, trabajar, encontrar un novio o algo así y… salir de aquí… tú podrías hacerlo, Max. Al menos tú podrías… 

-Yunho… - me cortó, sonriendo y negando con la cabeza lentamente. - Mientras tú seas un villano, para mí estará bien serlo. - era la sonrisa más verdadera que había visto en mi vida. La más bonita y fascinante, la más pura… después de la de Jaejoong. 

-Max… 

-¡Está bien, Yunho! Todo está bien para mí si tú estás conmigo. 

-Max… eres el colega más fiel que tengo. - se encogió de hombros, como si eso no fuera nada especial. Y podía asegurar que sí. Lo era. 
Por fin me decidí y escribí con letras grandes y claras sobre la escayola de mi amigo. 
-Bueno, ya está. - firmé y le solté la pierna, cerrando el rotulador con el capuchón y dejándolo caer sobre un manga llamado Death Note. Me levanté del colchón, desperezándome, estirando piernas y brazos. 

-¿Ya te vas? - preguntó, antes incluso de ver lo que había apuntado en la escayola. 

-Sí. Voy a patrullar el Floy ésta noche con los demás. 

-Ten cuidado. - puse los ojos en blanco, riéndome.

-Max, no seas idiota. ¿Qué me puede pasar, a mí? - Max hizo una mueca con la boca, desconforme pero aún así, no rechistó. Total, ¿Qué podría hacer él para impedírmelo? - Bueno, me voy. - guardé las manos en los bolsillos de mi sudadera y anduve hasta la puerta, abriéndola dispuesto a salir. 

-¡Adiós, Yunho! - me gritó Max justamente antes de salir. Pude ver segundos antes de cerrar la puerta cómo dirigía la mirada a la escayola, leía lo que le había escrito y abría los ojos como platos, totalmente boquiabierto. 
Cerré la puerta de su cuarto. Lidy estaba sentada en el sofá, encogida sobre sí misma, con el ojo tan inflamado que apenas se le veía. No podía ni abrirlo. 
Pasé por su lado en dirección a la salida que daba fuera. 

-Tócale un pelo a tu hijo, un solo pelo… y te mato, Lidy. - le advertí. Ella no se movió. 
Salí de allí viendo las cosas desde otra perspectiva. No tenía esperanzas. No tenía sueños. No tenía sentimientos.
Había vuelto a ser el Yunho de siempre, sin miedo a nada simplemente porque no tenía nada que perder. Porque ya estaba muerto. Ya era un apestoso cadáver que no necesitaba aliento para caminar. Solo había cambiado en una cosa… Sentía más odio que nunca.

Pero por lo menos… ahora… tenía un nuevo Muñeco. 
A partir de hoy, yo soy tu villano y tú, eres mi nuevo Muñeco, Max. 
Cuídate esa pierna. 
De tu Capitán, Yunho. 




By Jaejoong.


-No tenías por qué hacerlo, Derek. 

-Quería hacerlo. ¿No es eso suficiente? 

-¡Por favor, Derk! Como si no supiera que me estás siguiendo para intentar detenerme. Si tanto deseas que me quede, llama a la policía para que me detenga. - eran las seis de la mañana. Dentro de poco empezaría a amanecer. Hacía más de media hora que había salido de la piscina, después de tener una sesión intensiva de sexo brusco con Derk. Habían sido tres veces exhaustivas, con un periodo de descanso de tres cuartos de hora para recuperar el aliento. Cada vez que terminábamos una vez, yo intentaba escapar, pero Derek siempre acababa liándome y nos poníamos a hablar de cualquier cosa, sobretodo del pasado. Derk intentaba ignorar las últimas tres semanas desde que yo me corté las venas, intentaba no hablar del tema, no preguntar, como si no le interesara lo más mínimo. Aunque sabía que estaba muerto de curiosidad. 
Hablábamos entre jadeos y suspiros, besándonos y acariciándonos en la orilla de la piscina. Esperaba sinceramente que no hubieran cámaras de vigilancia conectadas, porque desde luego, fueran quienes fueran los que controlaban las grabaciones, tendrían un bonita sorpresa. 
Cuando por fin, a la segunda vez, pensé que me podría escapar de Derek, me pilló en los vestuarios, intentando vestirme para irme, después de darme una ducha de agua congelada. Me pilló en la ducha y por suerte o por desgracia, no pude escapar de él hasta… el final. 
He de reconocer que fue fantástico sentirme deseado de nuevo, aunque no fuera por Yunho. Después de los serios trastornos alimenticios que habían hecho mella en mí tras el intento de suicidio, mi autoestima había caído en picado, más baja aún de lo que ya estaba. Había sido medio bulímico, medio anoréxico o una mezcla extraña de las dos. No comía nada durante el día y por la noche, me levantaba a las tantas, atracaba el frigorífico, comiendo cualquier cosa con el ansia propia de los cerdos y, media hora más tarde, después del banquete, lo vomitaba todo, sin necesidad de provocarme el vomito. Era como si mi cuerpo lo rechazara de forma natural. Como si rechazara la vida. Seguía ocurriendo y, sabía que era un problema que debería superar solo, como tantos otros. 
Por eso, había acabado llegando a la parada del autobús más cercana, a las seis de la mañana, seguido de cerca por Derek, cargando con una maleta, una mochila y con mi perro siguiéndome obedientemente por la calle, echándole de vez en cuando miradas de molestia a Derek, cinco metros más allá, gruñéndole cada vez que intentaba acercarse más de la cuenta. 
Llegamos a la parada. Yo me detuve y Scotty se sentó en el suelo a mi lado, alzando el hocico y mirándome con atención. Quizás intentaba adivinar cuales eran mis intenciones. 
Derek se detuvo unos metros más allá, observándome en silencio. Apenas se veía de él algo más que una figura oscura entre tanta oscuridad y con ese cuerpo bastante más grande que la última que lo vi, si me lo hubiera encontrado en un callejón oscuro, hubiera echado a correr, seguro. 
-El autobús estará al caer. ¿No vas a intentar detenerme una vez más? - le pregunté.

-Podría dejarte inmóvil en el suelo si quisiera, hacerte una llave de judo y dejarte inconsciente, cogerte en brazos, cargarte al hombro y echar a andar a casa tan tranquilo y tú, no podrías hacer nada para impedirlo. Pero no voy ha hacerlo. 

-¿Ah, no? - su sinceridad me dejaba anonadado. Era tan sincero que a veces, daba miedo hacerle una pregunta por temor a su respuesta. Su frialdad en esos términos era completamente igual a la de Yunho. Me pregunto, ¿Me gustará tanto Derek por eso? 

-Eso te haría infeliz, ¿verdad? - preferí no contestar a esa pregunta trampa. Derek no era estúpido, aunque no hubiera mencionado palabra de lo sucedido en las tres última semanas. Suspiró, resignado, como prueba de ello. - Cuando era pequeño, pasaba mucho tiempo solo en casa. Mi padre nunca estaba. Mi madre tampoco es que me prestara mucha atención. Pasaba la mayor parte del tiempo con mi abuela y las dos chicas que limpiaban la casa y hacían la comida. Siempre esperaba impaciente el día de las vacaciones de invierno, cuando los dos volvían a casa y pasábamos juntos la Navidad. Pero en la Navidad del 2000, no pudieron venir y me quedé solo en casa. - observé en silencio el flujo de nostalgia que invadió a Derk al recordar esos días que me parecían tan lejanos. Por supuesto, porque yo no los había vivido. Sentí la importancia de la narración, la importancia de esos recuerdos para Derek y me obligué a escuchar atentamente, sin saber por qué, con el corazón en un puño y los nervios a flor de piel. A esas alturas, ya era imposible negar lo evidente. Derek me gustaba mucho y a consecuencia de ello, me importaba todo lo referente a él. Sino fuera porque estaba tan enamorado de Yunho, no hubiera dudado ni un momento en aceptar su petición. Ser su novio, su Muñeco. Derek era impresionante. - Estaba triste, aunque no recuerde bien lo que sentía por entonces. Mi abuela, para que no estuviera llorando en Navidad, para que no estuviera solo nunca más, me compró un pájaro precioso, con todas las plumas repletas de colores. 

-¿Un pájaro? 

-Sí, un pájaro. Encerrado en una jaula enorme jaula dorada. Era exótico y no aguantaba las bajas temperaturas de Corea en invierno, así que todos los días tenía que graduar la temperatura de la sala dónde se encontraba, de la jaula, para que no muriera de frío. Le llamé Goku. 

-¿Go-Goku? - un nombre un poco extraño para un pájaro, ¿no?
Derek sonrió. 

-Por aquel entonces mi serie favorita era Dragon Ball y no me perdía ni un episodio. Además, el pájaro tenía las plumas de la cabeza erizadas y me recordaba a Son Goku. De todas formas, no duró mucho. - supuse que lo tendría superado o que quizás, aquel pájaro no significara tanto para él como daba a entender, ya que su inexpresividad no menguaba en absoluto. 

-Oh, ¿Murió? 

-No. Lo solté en primavera. Lo dejé escapar. 

-¿Por qué? ¿No te gustaba? - Derek sacudió la cabeza, encogiéndose de hombros, sin darle la menos importancia. 

-Lo adoraba. Me lo llevaba metido en la jaula a todas partes, una vez incluso intenté llevarlo a la escuela, pero no me dejaron entrar con él. Teniéndolo cerca, no me sentía solo pero… Goku odiaba estar encerrado, siendo siempre observado. Picoteaba la jaula con el pico hasta hacerse daño. Tuve que llevarlo varias veces al veterinario por torcerse el pico. De repente, cogió la costumbre de posarse sobre el palo dónde dormía, al lado de la ventana cerrada, y de allí no se movía en todo el día. Mi abuela pensaba que estaba enfermo, pero yo sabía que lo que le pasaba es que estaba triste. Así que un día, en primavera, abrí las ventanas, cerré las puertas y abrí la jaula. Al principio Goku no se atrevía a salir, pero cuando alcé el brazo, voló hasta él, saliendo de la jaula. Yo no le había enseñado ha hacer eso, pero lo hizo, posándose sobre mi hombro. Lo llevé hasta la ventana abierta y entonces, salió volando. Lejos… y no lo volví a ver. Fue la decisión más dura que tomé en su día. Renunciar a mi felicidad para darle la oportunidad de ser libre a alguien que me importa mucho. Como estoy a punto de hacer ahora. 

Mi primera reacción fue echarme a temblar, pero no por miedo o por frío, si no por lástima, impotencia o rabia. Siempre había juzgado a Derek como un aprovechado que se acabaría convirtiendo en un criminal sin futuro. Nunca le había mirado más de dos veces. Había suspirado con alivio cuando no venía a clase o cuando sencillamente, no me lo encontraba por el pasillo de la escuela. Nunca me había preguntado por qué. 
¿Por qué me acosas así, Derk? ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me pegas? ¿Por qué me gritas? ¿Por qué me humillas? ¿Por qué quieres mi carne desmembrada, siendo pasto de tus garras? ¿Por qué me tratas así, Derk? 
Y de repente, sentía vergüenza de mí mismo, por hipócrita. Por ciego. Por no prestar la atención necesaria a alguien que necesitaba mi ayuda porque, aunque Derek me hubiera propinado algunos de los peores momentos de mi vida, nunca había dejado de observarme, de protegerme, a escondidas. Y yo ni siquiera había reparado en su soledad. 

-Derek… - Scotty me ladró. Era difícil creer que un perro pudiera ser tan posesivo con su dueño, como si lo considerara parte de su territorio, tan posesivo que amenazaba con clavarle una buena dentellada a todo aquel al que se acercara a su amo. Por eso, a veces pensaba que, como segundo dueño, como el hijo de la perra de Yunho, se parecía un poco al mismo Yunho. Tan celoso y posesivo como él, sobre mí. Algunas veces eso me reconfortaba, otras, me ponía de los nervios, pero aún así lo que era seguro era que tener a Scotty como mascota, era uno de mis escasos pilares. 
Cuando dejé las maletas y la mochila en el suelo y corrí hacia Derek, Scotty se revolvió furioso, ladrando y gruñendo a diestro y siniestro, pero a distancia, como si de alguna manera supiera que debía respetar mis acciones. 
Abracé a Derek con fuerza, rodeándole el cuello con los brazos y apoyando la cabeza en su hombro firme. Él me correspondió al instante, apretando mi cuerpo contra el suyo sin ningún tipo de delicadeza, oprimiendo mi cintura con sus fuertes manos.

-Derek, eres sincero, dulce y atento. Siempre estás pendiente de mí aunque yo no haga nada que merezca tu atención. Te la has jugado por mí y… no me lo merezco. - percibí su aliento gélido besando mi mejilla, arrullando mi oído con sutileza. 

-Creo que los dos hemos hecho cosas con la intención de hacernos daño mutuamente. No me debes nada, Jae. Y mereces toda la atención que yo pueda ofrecerte. Mereces tener mi vida en tus manos y, por eso, no voy a detenerte esta noche aunque… quiero acompañarte. - pidió. Y yo deseé que lo hiciera, que me siguiera, para no dejarle solo o, quizás, para no estar yo solo. 

-Me encantaría, Derk. Me gustaría mucho pero… no puede ser. Me voy de aquí precisamente para empezar de cero, para aprender a depender de mí mismo y de nadie más, para ser yo mismo. Si vienes conmigo dependeré de ti el resto de mi vida y eso es lo último que quiero. - noté su pecho hincharse por medio de un suspiro, chocando contra el mío, temeroso, preocupado. 

-¿A dónde irás primero? 

-A Gyeonggi. 

-¿Y después? - no tenía ni idea, pero si me quedaba en Gyeonggi no tardarían en encontrarme. Tenía que ser lejos, muy lejos, que les resultara imposible localizarme. 

-Lo mas lejos que pueda... ni yo lo se. Aun que no saldré de Asia, eso creo... 

-Ciudades grandes, para que sea difícil encontrarte. Lo tenías todo planeado, ¿eh? - asentí. Lo cierto era que tenía miedo. Estaba muerto de miedo y no quería irme, no quería… pero sabía que debía hacerlo. 
Las manos con las que rodeaba el cuello de Derek me temblequeaban perceptiblemente y él lo notó. 
Me dio un ligero toque en el hombro y me apartó de él, clavando sus ojos rodeados de un aura de fiereza animal en los míos. - Jaejoong, toma esto y guárdalo siempre contigo. - me tendió un aparato pequeño que apenas ocupaba la palma de mi mano. Lo observé con curiosidad, sin tener idea de lo que era hasta que Derk lo abrió fácilmente apretando un botón diminuto y azulado. Era un móvil muy pequeño y apenas pesaba nada, azulado y oscuro, con teclas plateadas. - Llévalo siempre encima ¿vale? - fruncí el ceño, incapaz de fiarme del aparato. 

-¿Por qué? ¿Tiene un GPS o un microchip para poder localizarme? 

-No. Es un móvil normal y corriente. Tiene GPS pero mientras no lo actives, no podré saber dónde estás. Yo solo quiero asegurarme de que estarás bien allá a dónde vayas y si alguna vez te metes en un problema, solo tendrás que llamarme e iré  por ti enseguida. Estés dónde estés. - miré el móvil y tragué saliva. Un aparato tan pequeño y con tantas cosas como daba a entender con solo mirarlo debía costar una fortuna. 

-Gracias, pero ya me has hecho suficientes regalos, Derk. - Derek entrecerró los ojos, mostrándome la fiereza que tantas veces había visto en el instituto, cuando yo había sido su objetivo, su presa. 

-O te lo llevas y me juras que me llamarás si alguna vez te metes en algún problema o quieres volver, o te juro que aunque tenga que dejarte inconsciente, secuestrarte y encerrarte en mi casa con llave, no te vas. - hablaba en serio, así que no muy convencido, al menos dispuesto a no ser un desagradecido, cogí el móvil y me lo guardé en el bolsillo delantero del pantalón, dónde pudiera tenerlo vigilado y miré a Derek, esperando su aprobación. Él asintió. Se le notaba preocupado, pero en lugar de demostrarlo, inclinó su cabeza y chocó su frente con la mía. Cerré los ojos, totalmente relajado con su aliento acariciándome los labios. - No te fíes de nadie, ¿vale? De absolutamente nadie. Repítelo. 

-No me fiaré de nadie. No me confiaré. 

-Nunca creas a alguien que te diga que sabe la manera más rápida y eficaz de conseguir dinero. Repítelo. 

-Nunca creeré a alguien que intente convencerme de que sabe una manera de ganar dinero fácil. 

-Nunca seguirás a un desconocido a ninguna parte, te diga lo que te diga. Te asegure lo que te asegure. - sus manos se amoldaron a la forma de mi cintura y trasero, estrujando ambos por encima de la ropa. Jadeé. - … Repítelo. 

-Nunca seguiré a un desconocido… diga lo que diga. - lo más impresionante era que mi cuerpo encajara con el suyo a la perfección, como las piezas de un puzzle desmontado, siendo construido desde cero. 

-Llamarás a Derek si ocurre algo, sea lo que sea. Dilo.

-Sí… te llamaré. 

-Y cuando vuelvas… me darás una oportunidad. - en ese momento tuve auténticas ganas de llorar. Pobre Derek… 

-Sí. Te lo daré todo, Derek. Te lo juro. Todo. - abrí los ojos empañados unos segundos, cerrándolos de nuevo cuando Derk decidió compartir su aliento con el mío, besándome con una intensidad hasta ahora desconocida para mí. No hubo lujuria, ni ansiedad, ni nada parecido. Fue tan simple, tan sencillo, que todo lo demás sobraba. 
Movió sus labios y los míos le siguieron al instante el dulce juego de su boca y hubiéramos seguido así, horas, probándonos, de no ser por las luces de los focos que iluminaron la escena de manera molesta. Nos separamos enseguida, observando el autobús que llegaba y se detenía en la parada con los ojos entrecerrados. 
-Ah, me voy. - Derek asintió con la cabeza enseguida. Me dio un pequeño empujón hacia delante, incitándome a correr, coger la maleta y la mochila e ir directo a la puerta del bus, que se abrió dándome vía libre. Observé a Derek una vez más, serio a un par de metros, con los ojos brillando con la misma intensidad con la que me había besado una última vez.

-Chico. - gruñó el conductor, llamando toda mi atención. - ¿Vas a subir o no?

-Sí… - suspiré, y subí al fin. Le enseñé mi billete de reserva, el cual había hecho una semana antes y el conductor hizo un gesto de desagrado. 

-¿Y eso qué? - miré hacia atrás, hacia dónde me señalaba el gruñón. Scotty acababa de subir las escaleras, detrás de mí. - No se permiten subir perros tan grandes a no ser que sea en una jaula. 

-¿Qué? Pero… - les eché una mirada rápida al resto de pasajeros. Algunos llevaban animales, pero eran pequeños y estaban o bien, fuertemente atados, o metidos en jaulas. - ¿No podría hacer la vista gorda por esta vez? Mi perro es inofensivo, no muerde. - mentí. Derek y Yunho eran testigos de que mordía, joder si mordía, pero por supuesto, no pensaba decir eso. 

-No. El chucho no puede entrar. 

-Pero…

-¡Oye, chico, o subes solo o te quedas en tierra con el perro de las narices! - odié a ese tío con toda mi alma. Miré a mi pobrecito Scotty moviendo la cola, observándome en silencio. De repente, dejó de moverla y se sacudió bruscamente. Miró al conductor y bajó la cola, con el lomo un tanto erizado, enseñándole los dientes. Desde luego, mi Scotty era listísimo. Pero eso no haría que el jodido conductor nos dejara subir a los dos. 

-Oiga, por favor… - le pedí, con toda la amargura del mundo. 

-¡He dicho que…! - de repente, un estruendo y una pequeña sacudida en el bus provocó que todos los pasajeros que dormían en ese momento tranquilamente en sus asientos, se despertaran, sobresaltados. El conductor y yo dirigimos la mirada a las puertas abiertas, siendo aplastadas por el cuerpo de Derek, con un aura realmente imponente rodeándole. 

-Oye, capullo. O sube el perro de las narices… o subo yo y te parto los dientes. - al instante, el conductor se encogió sobre su asiento. Pude ver el retroceso de gruñón inconformista, a sumiso silencioso de inmediato. Se dio la vuelta y clavó los ojos en la carretera, ignorándonos a ambos, dándonos vía libre a Scotty y a mí. 
Suspiré, aliviado y sonreí de corazón a Derek, que me devolvió la sonrisa con un asentimiento de cabeza. Deseé volver a besarle, pero él por toda despedida, cerró los ojos y se apartó del bus, justo unos segundos antes de que se cerraran las puertas. 
Mejor así, nada de despedidas amargas. 

Scotty y yo nos colocamos al final del bus. Subí la maleta a la repisa que tenía encima y me senté con la mochila en el regazo. Scotty se subió solo al asiento de al lado y se sentó, mirando al frente y en silencio, tranquilo. Le acaricié la cabeza y ni se inmutó. Estaba hecho todo un perro guardián. 
Observé a través de la ventana, antes de que el autobús se pusiera en marcha y vi a Derek entre las sombras, con la mirada clavada en mí, expresión seria. 
Me hubiera gustado decirle algo, profundo, que le hiciera regresar a casa con despreocupación, sabiendo que yo estaría a salvo y que me las arreglaría bien, pero solo se me ocurrió murmurar:
“Gracias.” 
Derek solo asintió y movió los labios formando unas palabras que no olvidaría hasta mi vuelta. 
¿Por qué Yunho nunca me había dedicado unas palabras tan dulces como esas? Me hubiera conformado si solo las hubiera dicho una vez, pero no. Nunca, jamás. Ahora me daba cuenta de por qué lo nuestro nunca habría funcionado. Sus palabras nunca me habrían servido de nada, porque serían tan falsas como los sentimientos de los cuales Yunho carecía por completo. 
El autobús arrancó y Derek y yo acabamos perdiendo la visión del otro en la oscuridad de la noche. Me hubiera gustado decirle tantas cosas, me hubiera encantado que me siguiera hasta el fin del mundo, como al parecer, estaba dispuesto a hacer de verdad. 
Sus sentimientos habían demostrado ser los más puros y sinceros de entre todas las personas en las que había confiado ciegamente. 

Suspiré y negué fuertemente con la cabeza. 
El sol empezaba a alzarse. Un nuevo día comenzaba. Y mi vida, empezaba de nuevo, desde cero, en ese mismo instante. 
¿Qué más podría pedir? Era libre. Derek me había liberado y sus últimas palabras habían sido, “Te quiero.” No había más vuelta de hoja porque, después de abrir los ojos tras superar las barreras de la propia muerte, un nuevo Jaejoong nacía, y sin necesidad de depender de nadie más. 
Jaejoong había renacido y a partir de entonces, viviría un futuro elegido por él, sin barreras. A partir de entonces, tomaría sus propias decisiones y seguiría sus propios criterios. 
A partir de entonces, yo, el nuevo Jaejoong, sería feliz…
Pero la vida no es tan sencilla y simple como un niño grande pueda imaginársela y, viviendo en las calles, lejos de todo y completamente solo, el nuevo Jaejoong lo acabaría descubriendo por sí mismo.