By Jaejoong.
Ladeé la cabeza. La hamburguesa que tenía entre mis manos tenía muy buena pinta, ¿Cómo no iba a tener buena pinta la comida del McDonalds? Lo que no veía claro era que hacía allí esa hamburguesa Big Mac, esperando que me la zampara sin piedad.
Miré a Sparky con el ceño fruncido.
-¿Qué pasa? ¿No quieres? – entrecerré los ojos.
-¿Me estás invitando?
-Sí, así que come y calla. No me hagas sentir rechazado. – miré la hamburguesa de nuevo, sin mucho apetito. ¿Qué demonios pretendía conmigo? – Oh, no. No estarás pensado que luego voy a intentar cobrarme la invitación metiéndote mano, ¿No?
-No lo he pensado hasta que lo has dicho. – Sparky suspiró.
-Lo siento. Sólo pensé que tendrías hambre…
-Mi casa está a dos manzanas. – Sparky me miró con los ojos muy abiertos. Tragó saliva. Le había pillado.
-Bueno… en realidad quería estar contigo un rato más. Invitarte a cenar era la excusa perfecta. – supongo que debería sentirme halagado y sonreír, pero no lo hice. No tenía ganas de hacerlo, no podía esforzarme más de lo que lo estaba haciendo saliendo todos los días a la biblioteca para estudiar algo para los exámenes de la universidad, aunque no pusiera un pie en ella. Aún podía aprobar si estudiaba un poco… pero en casa era imposible concentrarse cuando cada rincón estaba repleto de recuerdos.
Esa puñetera casa me angustiaba. Me hacía sentir claustrofobia y tener a mamá todo el día pendiente de mí no ayudaba nada. Así que salía. Iba a la biblioteca todos los días por la mañana y por la tarde, después de comer. No tenía ánimos para hacer otra cosa.
Últimamente, Sparky venía a recogerme por la tarde. No es que me gustara, pero tampoco me importaba. Me era indiferente, aunque no podía negar la distracción que suponía para mí su constante charla.
-Bueno… - le dio un bocado a su hamburguesa. Estábamos en un aparte de la carretera, pegados a la acera de un parque en el que algunos niños aún jugaban iluminados por las farolas de la calle. No nos habíamos bajado del coche y el techo estaba replegado, dejándonos al aire libre. – Siempre me he preguntado una cosa sobre ti, Jae. – le miré de reojo, a punto de llevarme la hamburguesa a la boca. - ¿Por qué te metiste en la carrera de psicología? No parece que vaya mucho contigo. – y tenía razón. Le di un bocado a la hamburguesa y empecé a pensar la respuesta mientras masticaba tranquilamente.
-Sentía cosas…
-¿Cómo? – Sparky alzó una ceja, mirándome fijamente.
-Desde que tengo uso de razón, siento cosas. No tiene nada que ver con fantasmas ni nada de eso. Es simplemente que siento… algo más de lo que debería sentir en ciertos momentos.
-No he entendido una puta palabra. – Sparky bajó del reposa cabezas, dejándose caer a mi lado con suavidad, sin apartar la mirada de mí. De alguna manera, me sentí incómodo. Aquello era algo jodidamente íntimo para mí, algo que estaba seguro que nadie sabía… excepto, quizás, Yunho…
****-¿También escribes letras de canciones? Caray, Muñeco. No sé si impresionarme o asustarme. – casi podía revivir la felicidad de ese momento, cuando le saqué la lengua juguetonamente y volví a centrarme en el montón de papelajos que había sobre mi escritorio. Yunho dejó de tocar la guitarra a mis espaldas, sentado sobre mi cama. Se levantó y se me acercó por detrás, inclinándose para ver lo que escribía. – "Yo no soy yo"… hum… un poco contradictorio, ¿No?
-¡Eh, no mires!
-¡Venga ya! ¡Tendré que saber la letra para componer la música! ¿No? – lo miré con los ojos muy abiertos, desistiendo de mi estúpido intento de esconder las letras de las canciones impresas en el papel. Yunho se apoyó en el respaldo de mi silla, sonriendo. - ¿Quieres que le busque a la letra un ritmo con la guitarra?
-No serás capaz…
-¡Me ofendes! Soy un artista. Puedo con todo. Cántamela.
-¿Qué? No, ni hablar. – me ruboricé. No me daba vergüenza cantar ya que, pese a todo, sabía que cantaba bastante bien (modestia aparte). Pero cantar delante de el era otra cosa. Cualquier acción que llevara a cabo sin la más mínima vergüenza con cualquier persona delante, se volvía vergonzosa con Yunho. Quizás fuera porque me importaba lo que él pensara de mí. Quizás me importara demasiado…
-Canta… - murmuró, dejándose caer de nuevo sobre la cama, mirándome fijamente. Suspiré y carraspeé un poco… y comencé a cantar algo que en español diría así ...
yo no soy yo
cuando no estas conmigo ... estoy solo
y todo lo que ahora queda de mi son sobras
no quiero existir, flotando fuera del cielo
en la pared tu nota de despedida ..... yo no soy yo
estoy solo
-Ya… para… - me interrumpió. Que vergüenza joder…
-¿Qué pasa? Ni siquiera me has dejado cantar el estribillo entero. - Yunho tenía el ceño fruncido. Se sentó en la cama de nuevo y cogió la guitarra eléctrica. – Si no te gusta mi música, vete al infierno. Ni que me importara… - los primeros acordes que formulaban sus dedos al acariciar las cuerdas de la guitarra me interrumpieron otra vez. Me empezaba a sulfurar. Mierda, mira que era… el ritmo…
Ese ritmo, ese sonido…
Me quedé mirándolo con la boca abierta, sin creérmelo. No podía ser que con sólo oírme cantar el estribillo supiera como era todo el ritmo de la canción, el ritmo que yo me había inventado amoldándolo a la letra y que nunca me había imaginado tocado por una guitarra, pero es que... Era ese. Ese era el sonido que seguía toda la canción, con sus bajos y sus altos y su… todo.
Era ese.
-¿Cómo lo haces? – le medio grité. Yunho dejó de tocar y la mano quedó flácida sobre la guitarra.
-No lo sé. La compuse hace años…
-¿Qué? – vale, eso no me lo esperaba. – No puede ser… - agarré la hoja dónde estaba escrita la letra y se la señalé con un dedo, incrédulo como yo solo. - ¡Yo escribí esta letra a los 15 años! ¡Es imposible que…!
Y entonces me percaté de la situación. Era imposible. Técnicamente imposible.
Yunho y yo nos conocíamos desde hacía unos meses. No habíamos tenido más contacto que el que tuvimos antes de la separación a los cuatro años. Él nunca me había oído cantar esa canción, ni siquiera había sabido hasta ese momento que me gustaba cantar y escribir canciones. Entonces ¿Cómo se explicaba que prácticamente habíamos compuesto una canción juntos sin establecer el más mínimo contacto? ¿Casualidad? Casualidad era encontrarse la letra de una canción y crear un ritmo apropiado similar al que había pensado el autor de la letra. Sin una pauta, eso no era una simple casualidad.
-Yunho… ¿Tú crees que… hay una conexión? – los ojos de Yunho flamearon de repente, dejándome ver y sentir un cúmulo de emociones nada agradables.
Esa pregunta no le había hecho gracia.
-¿A qué te refieres?
-Pues… al tipo de conexión entre hermanos. Ya sabes – Yunho sonrió, cínico.
-¿Estás de coña?
-No me refiero a telepatía en sí. Tú ya me entiendes, sentir cosas…
-¿Cosas como qué?
-No lo sé. Cosas… como los sentimientos del otro como ... como si fuéramos uno. – Yunho se quedó callado. Por un momento pensé que me estaba ignorando hasta que se decidió a contestar con los labios tensos, fruncidos.
-No. Si sintieras una parte de mí en ti, estarías muy jodido.
-¿Por qué? – murmuré.
-Por que mis sentimientos y mis pensamientos no son muy agradables y si los sintieras… me pondría como un toro. – no lo comprendía. No le importaba que lo psicoanalizara y sí que indagara en sus sentimientos. Me parecía contradictorio.
-Yunho… - él me había dado la cara, concentrándose en su guitarra, pero sabía que aún así, la mayor parte de su atención se centraba en mí. - ¿Alguna vez… te has sentido solo? – y lo que ocurrió entonces fue como una reproducción a cámara lenta y luego, demasiado rápida como para controlarla.
Los nudillos de sus manos se pusieron blancos de la fuerza con la que apretó el mástil de la guitarra. Su expresión se ensombreció, dándole un aire totalmente inhumano. Me miró con tanta aversión, que su semblante se me hizo abominable.
En ese momento tuve claro que sí, existía una conexión entre nosotros cuando descubrí que los sentimientos que me inundaban el pecho no me pertenecían. Yo nunca sentiría algo tan oscuro, tan sombrío, tan opaco, tan nocivo, con intenciones de hacer daño.
Súbitamente, Yunho se levantó de la cama dejando caer la guitarra al suelo con escasa delicadeza. Me provocó hasta escalofríos cuando sus ojos se clavaron en los míos, atemorizándome.
-¿De dónde sacas esas gilipolleces? – me espetó, con un tono repleto de rabia contenida. Me recordó a una serpiente apunto de clavarle los colmillos repletos de veneno a su cena.
-Yo… simplemente… - murmuré. Quería explicarle que me basaba en mis propios sentimientos para creerlo. Cuantas veces me había sentido solo y triste, extrañando a mi hermano… siempre con ese permanente sentimiento de soledad que no consideraba mío, siempre queriendo un abrazo de mi hermano.
Era como si mis sentimientos estuvieran divididos en dos y esa sensación a veces me asfixiaba, sobretodo hasta los doce años. Luego, la rabia, la soledad, la melancolía y nostalgia se fueron calmando poco a poco, pero aún seguían ahí. Lo notaba.
Y lo peor de todo es que sabía que no era algo que yo sintiera, si no algo que sentía otra persona ajena a mí. Siempre lo había sabido. Y esa persona solo podía ser Yunho.
-Simplemente ¿Qué? - insistió. Fruncí el ceño, ligeramente molesto por su tono de voz. Alcé la cabeza y nos miramos fijamente durante unos segundos. Él parecía indiferente, yo cabreado y de repente, agarró la silla sobre la que estaba sentado y me tiró al suelo, quitándome el sustento que me daba. Me golpeé la cabeza contra el suelo y apreté los dientes, adolorido.
Yunho se me echó encima sin parpadear, apoyando sus manos sobre mi cuello y aproximando su boca a la mía.
-No importa lo que yo sienta. Importa lo que sienta estando contigo ¿No? – y me folló otra vez. Lo hicimos de una manera tan brutal y fogosa como nunca la habíamos hecho. Me destrozó por dentro hasta provocarme incluso una hemorragia que duró más de unos minutos.
Recuerdo que lo hice con rabia. Estaba cabreado y le arañé y le pegué hasta dejarle el hombro morado y la espalda en carne viva. Manchamos la cama de sangre y semen entre los dos. Fue increíble.
Y como me cuidó después de aquello, cuando me empezó a doler la barriga a causa de la hemorragia. Cambió las sábanas de mi cama, dejándome su cuarto para dormir y cuando desperté, estaba sentado al borde de la cama tarareando la canción que sin darnos cuenta, habíamos compuesto juntos.
-Ya era hora. Empezaba a preguntarme si tendría que arrastrarte hasta el hospital con las tres horas que te has echado de siesta.
Eso dijo en cuanto me vio despierto. El plato de fideos estaba esperando en su regazo, lejos del alcance des Scotty. Era lo único que Yunho sabía cocinar y los había hecho para mí… *****
Y ahora es el momento en el que tengo que recordarme a mi mismo que todo era una puta falsa suya para poder utilizarme a su gusto.
-Sentía cosas. Era como si estuviera conectado a otra persona y sintiera lo mismo que ella en ciertas ocasiones. Supongo que me metí en psicología por pura curiosidad. Quería saber que mierda era esa conexión. – me terminé la hamburguesa sin ganas. Sparky se me quedó mirando unos momentos en silencio hasta que se rió. No era con malicia, pero me molestó un tanto. - ¿De qué te ríes?
-Acabo de acordarme de esa vez.
-¿Esa vez?
-¿No te acuerdas? – su tono era burlón y de lo más divertido. Le empezó a entrar la risa floja. – Siempre que te pegaba en el colegio, decías con voz de niña llorona y aguda, ¡Cuando mi hermano mayor vuelva a casa, te dará una paliza! – por un momento no supe como reaccionar.
-Yo… yo… ¡Yo no gritaba como una niña! – él se empezó a descojonar en mi cara, llevándose las manos a la barriga, haciendo lo posible por no ponerse a patalear en el coche de la risa.
-¡Lo estás haciendo ahora!
-¡¿Qué coño dices?! ¡No tengo voz de tía!
-Solo un poco –
-¡Eso… eso…! ¡aish!
-¡Oh, eres de lo más mona!
-¡Que te follen!
-¡Eso fue exactamente lo que me dijiste cuando te baje el pantalón en el patio! ¡Fue decepcionante! ¡Esperaba verte con bragitas rosas!
-¡Pero que coño…! ¿¡Y tú qué!? ¡Ibas con el pelo teñido de verde y un piercing en la nariz del tamaño del anillo de la Petri!
-¡No es cierto! ¡Y no te metas con la Petri, era mi profe preferida!
-¡Pero si era una vieja que te dejaba gilipollas con los capones que daba con los anillos! ¡Me traumó la infancia!
-¡Y por eso la denunciaste al consejo estudiantil y la echaron! ¡Por tu culpa, pobre mujer! ¿Y si luego no encontró trabajo y se quedó en la calle, vagabundeando, qué?
-¡Sí, yo acabo de verla prostituyéndose en la esquina! ¡Venga ya! – en ese momento el ruido de unos vidrios cayendo al suelo y haciéndose añicos nos hizo callarnos de súbito. Giramos la cabeza hacía los contenedores de basura y nos quedamos mirando a la mujer que nos daba la espalda, una anciana rebuscando en el contenedor vestida con arapos.
Me quedé mudo. Sparky y yo nos miramos con los ojos muy abiertos.
-Eh… ¿Pro…profesora Petri? – la mujer se giró y nos miró con ojos de loca.
-¡Fuera de mi basura, fuera de aquí, fuera de mi basura! ¡Fuera! – di un bote sobre el asiento, casi echándome encima de Sparky al ver a la vieja andando hacía nosotros con una botella de coñac en la mano y un patito de goma en la otra. - ¡Fuera, buitres, ésta es mi basura, fuera! – la vieja se me iba a echar encima, agarrando la puerta del coche y alzándose para meterse dentro. Me quedé petrificado y de repente, una hamburguesa voló directa hacía su cara y la hizo caer hacía atrás. El coche salió escopeteado de allí. Cuando miré hacía atrás la vi en mitad de la carretera zarandeando el pato en el aire, amenazando con ponernos dos velas negras.
Me dejé caer sobre el asiento con los ojos muy abiertos. Miré de reojo a Sparky, que en ese momento también hizo rodar los ojos hasta mí.
No aguantamos más y nos quedamos, muertos de risa.
No me había reído tanto desde antes de que Yunho se fuera y mis dos gorilas y yo dejáramos de hablarnos temporalmente. Agradecí ese momento como si fuera mi única fuente de apoyo y, en realidad, lo era.
-Ya está… - aún estaba recuperándome del ataque de risa cuando Sparky se detuvo en la puerta de mi casa, suavemente. Suspiré… la casa de mis pesadillas.
-Aún no entiendo bien porque vienes a recogerme todos los días pero… gracias. Me estoy ahorrando un pastón en el bus.
-¡Ah, con que solo me quieres para hacer de chofer!
-Por supuesto. – Sparky sonrió. Nos quedamos callados de repente, sin saber que decir.
-Oye… ¿Cuándo piensas reconciliarte con tus guardaespaldas? – hice una mueca con la boca. Me hubiera gustado decirle que no le importaba una mierda, pero después de traerme hasta casa e invitarme a cenar, me parecía algo fuera de lugar.
-En realidad debería haberlo hecho ya… pero no estaba de humor…
-Escucha… yo prefiero no meterme, ya sabes que ellos y yo no nos llevamos bien pero… están preocupados de verdad por ti y no es que me importe que lo pasen mal, de hecho me la sopla. Pero te conviene tenerlos como amigos en estos momentos. – Sparky no sabía cuanta razón tenía. Les echaba de menos, pero mi orgullo estaba tan herido que me veía incapaz de darle un pequeño empujón para perdonar a Chun y Junsu.
De todas formas, tarde o temprano lo haría y ya era hora de dejar de ser tan egoísta y esforzarme un poco más en sonreír a las personas que me querían… aunque no fueran sonrisas de verdad.
Salí del coche y me dirigí a la puerta de casa después de dedicarle un leve adiós a mi chofer particular.
-¡Jaejoong! – me detuve en las escaleras que daban a la puerta. Sparky salió del coche y anduvo hasta mí, pasándose las manos por el pelo rubio. Parecía nervioso. – Hum… resulta que este viernes había pensado estrenar la tele nueva de mis padres robando unas pelis del videoclub y cebándome a comida basura toda la noche con unos colegas pero… - hizo rodar los ojos bajo los párpados, encogiéndose de hombros. Notaba su tensión a tres palmos de distancia y me entró de nuevo la risa floja que contuve a duras penas, sin saber por qué. - … mis colegas me han dejado tirado a última hora.
-Ahá… ya veo. – asentí, mordiéndome el labio inferior aguantando la risa de subnormal.
-Pues… tú… ¿Tú quieres…?
-¿Qué pelis vas a ver?
-¿Eh?
-Las pelis…
-Ah, eso… pues… no sé. De… ¿Miedo? – no pude evitar volver a soltar una estridente carcajada que lo dejó totalmente cortado.
-¡No lo sé, eres tú el que iba a mangar las pelis!
-¡Ah, claro, pues… de miedo!
-Vale… - y sonreí. Por primera vez desde que Yunho se fue, sonreí, haciendo un esfuerzo flojo. Casi sin necesidad de forzarme a ello.
Pero enseguida, mi sonrisa cambió a una mueca forzada y opaca en cuanto me di cuenta de que no tenía sentido sonreír si no era para Yunho.
Sparky lo notó, pero no dijo nada.
-Entonces… ¿Nos vemos mañana? – asentí con la cabeza por pura inercia.
-Sí… supongo que necesito distraerme un poco.
-Pues… hasta mañana. – me sentí desfallecer justo en ese momento, otra vez débil y vulnerable, totalmente derrotado…
Hasta que Sparky se inclinó y me besó la mejilla, tan cerca de los labios que se me puso el vello de punta. El corazón emergió del pozo negro con un latido que me dejó sin aliento. Tragué saliva con fuerza y me quedé quieto cuando me rozó los labios y los restregó con los suyos con cuidado, reprimiéndose. Luego se separó de mí y miró con seriedad mi cara de gilipollas.
No sólo estaba desesperado porque Yunho me había dejado tirado, porque quería abrazarle y no podía, porque quería hablarle y recibir respuestas engreídas y demandantes, porque quería tocarle y sentirle cerca y no tenía ni puta idea de dónde estaba… También estaba desesperado porque de tener sexo constante y brutal, había pasado a no tener nada. Sólo la mano derecha y a Yunho proclamándose el dueño de mi imaginación, de mis enfermas fantasías…
Y de repente me di cuenta de que tenía a Sparky a mi disposición, por y para mí. Mi cabeza empezó a trabajar con la información como la jodida mente degenerada que era.
Me pasé la lengua por los labios y me los mordí. ¿Abría alguien en casa? Quizás…
-¡Jaejoong! – y entonces volví de nuevo a la realidad. Mi madre estaba en la puerta, observándonos. Parecía histérica.
-Mierda…
-¿La he cagado? – me preguntó mi archienemigo, ahora… ¿Conocido, amigo… próximo rollo de verano...? Hum…
-Nos vemos mañana entonces. Me harías un favor si vinieras a recogerme, más que nada porque no tengo idea de dónde está tu casa.
-Claro. A las ocho…
-A las nueve.
-A las ocho o te vas andando. – volví a morderme el labio inferior por puro vicio.
-Cuando quieras, pero ven. – miré a mi madre de reojo, que me enfilaba con los ojos con preocupación, como si supiera que iba a hacer algo malo. Y en teoría, eso mismo iba a hacer… Me incliné sobre Sparky y le di un beso en la mejilla, rozándole la comisura de los labios. Mamá se puso pálida. – Hasta mañana. – le murmuré y finalmente, me metí en casa, notando como las paredes me tragaban entero otra vez. Percibía un arrebato de claustrofobia cada vez que entraba en casa después de estar al aire libre. Todo se empequeñecía y me acorralaba, asfixiándome con sus recuerdos.
-Jae, cielo… ¿Quién… quién era ese chico? – tal y como suponía, mi madre se había puesto histérica.
-Un chico de la universidad. Mañana voy a dormir a su casa.
-¿Qué? ¿Cómo que vas a dormir a su casa? ¿Cu-cuando has decido eso?
-Ahora mismo. – hice ademán de subir las escaleras, pero mi madre me agarró el brazo con fuerza.
-No puedes ir… ¿Y-y tú depre…?
-¿Y mi qué? – no la tragaba. Era duro pensar eso de tu propia madre, pero no la tragaba. Se había vuelto tan sobreprotectora conmigo desde que Yunho se fue que me amargaba la vida. No me dejaba respirar. Era sofocante que se hubiera tomado la baja laboral temporalmente solo para ir detrás de mi culo. No podía dar un paso sin que ella me preguntara para qué lo daba y a dónde iba, por qué. Me ahogaba y me reventaba y esa era una las razones por las que había aceptado la invitación de Sparky. Cualquier oportunidad era buena para quitarme de encima esas paredes y a mi madre.
-Mamá, tengo cosas que hacer…
-¿Dónde has estado? ¿Por qué no me cogías el móvil?
-Estaba en la biblioteca y no me he llevado el móvil. No seas pesada, mamá.
-¿Y ese chico quién era, Jaejoong? – puse los ojos en blanco.
-¡Un amigo!
-¿Un amigo? – asentí con la cabeza, empezando a sulfurarme su actitud de súper mamá. Ella suspiró, tensa – Un amigo… ¿O algo más?
-¿¡Qué!?
-Cielo, he estado oyendo cosas estos últimos días…
-¡No me lo puedo creer! ¡Me estás llamando maricón en mi cara! – le grité, histriónico, fingiendo, claro. Ella abrió la boca, escandalizada.
-¿¡Con qué derecho me hablas así!?
-¿¡Y con qué derecho te metes tú en mi vida y te empeñas en intentar controlarla como si fuera tuya!?
-¡No me estoy metiendo en tu vida, sólo estoy preocupada por ti! Desde que tu hermano se fue te veo llorando por las esquinas, arrastrándote por la casa como un alma en pena.
-¡Sí! ¿¡Y qué!? ¡Eso no tiene nada que ver contigo, puedo apañármelas solo, ya soy mayorcitos, joder!
-¡No me grites, Jaejoong, no me grites! – me levantó la mano, amenazándome con estrellármela en la cara.
-¿¡Que coño te crees!? ¿¡Que con pegarme una hostia vas a solucionar las cosas!? ¡Si quieres ayudarme, piérdete! – nunca, en mi vida, le había hablado así a mi madre y nunca había pensado que podría hacerlo alguna vez. La quería más que a cualquier persona en el mundo y era consciente de todo su sacrificio a lo largo de su vida por mí, pero desde hacía meses, veía las cosas diferentes. Sentía rencor hacía ella, un rencor extraño ¿Por qué? La culpaba por el sufrimiento de Yunho, por su soledad, por haberlo convertido en lo que era, en un monstruo sin sentimientos y también, por que si no lo hubiera dejado ir con mi padre hacía años, yo no estaría ahogándome en un pozo de mierda que no tenía fondo.
-¿¡Que demonios te está pasando, Jaejoong!? ¿¡Es que no te das cuenta!? ¡Has cambiado! ¡Maldita sea! ¿¡Que ha hecho tu hermano contigo!? – otra vez me sentí rabioso. Se atrevía a echarle la culpa a Yunho cuando no tenía ni idea, ¡Ni idea!
-¡Mucho más de lo que crees! – me solté de su agarré de un tirón que le hizo daño en la mano y le di la espalda, corriendo hacía la puerta de casa. No iba a aguantar otra noche encerrado ahí ni muerto.
-¡Jaejoong, ven aquí ahora mismo! ¿¡Que has querido decir con eso!? – los vecinos se asomaron al oír semejante escándalo. Se nos quedaron mirando, a mi madre y a mí en silencio, cotilleando. - ¡Jaejoong! ¿¡Dónde coño crees que vas!? – sonreí con una satisfacción amarga emergiendo en mi pecho al oírla soltar palabrotas. Nunca lo hacía si no estaba muy cabreada, lo que quería decir que acababa de perder los estribos y decidí rematar la jugada, deseando soltar toda la mierda que llevaba dentro desde que Yunho me sepultó bajo tierra como si fuera un condenado cadáver.
-¡A buscar a un tío que me joda tan bien como lo estas haciendo tu! ¡A buscar una polla que me folle, a eso voy! – le pegué una patada a una de las macetas de la entrada y salí corriendo de allí a tiempo de ver como mi madre se llevaba una mano a la boca, aguantando los gritos y las lágrimas por la decepción, la impotencia, la rabia o lo que fuera que sentía.
¡No me importaba una mierda! ¡Estaba hasta los huevos de mi vida!
Yunho era un maldito hijo de perra al que no le importaba nada ni nadie ¡Me había destrozado, me había mutilado y se las había pirado! ¡Y seguro que el condenado cabrón estaría muy bien en Busan, como si no hubiera pasado nada! ¿¡Y yo qué!? ¿¡Por qué tenía yo que joderme y llorar por su huida!? ¡¿Por qué tenía que sentirme tan desgraciado por alguien a quién no le importaba una mierda!?
Alcé la mirada hacía el cielo, rabioso, con las estrellas resplandeciendo con luz propia.
Recordé aquella conversación de hacía meses, en Navidad, en la azotea y me acordé de que todas y cada una de las palabras de Yunho pronunciadas esa noche habían sido mentiras. Sentí aún más rabia acumulándose en mi cuerpo.
¡Me niego! ¡Voy a superarlo! ¡Sobreviviré y a partir de ahora, me preocuparé por mí, por vivir como, dónde y con quién me dé la gana!
¡Que te jodan, Yunho!
