– moví el codo bruscamente, con toda la intención de hacer lo que hice, de clavarle el codo con toda mi fuerza en la cara. Sparky me soltó al instante y se llevó una mano a la boca, que se impregnó de sangre. Si las miradas matasen… pero en lugar de acabar muerto, apartó la mano de su cara y me pegó un puñetazo en la mejilla, que me hizo ladear la cabeza y tambalearme.
No me pegó tan fuerte como otras veces. Sólo intentó defenderse, pero aún así, la mejilla se me hinchó al instante.
Nos observamos con ira en estado puro, pero en algún momento del combate de miradas, los ojos de Sparky se suavizaron y se dulcificaron. Intentó decir algo, pero yo lo agarré del cuello de la camiseta y tiré de él hacía arriba, levantando el puño justo frente a su cara, dispuesto a golpearle.
Increíblemente, él sólo se encogió y cerró los ojos, sin intención de defenderse. Y yo no fui capaz de golpearle, supongo que porque a pesar de estar conectados, yo no tenía la sangre fría de Yunho.
Él volvió a abrir los ojos al ver que el golpe no llegaba y se me quedó mirando en silencio.
-Jaejoong…
-¿Qué?
-No te he dado tan fuerte como para que te pongas a llorar.
-No estoy llorando. – y sin embargo, me sorprendió el nudo de sollozos que tenía atascado en la garganta, que me dolía, que me reventaba de dolor. Quizás sí que estuviera llorando y aunque no me faltaran motivos para llorar, en ese momento no entendía cuál de ellos era la causa específica de las lágrimas.
Le solté de la camiseta y sorbí por la nariz, pestañeando, con la vista nublada, intentando reprimirme. Derek suspiró, pasó los brazos por mi espalda, con cuidado, esperando una réplica, pero al no oír ninguna, aplastó sus brazos contra mi espalda, tiró de mí hacia delante y me abrazó, dejando que apoyara la frente en su hombro increíblemente duro.
-¿Por qué siempre tengo que ser una nenaza? – sollocé.
-No eres una nenaza. – sus grandes manos me acariciaron la cabeza, luego bajaron hasta mis mejillas y me apartaron el pelo de la frente. Me alejó de él y aprisionó mi barbilla entre sus dedos, no permitiéndome bajar la cabeza, sólo obligándome a mantener la vista fija en sus ojos. - Aunque me cueste admitirlo… eres un hombre. Quizás eres más hombre que yo. – volví a sorber por la nariz.
-Seguro… - él sonrió… y me besó. Y aunque al principio no estuviera de ánimo para corresponderle, poco a poco mi boca se ablandó, la suya se endureció y su lengua se coló entre mis labios en cuanto le di la menor oportunidad para hacerlo. Me soltó la barbilla y abrí más la boca, enganchándome a su cuello, colando mi lengua en su húmeda cavidad sin miramientos. Nos balanceamos un poco por el movimiento de nuestras bocas sobre la contraria y mi espalda acabó chocando contra la puerta de uno de los cubículos del baño.
Derek separó sus labios de los míos, haciendo un sonido húmedo. Los dos nos miramos en silencio, con la frente apoyada la una en la otra, hasta que mi mano encontró el pestillo del cubículo, lo abrí y con él, se abrió la puerta. Retrocedí hasta introducirme entre esas cuatro paredes estrechas. Sparky se quedó quieto, observando el panorama hasta que con una especie de sonrisa, le agarré de nuevo de la camiseta y le empujé hacía dentro, cerrando la puerta tras él.
Apoyé la espalda contra la pared. Él me acorraló con los brazos a ambos lados de mi cabeza.
-¿Por qué siempre te aprovechas de mis momentos de debilidad? – pregunté. Él se rió y se relamió los labios.
-¿Te alcanzaría algún día si no me aprovechara de ellos?
-Probablemente, no. – volvimos a juntar nuestros labios, con más ganas, menos nervios que la primera vez y más seguridad. Derek ahora se mostraba mucho más seguro y fuerte, con un mayor control de sí mismo y mucho más cómodo.
Empecé a tocarle, y él a mí, por debajo de la camiseta. Sus músculos eran duros y cada vez parecían más grandes. - ¿Vas… - murmuré. Me calló con un beso húmedo y bajó hasta mi cuello, besándome debajo de la oreja. Me tembló todo el cuerpo. - ¿Vas mucho… al gimnasio? – suspiró, con mis manos arañando y apretando sus abdominales. Estaban durísimos.
-Bastante… - me subió la camiseta hasta las axilas, restregando su mano empapada por mis lágrimas a lo largo de mi pecho, hasta el cuello, aplastándome los pezones. – Por lo que veo, hace tiempo que tú no pisas un gimnasio o una piscina. Siempre has sido un canijo larguirucho, pero por lo menos tenías algo de corpulencia cuando entrenabas en la piscina climatizada de la calle Grec. – mis labios quedaron plasmados en su cuello, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, estirando el cuello mientras sentía como sus manos me agarraban el cinturón de los pantalones y empezaban a bajármelo mientras su cuerpo musculoso se restregaba contra el mío, desprendiendo sensualidad. Dejé caer los brazos a ambos lados de mi cuerpo, suspirando. Su polla, bajo los pantalones chocó contra la mía, desnuda y tiesa, libre de toda presión.
Sentí sus labios descendiendo por mi cuerpo, besándome y lamiéndome. Eché de menos los bruscos mordiscos de Yunho y sus caricias rudas, con sus manos fuertes y callosas. ¿Cuándo dejaría de pensar en él?
Sentí el roce de la lengua de Derek alrededor de mi ombligo, bajando más aún hasta el bajo vientre, hasta acariciarme la ingle y el comienzo del vello púbico.
-¿Cuándo me puedo considerar oficialmente maricón? – preguntó. Noté su aliento en la punta de mi pene, endureciéndolo hasta causar dolor. Revolví la cabeza bruscamente.
-Cuando te acuestes con un tío más de una vez… por propia voluntad. – murmuré.
-Entonces, dentro de unos veinte minutos, seré oficialmente un marica… aunque de momento, solo lo sepas tú.
-Hum… - dejé escapar un gruñido y mis manos acabaron acariciando su pelo corto y rubio, suave y muy espeso. – Oye… - lo llamé, antes de que mi polla se hundiera en su boca. Él me miró, expectante. - ¿Cómo sabes que… entrenaba en la piscina climatizada de la calle Grec? – acababa de caer en la cuenta de que yo nunca había mencionado nada al respecto y muy pocas personas, entre ellas, mi madre, Yoochun y Junsu, sabían que había sido miembro de un club de natación. - ¿También has mirado eso en los expedientes de tu padre? – Derek se rió.
-No… digamos que no te acosaba solo para pegarte. – alcé una ceja, sin entender nada. Una de sus manos se cerró alrededor de mi polla mientras la otra, tanteaba mi entrada con los dedos.
-¿Qué quieres decir con… ¡Ah… oh, dios, Derk…!
Aunque fuera un acosador en el pasado, Derek prometía como nuevo marica, eso seguro.
Pese a todo lo que me hizo después, el desasosiego, la cólera, el dolor y la desesperación no desaparecieron del todo…
Y no desaparecerían hasta mucho después…
By Yunho.
La escena debía resultar de lo más macabra y despiadada para todo aquel que no fuera yo. El suelo estaba empapado en sangre, mezclado con meado de un cerdito cobardica. Hacía más de dos minutos que me había retirado de la víctima y me había sentado cómodamente en el sofá, fumándome un cigarrillo con tranquilidad, descansando de la tortura, encendiendo y apagando constantemente el mechero.
El olor a sangre y meado empezaba a molestarme, al igual que los gemidos agónicos de lo que quedaba de Alfred.
Le había amputado cinco dedos, dos de una mano y tres de otra. Incluso había sido compasivo. No le había cortado los pulgares, los más útiles de los diez dedos. De todas formas, empezó a gritar como un loco cuando le acerqué el mechero a las amputaciones para que cicatrizaran pronto y dejaran de sangrar, aunque, en realidad, lo había hecho para que sufriera más y me mostrara esa cara de terror que en ciertos momentos, me divertía.
Como el muy cerdo no callaba, tuve que hacerle callar de un puñetazo en la boca. Se le cayeron dos dientes y se desmayó por unos instantes, pero se despertó enseguida cuando le acerqué el mechero a las orejas y clavé el cuchillo entre sus piernas, rajándole la ropa, haciéndole una leve herida en la ingle. Entonces se meó encima y yo empecé a aburrirme.
-Me aburro mucho. Esto empieza a hacerse repetitivo. Yo te ataco y tú gritas, siempre lo mismo acaba siendo aburrido, como una película porno. – le di una última calada al cigarrillo y me levanté del sofá. Lo apagué en su pierna y él se encogió, gimoteando, sin fuerza para más. – Me pregunto si tú te acabaste aburriendo en algún momento determinado tras media hora de incansable movimiento contra Ross, mientras él se arrastraba por el suelo, intentando huir de tus patadas y te suplicaba que pararas de una vez, porque le hacías daño y no podía más. Y tú y tus colegas, aburridos de sus patéticas súplicas… le pisasteis la cabeza. – sus lágrimas se intensificaron. Nunca había visto llorar nunca a nadie con tanta intensidad. Movió la boca para decir algo, pero yo lo interrumpí. – Supongo que también os acabasteis aburriendo de patear a mi perra, de romperle las patas, de hacerla sufrir y, pensasteis, solo es una perra, solo es un animal… - no me di cuenta de que la voz empezó a temblarme de cólera mencionando a Guetti hasta que nuestras caras estuvieron tan cerca, que sentí su último aliento de vida chocando contra mi nariz. – y como sólo es un animal, podemos experimentar con ella, abrirle el canal, desde las patas traseras hasta el cuello… total, no siente nada, solo es un animal. – ladeé la cabeza, intentando escuchar su murmullo inteligible. - ¿Qué? Habla más alto…
-S-so… solo…
-¡Más alto! – incluso pude oír desde cierta distancia el latido alocado de su corazón.
-S-solo… solo eran un… marica… - sollozó, llorando a lágrima viva. - … Un marica y un perro… - abrí la boca de par en par, fingiendo sorpresa y disgusto. Sabía que tarde o temprano, soltaría algo parecido.
-¿Te crees mucho mejor que un perro? ¿Mucho mejor que un marica? Apuesto a que si el muerto hubiera sido Black, habrías dicho, pero si solo era una rata judía… pues te contaré un secreto… - le agarré la cara con las manos, ejerciendo toda la presión que pude en ella, con la clara intención de partirle el cráneo. Pero me contuve en el último momento y solo le obligué a mirarme fijamente. Estaba tan aterrorizado, que se me hacía extraño que aún no se hubiera cagado encima. – Yo… soy uno de los millones de maricas que siguen vivos y desean tu muerte, por puto homófobico que atenta contra mí por cuestión de gustos. Yo soy el dueño del perro al que mataste, el cual, valía más que tu miserable vida de cerdo doméstico. Yo… soy amigo de un judío y, ese judío vale mucho más que tú. Supongo que un ultranacionalista como tú, excusara todos sus crímenes por el bien de su patria. Pues siento tener que decírtelo, pero la patria no te quiere, se avergüenza de ti por ser tan repulsivo. Si quieres acabar siendo un asesino que defiende el nazismo ¡Al menos ten los cojones de enfrentarte a las consecuencias como un hombre, puto neonazi! – le solté bruscamente, provocando que las espinas del alambre se clavaran aun más en su cuello. Él tosió con violencia, respirando con dificultad.
Entonces decidí acabar con todo, cansado de tanta mierda.
-¿Qu-qué ha-haces? – le oí preguntar cuando me vio dirigirme hacía el contador del gas y abrir la llave, cargándomela de un fuerte tirón.
-Lo mismo que hiciste tú cuando te cansaste de Ross y de Guetti… acabar con el estorbo. – se quedó mudo, más pálido de lo que estaba. Parecía un muñeco diabólico impregnado en sangre, dispuesto a perseguirte hasta en tus peores pesadillas.
-No… n-no pensarás… - el olor a gas impregnó la sala rápidamente mientras yo cerraba la ventana de la cocina, con intención de aislarlo en aquella única sala, cuanto más, mejor.
-Ha sido muy divertido jugar contigo. No… mentira. En realidad ha sido aburrido… - le di la espalda, caminando hacia la salida cuando su débil voz, empezó a llamarme. Me encantaba ese tono temeroso, desesperado.
-No… no me dejes aquí… por favor… no lo hagas… - sonreí. Me di la vuelta y le miré, sabiendo de antemano que sería la última vez que le vería… entero.
-Tranquilo, voy a dejarte con un amiguito. – le mostré el mechero con el que había estado jugueteando un buen rato antes de echarme encima suya para amenazarle y lo sacudí frente a su mirada de pánico. – Se llama fuego… y te acompañará hasta que se te caiga el cuerpo a trozos y se te derritan hasta los huesos.
-¡No! ¡No, no, no, no! ¡NO! – empezó a gritar, balanceándose con histeria sobre la silla. El muy imbécil solo provocaba que las espinas se le clavaran más y más en el cuello, los tobillos y alrededor de las muñecas. La sangre volvió a emanar de las amputaciones de sus dedos.
-Da igual. Vas a morir de todas formas aunque sea desangrado. Pero si te dejo desangrarte, te acabarás desmayando y no sentirás la muerte recorriéndote el cuerpo cuando por fin, palmes. No sufrirás porque estarás inconsciente. No sentirás el miedo y esa forma de morir sería demasiado aburrida y lenta. Mejor… arder. – de los fuerte espasmos que sufría su cuerpo, la silla cayó al suelo con él. Gritó cuando las espinas se clavaron hasta el fondo en sus venas. Yo cerré los ojos unos segundos. Olía tanto a gas que empecé a adormilarme. Cuando llegara a casa, dormiría todo el día hasta la noche. Luego, iría a por los compinches de Alfred y me ocuparía de que sufrieran su misma suerte.
Sacudí el mechero un poco, apoyando el dedo en el gatillo.
-También deberías haber sabido, antes de entrometerte, que adoro el fuego. Me encantan los fuegos artificiales y podría estar horas observando una pequeña llamarada. Disfrutaré mucho observando las llamas que te tragarán y te consumirán poco a poco. – y por fin, se quedó quieto, paralizado. Por fin captó que como se moviera unos centímetros más, sufriría la atadura del alambre sin necesidad. Por fin pareció resignarse a la llegada de la muerte, aunque sus ojos no decían lo mismo. Seguían llorando con desesperación y mi cuerpo, todo yo, se reflejaba en el pánico del que estaban impregnadas sus pupilas. Sonreí, sin poder evitarlo.
Dijeran lo que dijeran, la venganza sabía a gloria.
Mientras apretaba el gatillo del mechero, sumergido en una especie de cámara lenta, una imagen se me pasó por la cabeza…
El Muñeco me miraba fijamente, a los pies de Alfred, esperando junto a mí, el fin… y de repente, ¡Pam! Se oyó el estruendo de la puerta principal al revotar contra la pared al ser abierta y unos brazos me agarraron, se me echaron encima, entre gritos, embistiéndome contra el suelo. Caí de costado. El mechero chocó contra el marmol, deslizándose varios metros más allá, lejos de mi alcance.
El gas penetró en mis fosas nasales con fuerza, haciendo reacción con el golpe que me había llevado en la cabeza al caer. Durante unos segundos, me quedé atontado, adormeciéndome.
-¡Yunho! ¡Yunho despierta, corre, vamos! – oí los gritos distorsionados alrededor de mi cabeza trastocada. Unos golpes en la cara me espabilaron y me hicieron abrir los ojos. Lo primero que vi fue a Max. Su expresión irradiaba desesperación. - ¡La pasma, la pasma! – por un momento me pregunté de dónde coño había salido, hasta que esa palabra chocó en mi cerebro con toda su fuerza. Me levanté a trompicones. - ¡Vámonos, corre! – tiró de mí, empujando hacia la salida.
-¡Y una mierda, antes me lo cargo! – Max me metió otro duro empujón hacia la puerta, insistiendo. Empecé a oír sirenas a lo lejos.
-¡Ya ha tenido suficiente!
-¡No, no está muerto!
-¡Ya volveremos a por él!
-¡No! ¡No! ¡Ahora! ¡Tengo que matarlo ahora!
-¡La pasma, joder!
-¡Que le follen a la pasma! –intenté quitármelo de encima y de repente, el rostro de Max se crispó y alzó el puño, pegándome en plena cara, haciéndome retroceder y llevarme la mano a la boca y, antes de que me diera cuenta, ya me había agarrado y me arrastró fuera, casi tirándome al suelo por el camino. Caí de rodillas frente a su moto. Vi dos coches de policía a lo lejos, con el molesto sonido de la sirena retumbando por todo el barrio.
-¡Sube! – me gritó Max, montado ya. Le miré con frustración, temblando de rabia. - ¡SUBE! – y no tuve muchas más opciones.
Me monté detrás de él, agarrándole de la cintura con los puños cerrados y la moto salió disparada a ciento cincuenta de golpe, con nosotros encima.
-¡Me cago en tus muertos, Max! ¡Me cago en tus putos muertos! – oía el zumbido de la moto, casi volando bajo nosotros y el ruido de los coches patrulla a nuestras espaldas, demasiado lejos como para darnos alcance. Max redujo la marcha en contadas ocasiones, metiéndose entre los callejones y volviendo a acelerar una vez atravesado el túnel que daba directamente a la autopista. Adelantó a todos los coches que conducían por ella, provocando más de un frenazo accidentado a los conductores, llevándose un buen susto.
-¡Joder! ¡Para, para, para ahora! – Max no me hizo ni puto caso. De hecho, aceleró. Dio la vuelta a toda la autopista, rodeando la ciudad entera, dando vueltas hasta que, finalmente, tomó la carretera vieja, la trasera. Es decir, la entrada a los barrios bajos.
Aunque la policía estaba en el mismo barrio bajo, probablemente atendiendo al cabrón de Alfred en esos momentos, ellos estaban en una punta y nosotros en la otra. Los barrios bajos ocupaban casi más de la mitad de Busan.
Max no parecía tener la intención de parar, hasta que, cansado de su chulería y aún rabioso, le golpeé el hombro con el puño cerrado. La moto se tambaleó, pero Max tomó el control con rapidez, aunque no se atrevió a remontar la marcha y redujo la velocidad, frenando poco a poco, aparcando en uno de los muchos descampados desiertos propios de los barrios bajos.
Antes incluso de que la moto se detuviera del todo, ya me había tirado sobre Max y lo había derrumbado sobre el suelo arenoso, aplastándolo con mi peso. La moto cayó de lado dos metros más allá.
-¿Quién ha llamado a la policía? – pregunté. Él se me quedó mirando con el ceño fruncido. - ¿¡Quién coño ha llamado a la policía!?
-¡Yo, yo he llamado a la policía! – lo sabía, lo sabía, lo sabía…
Lo levanté sacudiéndolo por los hombros y le pegué un puñetazo en la cara, justo dónde me había golpeado a mí unos minutos antes. Él volvió al suelo, escupiendo sangre.
-¡Eres una sucia maricona traidora!
-¡Sí, y gracias a eso, tú estás vivo! – le pegué una hostia en la cara, y volví a sacudirle para que me mirara fijamente, con el temor que había expresado la noche anterior. Todavía tenía el labio roto del mordisco que le había dado. Todavía sangraba y sentía el dolor de la paliza propinada por Alfred y los suyos al intentar ayudar a Ross, y encima, me venía con chulerías. Encima de que había intentado llevar a cabo su venganza, el muy desagradecido. Encima de que iba a cumplir uno de sus caprichos.
-¡No te metas en medio, Max! ¡No te metas o te mataré!
-¡A este paso, tú morirás antes que yo! ¡Has intentado matarte allí dentro!
-¡No, iba a matarlo a él!
-¡Y tú ibas a acompañarlo hasta la puerta del mismo infierno! ¿¡Te crees que soy gilipollas!? ¿¡Qué no he visto como sostenías el mechero, como ibas a encenderlo en medio de todo ese gas contigo en medio!? ¡El que quería morir eras tú, no él! – por un instante me quedé en blanco, sin saber qué contestar a eso. La respiración de Max era irregular. Su corazón latía tan rápido como un colibrí batiendo las alas.
-Eso… a ti no te importa. – conseguí decir, al fin, y lo solté sobre la arena, levantándome y alejándome de él. Él se quedó tumbado, suspirando.
-¿A dónde vas?
-A casa. – sólo quería volver, tumbarme en la cama, taparme con la sábanas hasta arriba y no salir de allí hasta dentro de un par de días. Durmiendo, bebiendo, fumando, haciéndome pajas, pensando en Jaejoong… me daba igual. Sólo quería encerrarme en mi pocilga particular y no salir de allí.
-¡Espera, espera, espera! – Max se puso en medio otra vez, levantándose del suelo y poniéndose delante, con las manos en alto. Se había quedado hecho un asco, con el pelo y la ropa llena de arena y la sangre todavía descendiendo por su barbilla. - ¡Sí que me importa! Tú… ¡Me importas! – puse los ojos en blanco. Levanté los brazos, negando con la cabeza.
-¿Y?
-Y te quiero. Mucho…
-Joder. ¡Esto es ridículo! – lo aparté sin cuidado alguno, pasando de él y volviendo a seguir el camino hacía casa, desecho. Definitivamente, la última confesión me había reventado.
-¡No es ridículo! ¡Me gustas desde que era un crío! ¡Estoy enamorado de ti! – me gritó y sentí vergüenza ajena.
-¿Qué coño sabrá una maricona como tú de amor? ¡Y no me contestes, no quiero saberlo! – y el muy condenado me seguía.
-¡Vale, lo entiendo, entiendo que yo no te guste y… sé que estás loco por ese tal Jaejoong, pero…! – salí del descampado y me giré, lanzándole una mirada asesina.
-No estoy loco por nadie… ¡Y no hables de Jaejoong , joder!
-Después de diez años, creo que me merezco algo de consideración.
-¿Consideración? Tú no sabes lo que es eso. – la mirada de Max me recordaba a las miradas de los vendedores ambulantes. No me dejaría en paz hasta que no le dijera lo que quería oír. – Te consideraba uno más… ¿no tienes suficiente con eso?
-Sabes que no. – desencajé la mandíbula, hasta los huevos.
-¿Tendrás suficiente con un polvo?
-No.
-Lo tomas o lo dejas. Uno… solo uno y punto. Decide. – tragó saliva.
-¿Y después qué?
-Pues tendrás que conformarte con pensar en mí en silencio. Mejor eso a nada, ¿no? – él bajó la cabeza, clavando la vista en la arena. Se toqueteó el pelo arenoso, pensativo. – Pues piénsalo… pero no te me acerques hasta que te decidas y después, no quiero oír ni una palabra sobre amor en lo referido a mí. – pronuncié la palabra amor con desdén, sintiendo una aversión tan grande con su simple mención, que tuve que escupir a un lado.
-Te quiero, Yunho. ¿Eso tampoco es suficiente para ti? O mejor dicho, ¿Soy yo o Hyun o cualquier otro suficiente para ti?
-No. – me encogí de hombros, riéndome por lo estúpido de la pregunta. - ¿No lo entiendes, Max? Yo me basto por mí mismo. Soy autosuficiente.
-¿En serio? – preguntó, con un tono irónico que me cabreó. – Pues hace quince minutos, con un mechero en la mano, a punto de prenderte fuego junto a la escoria, no lo parecías. – mi reacción fue curiosa. Por unos instantes, me debatí interiormente entre si pegarle una paliza y rematar la faena, o acabar con semejante estupidez y tirármelo de una vez. Por unos instantes, sentí a Jaejoong… o algo parecido a él. Era como tenerlo delante versión demacrada, pero luego recordé que si de verdad fuera Jaejoong, ya me habría roto la nariz un par de veces.
Así que, suspirando, cansado, harto, muerto… le di la espalda y seguí mi camino.
Y Max empezó a seguir el mío otra vez, arrastrando su moto maltrecha, detrás de mí, dónde siempre estaría, detrás… o debajo. Como un muñeco más.
-¡Tienes mucha suerte, Max! – le grité, diez metros por delante de él, una vez divisé mi casa a cierta distancia y, aparcada justo en frente, esa furgoneta vieja tan característica, a la que tanto odiaba. Max alzó una ceja, sin entender a que venía la frasecita irónica. Detuve el paso y una vez me hubo alcanzado y él mismo pudo observar la furgoneta, frunció el ceño.
-Vaya… pero si es…
-¡Sí, el papi de Yunho ha vuelto! ¡Mi puto viejo! ¡Mierda! – gruñí. De repente había perdido todas las ganas de volver a mi pocilga. – Tenía la esperanza de que se hubiera matado por ahí y esta vez, no volviera.
-Por lo menos tienes un padre de quién quejarte. – ignoré su comentario y seguí andando, encogiéndome de hombros. Mientras andaba rumbo al más oscuro de los infiernos, me di cuenta de que alguien más nos seguía.
Bueno, en realidad, me seguía a mí, porque obviamente, Max no era perseguido por un Muñeco diabólico las veinticuatro horas del día.
Me pregunto… de todas las cosas que he hecho, ¿Cuál de ellas se merece este martirio? Solo una.
Y me vuelvo a preguntar… ¿Tan mala ha sido? ¿De verdad merezco esto? Obviamente sí, el villano se merece cualquier cosa.
Porque uno de los dos debía ser el villano de la historia para que el otro, pudiera ser el bueno que viviera feliz en su país multicolor. Y, tal y como fui destinado, me toca a mí pudrirme entre la mierda para que el otro sea feliz.
El villano y el honrado. Esa es la historia de Yunho y Jaejoong. El villano y el honrado.
Y la historia ha acabado tal y como debía haber acabado. Con un final feliz para el honrado y uno infeliz para el villano.
No puedo pedir más...
